domingo, 18 de diciembre de 2016

Entre dos misterios

Por misterio nos referimos, comúnmente, a aquello que no puede ser conocido a cabalidad  por oculto o intrincado. Como soy cristiano, y creo que la realidad tiene su origen en una inteligencia ordenadora y buena, cuando me refiero a algo misterioso pues lo hago en relación a un hecho que sobrepasa mi capacidad, sí,  pero que no por eso resulta incomprensible. El tiempo, la gracia de Dios y la paciencia echan luces sobre muchas cosas que no siempre son claras a la primera. Cada quien tendrá sus propios misterios. Yo los míos, y ustedes los suyos.

Hoy estuve entre dos misterios. El primero es ese misterio grande que he venido masticando desde hace mucho. Ese que se ha presentado ante mí en altares, cirios, e inciensos. Ese que he comprendido rezando y leyendo, y que estoy lejos de agotar. Ese que he recibido de los santos y que en el transcurso de mi vida ha tomado un rostro concreto y una voz muy familiar. Ese misterio es el de Dios que le ha dado sentido a cada pliegue de mi vida. Y que domingo a domingo se me hace más cercano en la eucaristía. Este asunto de Dios que, en Jesús, se hace hombre y viene a buscarme porque estoy perdido es, sin duda, el hallazgo de mi vida.

El otro misterio es pequeño. Es ese que tengo en brazos desde hace poco. Juan Pablo, le decimos e, intuyo, voy a darle vueltas lo que me resta de vida. Es un misterio que se parece a mí, en no pocos sentidos, y me pone frente a quien soy solo con reír. O llorar. Da igual.

Misa de domingo, frente a mí el misterio grande. Con sus ornamentos y su solemnidad. Con su orden y sentido pedagógico. En mis brazos, el misterio chico con toda su dispersión y ternura. El primero con su liturgia acostumbrada, sus símbolos profundos, su misericordiosa cercanía. El segundo, hoy fue uno de los días buenos, jugando, recorriendo con esa mirada, que yo conozco, todo el templo. Él no alcanza a comprenderlo, pero en la liturgia Dios le estaba hablando también. Sale a buscarlo, no porque esté perdido, sino porque está alegre de verlo. Y me doy cuenta que también esta alegre por verme a mi.

Nadie me dijo que iba a ser testigo del encuentro de estos dos misterios. Que el misterio grande iba a extender sus brazos en los míos para acariciar al misterio chico. Que ahí, en las últimas bancas, donde siempre me ha gustado sentarme, la parte de la liturgia que repito se convierte en promesas que Dios va pronunciando en mis palabras. Si alguien me lo hubiera explicado, pues, no lo habría comprendido. Así son estos asuntos misteriosos.

El misterio pequeño, al final, no aguantó. Y se puso medio fastidiado y empezó a llorar. Tuve que sacarlo un momento para que se calme. Pero el misterio grande salió con nosotros, porque, en la eucaristía Él es realmente “Dios con nosotros”, el Emanuel. Y va donde vayamos.

Le di un beso al llegar al auto y me di cuenta que no era solo yo quien lo besaba.

Bendita Eucaristía que nos permite ser más de lo que en realidad somos.




viernes, 4 de noviembre de 2016

Sin palabras

Algo que he aprendido en estos siete, y poco más, meses de padre es que no estamos preparados para esto. Por lo menos no lo estamos en la forma en que creemos que debemos estarlo. Me explico. Cuando un hijo nace, su papá está listo para jugar con él, pero el hijo, evidentemente, no lo está. Por lo menos, no en la forma que el papá había pensado. La fragilidad del recién nacido es un dato que los papás no calculamos y que tiene mucho que enseñarnos. La total indigencia en la que venimos al mundo es sencillamente aleccionadora. Me intriga por qué Dios lo habrá hecho de esa forma. Pudo enviarnos menos indefensos, más hábiles, pero no. Nos envió totalmente indigentes, totalmente dependientes de otro.

Por otro lado están las palabras. Toda una vida verbalizando nuestras experiencias, hasta llegar al punto en que es la única forma de comunicación que practicamos. No digo conocemos, porque sabemos que no es el único lenguaje. Pero si es el más habitual. Aquel en el que más nos hemos ejercitado. En ese panorama un bebé te saca de cualquier preparación que creas tener porque no hablan. Nosotros tan discursivos, tan llenos de ideas y conceptos, tan civilizados. Ellos tan sencillos, tan viscerales, tan en contacto con lo simple de la vida. Es un dialogo que no cabe en palabras.

Cuando llego a casa me gusta entrar sin hacer ruido. Busco a Juan Pablo y, sin decirle nada, dejo que me vea. Esa sonrisa que se dibuja en su rostro paga cualquier esfuerzo. Me dan ganas de volver a irme solo para regresar. A veces creo que me voy solo por eso. Lo tomo en brazos y nos reímos. Me han dicho que es un reflejo, pero yo no puedo dejar de percibir cierto aire de complicidad: cuando yo me río Juan Pablo se ríe también. Y hemos terminado varias veces riéndonos largo rato. Las palabras que puedan decirse en esos momentos están de más.

Juan Pablo aún no sabe dar besos. Es muy complicado eso de juntar los labios y hacerlos sonar. Pero ya entendió de qué se trata. Cuando lo pongo en mi pecho, y está de buen humor obviamente, pone su boca en mi cara y la va recorriendo despacito. Dejando una estela de saliva, o “baba” como le decimos en mi pueblo. En mi pueblo también nos gusta hacer verbo cualquier sustantivo así que conjugamos “babear” en cualquier tiempo y modo.

Esto es algo que atesoro mucho porque, seamos sinceros, en nada de tiempo va a estar dando besos convencionales como todos. Y, aunque será toda una emoción verlo dar besos, vamos a dejar de “babearnos” porque uno no puede ir así por la vida dejando su “baba” en la gente. Vamos a ser hombres grandes y respetables. Esto es cuestión de dos semanas y ya; volveremos a la seriedad que se espera de nosotros. Pero en el corazón de padre me quedara este recuerdo imborrable de ternura y cercanía. Una vez más sin mediar palabra alguna.

Creo que comprendemos mejor el valor que tiene ser hijo cuando tenemos uno. Nacemos siendo hijos y no reconocemos bien esta dignidad hasta que unos ojitos juguetones y curiosos nos esperan en la casa. Hasta que un bebé que no puede subsistir por sí mismo necesita de nuestros cuidados. Hasta que se nos sale el corazón cuando pensamos que le pueda pasar algo.

Ahí es cuando entendemos lo pronto y presto que está Dios para ayudarnos. Se nos hace más clara la inmensa ternura que Él tiene con sus hijos. Con sus hijos que somos nosotros. Su predilecto que soy yo.

Una vez más: entendemos esto sin palabras. Porque Dios no habla como lo hacemos nosotros, Él dialoga con nosotros cuando se dona. Lo hizo, en Jesús, viniendo a nuestro mundo porque Él es la “Palabra” del Padre. No es una palabra con sílabas, consonantes o vocales. Esta es una palabra cuya irrupción en nuestra realidad nos comunica la verdad más profunda sobre quien es Dios y quienes nosotros. Este dialogo continúa en todo aquello que Él nos regala. Y un hijo es eso: parte de ese dialogo pedagógico de Dios que sobrepasa cualquier construcción lingüística que podamos tener.

Y así vamos aprendiendo a ser hijos mientras hacemos de padres. 

Gracias a Dios.


¿Por qué escribo?

El otro día alguien me hizo esta pregunta y me obligó a recordar por qué lo hago. Me alegró la respuesta que me pude dar: porque estoy agradecido. Y como todo aquel que sabe que en la vida será siempre más deudor que acreedor, pues, toca devolver lo que se pueda. Aunque sea poco.

Yo soy cristiano desde hace mucho, pero no siempre lo fui. Cuando conocí a Dios ya estaba saliendo de mi adolescencia. Una de las cosas que recuerdo de aquella época es la primera vez que recé Laudes.

Para el que desconozca el término Laudes es el nombre de una de las oraciones que rezan los fieles católicos en el rito de la Liturgia de las Horas. El día se divide en varios momentos y cada uno de ellos implica una oración. Para los religiosos el rezo de la liturgia de las horas es obligatorio dado su estado; para los que no lo somos es opcional acogernos a la “hora” que podamos. Cuando me explicaron que era una tradición que se venía llevando desde el siglo VI de manera ininterrumpida, a través de una evolución en distintas formas claro está, por monjes, sacerdotes, y por la Iglesia en general, pues, era algo que debía aprender. Quien me conoce sabe que todo aquello que tiene más de cinco siglos de antigüedad me fascina; lo que tenga menos de eso es una novedad que aún debe mostrar su valor.

Con ese preámbulo compré mi librito y me senté a rezar como me habían enseñado. En frente de la eucaristía, como me habían enseñado también. La oración no es muy compleja: tres salmos, una cita bíblica y unas peticiones. Era un día jueves, de la primera semana. Y recuerdo la cita bíblica que leí, una de Isaías, se las transcribo:

«Así dice el Señor: "El cielo es mi trono y la tierra el estrado de mis pies: ¿Qué templo podréis construirme?; ¿o qué lugar para mi descanso? Todo esto lo hicieron mis manos, todo es mío –oráculo del Señor.»

Ahí terminaba la página. Y ahí me detuve. Yo no creía mucho en Dios en esa época, tenía más bien una leve curiosidad. Pero me conmoví al pensar lo grande que debería ser, si es que realmente existiese, como para que la tierra sea tan solo un lugar para descansar sus pies. Si todo era de Él realmente, la iglesia en la que estaba rezando era un granito de arena. Miré la eucaristía y pensé que si ese era realmente Dios, ese Dios que se sienta en el cielo y cuyas manos me habían hecho, pues yo era muy pequeño. Y Él tan grande que no alcanzaba a imaginármelo. Si existiese claro.

Terminé mi pausa y di vuelta a la página. La cita no había terminado. Les transcribo el versículo que seguía:

«En ése pondré mis ojos: en el humilde y el abatido que se estremece ante mis palabras.»

Por eso escribo. Porque en mi vida he visto cumplida esa promesa. Dios ha puesto sus ojos sobre mí tan solo por estremecerme ante sus palabras. Aún sin conocerlo bien. Lo de humilde y abatido no creo que me salga bien nunca, pero lo de estremecido sí. Yo no lo he buscado, nunca ha sido iniciativa mía. Él me ha mantenido cerca y me dado todo lo que tengo. Esto lo he ido entendiendo con el paso de los años. Un poco ese día en el que sentí que esas palabras me eran dirigidas. Más en el transcurso de la vida donde mi deuda ha aumentado, si es que eso es posible.

Escribo por eso y por algo más. Hay unas cuantas personas que me quieren mucho y para quienes no voy a estar toda la vida. Llegará el día en que me buscarán con nuevos ojos, con ojos nostálgicos, y no podrán encontrarme. Es bien sabido que la nostalgia nos vuelve receptivos, y el tiempo más sabios. En ese día estarán mucho más dispuestos a escucharme de lo que estuvieron cuando aún podían hacerlo. Estas letras que escribo son para ese día: para tener algo para decirles cuando quieran escucharme y puedan conocer quién soy cuando me busquen. En lo que he escrito podemos acortar distancias.

Si ya estamos en esa época, pues bienvenidos. Yo también he extrañado conversar con ustedes. Si no estamos en esa época aún, no se disgusten. Tómenlo como una más de las excentricidades de su padre.


domingo, 28 de agosto de 2016

Venga, cuénteme todo

Una historia como muchas, aunque no por eso carente de brillo y belleza. Para cada quien la luz que alumbra sus ojos es única, aunque su resplandor no solamente a aquel envuelva. Tan común y tan extraña por el tiempo y las distancias. Tan cercana y aparente porque no es definitivo lo que vemos.

Nunca habían estado separados tanto tiempo. No es que siempre estuviesen juntos, sino que de una forma u otra siempre existió algún lazo que los mantuviera unidos. Amor, dirán unos. Costumbre, otros. Yo creo que hay un punto medio en el trayecto.

El día que se conocieron no fue precisamente el mismo, aunque ambos coincidieran aquel día en el mismo abrazo y en el mismo beso.

Para ella, verlo a él, fue como un rayo. Un amor muy esperado que atravesó su humanidad desde el principio hasta el final. Ella estaba preparada, lo sentía todo su cuerpo. Desde el primer momento se perdió en su mirada y no volvió más. En el curso de la vida existe un punto sin retorno, un hito, una marca, en que no cabe marcha atrás. Es como cuando una fruta se encuentra ya madura en la copa de su árbol. No queda otro camino que caer por gravedad. Eso fue él para ella: el vientecillo breve que necesitaba para terminar de caer, para devenir en lo que tenía que ser.

Para él fue distinto, no estaba listo. El amor fue más bien un sendero por transitar. De esos que empiezan y no terminan de recorrerse porque el final no está de este lado. Ella supo exactamente quién era él desde el principio, él fue conociéndola con el paso de los años. No digo que no la amara, digo que no era capaz de corresponder. Pero el amor no es cuestión de correspondencias, o equivalencias, eso aprendió él. Cuando no fue capaz dejó que ella lo amase, y ella lo supo hacer muy bien.

Para ella este amor fue la cima del camino. Para él fue el inicio del suyo. Porque lo que él pensaba que era vida no lo era totalmente. Él fue entendiendo eso en su mirada, en sus caricias, en sus dolores. Aunque lo haya comprendido después. No digo que fuera tarde, solo digo que después.

Nunca habían estado separados tanto tiempo. Y hoy se extrañan, pero como siempre ella va por delante haciéndole a él camino. Ella sabe que no es para siempre, él apenas lo está entendiendo. A él, a veces, se le pierde el lazo que aún los une, mientras ella lo sostiene dulcemente. Y es que hay días, como hoy, en los que pareciera que ella tirara un poco de ese lazo para que él sienta menos su ausencia.

Hoy son tres años de extrañar su sonrisa alegre y amplia. De no tener su mirada que fue siempre un buen espejo. De abrazarla solo en sueños y despertar aún contento. Es un año más, aunque a él le gusta pensar que es un año menos. Un año menos para encontrarse nuevamente donde ella ahora lo espera.

Cuando al final de su sendero él alcance a divisarla, correrá como un chicuelo a colgarse de su cuello. A abrazarla y besarla. No será necesario el lazo aquel que hoy los une. Ambos llorarán de alegría y pena. Él le contará todo lo que ha vivido: le dirá que conoció el punto sin retorno, que él también fue fruto maduro, le contará de su caída. Le dirá que ahora entiende, que ya es capaz, que al final comprendió este asunto de la vida. Que él también se enamoró como un rayo, y que también amó a unos pequeñines sin ser bien correspondido, pero que está bien. No es culpa de ellos, tampoco estaban listos. Pero que ahora con su partida les quedará claro. Es bueno extrañar. Extrañar muestra el camino. Ahora ellos vienen unos pasos detrás.

Le dirá tantas cosas que con detalle ha venido guardando para ese día. Y ella, aunque nunca se perdió un instante de su vida, tiernamente fingirá sorpresa.

«Venga, cuénteme todo mijito. Vamos, vamos. Lo estábamos esperando.»



jueves, 28 de julio de 2016

Como bebés

Hace unos días tuvimos que pinchar a Juan Pablo para una muestra de sangre por unos exámenes de rutina que solicitó la pediatra. Solo permitían entrar a un adulto con él, así que a mí me tocó escuchar los gritos desde afuera. Pueden imaginarse la escena. Salió con su mamá luego del procedimiento aún llorando. Y vi como ella lo iba calmando desde el laboratorio hasta el auto, y luego en el camino a la casa: meciéndolo, dándole besos, tratando de que comprendiera que el dolor que sentía era temporal. Incluso haciéndole creer que ya no había dolor, hasta que finalmente desapareció.

Porque, seamos sinceros, el dolor iba a pasar. Un pinchazo no es el fin del mundo. Cualquier adulto sabe eso. Pero un bebé no, ellos solo saben que en ese momento algo le está doliendo. Y más nada.

Creo que cuando un recién nacido llora lo hace por una necesidad inmediata que percibe como urgente y definitiva. Una vacuna, por ejemplo. O el hambre. Un bebé no entiende que el biberón no está limpio aún o que la leche todavía no está tibia. Un adulto puede diferir el deseo de sus necesidades más básicas un poco porque sabe que eventualmente podrá saciarlos. Un bebé aún no comprende eso, y muy poco le interesan los argumentos.

Me ha tocado calmar a Juan Pablo cuando se asusta por algún motivo. El no sabe qué está ocurriendo, aunque para mi sea obvio. Un auto que arranca, una puerta que se cierra sonoramente, o un mal juego de su papá. Porque los papás solemos ser bruscos, mea culpa. Inmediatamente llora sin consuelo, sin magnitud, sin guardar distancia del sufrimiento más terrible. Y el papá intenta calmarlo, con mayor rapidez si él es el culpable. Cariños, cercanía, más besos, todo lo que se necesite para hacerle comprender que no está solo. Y nos da por revelar que lo que ocasiona el susto no es de temer en realidad: es un auto, es una puerta, es tu papá. Sorry.

¿A que quiero llegar con todo esto? A que, en la mayoría de los casos y en circunstancias normales, un niño pequeño sufre ante algo inmediato porque no conoce aún el panorama completo. No alcanza a ver el desenlace de su drama y menos que la solución viene en camino. Recién está comprendiendo que no está solo, y que hay alguien que lo cuida.

Eso mismo somos nosotros, los grandes, para Dios. Guardando las distancias somos como unos bebés que sufrimos y nos angustiamos por cosas inmediatas porque no alcanzamos a ver el panorama completo, el desenlace de nuestro drama. No hemos comprendido bien que no estamos solos y que alguien nos cuida.

Pero Dios, que si conoce el final de todos los caminos, nos cuida y busca siempre nuestro bien, nos consuela de la misma forma que lo hace una madre, o un padre, con su hijo. Solo que con infinito cuidado, solicitud y afán.

Cuando veo a Juan Pablo me gusta pensar que la ternura que despierta en mí, es la ternura que Dios mismo tiene conmigo. Y poco a poco me voy sintiendo más seguro, muy torpemente voy comprendiendo los argumentos que tiene Dios para mí. Despacio cesa mi llanto y me quedo dormido también en sus brazos.

Al ritmo espiritual de sus arrullos pareciera susurrar: Ya, ya… tranquilo, no hay porque llorar. Aquí estoy. No te falta nada hoy, ¿por qué ha de faltarte mañana? Deja a cada día su propio afán.

Y los dos bebés descansamos tranquilos. Los dos acurrucados en el mismo pecho.


martes, 12 de julio de 2016

Cuídalo, y lo que gastes de más te lo pagaré a mi vuelta

Hace unos días me encontraba realizando la noble tarea de cambiar un pañal a mi hijo en la madrugada. Una de las pruebas más difíciles para los papas, coincidirá conmigo quien lo haya pasado, sea por la tarea o por el horario. Ahí en el cambiador, los dos tuvimos uno de esos momentos de silencio que da para pensar muchas cosas. Bueno yo, porque Juan Pablo se volvió a dormir durante el cambio.  Y una de esas cosas que se me venía a la mente era aquella alegoría que Jesús usaba para explicar cómo sería el juicio final, aquella en que el Rey dice a los que ha puesto a su derecha:

«Venid, benditos de mi padre, y reciban en herencia mi Reino porque tuve hambre, y me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me acogieron; desnudo y me vistieron… Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo» Cfr. Mt 25,34-40.

Y me sonreía por encontrar un nuevo significado a una cita bíblica que conocía desde hace ya mucho. Porque, básicamente, eso es lo que se hace con un recién nacido: alimentarlo, vestirlo, acogerlo. Creo que el amor de padres, que es inmenso, eclipsa esta realidad profunda de que también es Cristo quien quiere ser atendido en un niño pequeño. No sé, cuando le tomé el peso a esta realidad me invadió un sentimiento de gratitud; un aliciente más para las nobles tareas nocturnas.

Un hijo es una luz nueva que ilumina la forma en que vemos la vida. Hace evidentes cosas que antes nos pasaban desapercibidas. Hacia afuera y hacia adentro. Nos pone frente a nosotros mismos y ante Dios, si somos lo suficientemente sencillos y atentos.

En la misa del último domingo la lectura del evangelio nos proponía la parábola del buen samaritano. A mí siempre me gustó una interpretación que leí alguna vez de San Agustín: El judío asaltado en el camino nos representa a todos como humanidad herida por el pecado, y el samaritano es Cristo que viene a andar nuestros caminos. Haciéndose nuestro prójimo se conmueve por nuestra situación y nos levanta, nos cura con aceite y vino, simbolizando sus sacramentos, y nos lleva a una posada, signo de su Iglesia. Allí ofrece dos monedas por cuidar a este hombre y promete pagar a su vuelta todo lo que se gaste de más, aludiendo a su regreso al final de los tiempos

Otra vez sonreí por el nuevo significado que descubría en esta parábola conocida desde hace mucho: Si la familia es Iglesia doméstica, como han dicho los Padres, recibe la misma promesa de Jesús por cada persona que acoge en su seno. Él mismo es quien recoge a cada miembro herido por el pecado original en el camino, lo cura con sus sacramentos y lo deja bajo los cuidados familiares. Porque, seamos sinceros, mucho bien nos hace el cariño familiar. Y Dios lo tiene muy claro.

Miré a Juan Pablo y me pareció escuchar que era conmigo el cierre de la parábola:

«Cuídalo, y lo que gastes de más te lo pagaré a mi vuelta».

Casi respondo en voz alta, pero lo hice para mis adentros:

«No se preocupe Señor, mi esposa y yo se lo cuidaremos bien hasta su vuelta».


martes, 28 de junio de 2016

¿Quién es éste que hasta el mar le obedece?

¡La voz del Señor sobre las aguas!
El Dios de la gloria hace oír su trueno:
El Señor está sobre las aguas torrenciales.
¡La voz del Señor es potente,
la voz del Señor es majestuosa!

Salmo 29

Mi hermana me pidió que buscara alguna lectura para algún conocido suyo que está pasando por un mal momento. Quería algo que le recordará a esa persona que Dios “aprieta, pero no ahorca”, como dicen por ahí. Algo que dé un poco de luces para salir de la tristeza. Bueno, como soy metido me he animado a escribirlo yo. Ojalá y logre lo que se necesita. Sino que me avisen para buscar algún buen texto. Sin rencores.

Todos los días la Iglesia propone una lectura de algún pasaje del evangelio y el de hoy me pareció muy oportuno. Jesús iba cruzando con sus discípulos el lago de Tiberiades en una barca y, cansado por el trajín asumo, se quedó dormido. En medio de la travesía se desató una tempestad terrible que amenazaba con hundir la embarcación. Y debió ser en verdad terrible como para amedrentar a los discípulos siendo varios de ellos experimentados marineros. Desesperados y gritando se acercaron a Jesús para despertarlo. Jesús se levantó, los reprendió por su poca fe, y luego dio paso a lo espectacular del relato: se dirigió al mar, si al mar, y lo increpó con voz recia: «Calla, enmudece». Y más sorprendentemente aún: el mar calló ante su voz, tornándose la feroz tormenta en una gran calma.

Una cosa es lo que leemos nosotros ahora en pleno siglo XXI y otra lo que ocurría en la mente y corazón de quien vivió la escena. El mar, para el hombre antiguo, significaba algo desconocido, fuerte y potente, mortal por decir lo menos. En muchas culturas los océanos con sus abismos insondables se entienden como el reino del mal. Así como el fuego del Hades es para nosotros, por herencia griega, el símbolo del sufrimiento y de la muerte, para la mentalidad oriental de estos judíos lo eran las profundidades del mar. Es por eso que lo que ocurre en este relato tiene un trasfondo oculto a nuestras categorías contemporáneas. Cuando el mar amenaza con hundir la barca no solo es el temor al naufragio lo que ocasiona el griterío. Hay un elemento místico que se esconde detrás de las olas. Y, si bien, lo que hace Jesús es sorprendente, el significado de sus actos lo es más. Él es dueño de los océanos con toda su potencia destructora. Pero detrás de eso le dice a los apóstoles, y a nosotros, que Él es dueño de todo, incluso del mal, y que nada escapa de sus manos. Pareciera decirnos que no tenemos nada que temer porque ante su voz cualquier realidad, por más oscura y tormentosa que sea, puede transformarse en calma.

A mí me gusta mucho esta simbología, de hecho el nombre de mi blog hace referencia a Jesús dominando la potencia del mar cuando camina sobre él, con todo lo que eso significa.

Todos tenemos tempestades, ninguna vida está exenta de ellas. Algunas serán más fuertes que otras, algunas serán interminablemente largas y otras cortas. En ocasiones parecerá que nuestra barca va a naufragar pero los cristianos tenemos dos certezas que nos sostienen siempre. La primera es que Dios es bueno; la segunda es que nos ama con locura. Así, incluso las tormentas más duras se llenan de significado porque no se escapan de las manos de Dios que es capaz de transformar el sufrimiento de nuestras vidas en un bien mayor, precisamente porque nunca deja de mirarnos con amor.

Dios duerme en nuestra barca. No nos ha dejado solos a nuestra suerte. Está dormido y debemos despertarlo. Es necesario llamarlo y para eso hemos de hacernos capaces de transformar nuestra desesperación y angustia en la tierna voz de un niño que llama a su padre para que ahuyente algún espanto que se esconde bajo su cama. Esto que se le llama rezar u orar, como mejor se les acomode, es la forma que conozco para despertar al Dios que puede hacer calma en medio de cualquier tempestad.


No tengáis miedo.


martes, 14 de junio de 2016

Mis críticas al cristianismo

Creo que varias personas tendrían muchísimas críticas al cristianismo, aunque creo que en la mayoría de los casos se referirían a la forma en que los cristianos lo vivimos. Pero más allá de su aplicación práctica considero que hay un par de cosas que hacen que el cristianismo, y me refiero al mensaje de los evangelios, sea difícil de captar en nuestra cultura actual, y por ende para nosotros mismos aunque nos digamos cristianos.

Me ha pasado estos días que he tenido un poco más de tiempo para rezar de lo que habitualmente tengo, y he tratado de no desaprovecharlo. En estas semanas el calendario litúrgico, la lectura de los evangelios propiamente, ha ido haciendo la secuencia posterior al sermón de la montaña. En Mateo todo lo que sigue a las bienaventuranzas se presenta como un solo discurso así que me he sentado en las faldas del monte con los demás discípulos a escuchar, con un poco más de atención, la interpretación de la ley de Moisés que este Maestro hace. Así, sentado. Como lo he hecho antes.

Y me ha sorprendido gratamente lo que he podido reflexionar. «Habéis oído que se dijo a sus antepasados… pero yo os digo…», dice Jesús, aclarando la ley como quien es su dueño. En cada interpretación nos recuerda que el camino que hemos de seguir no se queda en el cumplimiento frío de normas, sino que implica un compromiso interior. «Quien se irrite con su hermano, será condenado», «el que mire a una mujer deseándola, ya cometió adulterio en su corazón», «amen a sus enemigos y oren por sus perseguidores», son tres explicaciones a la ley mosaica que apuntan hasta lo íntimo del corazón: «No matarás», «no cometerás adulterio» y «amarás a tu prójimo», respectivamente.

Y me encontré también en estos días con una joya como lo es la interpretación que Jesús de Nazaret hace a la ley del Talión: «Ustedes han oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo les digo que no hagan frente al que les hace mal: al contrario, si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, preséntale también la otra. Al que quiere hacerte un juicio para quitarte la túnica, déjale también el manto; y si te exige que lo acompañes un kilómetro, camina dos con él.» Creo que éste es uno de las cosas más duras de poner en práctica porque, seamos sinceros, nuestra cultura no es precisamente la de la mansedumbre. Es, más bien, una cultura competitiva donde no estamos acostumbrados a devolver el mal con bien. Pero ahí está la clave de la enseñanza de este Maestro: en el corazón del cristiano el bien debe vencer, el mal no debe prevalecer. De eso depende la salvación personal y la trasformación del mundo que los cristianos buscamos. Si esto no ocurre en el corazón, todo lo demás es vanidad.

Así es este mensaje: fuerte, claro y sencillo. Sin dobleces o ambigüedades. Y digo sencillo, no porque sea fácil, sino porque no es complicado. Y por ahí va una de las críticas que tengo: es un mensaje sencillo, y nos gustaría algo más complejo. Que tenga fórmulas y tips. Que tenga alguna certificación internacional. Que nos garantice en diez pasos su eficacia o que esté acorde a nuestra estatura.

La otra crítica que tengo es que para nosotros el evangelio es muy familiar: lo vemos en todas partes. Nuestra cultura es cristiana, y como tal asumimos que todo lo cristiano es noticia vieja, anticuado me atrevería a decir, y que si alguna vez tuvo algo que decir, pues ya lo dijo. Nos gustaría que contuviera un mensaje venido de tierras lejanas, y que Jesús fuese algún sabio ignoto envuelto en ropajes mágicos que nos revelará nuevas y misteriosas verdades. Los occidentales nos hemos vuelto críticos de nuestros tesoros y ávidos de primicias por el simple afán de novedad.

Y no. Mi experiencia ha sido encontrarme con el mismo Señor Jesús. El que conocí en esa misma montaña a la que hoy he vuelto. Aquel Maestro que me devuelve la esperanza al recordarme que al mal se lo debe vencer a fuerza de bien.

Así de fácil, así de ordinario. Y afortunadamente: así de irresistible para quien ha aprendido a escuchar al buen Dios cuando habla al corazón. 


martes, 5 de abril de 2016

Mi Triduo Pascual

Recién tengo algo de tiempo para escribir. Han sido un par de semanas intensas desde que nació Juan Pablo, nuestro primogénito. Quienes han pasado por esto entenderán a que me refiero. Los que no, pero están próximos, les adelanto que les espera bastante trabajo y una experiencia muy rica que nosotros aún estamos asimilando.

Juan Pablo nació el viernes santo, 25 de marzo este año 2016. Los católicos recordamos durante tres días los misterios centrales de nuestra fe y llamamos triduo pascual al periodo que va del jueves al sábado de la semana santa. En estos tres días la liturgia de la Iglesia nos conduce desde la cena compartida por Jesús y sus apóstoles en la tarde del jueves hasta el misterio de su resurrección de entre los muertos en la solemne vigilia pascual del sábado por la noche. La dinámica de esta vigilia, su lógica y coherencia interna, su potencia educativa, su hermosura simbólica, es, a mi gusto, una de las cosas más bellas que conozco. Desde que soy cristiano no me pierdo una, hasta este año.

Varias personas nos han comentado lo bonito de la fecha. No solo por lo representativo del viernes santo, sino también porque este año coincidió con el 25 de marzo, fecha en que los cristianos también recordamos el anuncio del ángel Gabriel a María por corresponder a nueve meses exactos antes de la navidad, 25 de diciembre. ¿Y qué le anunció el ángel a María? Que iba a ser mamá y que su hijo, Jesús, sería un salvador para todos los hombres. El mismo Jesús cuya muerte y resurrección recordamos en el triduo. Es como el inicio y el final del mismo asunto, todo en el mismo día. Algo así.

Que Juan Pablo nos haya llegado en el corazón de este triduo me ha hecho comprender el tipo de vida para la que ha nacido. En el transcurso del viernes iba yo tomando conciencia de lo que ocurría: el grano de trigo estaba cayendo en tierra, siendo molido por nuestras culpas, tomando sobre sí nuestra injusticia, muriendo para darnos el mejor fruto al que podemos aspirar. Este grano de trigo que muere fructifica en una hermosa nueva vida abundante donde el mal no es definitivo, donde la luz vence siempre a las tinieblas. Una vida donde la muerte no tiene la palabra final. Es un mundo diferente porque Cristo ha hecho nuevas todas las cosas desde su pasión hasta la bella realidad del sepulcro vacío.

El Papa Benedicto XVI enseñaba que con la muerte y resurrección de Jesús los cielos, que antes estaban cerrados por el pecado del hombre, ahora están abiertos de par en par. Me gusta pensar que el mundo al que ha venido mi hijo es un mundo que tiene abiertas las puertas del cielo para él. De par en par. Me llena de esperanza saber que el mismo Dios que lo ha llamado a la vida ha venido a la tierra a buscarlo. Me conmueve captar cuanto amor este Dios le ha mostrado como para entregar a su Hijo único a fin de que tenga vida eterna. Y al ver todo esto para él, lo he recordado para mí también en una especie de pedagogía que toma ahora una forma y rostros nuevos.

Me gusta ser cristiano y toda la visión positiva que implica. No es, como muchos pueden pensar, un camino lúgubre de prohibiciones y mandamientos. Es más bien la certeza de una última esperanza que lo sostiene todo, y ésta es que Dios es Amor y nos ha mirado a cada uno con ternura.  Las promesas que esperamos los creyentes son exactamente las que mi corazón anhela. Ese es el horizonte que quiero poner frente a mi familia. 

Ahora que los cielos están abiertos es necesario entrar por “la puerta de los sacramentos”, como llama el Catecismo de la Iglesia Católica al bautismo. Así que nos empezamos a preparar.

Es la puerta de entrada a la vida nueva de la que venimos hablando.

Les iremos contando.

lunes, 4 de abril de 2016

¡Alégrate María!



Reina del cielo, alégrate, aleluya, 
porque el Señor, 
a quien llevaste en tu seno, aleluya, 
ha resucitado según su palabra, aleluya.


Junto a Ella… 

Esperando y en silencio. El mundo entero estaba a oscuras y solo allí sobrevivía la luz. Pero no era en modo alguno luz tenue, sino intensa. No era tímida, sino firme. No era leve, sino lumbre que ardía con sencillez. Aunque pareciera ser pequeña era capaz de iluminar todo el orbe. Y más aún, brillaba humilde y clara, capaz de iluminar el corazón más escondido. Más ahora parece estar oculta, como permitiendo que el mundo conozca la tiniebla y le tema. Pero la oscura noche está avanzando y ésta luz no cesa de brillar, más bien se va afirmando hermosa e intensamente. Esperando…

Y Él llegó…

Sereno y apacible, sencillo y vencedor, profundo y misterioso. Como quien comprende todos los secretos porque son suyos; como quien lo ha cumplido todo; como quien no tiene atadura sobre sí. Luz más clara y más intensa. Definitivamente más hermosa. Aunque no tanto. Eran más bien una sola luz separadas por la muerte, pero que al brillar juntas nuevamente volvían a ser una. Alegría sin par: la de la Madre que aguardaba paciente el retorno de su Hijo; y la del Hijo que volvía de la muerte a consolar a su Madre. El corazón que más ha amado es el que más paga, es el que más sufre, pero también es el que más gana. Su alegría no tiene par y la nuestra busca ser reflejo de la suya. ¡Alégrate María! ¡Porque el Señor a quien llevaste en tu seno y acompañaste en la cruz ha resucitado según su palabra para bien nuestro! ¡Y para alegría tuya! La alegría de la Madre que recupera a su Hijo luego de haberlo entregado en el altar del Gólgota para nuestra reconciliación. En esta noche realmente todo se ha cumplido. Esta es la noche de los tiempos, aquella de la que estaba escrito: “Será la noche clara como el día, la noche iluminada por mi gozo”. Esta es la noche del amor, la noche en que, desde el abismo de la muerte, regresa el Hijo trayendo en brazos al esclavo rescatado. ¡Reina del Cielo, alégrate, Aleluya! Alégrate por Cristo y alégrate por mí. ¿De qué nos serviría haber nacido si no hubiéramos sido rescatados? ¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor! ¡Y una Madre como Tú! Esperando junto a ti en estos días de tiniebla, he aprendido a mirar profundamente, a comprender y amar la cruz. He aprendido a esperar, con paciencia activa y fortaleza. Y he aprendido a alegrarme al descubrir cuán alegre está hoy tu corazón. Como el hombre que encuentra su oveja o la mujer que recupera su dracma. En tu corazón me alegro yo y descubro la mirada del Señor: Luminosa y Apacible, Sencilla y Compasiva, Profunda y Misteriosa. Nos mira al corazón y tenemos la certeza de que nos conoce, de que ha vencido al enemigo antiguo porque me ama y porque me quiere libre para responder a su Plan. Por mi ha vencido Él a las tinieblas del pecado y por mi lo hace cada vez. Por mi Él ha resucitado. ¡Alégrate María! ¡Alégrate por Cristo y alégrate por mí! 


jueves, 18 de febrero de 2016

¿Cómo se hacen las mamás?

Las mamás están en un nivel distinto de belleza. Uno que no se mide en centímetros o curvaturas. Sencillamente es un plano diferente. Quien recuerde la sonrisa de su madre, sabe de qué estoy hablando. Es algo que se mide, si es que cabe la palabra medir para este uso, en términos de bondad y cariño. Las mamás son como un resumen y reflejo de lo que como especie somos, o deberíamos ser. En sus miradas y caricias, en sus juegos, la humanidad entera se reivindica. En el corazón materno pareciera que los seres humanos somos más buenos de lo que habitualmente parecemos, en conjunto. Por decirlo de algún modo: las mamás nos mejoran en promedio.

Cuando somos hijos nuestra mamá ya está hecha. La conocemos hecha mamá: ya tiene un corazón grande, ya se desvela por nosotros, su corazón ya late con el nuestro como si fuera uno. Ya la encontramos en ese plano distinto de belleza que nos es tan querido. Desde que tengo uso de razón mi mamá es una mamá, con todo lo que eso implica.

Pero en los pocos meses que tengo de casado me ha tocado ver, en primera fila, como es que mi esposa se va haciendo mamá. Porque yo la conozco desde hace tiempo y, aunque es muy buena persona, pues mamá no era. No en ese nivel distinto. Me tocó verla desde el caminar nervioso y el llanto enternecido con su prueba de embarazo en mano. La he visto emocionada arreglándose para cada ecografía, aunque seamos nosotros quienes vamos a ver a Juan Pablo y no él a nosotros. La vi con los mareos de sus primeros meses, la acompaño ahora con el peso que carga y las molestias musculares. La he visto llorar sin razón. La estoy viendo enamorarse de su hijo.

Creo que Dios va haciendo a las mamás para la misión que tienen. Esa misión de olvidarse de ellas mismas y ser para otros. Desde el embarazo hay una dinámica de dolor que va haciendo más grande el corazón de las mamás, y sobre la cual aparece, de manera sencilla, una alegría profunda que sobrepasa las molestias y fructifica en un amor sincero por el hijo que lleva dentro. Por ese niño que aún no ve, pero que siente suyo todo el tiempo, como parte de ella misma. Esa expresión del “amor entrañable” cobra mucho más sentido: es un amor que brota desde las entrañas. Como el de Dios, como el de las mamás.

Es algo que los papás poco entendemos. Nosotros hacemos cálculos, proyectamos y planificamos. Para eso somos buenos. Pero ese misterio que duerme en nuestra misma cama, nos despierta de las ilusiones temporales y nos pone en el mismo plano en el que ella está viviendo, para nuestro bien.

-          ¡Rápido! ¡Pon la mano! ¡Apúrate! ¡Se va a mover, se va a mover!

Y se mueve. Haciendo juegos para el papá también.

¿Cómo puede uno seguir durmiendo después de sentir eso?