viernes, 4 de noviembre de 2016

Sin palabras

Algo que he aprendido en estos siete, y poco más, meses de padre es que no estamos preparados para esto. Por lo menos no lo estamos en la forma en que creemos que debemos estarlo. Me explico. Cuando un hijo nace, su papá está listo para jugar con él, pero el hijo, evidentemente, no lo está. Por lo menos, no en la forma que el papá había pensado. La fragilidad del recién nacido es un dato que los papás no calculamos y que tiene mucho que enseñarnos. La total indigencia en la que venimos al mundo es sencillamente aleccionadora. Me intriga por qué Dios lo habrá hecho de esa forma. Pudo enviarnos menos indefensos, más hábiles, pero no. Nos envió totalmente indigentes, totalmente dependientes de otro.

Por otro lado están las palabras. Toda una vida verbalizando nuestras experiencias, hasta llegar al punto en que es la única forma de comunicación que practicamos. No digo conocemos, porque sabemos que no es el único lenguaje. Pero si es el más habitual. Aquel en el que más nos hemos ejercitado. En ese panorama un bebé te saca de cualquier preparación que creas tener porque no hablan. Nosotros tan discursivos, tan llenos de ideas y conceptos, tan civilizados. Ellos tan sencillos, tan viscerales, tan en contacto con lo simple de la vida. Es un dialogo que no cabe en palabras.

Cuando llego a casa me gusta entrar sin hacer ruido. Busco a Juan Pablo y, sin decirle nada, dejo que me vea. Esa sonrisa que se dibuja en su rostro paga cualquier esfuerzo. Me dan ganas de volver a irme solo para regresar. A veces creo que me voy solo por eso. Lo tomo en brazos y nos reímos. Me han dicho que es un reflejo, pero yo no puedo dejar de percibir cierto aire de complicidad: cuando yo me río Juan Pablo se ríe también. Y hemos terminado varias veces riéndonos largo rato. Las palabras que puedan decirse en esos momentos están de más.

Juan Pablo aún no sabe dar besos. Es muy complicado eso de juntar los labios y hacerlos sonar. Pero ya entendió de qué se trata. Cuando lo pongo en mi pecho, y está de buen humor obviamente, pone su boca en mi cara y la va recorriendo despacito. Dejando una estela de saliva, o “baba” como le decimos en mi pueblo. En mi pueblo también nos gusta hacer verbo cualquier sustantivo así que conjugamos “babear” en cualquier tiempo y modo.

Esto es algo que atesoro mucho porque, seamos sinceros, en nada de tiempo va a estar dando besos convencionales como todos. Y, aunque será toda una emoción verlo dar besos, vamos a dejar de “babearnos” porque uno no puede ir así por la vida dejando su “baba” en la gente. Vamos a ser hombres grandes y respetables. Esto es cuestión de dos semanas y ya; volveremos a la seriedad que se espera de nosotros. Pero en el corazón de padre me quedara este recuerdo imborrable de ternura y cercanía. Una vez más sin mediar palabra alguna.

Creo que comprendemos mejor el valor que tiene ser hijo cuando tenemos uno. Nacemos siendo hijos y no reconocemos bien esta dignidad hasta que unos ojitos juguetones y curiosos nos esperan en la casa. Hasta que un bebé que no puede subsistir por sí mismo necesita de nuestros cuidados. Hasta que se nos sale el corazón cuando pensamos que le pueda pasar algo.

Ahí es cuando entendemos lo pronto y presto que está Dios para ayudarnos. Se nos hace más clara la inmensa ternura que Él tiene con sus hijos. Con sus hijos que somos nosotros. Su predilecto que soy yo.

Una vez más: entendemos esto sin palabras. Porque Dios no habla como lo hacemos nosotros, Él dialoga con nosotros cuando se dona. Lo hizo, en Jesús, viniendo a nuestro mundo porque Él es la “Palabra” del Padre. No es una palabra con sílabas, consonantes o vocales. Esta es una palabra cuya irrupción en nuestra realidad nos comunica la verdad más profunda sobre quien es Dios y quienes nosotros. Este dialogo continúa en todo aquello que Él nos regala. Y un hijo es eso: parte de ese dialogo pedagógico de Dios que sobrepasa cualquier construcción lingüística que podamos tener.

Y así vamos aprendiendo a ser hijos mientras hacemos de padres. 

Gracias a Dios.


¿Por qué escribo?

El otro día alguien me hizo esta pregunta y me obligó a recordar por qué lo hago. Me alegró la respuesta que me pude dar: porque estoy agradecido. Y como todo aquel que sabe que en la vida será siempre más deudor que acreedor, pues, toca devolver lo que se pueda. Aunque sea poco.

Yo soy cristiano desde hace mucho, pero no siempre lo fui. Cuando conocí a Dios ya estaba saliendo de mi adolescencia. Una de las cosas que recuerdo de aquella época es la primera vez que recé Laudes.

Para el que desconozca el término Laudes es el nombre de una de las oraciones que rezan los fieles católicos en el rito de la Liturgia de las Horas. El día se divide en varios momentos y cada uno de ellos implica una oración. Para los religiosos el rezo de la liturgia de las horas es obligatorio dado su estado; para los que no lo somos es opcional acogernos a la “hora” que podamos. Cuando me explicaron que era una tradición que se venía llevando desde el siglo VI de manera ininterrumpida, a través de una evolución en distintas formas claro está, por monjes, sacerdotes, y por la Iglesia en general, pues, era algo que debía aprender. Quien me conoce sabe que todo aquello que tiene más de cinco siglos de antigüedad me fascina; lo que tenga menos de eso es una novedad que aún debe mostrar su valor.

Con ese preámbulo compré mi librito y me senté a rezar como me habían enseñado. En frente de la eucaristía, como me habían enseñado también. La oración no es muy compleja: tres salmos, una cita bíblica y unas peticiones. Era un día jueves, de la primera semana. Y recuerdo la cita bíblica que leí, una de Isaías, se las transcribo:

«Así dice el Señor: "El cielo es mi trono y la tierra el estrado de mis pies: ¿Qué templo podréis construirme?; ¿o qué lugar para mi descanso? Todo esto lo hicieron mis manos, todo es mío –oráculo del Señor.»

Ahí terminaba la página. Y ahí me detuve. Yo no creía mucho en Dios en esa época, tenía más bien una leve curiosidad. Pero me conmoví al pensar lo grande que debería ser, si es que realmente existiese, como para que la tierra sea tan solo un lugar para descansar sus pies. Si todo era de Él realmente, la iglesia en la que estaba rezando era un granito de arena. Miré la eucaristía y pensé que si ese era realmente Dios, ese Dios que se sienta en el cielo y cuyas manos me habían hecho, pues yo era muy pequeño. Y Él tan grande que no alcanzaba a imaginármelo. Si existiese claro.

Terminé mi pausa y di vuelta a la página. La cita no había terminado. Les transcribo el versículo que seguía:

«En ése pondré mis ojos: en el humilde y el abatido que se estremece ante mis palabras.»

Por eso escribo. Porque en mi vida he visto cumplida esa promesa. Dios ha puesto sus ojos sobre mí tan solo por estremecerme ante sus palabras. Aún sin conocerlo bien. Lo de humilde y abatido no creo que me salga bien nunca, pero lo de estremecido sí. Yo no lo he buscado, nunca ha sido iniciativa mía. Él me ha mantenido cerca y me dado todo lo que tengo. Esto lo he ido entendiendo con el paso de los años. Un poco ese día en el que sentí que esas palabras me eran dirigidas. Más en el transcurso de la vida donde mi deuda ha aumentado, si es que eso es posible.

Escribo por eso y por algo más. Hay unas cuantas personas que me quieren mucho y para quienes no voy a estar toda la vida. Llegará el día en que me buscarán con nuevos ojos, con ojos nostálgicos, y no podrán encontrarme. Es bien sabido que la nostalgia nos vuelve receptivos, y el tiempo más sabios. En ese día estarán mucho más dispuestos a escucharme de lo que estuvieron cuando aún podían hacerlo. Estas letras que escribo son para ese día: para tener algo para decirles cuando quieran escucharme y puedan conocer quién soy cuando me busquen. En lo que he escrito podemos acortar distancias.

Si ya estamos en esa época, pues bienvenidos. Yo también he extrañado conversar con ustedes. Si no estamos en esa época aún, no se disgusten. Tómenlo como una más de las excentricidades de su padre.