El título de este post es la
última frase de la primera lectura del día de hoy (Hch 8,8). Y, no sé, le
ha dado sentido a algunas cosas que he estado pensando. Debe ser el encierro de
esta cuarentena y la vivencia de la Pascua, como la de los primeros cristianos,
dentro de las casas. En la primera Pascua, y en la nuestra ahora, se me hace
muy evidente la idea griega del ser en potencia.
Para Aristóteles, y muchos años después para Tomás de Aquino, la potencia es
la capacidad de algo de ser en el futuro. Ese algo futuro se encuentra en su
esencia pero, hoy, no es acto. Los evangelios están llenos de esta idea. La
semilla de mostaza, por ejemplo, es en esencia un árbol gigantesco aunque su actualidad
sea minúscula. La potencia es capacidad, alcance. Así el reino de los cielos del que Jesús nos habla se parece a
este granito de mostaza: pequeño en acto, pero potencialmente inmenso.
Si sois lo que tenéis que ser,
decía Santa Catalina, prenderéis fuego al mundo entero. Nuevamente: potencia y
acto. Si sois lo que tenéis que ser, potencia pura, prenderéis fuego al mundo
entero, la belleza del acto que nos hace imaginar la tierra entera consumida en
un cálido fuego de amor. Idea de los griegos, de los cristianos de antes y de
ahora.
Cuando hablamos de la primera
Pascua en las casas de los cristianos no podemos dejar de percibir el temor que
ocasiona su encierro. Pero también alcanzamos a ver, en este tiempo litúrgico precisamente que las
lecturas diarias nos van narrando los hechos de los primeros apóstoles, el
desenlace de ese pequeño aleluya que empezaba a escucharse hacia adentro y que
cobraría mucha fuerza con el pasar de los siglos. En una casita sencilla la
alegría de una mamá nazarena que se reencuentra con su Hijo iría contagiando a
todos al ritmo de los encuentros de un resucitado con sus amigos.
¿Qué se necesita para llenar una
ciudad de alegría? Poco en realidad. Una mamá. Un resucitado. Unos amigos. Ese
aleluya del albor de la iglesia era potencia pura. Aleluya dicho muy bajo, con
temor, hacia adentro, entre cuatro paredes, tiene la fuerza para encender el
mundo entero. Y digo “tiene” y no “tuvo” porque al escucharlo, cuando aplicamos
el oído a las escrituras como si de un susurro se tratase, en nosotros también
se hace actualidad. Empezamos a ver claramente a esa mamá, a ese resucitado y
nos hacemos amigos de esos primeros discípulos.
Nuestro aleluya de hoy, de esta
Pascua, tiene muchas similitudes con ese primer aleluya. Es potencia. Es pequeñito,
se dice con temor y hacia adentro, pero puede transformar las vidas de muchas
personas que necesitan comprender el dolor desde la luz que brota del Evangelio.
Dios es más fuerte que la muerte y todas las implicancias prácticas que eso
conlleva.
Este encuentro con Dios de estos
días es potencia. Es casi imperceptible pero dentro de sí lleva la capacidad de
encender toda una generación y sólo Dios sabe cuánto más. Hemos visto de
cerca nuestra fragilidad, hemos experimentado la muerte de personas cercanas, hemos
visto testimonios reales de personas valientes ayudando a los demás. ¿Tan difícil
es percibir el árbol inmenso que ya está brotando de esta minúscula semilla?
Una mamá, un resucitado y unos amigos.
Nosotros, la iglesia en familia, encerrados con temor pero siendo capaces de
reconocer la mano de Dios que nos sostiene y empuja al encuentro con Él. El
mundo, el que yo conozco al menos, se ha construido a fuerza de encuentros como
éste.
Resucitó, según su palabra, resucitó. ¡Aleluya!
