miércoles, 9 de diciembre de 2015

El 8 de diciembre

«La fiesta de la Inmaculada Concepción expresa la grandeza del amor de Dios. Él no es sólo quien perdona el pecado, sino que en María llega a prevenir la culpa original que todo hombre lleva en sí cuando viene a este mundo. Es el amor de Dios el que previene, anticipa y salva.»
Papa Francisco


Es una fecha muy querida para mí, y para muchos de los que me son cercanos. Es el día de la Inmaculada Concepción y es, también, la fecha que ha visto nacer la familia espiritual a la que pertenezco. De la mano de María, como bien nos dijera nuestro Superior General.

Siempre me gustaron las lecturas de este día. Me parece que la primera y el evangelio son dos actos de una misma obra teatral. Es como un resumen de lo que creemos los cristianos. En el Génesis se nos narra el nudo crucial de la creación, el momento clave para entender lo que va a ocurrir después: la desobediencia de Adán y Eva al probar el fruto que Dios había prohibido en el paraíso. Luego de este evento se da la “expulsión del paraíso”, que no es otra cosa que una alegoría que expresa la pérdida de paz que sufrimos los hombres cuando nos alejamos de Dios. Habiendo sido creados para vivir en armonía, hemos preferido romper con ella. Una tenue promesa ulterior brinda algo de luz en este triste escenario cuando Dios sentencia a la serpiente diciendo: “Enemistad pondré entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya”. Algo de luz queda.

En el evangelio esa pequeña luz se hace más fuerte. Un ángel es enviado a una virgen en Nazaret, María es su nombre, y le anuncia que va a recibir aquella promesa en su seno: Dios mismo vendrá a su vientre para ser Dios con nosotros y terminar con este exilio. Los nuevos Adán y Eva que vienen a restituir la armonía que perdimos al principio. Y esto es un hecho portentoso, nos lo recuerda el salmo, como un interludio entre los dos actos: “Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas”.

Es un plan perfecto diseñado por Dios para devolvernos lo que inicialmente había pensado para nosotros. Lo dice San Pablo en la segunda lectura: “Él nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor”. Es decir, esto no fue improvisado. Desde antes de ser todo, esta redención ya estaba en el corazón de Dios como un ardid que llevará a su creación a vencer el mal en forma definitiva.

Como decía, es un plan perfecto que vino a cumplirse en la plenitud de los tiempos, en el tiempo adecuado para esta obra portentosa. Algo de esto es lo que celebraremos en la Navidad.

Pero existe el 8 de diciembre antes del 25. ¿Y qué es esto? Es un anticipo. “Es Dios que  no sólo perdona el pecado, sino que en María llega a prevenir la culpa original que todo hombre lleva en sí”, como nos recuerda el Papa Francisco. Es Dios yendo un poco más allá, como si fuera posible aún un poco más de amor.

Es como lo aurora que no puede resistirse a terminar la noche y se adelanta unos momentos a la luz del sol para gritarnos que el día ya está cerca.

Es como un niño que al ver el banquete que su mama ha preparado para alguna cena especial, no puede esperar a que la comida sea servida y trata de robar algún bocado para saborearlo antes de tiempo.

Es, también, como la mamá que ya está preparada para este asalto y tiene un bocado extra para su pequeño.

Es como la esposa que al escuchar las llaves de su esposo abriendo la puerta de la casa deja lo que está haciendo para salir a recibirlo.

Es como el esposo que por primera vez siente las pataditas de su hijo en el vientre de su esposa después de varias ocasiones  en que ella ha intentado hacerlo partícipe de lo que vive todo el día. Son esas pataditas un anticipo de lo que tendrá pronto en sus brazos, y todo su mundo cambia por completo.

Es como el padre de la parábola que espera la vuelta de su hijo pródigo y que sale corriendo a su encuentro a besarlo y abrazarlo apenas ve su silueta a lo lejos.

Ese es el amor de Dios que conozco. Aquel amor que no conoce límites, que no respeta tiempos, y que siempre sale a nuestro encuentro. Es aquel amor el que preservó a María, incluso de la caída original. ¿Por qué? Pues por amor, la misma razón por la que nos redime sin merecerlo.

Me gusta saborear este bocado antes de los banquetes navideños. Y Dios nos lo prepara con mucho cariño. Nos permite sentir estas pataditas antes de verlo nacer en el pesebre.

Y que bueno es vivir todo esto en familia. En esta familia que también ha sido, para mi, Dios que ha salido a mi encuentro.

Qué bueno es nuestro Dios.

Buen provecho.

jueves, 1 de octubre de 2015

Un retraso muy querido

Entrábamos al hospital por la que sería la última emergencia. Recostada en su camilla, mi mamá me dijo una de las últimas cosas que escucharía de su voz: «Con todo lo que los quiero, ya quisiera irme. Siento que los estoy retrasando».

Lo decía después de seis años de cáncer: tres del primer tumor en  el seno, un receso de un año, y dos de la metástasis en los huesos. Luego de varias sesiones de quimio y radio terapias. Luego de perder la movilidad por el dolor y por el riesgo de fractura ósea. Luego de pasar la mayor parte del tiempo  acostadita en su cama.

¿Te duele? - le preguntaba-.

Solo cuando me muevo - me respondía-. Cuando no me muevo me siento de quince años.

Quienes la conocieron podrán dar fe de su sentido del humor.

Yo no había tenido mucha experiencia con el dolor o la muerte. En mi familia no somos enfermizos, ni nada por el estilo. Mis abuelos fallecieron hace algún tiempo, pero la verdad mi relación con ellos nunca fue muy cercana. Considero que lo que vivimos con mi mamá ha sido mi único encuentro fuerte con ambas, hasta ahora. Obviamente, el sufrimiento es un dato siempre a la mano, es más que evidente que está allí, pero la experiencia de pasar a través de él con alguien querido le da otra dimensión al asunto. Ni que decir de transitar estos caminos con  la mirada que da la fe en un Dios personal y bueno, que tiene un Plan para nosotros cuyo motor es el amor, y que busca nuestro bien aún en las situaciones más dolorosas. Eso es, definitivamente, luz que alumbra lo que a veces no se alcanza a comprender.

La verdad era que si nos “retrasaba” en la vida. Cuidarla suponía posponer algunas cosas. Pero viéndolo ahora era un retraso necesario. Como una de esas pausas requeridas para proyectarse mejor. Para mí es una de esas cosas que no se aprenden estudiando, sino que se van entendiendo con el corazón: con dolor al principio, y con mucho fruto al final.

Por eso, y a riesgo de simplificar mucho, me gustaría poner por escrito y compartir algunas de las enseñanzas que significaron para mí el tiempo de la enfermedad de mi mamá y su posterior tránsito a la casa del Padre, como decimos los cristianos. Espero que les sirva a quienes pasen por algo similar. A mí me servirá para recordar, aunque lo que se graba en el corazón rara vez se olvida. Creo que el método de Dios es, ciertamente, la mejor pedagogía.

Dios nos permite cargar algo de nuestra propia cruz

Comprendí que Dios comparte un poco del dolor que ha decidido cargar sobre sí con los que quiere. El dolor, la enfermedad y la muerte son consecuencia de nuestros pecados, y éstos han sido asumidos por Jesús en la cruz. Han sido redimidos, decimos los creyentes. Es decir, no tienen la fuerza que deberían tener, o por lo menos no recaen sobre nosotros con la fuerza real con que deberían hacerlo. De eso se trata esto de la redención de Cristo: el dolor y la muerte no son definitivos, son despojados de su veneno y se convierten más bien en camino de salvación. Lo que nos toca a nosotros de estas realidades en nuestra vida cotidiana son solo reflejos del real alcance que el mal debería tener. Pero Dios, en su infinita sabiduría y misericordia, decide compartirnos algo de ese peso que Él ya ha decidido quitarnos. Nos permite ser sus cirineos en el camino: él apoya su cruz sobre nuestros hombros, no para descansar - Dios no se cansa, eso sería un contrasentido-  sino para que nosotros carguemos algo de lo que nos corresponde, de lo que nos corresponde a todos como humanidad caída. Es una forma de justicia que permite adelantar nuestro purgatorio y también el de quienes queremos. También de corresponder en algo el don tan grande de la redención que nos es donado. Todo esto en un dialogo hermoso entre Dios que viene a buscar a su hija amada y su amada que empieza a comprender quien es el que ha venido a buscarla y de que se trata el don que le ofrece a través del sufrimiento. A mi mamá le debo la purificación real de muchos de mis pecados y una mirada muy sobrenatural de este tema.

El don de devolver lo recibido

Cuán importante y gratificante es poder devolver en vida un poquito de lo que hemos recibido. Mi mamá me cuido cuando niño y yo pude devolverle sus cuidados en su enfermedad. Hay recuerdos hermosísimos de servicio y de amor que me quedo atesorados dentro. Y esto es una gracia, no todos pueden devolver. Pasa lo mismo con la calidad de tiempo que pude pasar durante su larga enfermedad: todo tiene una perspectiva diferente. Eso es un don también. En los últimos años tuve oportunidad de dialogar mucho con ella, de conocerla en muchos aspectos que los hijos simplemente ignoramos.

El cielo es un lugar cercano

Siempre he sido alguien pragmático, más bien lento para lo espiritual. A mí la vida cristiana me funciona aquí y ahora, ergo soy cristiano. El cielo ha sido para mí una idea aceptada por fe, algo que no es importante ahora sino en el futuro, como una verdad que acepto como corolario de ser cristiano. Emotivamente nunca he estado ligado a este concepto, nunca ha sido algo anhelado. A mis treinta años, joven pienso yo, Dios quiso que el cielo se vuelva para mí como un hogar al cual volver. En ese cielo lejano palpita hoy un corazón familiar para mí, hay un rostro que quiero volver a besar, un abrazo que quiero recibir nuevamente. Se que hay un jarro de colada -quaker crudo, diría ella- servido para mí en ese  banquete eterno del que se nos habla en el evangelio. Esto hace que la vida adquiera un matiz totalmente distinto. Dios ha querido elevar mi mirada dirigiendo mi corazón hacia donde está Él mismo. Con esa mirada empiezo hoy mi familia, no solo con el norte que la inteligencia del misterio pueda darme, sino con toda la fuerza que puede aportar el corazón.

El dolor cotidiano tiene una nueva referencia

Palpar el dolor de mi mamá, y percibir su nobleza al soportarlo, es más, ver su generosidad al hacernos llevadero a nosotros su dolor me da una nueva referencia para el sufrimiento cotidiano que enfrento. Incluso la muerte puede tener frutos excelentes, de más está decir que los sufrimientos cotidianos también. Es un nuevo parámetro para la vida.

El amor de padres y la gratuidad

Es real que cuando un ser querido fallece queda un vacío que no puede ser llenado. Este vacío bien asumido puede mostrarnos, a través de la nostalgia en mi caso, la forma que tiene nuestro propio corazón. Me explico: dejamos de recibir un tipo de amor y lo extrañamos; con el tiempo empezamos a categorizar como es ese amor y porque nos hace falta. En mi caso, fue el amor gratuito que he recibido de mis padres, ese amor sin condiciones de quien te quiere porque sí, sin importar lo bueno o malo que hagas. Es un amor que no necesitas ganar, que no necesita de tu esfuerzo. Ese es uno de los rostros de Dios que he podido descubrir en este tiempo, y los padres son un reflejo especial de eso. Para ninguna mamá su hijo es feo, tonto o malo, por decirlo de alguna forma. Somos lo mejor que les ha pasado y eso no lo podemos cambiar ni siquiera nosotros. Y esto no es arbitrario, en los padres hay un poco de ese amor que Dios mismo nos tiene. Ellos valoran lo bueno que hay en nosotros por sobre lo malo tal como lo hace Dios. Cuando comprendemos esto, empezamos nosotros también a mirar un poco así.

En el libro de Job (5,18) encontré una cita que expresa un poco mi experiencia: «El Señor hiere, pero venda la herida; golpea, pero sana con sus manos». Creo que la experiencia de saberse acompañado por Dios en estos asuntos tan dolorosos al corazón y complejos para la razón es una clave que permite comprender la profundidad de lo que se está gestando.

Realmente el mal ha sido redimido hasta sus raíces más profundas y la muerte, pues ha sido vencida por el Dios de la Vida. No tienen una sola palabra definitiva. Son verdades que espero que cuando alguno de ustedes recorra estos senderos, y tengan la certeza que todos lo recorrerán alguna vez, nuestro Señor les conceda mucha apertura para asumir en lo profundo de sus corazones.


miércoles, 12 de agosto de 2015

Soy hombre y no Dios

Les comparto algo que escribí en mis últimos ejercicios espirituales. Quien me conoce sabe que esta experiencia es lo más repetitivo en mi vida. Que le vamos a hacer. Cada quien tiene su tempestad en la pasión que lo domina, decía San Agustín. Cada cual tiene un lado por el que cojea, sería una expresión más criolla. Espero que les sirva a los que cojean de lo mismo que cojeo yo.

Mi medida es más pequeña que la tuya, los cimientos que yo pueda poner son menos estables que los que puedas poner Tú, mi mirada no alcanza a ver lo que es patente para ti. Porque soy hombre y no Dios. Es muy cierto eso de que no son nuestros caminos iguales a los tuyos, y que de la misma forma en que distan los cielos de la tierra, así aventajan tus pensamientos a los nuestros. Por fortuna es así.

La angustia nace al ponderar con mi medida, construir con los cimientos que calculo yo poner, mirar solo desde mi pequeñez lo que puedo divisar. Y no me alcanza. Para lo que quiero en lo profundo de mi corazón no es suficiente. Y Tú lo sabes bien.

Entonces aparece el rayo de luz, la idea luminosa que trastoca y devela lo que cotidianamente se oculta. No estoy solo, Tú estás conmigo. Eres tu quien mide, eres Tú quien construye. Tu mirada no es como la mía. Tú sobrepasas las apariencias y ves el corazón. El mío que tan bien conoces.

Entonces quedo tranquilo. Como el mar luego de la tempestad que se ha calmado ante tu voz. Esa voz que resuena dulce y fuerte en mi memoria. Como la miel más tierna de una madre, con la firmeza paternal de quien nos sostiene. Así, el mar embravecido se acurruca en tus palabras, se duerme poco a poco, como un niño cansado de llorar algún capricho se rinde ante el amor de las caricias maternas.  

Cada quien tiene su tempestad en la pasión que lo domina. Y tu voz tiene la calma que sobre toda tormenta se debe pronunciar:

Mi medida es la mejor, mis cimientos los más estables. Mi mirada alcanza a ver el desenlace de todos los caminos. Porque todo es mío. Yo soy Dios, y no hombre.

Y a ti te he mirado con amor desde el principio. ¿Acaso no te has dado cuenta?


Animo. No tengas miedo. Soy Yo. En ninguna tempestad he dejado de serlo.


viernes, 8 de mayo de 2015

Sin condiciones

Existe una verdad sobre nosotros mismos que es primera y anterior a todo. Y ésta es que somos amados con un amor incondicional desde el principio. Esto que se dice rápido, es uno de los misterios más grandes que he podido conocer. Y creo, debo decir con honestidad, me tomará toda mi vida comprenderlo cabalmente.

En nuestra cultura no estamos acostumbrados a ver y valorar este tipo de amor. En líneas generales éste es más o menos condicionado: depende de la simpatía, de los lazos familiares, de la admiración, de la afinidad, por poner algunos ejemplos. Depende de como la otra persona me hace sentir o del efecto que generen en mí sus cualidades. Depende de un sinnúmero de factores. A eso estamos habituados.

Esta es la primera verdad que Dios dice de nosotros: desde antes de nacer ya somos amados con un amor incondicional. Esto quiere decir que no tiene condiciones, aunque suene muy obvia la aclaración. No depende de lo que haga, sienta o piense. No depende de lo bueno o malo que sea. Ni siquiera de que tan fielmente viva mi cristianismo. No depende de mí. Es incondicional, sin condiciones. Lo repito porque a veces perdemos el sentido de la novedad que esto implica. Es un amor inquebrantable, que no se rompe cuando me rompo yo. Que me transciende y es capaz de darle solidez y proyección impensable a mi vida. Es un amor que no soy capaz de perder, aunque quisiera hacerlo.

Me gusta esta forma de pensar y el estilo de vida que de ella se deriva. Me gusta darle a Dios la primera palabra sobre mí mismo. Todo lo demás viene después, pero lo primero y esencial es que he sido mirado con amor, incluso, desde antes de nacer. Darle a Dios la iniciativa en mi vida es garantía de que mi existencia va más allá de mí mismo; y solo una vida que transciende mis límites vale la pena ser vivida. Si mi vida queda encerrada en mis gustos y opiniones, mis ideas y criterios, mis solas capacidades y habilidades, pues no soy más que aquel loco de la fábula que intenta rescatarse del pantano tirándose de su propio cabello. Es muy valioso conocer que mi existencia no se agota en mi, sino que recibe aire fresco siempre desde afuera.

Como algunos de ustedes saben, otros no, estoy pronto a casarme. “De la ceja al ojo”, como dicen en mi pueblo. Y hoy conversando con alguien me preguntaba sobre mi intención de tener hijos “de entrada”, como también dicen en mi pueblo. Y su inquietud era muy válida: me hablaba de lo importante que es el espacio de acoplamiento de la pareja, de lo provechoso que puede resultar la convivencia previa para la solidez del matrimonio, de lo importante que es planificar responsablemente el número de hijos dado el entorno y la economía en que vivimos.

Y después de pensarlo mucho he llegado a la conclusión de que me gusta mi estilo de vida. Ese de darle a Dios la primera palabra sobre quién soy. Aquel que parte de saber que soy amado por un amor inconmovible que ha dispuesto todo para mi bien. Y eso me gustaría dejarles claro a mis hijos: que han sido y son amados por un amor que no depende de ellos, mucho menos de las circunstancias en que se den sus nacimientos. Que han sido amados eternamente por un amor que no calcula, que no se mide, sino que generosamente crea. A mi parecer esta es una de esas cosas que no se transmiten con palabras, sino con la coherente elocuencia de los actos.

No estamos acostumbrados a este tipo de amor pero es, al fin, el que buscamos. Cuanto bien hace a cada uno captar la gratuidad del amor. El amor no se compra, no se puede pagar. No se gana en las categorías en que nos ganamos todo en esta vida. No doy para recibir, ni recibo la misma medida que he dado. El cristiano es siempre más deudor que acreedor. Somos amados por el simple hecho de ser, y existe un amor primero que nunca nos será quitado. Dios no ha calculado al crearme porque soy fruto de su abundancia, de su ilusión terca y loca por verme feliz. Y si Dios me ha visto de esa forma, ¿cómo puedo mirar diferente a los que pueden venir a través de mí?

No me queda más que aprender de esa mirada que tanto bien me ha hecho y, aunque no es nada sencillo, amar así como lo hace Dios.


Sin condiciones.


jueves, 12 de febrero de 2015

Solo el amor conoce

Me gustó mucho un videito que vi en las redes sociales estos días. Se los pongo al final del post, pero también se los cuento acá, por si acaso les de pereza darle click.

Una madre y su hija, asumimos,  se graban en su auto haciendo una caracterización de “Love is an open door”, una de las canciones del último éxito de Disney, Frozen. Muy gracioso, el paso del robot me pareció lo mejor. Creo que la ternura de la hija y la complicidad que se percibe entre ambas es lo que me hizo especial este video. Mucha naturalidad y alegría, de esas cosas que refrescan y que aún se encuentran por ahí en medio de tanto negativismo de los medios.

Me quedé pensando en lo libre y espontáneos que podemos ser en ciertas etapas de nuestra vida, sobretodo en la niñez. Son muy frecuentes las expresiones naturales y descomplicadas. Hay mucha intensidad en la forma en la que nos relacionamos con todo lo que nos rodea, y no tenemos la menor intención de expresarlo con recato. Creo que al ir creciendo adoptamos formas que van cortando esa espontaneidad. No es que dejemos de ser quienes somos, pero asumimos roles que encasillan la manera en la que salimos de nosotros mismos y nos relacionamos con los demás.

En algún momento de nuestra vida hacemos este gran descubrimiento: anhelamos volver a lo esencial, hacer de esa inocencia original nuestra forma cotidiana de vida. Por eso es tan popular aquella expresión de Jesús: «El Reino de los Cielos es de aquellos que son como niños». Es algo que queremos para nosotros. Incluso nos pasa en la vida espiritual: en algún punto comprendemos que la mejor actitud interior es la candidez confiada del hijo con su Padre; en mi opinión, éste es uno de esos puntos sin retorno, del cual volver sería de lo más irracional. Y resulta un verdadero desafío la búsqueda de nuestra identidad en la sencillez de nuestra infancia, como buscando en la memoria pistas que nos hagan fresca esa experiencia.

En esa línea pensaba en lo mucho que este video puede aportarnos. Y, para verlo de forma concreta, en lo mucho que puede aportar a Teigan, la joven protagonista del video. Me la imagino dentro de algunos años observando sus expresiones y la soltura con la que ha sido capaz de su espectáculo. Me alegro pensando en lo refrescante que debe ser para ambas, madre e hija, recordar lo intensa de su relación. En ese sentido el video se convierte en testimonio de todo esto.

Pero me gustaría ir más allá. Si bien el video es capaz de guardar todas estas memorias y traerlas al presente cada vez que sea reproducido, creo que toda esta experiencia, de la niñez con su hondo significado, queda guardada de manera especialísima en el corazón de los padres. Creo que ellos son custodios de esta feliz etapa, y lo hacen con el entusiasmo del amor que viven. Pocas cosas serán más importantes para ellos como eso que han ido atesorando tan entrañablemente con el paso de los años.  

Recuerdo algo que alguna vez leí por ahí. Soy un pésimo cronista, así que no recuerdo bien donde o cuando, pero lo que me dijeron es el titulo de este post: solo el amor conoce. Y me pareció algo muy iluminador. Solo quien ama tiene la capacidad de mirar lo esencial en cada cual. Solo quien ama pone en el justo lugar los aspectos negativos de alguien, los vicios y defectos, sin dejarse llevar por el ruido sensible que éstos hacen. Solo quien ama puede valorar rectamente las cualidades del amado, y esta rectitud será siempre la máxima apreciación de la bondad. El que ama conoce realmente porque mira más allá de las apariencias, mira como lo hace Dios. Y ¿qué cosa es el amor, sino mirar a los demás desde la misma mirada enamorada que tiene Dios para nosotros? Tan enamorado está que el relator del génesis no puede más que resumir esa mirada al crearnos en la expresión «y vio Dios que era muy bueno».

El mal es «aparentemente» definitivo. Pero es aparente, no es cierto. Si alcanzáramos a contemplar nuestra totalidad constataríamos que el bien es infinitamente superior. Es por eso que «somos muy buenos», aunque también veamos sombras que admitir.

Creo que los padres son un excelente espejo si queremos atisbar el camino para volver a ser como niños. Por un don misterioso Dios les comparte de su mismo Amor para que nos lo hagan llegar a esta tierra. Es una lástima que en el transcurso de la vida nos alejemos, y perdamos el acceso a esta fuente tan pura de valoración y estima.

En mi experiencia, cuando he querido ahondar en como me mira Dios a mi, pues he encontrado un poquito de luz en el amor que me tienen mis papás. Es muy revelador descubrir el amor que soy capaz de despertar en alguien siendo como soy, pues ese mismo amor es el que soy capaz de despertar en Dios.

Gracias a Dios ha sido así.




lunes, 2 de febrero de 2015

El óbolo de Caronte y el de una pobre viuda en Jerusalén

El óbolo es una moneda de plata usada en tiempos bíblicos que equivalía a la sexta parte de un denario. Un denario correspondía a diez ases romanos, así que en esa moneda cada óbolo ascendía aproximadamente a 1,6. Óbolo es también una contribución, una ofrenda que realiza alguien en pro de un determinado fin. Este tipo de giros en el lenguaje no son infrecuentes: se hace de uso común la aplicación específica de algún término por alguna situación que se vuelve popular. Nos ha pasado con la palabra “talento”, por ejemplo, otra moneda de la antigüedad que nos ha quedado ahora bajo la acepción de habilidad o aptitud.

Este óbolo era muy popular en el mundo antiguo por la particularidad de que era utilizado en los rituales fúnebres de la época. En la cultura griega principalmente, aunque no de manera exclusiva, este óbolo tenía un uso. Los griegos creían que al morir  el hombre era enviado a un mundo distinto a este: el inframundo. En este lugar la bondad o maldad del alma del difunto era sometida a juicio, y dependiendo del veredicto podía ser enviado a alguna de las tres regiones: los Campos Elíseos, el Reino Tártaro o el Hades,  lugares destinados a los héroes, los condenados o la población general, respectivamente. Me disculparán lo sucinto y grosero del resumen, pero me interesa esquematizarlo de manera comparable a nuestra mentalidad cristiana. En otra ocasión podremos tomarnos un café y continuar esta entretenidísima tertulia en torno a los mitos griegos.

El límite entre nuestro mundo y el de los muertos era el río Aqueronte. En sus aguas surcaba nuestro primer personaje: Caronte, el barquero encargado de cruzar a las almas de este mundo al otro. El precio de sus servicios era, precisamente, un óbolo. Por esta razón a los difuntos se los enterraba con una de estas monedas en cada ojo, o uno sola debajo de la lengua. Aquel desgraciado que no tuviese el pago disponible, debía vagar por cien años en las orillas del río sin poder cruzar.

En el fondo, estas tradiciones nos hablan de una preocupación hondamente humana. ¿Qué ocurre con nosotros después de la muerte? ¿Es esta nuestro final, o existe alguna esperanza de continuar siendo? Estas interrogantes no son exclusivas del cristianismo. Ya estaban aquí desde el preciso instante en que el hombre se encontró con el misterio de su propia muerte. Son, por así decirlo, un patrimonio común y doloroso de todos los hijos de Adán.

La idea frente al barquero del Aqueronte era llevar a la otra vida un pago desde la actual como garantía o seguro de admisión. Y era un signo de conciencia de la importancia de este viaje que, más tarde o más temprano, todos tendremos que emprender. No era posible ir sin preparación alguna.

Quiero hablar ahora del otro óbolo. El de la pobre viuda que dejó dos lepta (singular lepton) en el tesoro del templo de Jerusalén. Un lepton es otra moneda antigua de menor denominación; de hecho es la más pequeña que existía en su tiempo. Correspondía a la octava parte de un as romano. Es decir un óbolo corresponde, aproximadamente, a 13,3 lepton. Redondeando. Hagan sus cálculos, yo los espero. Para no dar más vueltas, un lepton era mucho menor que un óbolo.

Estaba Jesús sentado frente a los cepillos donde se recogían las ofrendas para el templo. Observando, como solía hacerlo ante el comportamiento de sus contemporáneos. Pero hay allí una particularidad: quien observaba era el dueño de la ofrenda. Me explico. Las ofrendas para el templo tenían el sentido de ser ofrendas para Dios, siendo Jesús Dios encarnado, era pues, el mismísimo dueño de la ofrenda. Allí estaba Él, observando, viendo con que actitud venían a dejar su ofrenda.

Muchas personas llegaron y dejaron grandes cantidades de monedas. Pero en medio de ellos llegó una viuda, pobre por su aspecto, y depositó sus dos lepta. Jesús llamó a sus discípulos,  muy conmovido imagino yo, y les dijo: «en verdad os digo que esta pobre viuda ha echado más que todos cuantos echan en el tesoro, pues todos echan de lo que les sobra, pero ésta de su indigencia ha echado cuanto tenía para vivir».

El dueño de la ofrenda es Dios, quien es también dueño del mundo futuro que, a tientas, la humanidad ha imaginado. De hecho siendo dueño de todo lo que existe, valora las dos lepta mucho más que otras monedas de mayor denominación. Paradójicamente, con su desprendimiento y olvido de las seguridades de esta vida estaba la viuda, precisamente, asegurando su futuro: su heredad en el otro mundo, en el de la vida eterna.

¡Y a un costo mucho menor del que le hubiera solicitado Caronte! ¡Al costo solo de la caridad, la generosidad y el desprendimiento!

De ese Dios me han hablado a mí. Ese es el Dios que yo he conocido, al menos. No es un barquero asalariado condenado a transportar almas de un lado al otro por toda la eternidad. No. Dios es el dueño absoluto del otro lado, del lugar que nos espera luego de esta vida. Y no nos vende la ciudadanía a un precio fijo o exorbitante. Nos lo da por las monedas más pequeñas que tenemos, siempre que seamos capaces de desprendernos de ellas y confiar en Él.

El paso de este lado al otro debe ser comprado a ese precio. A precio de caridad y generosidad. Al precio de la gracia de un Dios tan bueno que esta preparando ese lugar para nosotros, y para los que queremos.




jueves, 29 de enero de 2015

Las dos batallas

En honor al próximo estreno de la nueva película de la Guerra de las Galaxias, quiero comentar algo que siempre me ha llamado la atención. En la saga original, por supuesto, como todo buen seguidor. Es algo que también he podido observar en otra historia que también me agrada mucho: El Señor de los Anillos. Dado lo reciente de las películas sobre el mundo de J.R.R Tolkien, la última historia resultará mucho más contemporánea.

Primera escena. El retorno del Jedi. En el último tramo de la película la Alianza Rebelde asalta la luna de Endor con el fin de destruir un campo de fuerza que protege la nueva Estrella de la Muerte: un arma capaz de destruir un planeta entero, factor que da significativa ventaja al Imperio sobre sus adversarios. El plan es bueno, y avanza bien. Sin embargo, en un punto de la historia, Luke Skywalker, decide que es tiempo de enfrentar su destino: ir en busca de Darth Vader, su padre, y el Emperador Palpatine para ser tentado por el lado oscuro de la Fuerza.

Y esta simbología de la oscuridad resulta interesante. Se hacen evidentes las dos batallas que se llevan a cabo. Una, es la que se libra en el campo de combate. Con armas y efectos especiales. Otra es la que toma forma en el corazón del joven Jedi. Ante Luke se abre la posibilidad de sucumbir ante su propia oscuridad, ante sus propios odios y temores. Todos conocemos la suma importancia de ésta última batalla: de nada serviría que los rebeldes ganen su asalto, si el último Jedi no es capaz de vencer su propia sombras. Ese sería, simplemente, el final de toda rebelión.

Segunda Escena. El retorno del Rey, desenlace de la extraordinaria obra de Tolkien. El Señor oscuro está despertando y se prepara para volver a la guerra. Todos los pueblos libres se preparan para este enfrentamiento. Con Aragorn, último rey de los hombres, y Gandalf, el mago, asumen la defensa de las murallas de Gondor y de toda la Tierra Media. Toda esta impresionante guerra, o su preparación más bien, ocurre mientras en algún lugar de la lúgubre tierra de Mordor, guarida del Señor oscuro, dos inocentes personajes, hobbits les llaman, se adentran hacia las lavas de la Montaña del Destino, corazón y fuente de toda la magia negra de Sauron. Su objetivo es sencillo pero crucial: deben lanzar en estos fuegos un artefacto pequeño, un anillo de poder forjado milenios atrás por el Señor de las sombras en este mismo lugar y que solo podría ser destruido en el punto de su incandescente génesis.

Otra vez las dos batallas: una de dimensiones gigantescas en la que se mueven todos los ejércitos, y otra, que se libra en el corazón de los que avanzan a través de las penumbras. El anillo de poder ejerce una constante tentación sobre los pequeños hobbits y sugiere, durante todo el camino, aliviarlos de su carga, quitar su dolor, volverlos poderosos. Todos nos damos cuenta de que esta última batalla es definitiva: Si los hobbits ceden a la tentación y utilizan el anillo de Sauron, éste lo recuperará y volverá inútil cualquier defensa.

Es en este punto donde se diferencian las dos batallas de las que quería hablar. Una es la batalla externa en la que se combate a un enemigo para evitar su triunfo temporal, para anticipar movimientos, para ganar terreno. La otra, y la que nos pasa desapercibida con mayor frecuencia, es la que se libra en el propio corazón.

La vida cotidiana y el crecimiento personal implican conciencia de ambos ámbitos. No es posible madurar sin avanzar en la vida, pero es también muy cierto que no sirve de mucho conquistar metas temporales si descuidamos lo que ocurre dentro. En nuestro interior se da este mismísimo combate en el que se nos quiere convencer de que el mal es más fuerte, de que el dolor tiene la última palabra, de que la muerte es definitiva. Y es en ese mismo lugar donde debemos descubrir que el bien es más poderoso y que es la respuesta que anhelamos con todo el corazón.

Solo esta certeza, la victoria en este combate interior, puede ser la raíz de aquel árbol bueno que da frutos buenos. Si perdemos esta batalla, cualquier cosa que hagamos no será sino ruido y activismo vacuo. Y eso no es lo que anhelamos, queremos que lo que construyamos en nuestra vida sea fecundo y de muy buen fruto.

¿De que le sirve al hombre ganar el mundo entero, si al hacerlo pierde su alma? Así nos lo diría nuestro buen Señor Jesús.




viernes, 9 de enero de 2015

Desde una cabina en Montmartre

Existen momentos importantes que quedan marcados en la vida de las personas, y dependiendo de quienes son, y las prioridades que tengan, pueden ser muy variados. También es muy cierto que con el paso de los años estos momentos van siendo desplazados, en importancia al menos, por otros. Pero en fin, tenemos recuerdos que están grabados en nuestro corazón en una suerte de mezcla entre orgullo, nostalgia, tristeza o alegría, que habla mucho de quienes somos.

Para muchos serán momentos puntuales: graduarse del colegio o la universidad, ganar algún campeonato deportivo o académico. Para otros será el inicio de alguna etapa en su vida: casarse, ser padres, tíos o abuelos. La experiencia toma forma interiormente cada cierto tiempo y refresca lo que hemos vivido. Es el fin para el que fuimos dotados de memoria; el que recuerda vive dos veces, dicen por ahí, y creo yo que no les falta razón.

Hoy he recordado un momento de esos: una llamada telefónica que hice desde una cabina en París, en una plaza de Montmartre.

Mi papá es militar y por su trabajo, él y a mi mamá, tuvieron la oportunidad de viajar. Entre el 77 y el 79 mis padres vivieron en Europa, en un pequeño puerto alemán llamado Kiel. No tuvieron hijos sino hasta un par de años luego de volver así que asumo, en parte, esto les permitió aprovechar su estadía viajando por los alrededores. Nosotros, mis hermanas y yo, nacimos luego de esa época y crecimos escuchando hablar de “amanecer en Kiel, almorzar en Hamburgo, dormir en Bruselas y volver” como un plan de fin de semana. Entre fotos y relatos se fue creando una expectativa, sobretodo en mí.

En el 2011 tuve la oportunidad de “cruzar el charco”, como se le dice al Atlántico. Madrid, Barcelona y París. Luego el retorno por tierra con coloridas escalas desde la ciudad luz hasta la urbe catalana, lo cual dejo impresos gratos paisajes en mi memoria. Y por ultimo un pequeño paso por la ciudad eterna, Roma. En todo este recorrido tuve muy poco tiempo para comunicarme con mis padres, sobretodo porque ellos no han sido nunca hábiles en el uso del correo electrónico, menos las redes sociales. Con ellos era a la antigua: la llamadita telefónica al fijo de la casa.

En París me hice el espacio. Fui temprano a Sacre Cuore a rezar, y luego busqué una cabina. El sector de Montmartre ya me había enamorado para esos días.Tanta variedad, tanto desenfado. El espíritu de artista, que en ese lugar descubrí que tenía, se sentía en su hábitat.  Los llame y les conté lo que había hecho hasta entonces, en un dialogo que superaba las palabras, las anécdotas y los recorridos. Se ubicaba más bien en el plano de la infancia compartida y las expectativas que los padres acostumbran generar en sus hijos. En algunos casos sé que las expectativas generadas corresponden al éxito económico o profesional, a la continuidad de la familia o al buen nombre que se pueda ganar. Para mi este camino ha sido, relativamente, sencillo. Esas expectativas han sido siempre muy acorde a mis intereses particulares. Una bendición de Dios lo considero.

Fue en esta llamada donde percibí algo que me ha marcado profundamente, algo que quiero para mí. Es la alegría desinteresada y sincera del que se contenta por el otro. Me explico. En esa llamada mis papás estaban profundamente contentos por lo que yo estaba haciendo, con ese orgullo tonto que los papás ganan al ir creciendo sus hijos. Y no es gran cosa. Es un viaje, y después de ése he hecho otros. Pero en la voz de mis padres percibía una alegría real. Tan real como si quienes estuvieran “al otro lado del charco” fueran ellos mismos. Creo que cuando los padres son capaces de enorgullecerse por cosas sencillas, por cosas de esas que concebimos cuando somos niños, hacen de sus hijos personas mucho más libres y felices. Ser fáciles de complacer, es un tesoro de los padres.

Eso es algo que, ahora adulto, valoro mucho. Eso quiero llegar a vivir. Tener un corazón tan desinteresado que se alegre sinceramente por el bien del otro. Es lo contrario de la envidia, que algunos sabios definen como el gozo por el mal ajeno y la tristeza por su bien. Hay un tipo de amor que aprende a salir de si mismo: a sufrir con y a encontrar solaz en los que quiere. Es el culmen del desprendimiento. Creo que así debe ser esto de casarse y formar familia: hacer de varios corazones uno solo, y que latan al compás del mismo son. Al ritmo de ese amor desinteresado que Dios mismo nos tiene. El, definitivamente, es muy fácil de complacer.

¿Vieron como es cierto? Recordando se vuelve a vivir.