lunes, 20 de abril de 2026

Del Shemá al Effetá: cuando Dios abre nuestros oídos


 

Siempre me ha gustado ver la historia que cuenta la Biblia como una gran conversación entre Dios y su pueblo. Palabras, porque al final son precisamente eso, que nos van contando esta historia fantástica de un ser que crea y redime a su creatura por amor. Aunque es una selección de varios libros con temas, tiempos y estilos muy variados, de alguna forma logran ser una historia coherente y muy bella. A estas alturas puedo decir que llevo algo más de la mitad de mi vida leyéndolas y que aún hoy logran sorprenderme. Doy gracias que sea así.

 

De todas esas palabras, hoy quisiera, si me lo permiten, escribir sobre dos. La relación que he encontrado entre ellas me ha parecido reveladora y quisiera compartirla. Un poco largo, tal vez, pero si se arman de paciencia es posible que les resulte tan revelador como a mí.

 

La primera es una de las más importantes en la tradición bíblica: Escuchar. En hebreo se dice Shemá. La oración más sagrada del pueblo de Israel comienza precisamente así: “Shemá Israel…”, “Escucha, Israel…”. Para un judío, el Shemá no es simplemente una oración. Es el centro de su fe. Se recita cada mañana y cada noche. Se transmite de padres a hijos. Es casi como el latido espiritual de Israel. Pero la palabra Shemá no significa sólo oír. En el mundo bíblico significa prestar atención, abrir el corazón, dejarse guiar, obedecer. Escuchar significa permitir que la palabra de Dios marque el camino de la vida.

 

En el fondo, Shemá es un mandato. Un pedido tal vez. Una invitación. Dios decidió escogerse un pueblo y hablarle. Lo que le pide a cambio es que escuche, es decir, que obedezca. Que guarde sus caminos. En fin, que sea su pueblo para ser Él su Dios.

 

Lo que me llama la atención es el peso de la acción. El peso del Shemá está en el pueblo. Es el hombre quien debe poner su atención, quien debe esforzarse en caminar por los caminos de Dios. Y bien sabemos todos, por experiencia propia, que eso no es sencillo.   

 

Dios habla y el pueblo debe escuchar. Toda la espiritualidad del Antiguo Testamento tiene algo de esta pedagogía. Dios habla a través de la ley, a través de los profetas, a través de la historia. Y al hombre le corresponde acoger este llamado.

 

Si miramos con honestidad la historia bíblica, y la propia, descubrimos algo que se repite una y otra vez: escuchar a Dios no es fácil. El corazón humano se distrae, se endurece, se llena de ruido. Si bien Dios intenta una y otra vez hacerse escuchar, llega un punto en que se vuelve evidente que no se nos da. Escuchar, en el sentido total del Shemá, pareciera estar fuera de nuestro alcance. Aún cuando quisiéramos que no fuera así.

 

Esta experiencia dramática se me hace muy evidente en esos versos tan llenos de esperanza que nos ha regalado el profeta Ezequiel: “Os daré un corazón nuevo y pondré dentro de vosotros un espíritu nuevo; quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne.” En esta promesa de Dios se refleja el anhelo de ser hechos de nuevo, de otra forma distinta a la que somos hoy. Porque, avancemos, sabemos ya que cuando hablamos del Shemá no estamos hablando de los oídos, sino del corazón. Lo que anhelamos es que nuestro corazón dejase de ser tan duro y pudiera ponerse, de una vez por todas, en el lugar de creatura que le corresponde y que lo haría tan feliz.


Sordos. De corazón. Hemos confundido nuestra sordera con silencio. A fuerza de no escuchar nos hemos convencido de que Dios no habla.

 

Avancemos un poco, ahora, hasta la época de Jesús. Un poco antes quizás. El judaísmo del segundo templo expresa muy bien esta realidad de sordera y lejanía. Luego del regreso de Babilonia el pueblo de Israel reconstruyó el templo y su culto bajo el recuerdo del primero. Se decía del primer templo que tenía varios signos de que Dios estaba presente. Por nombrar dos: el fuego que consumía los sacrificios había venido de Dios mismo y una niebla sobrenatural cubría el edificio mostrando que Dios estaba allí. Fábula o no, la idea del primer templo era de un lugar donde Dios habitaba realmente. En el segundo templo esto se volvió un recuerdo: Israel añoraba los tiempos antiguos y organizó el culto del nuevo templo en torno a la esperanza de ese retorno.

 

En la época previa a Jesús la profecía también era escasa. Siglos habían pasado desde el último de los profetas. Es decir, en el templo no se sentía, dígase con los sentidos, presente a Dios y la voz de Dios, que hablaba cada tanto con su pueblo a través de los profetas, también se había apagado. Eran, en suma, el pueblo del Shemá: buscaban seguir a Dios por sus propios esfuerzos, con todo el drama que eso conlleva.  

 

Entonces, aparece Jesús. Verbo de Dios, dirá San Juan. 


Con Jesús sucede algo completamente inesperado: Dios vuelve a hablar. O más bien, vuelve a ser escuchado. Dios rompe el silencio religioso de Israel de la manera más dramática posible: Él mismo viene a hablar con nosotros, en nuestras palabras, para que no podamos dejar de escucharlo.


Un día en el camino, en un encuentro de lo más emotivo, se encuentra con un hombre sordo. Sordo como cualquiera de nosotros, y pronuncia la segunda palabra que nos tiene aquí charlando. Le puso los dedos en las orejas y con saliva tocó su lengua. Y dijo, luego de suspirar al cielo: Effetá. Que significa: Ábrete. Y en ese momento los oídos del hombre se abren y logra escuchar.

 

Es una escena pequeña, casi silenciosa. Pero encierra algo muy profundo. Durante siglos Dios había dicho a su pueblo: Escucha. Shemá. Pero Jesús parece reconocer algo con una ternura infinita: el ser humano no puede escuchar por sí solo. Le cuesta. Le pesa. Su corazón está herido, distraído, cerrado. Con una exhalación comprensiva pronuncia una palabra nueva que rompe el desequilibrio anterior: el peso de Effetá no está ya sobre nosotros, sino en quien la pronuncia. Y quien pronuncia esta palabra es el mismo que con su voz lo ha creado todo. ¿Puede existir palabra más poderosa que ésta?

 

Para los seres humanos el lenguaje es descriptivo. Nosotros hablamos para contar lo que hemos, de alguna forma, experimentado. Nuestras palabras no tienen poder para transformar la realidad. Nuestras acciones tal vez, pero no nuestras palabras. Las palabras de Jesús no son descriptivas. Por ser quien es sus palabras son performativas: si Él le dice al mar que enmudezca, éste lo hace. Si le dice a Lázaro que se levante, Lázaro sale de su tumba como si la muerte fuera nada. En el origen de todo cuando dijo Dios dijo “Sea”, todo fue desde la nada. Con su sola palabra.

 

Cuando Jesús pronuncia su Effetá es como si dijera: “Sé que quieres escuchar y no se te da muy bien pero yo mismo voy a abrir tu oído.” Es como el cumplimiento de la profecía de Ezequiel. Dios mismo arranca nuestro corazón de piedra y nos pone uno nuevo. Porque nosotros no podríamos solos.

 

El Effetá completa el Shemá.

 

Si no sería imposible. Effetá es compasión pura de un Dios que lo resuelve todo.

 

Una última cosa. Me gusta imaginar el impacto tremendo que debió generar la realidad de Jesús en los paisanos de su época. Un judaísmo del segundo templo sin la presencia de Dios en el templo, sin su voz a través de los profetas, sin ninguna intervención divina sensible, frente a un hombre curando con sus manos, mostrando el poder de Dios a donde iba, hablando con las mismas palabras que Dios había usado con su pueblo. Mostrando de manera real y simbólica que Dios había regresado. Que Él era el arca perdida que los judíos anhelaban tener de nuevo en el Sancta Sanctorum y que ya no iba a estar nunca más encerrado en el templo. Nunca lo estuvo, pero el pueblo lo creía así. Debió ser chocante por lo inesperado y sorpresivo. El pueblo esperando que la niebla de la presencia de Dios volviera algún día al templo. La niebla descendiendo sobre una virgen nazarena. Dios en movimiento que no iba a detenerse más.

 

La novedad del cristianismo fue, y sigue siendo, justamente esa. Frente al Dios inaccesible del judaísmo, un Dios cercano que está presente en la realidad de su pueblo. Que se regala a diario, en palabras y obras, mostrándonos que no piensa marcharse. Con su Espíritu nos ha abierto los oídos para que escuchemos sus palabras. Frente a los siglos de sordera de la humanidad, hoy en cualquier Iglesia, un cristiano cualquiera puede sentarse, o arrodillarse si le apetece, para hablar cara a cara con el Creador de todo lo que existe. 

 

Di, Señor, Effetá sobre mí. Que no quiero nunca más volver a ser sordo a tu voz.







miércoles, 18 de febrero de 2026

Cuando la habitación interior ya no es solitaria

Rasgad vuestro Corazón

Joel grita con fuerza: «Rasgad vuestro corazón y no vuestros vestidos». La palabra hebrea para corazón es lev. No es solo el lugar de las emociones. Es el centro de la persona: inteligencia, voluntad, memoria, decisiones, deseo profundo. Es el núcleo donde se elige a Dios o se le da la espalda.

Rasgar el lev no es teatralidad externa. No es gesto visible. Es dejar que el centro se abra. Es permitir que se rompa la dureza interior, la autosuficiencia que se instala en lo más profundo. Es reconocer que el verdadero problema nunca está fuera, sino en ese núcleo donde decidimos a quién pertenecemos.

La conversión comienza ahí. No en la superficie. En el lev.


“Crea en mí un corazón puro”

El Salmo 50 da un paso más: «Oh Dios, crea en mí un corazón puro».

El verbo que utiliza es bará. Es el mismo verbo del Génesis. Solo Dios puede ser el sujeto de este verbo. No significa reformar, ni ajustar, ni mejorar. Significa crear desde la nada. Como lo hizo Dios con su voz en el génesis.

El salmista no pide corrección moral. Pide creación. Pide que Dios haga en él lo que hizo al principio del mundo. Y añade: «Renuévame por dentro con espíritu firme».

Aquí aparece la ruaj: el soplo, el aliento vital, la energía divina que transforma. Es la palabra hebrea que define tanto el espíritu vital que nos anima desde dentro como el soplo con el que Dios nos dio la vida. 

Es exactamente la promesa de Ezequiel: «Os daré un corazón nuevo, pondré dentro de vosotros un espíritu nuevo» (Ez 36).

El lev puede volverse piedra. Pero la ruaj puede volverlo carne viva.


El Dios del interior

Jesús, en el Evangelio, insiste en lo secreto: «Tu Padre, que ve en lo secreto…»

No habla de ocultamiento como estrategia espiritual. Habla del Dios que habita el interior. El Dios que mira el lev. El Dios que no se impresiona con gestos exteriores.

La limosna, la oración, el ayuno… si no nacen del interior, son ruido. Pero si brotan del lev, aunque nadie los vea, tienen peso eterno.

Dios no compite por visibilidad. Dios trabaja en lo invisible. El verdadero altar es el interior.

Cuando “cerramos la puerta” somos solo Dios y yo en el lev.


El lev de un papá: cuando el interior ya no es solitario

Pero cuando alguien está casado, cuando tiene hijos, cuando tiene familia, el interior cambia de forma.

El Dios del interior ya no es un Dios que se encuentra encerrándose en un cuarto aislado del mundo. Porque el que tiene familia ya no es indiviso. Ontológicamente ya no vive solo. Su lev ya no le pertenece únicamente a él.

Puede cerrar la puerta de su habitación pero los hijos llamarán. Puede intentar aislarse pero su corazón seguirá latiendo con otros nombres dentro.

Lo íntimo ya no es "la habitación". El lev a puertas cerrada es la puerta de la casa con toda la vida que queda dentro y que no puede detenerse.

Cuando se cierra la puerta del hogar, lo que queda dentro no es soledad, es comunión. El interior se vuelve plural. En el lev viven los hijos, la esposa, el esposo. Viven sus voces, sus risas, sus miedos, sus preguntas.

Y ahí —justamente ahí— sopla la ruaj.

Los hijos son como el viento del que habla Jesús a Nicodemo: no sabes de dónde vienen ni a dónde van. Son imprevisibles. Incontrolables. Vivos. Como el soplo de Dios.

Muchas veces pedimos: “Señor, crea en mí un corazón nuevo”. Y no advertimos que Dios lo está creando (bará) en nosotros a través de ese viento (ruaj) que corre por la casa.

La vida familiar es un Génesis diario donde Dios está creando constantemente.

Está soplando.

Está educando el lev por medio de esas pequeñas interrupciones, de ese ruido, de esa vida intensa que no permite encerrarse en una espiritualidad cómoda.

El que tiene hijos descubre que el interior ya no es un espacio solitario. Es un espacio habitado. Y en ese espacio cálido, lleno de voces y de movimiento, la ruaj juega, transforma, pule, ablanda.

La familia se convierte en el soplo creador de Dios. En la escuela donde el corazón se vuelve carne. En el lugar donde Dios está haciendo, sin que lo notemos, un corazón nuevo.

Y quizás esa sea una de las formas más profundas en que Dios responde a nuestra súplica: No crea nuestro lev lejos de la vida. Lo crea en medio de ella.

Cuando cerramos la puerta del espacio más íntimo que ahora tenemos. Y tu padre que ve lo secreto te recompensará.