Yo
sé que es un absurdo hablar de un primer día en el cielo como si fuera un
primer día de escuela. Yo sé que es una realidad fuera del tiempo donde no cabe
un primero o un último y que los conceptos de nuevo o viejo no son aplicables, o
por lo menos no lo son en la forma en que los conocemos. Sin embargo sé que Dios
nos anticipa su cielo en nuestra vida cotidiana, especialmente en el amor que,
como enseña San Pablo a los Corintios, es la única realidad que no pasará. Pasará
la profecía, pasará la ciencia, pasará la fe, pero el amor no pasará jamás. Es
decir, el amor es la sustancia de la vida eterna y como una ventanilla, ya aquí
en la tierra, nos permite mirar lo que nos espera. Y el amor no es abstracto,
se nos hace muy concreto en las personas que nos quieren y queremos, de ahí que
nuestra vida diaria, en cualquier espacio donde amemos o nos amen, se convierte
en un anticipo de lo que será algún día.
En ese contexto, el amor familiar tiene mucho que enseñarnos. En
mi caso es el amor paternal, la relación amorosa con mis hijos, lo que viene
dándome luces desde hace algún tiempo.
Debo confesar que, muy secretamente o no tanto, siempre me cayó
mal eso de los niños pequeños en la Iglesia. Corretean, juegan, no guardan
silencio, interrumpen a los que rezan. Quieren tocarlo todo. Abren las puertas,
miran con extrañeza a los que están concentrados. Patalean, lloran. Suben y
bajan por las escaleras. Siempre hay uno que quiere subir al altar y detrás de
él un papá en carrera para evitarlo. Aplauden y cantan a destiempo. En fin, un
desastre por donde se lo mire.
Hasta que me tocó estar del otro lado. Del lado de los papás que
incomodan y corretean detrás de sus niños. Y debo decir que observándolos, y
ayudado por lo mucho que quiero a los míos, puedo ver en su comportamiento algo
de lo que, creo, sería algo así como un primer día en el cielo.
Cuando Jesús trató de explicar a sus discípulos como era el cielo,
en alguna ocasión, uso la figura de una casa: “en la casa de mi Padre hay
muchas moradas, voy a preparar un lugar para vosotros”. Si el cielo es la Casa
donde Dios nos va a recibir para su banquete, pues las Iglesias son su umbral.
Son la antesala, el lugar previo. Es el recibidor. Son ya la Casa de Dios que
ha puesto su cimiento en nuestra tierra. Y lo son por quien habita en ellas:
nada más, y nada menos, que Dios mismo. La Casa de Dios es donde Dios habita,
en este siglo o en el otro.
En ese umbral corren los niños con libertad. Con novedad miran un
mundo nuevo y tratan de abarcarlo todo, sin el control que tenemos los adultos.
Me gusta imaginar a Dios divertido mirándolos moverse de un lado a otro. No me
queda otra opción que imaginarlo divertido, sería bueno puntualizar. Dios no es
como nosotros eso lo tengo claro, Él nos mira con amor infinito y le gusta que
lo visitemos. Si le gustan nuestras visitas de adulto, con nuestra carga de
problemas y preocupaciones, con nuestros modos y formas anticuadas, ¿cómo no van a gustarle las visitas espontáneas
y sinceras de los niños?
Me gusta que Juan Pablo recorra libre la Casa de Dios, de
preferencia no durante la misa. Me gusta que Nicolás descanse en este umbral de
su nueva casa. Me gusta imaginar que Dios nos mira a todos con la misma
paciencia y se divierte viéndonos corretear en su umbral. A padres e hijos,
aunque más acertado sería decir a padres detrás de sus hijos.
Mientras persigo, aunque acompaño me gusta más, a mis hijos durante
sus carreras y juegos en la Iglesia, mientras conocen y empiezan a relacionarse
con Dios de la forma lúdica en que pueden hacerlo por ahora, pienso en que así
sería un primer día en la casa de Dios: por fin más allá del umbral, corriendo
como niños libres y espontáneos por todas las estancias, descubriendo este
mundo nuevo que se nos ofrece sin velos. Saludando alborozados a los que no veíamos
hace tiempo, al fin con un Padre que nos cuide y una Madre que nos consuele,
así como en las Iglesias los papás y las mamás hacen cuando un niño llora.
Y detrás de ellos va tomando fuerza esta imagen para mí. Me doy
cuenta que soy testigo de algo muy bueno y que en el amor de padre Dios va hablándome
al corazón. Mientras correteo repito alegremente, para mi, algo del Salmo 84:
Y es la pura verdad.

