El
óbolo es una moneda de plata usada en
tiempos bíblicos que equivalía a la sexta parte de un denario. Un denario correspondía a diez ases romanos, así que en esa moneda cada óbolo ascendía aproximadamente a
1,6. Óbolo es también una contribución, una ofrenda que realiza alguien en pro
de un determinado fin. Este tipo de giros en el lenguaje no son infrecuentes:
se hace de uso común la aplicación específica de algún término por alguna situación
que se vuelve popular. Nos ha pasado con la palabra “talento”, por ejemplo,
otra moneda de la antigüedad que nos ha quedado ahora bajo la acepción de
habilidad o aptitud.
Este
óbolo era muy popular en el mundo antiguo por la particularidad de que era
utilizado en los rituales fúnebres de la época. En la cultura griega
principalmente, aunque no de manera exclusiva, este óbolo tenía un uso. Los
griegos creían que al morir el hombre
era enviado a un mundo distinto a este: el inframundo. En este lugar la bondad
o maldad del alma del difunto era sometida a juicio, y dependiendo del
veredicto podía ser enviado a alguna de las tres regiones: los Campos Elíseos,
el Reino Tártaro o el Hades, lugares
destinados a los héroes, los condenados o la población general, respectivamente.
Me disculparán lo sucinto y grosero del resumen, pero me interesa esquematizarlo
de manera comparable a nuestra mentalidad cristiana. En otra ocasión podremos
tomarnos un café y continuar esta entretenidísima tertulia en torno a los mitos
griegos.
El
límite entre nuestro mundo y el de los muertos era el río Aqueronte. En sus
aguas surcaba nuestro primer personaje: Caronte, el barquero encargado de
cruzar a las almas de este mundo al otro. El precio de sus servicios era,
precisamente, un óbolo. Por esta razón a los difuntos se los enterraba con una
de estas monedas en cada ojo, o uno sola debajo de la lengua. Aquel desgraciado
que no tuviese el pago disponible, debía vagar por cien años en las orillas del
río sin poder cruzar.
En
el fondo, estas tradiciones nos hablan de una preocupación hondamente humana. ¿Qué
ocurre con nosotros después de la muerte? ¿Es esta nuestro final, o existe
alguna esperanza de continuar siendo? Estas interrogantes no son exclusivas del
cristianismo. Ya estaban aquí desde el preciso instante en que el hombre se
encontró con el misterio de su propia muerte. Son, por así decirlo, un
patrimonio común y doloroso de todos los hijos de Adán.
La
idea frente al barquero del Aqueronte era llevar a la otra vida un pago desde
la actual como garantía o seguro de admisión. Y era un signo de conciencia de
la importancia de este viaje que, más tarde o más temprano, todos tendremos que
emprender. No era posible ir sin preparación alguna.
Quiero
hablar ahora del otro óbolo. El de la pobre viuda que dejó dos lepta (singular lepton) en el tesoro del templo de Jerusalén. Un lepton es otra moneda antigua de menor
denominación; de hecho es la más pequeña que existía en su tiempo. Correspondía
a la octava parte de un as romano. Es decir un óbolo corresponde, aproximadamente, a 13,3 lepton. Redondeando. Hagan sus cálculos, yo los espero. Para no dar
más vueltas, un lepton era mucho
menor que un óbolo.
Estaba
Jesús sentado frente a los cepillos donde se recogían las ofrendas para el
templo. Observando, como solía hacerlo ante el comportamiento de sus
contemporáneos. Pero hay allí una particularidad: quien observaba era el dueño
de la ofrenda. Me explico. Las ofrendas para el templo tenían el sentido de ser
ofrendas para Dios, siendo Jesús Dios encarnado, era pues, el mismísimo dueño
de la ofrenda. Allí estaba Él, observando, viendo con que actitud venían a
dejar su ofrenda.
Muchas
personas llegaron y dejaron grandes cantidades de monedas. Pero en medio de
ellos llegó una viuda, pobre por su aspecto, y depositó sus dos lepta. Jesús
llamó a sus discípulos, muy conmovido
imagino yo, y les dijo: «en verdad os
digo que esta pobre viuda ha echado más que todos cuantos echan en el tesoro,
pues todos echan de lo que les sobra, pero ésta de su indigencia ha echado
cuanto tenía para vivir».
El
dueño de la ofrenda es Dios, quien es también dueño del mundo futuro que, a
tientas, la humanidad ha imaginado. De hecho siendo dueño de todo lo que existe,
valora las dos lepta mucho más que otras monedas de mayor denominación. Paradójicamente,
con su desprendimiento y olvido de las seguridades de esta vida estaba la
viuda, precisamente, asegurando su futuro: su heredad en el otro mundo, en el
de la vida eterna.
¡Y
a un costo mucho menor del que le hubiera solicitado Caronte! ¡Al costo solo de
la caridad, la generosidad y el desprendimiento!
De
ese Dios me han hablado a mí. Ese es el Dios que yo he conocido, al menos. No
es un barquero asalariado condenado a transportar almas de un lado al otro por toda
la eternidad. No. Dios es el dueño absoluto del otro lado, del lugar que nos
espera luego de esta vida. Y no nos vende la ciudadanía a un precio fijo o exorbitante.
Nos lo da por las monedas más pequeñas que tenemos, siempre que seamos capaces
de desprendernos de ellas y confiar en Él.

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