sábado, 28 de septiembre de 2013

Y ustedes, ¿quien dicen que soy Yo?

Este es uno de esos pasajes que siempre traen novedad. No importa si recién lo lees o lo has hecho desde hace mucho. Tampoco importa si ya conoces al Señor, o si es éste uno de tus primeros encuentros. Son dos preguntas claras que te ubican ante lo esencial de lo que crees, y por consiguiente de quien eres. Por lo menos conmigo ha sido así.

«Jesús les preguntó: “¿Quién dice la gente que soy yo?”.  Ellos respondieron: “Unos dicen que eres Juan el bautista; otros Elías; y otros, alguno de los antiguos profetas que ha resucitado”».

Casual. Espontáneo. Como quien se divierte ante el chismerío que de Él se hace. Y los apóstoles contestan lo que han escuchado por ahí. De pronto, y es lo que ellos mismos venían pensando para sí.

Ante la pregunta que hace Jesús es natural que “la gente” vuelva a las categorías que conoce: es un profeta. En la edad media hubieran dicho que era un virtuoso. En nuestra época, pues, un líder. Precisamente esa es nuestra primera reacción ante lo misterioso: lo categorizamos a partir de los conceptos a los que estamos habituados. Por misterio entendemos todo aquello que envuelve nuestra realidad y que nos sobrepasa, aquello que no alcanzamos a comprender del todo porque, aunque nos duela aceptarlos, somos limitados.

Y Dios es misterioso. Sus planes son misteriosos. La vida en si misma es un misterio para el cual no tenemos todas las respuestas. Quien se haya tomado la molestia de ser sincero consigo mismo estará de acuerdo conmigo.

«Pero ustedes, les preguntó, “¿Quién dicen que soy yo?”».

Hondo. Personal. Como quien los conoce y está poniendo un peldaño para que se eleven, para que sean capaces de mirar más lejos.

La acción de Dios es siempre novedosa. Siempre. El misterio de Cristo nos lo demuestra: no era un simple profeta, como los que habían conocido hasta ese entonces. Era una realidad totalmente nueva, una realidad inaudita e impensable de la cercanía de Dios que los discípulos apenas lograban vislumbrar. Este Jesús que les estaba hablando era Dios mismo que había venido a poner su morada entre los hombres. ¿Con que categorías se cuenta para comprender eso? Con ninguna. Sencillamente sobrepasa nuestras expectativas.

«Pedro, tomando la palabra respondió: “Tu eres el Mesías, el Hijo del Dios Vivo”».

Con valentía y mucha audacia. Como quien comparte algo que ha venido pensando desde hace algún tiempo y que venía resonando en su interior. Como quien ha elevado su mirada.

El salto que nos permite abrazar lo misterioso tiene al Espíritu Santo como protagonista. Es la brisa fresca que renueva nuestra mirada y nos permite descubrir lo que permanecía oculto. Es la luz que ilumina lo que se esconde en las tinieblas.

En algunos momentos de nuestro caminar, sean alegres o dolorosos, hemos escuchado al Señor hacernos la segunda pregunta directo a nuestro corazón. Es una pregunta profunda, ante la cual tiemblan todas nuestras seguridades, se desnuda la estructura de todo lo que intentamos construir. En algún momento hemos pensado que es posible controlar el misterio, hacerlo, digámoslo de algún modo,  menos misterioso. Pero esta pregunta, hecha por Dios mismo, nos devuelve a lo esencial. 

Si la respuesta que brota de nuestro corazón no nos sorprende, si no percibimos en lo que decimos creer la novedad de Dios que se acerca realmente e ilumina cada pliegue de nuestra vida, entonces es tiempo de elevarnos y renovar nuestra fe. Lo que viene de Dios siempre nos sobrepasa, su acción será siempre novedad que da solaz a nuestros días. En la alegría. Y también en el dolor.

Y es que las respuestas no pueden venir solo de nosotros mismos, sino de Dios. De otra forma seríamos como el loco que intenta salir del pantano tirando el mismo de su cabello.

Cuando el desánimo se cuela en mi interior,  cuando me proyecto a nuevos horizontes, o ante mis fragilidades y mis aciertos. En fin, ante la amalgama que la vida cristiana es, me gusta pensar en Jesús diciéndome íntimamente:

«Y tú, ¿quién dices que soy Yo?».


domingo, 8 de septiembre de 2013

La muerte no es el final

La muerte no es nada, sólo he pasado a la habitación de al lado.

Yo soy yo, vosotros sois vosotros.

Lo que somos unos para los otros seguimos siéndolo

Dadme el nombre que siempre me habéis dado. Hablad de mí como siempre lo habéis hecho. No uséis un tono diferente.

No toméis un aire solemne y triste.

Seguid riendo de lo que nos hacía reír juntos. Rezad, sonreíd, pensad en mí.

Que mi nombre sea pronunciado como siempre lo ha sido, sin énfasis de ninguna clase, sin señal de sombra.

La vida es lo que siempre ha sido. El hilo no se ha cortado.

¿Por qué estaría yo fuera de vuestra mente? ¿Simplemente porque estoy fuera de vuestra vista? Os espero; No estoy lejos, sólo al otro lado del camino.

¿Veis? Todo está bien.

No lloréis si me amabais.

¡Si conocierais el don de Dios y lo que es el Cielo! ¡Si pudierais oír el cántico de los Ángeles y verme en medio de ellos ¡Si pudierais ver con vuestros ojos los horizontes, los campos eternos y los nuevos senderos que atravieso! ¡Si por un instante pudierais contemplar como yo la belleza ante la cual todas las bellezas palidecen!

Creedme: Cuando la muerte venga a romper vuestras ligaduras como ha roto las que a mí me encadenaban y, cuando un día que Dios ha fijado y conoce, vuestra alma venga a este Cielo en el que os ha precedido la mía, ese día volveréis a ver a aquel que os amaba y que siempre os ama, y encontraréis su corazón con todas sus ternuras purificadas.

Volveréis a verme, pero transfigurado y feliz, no ya esperando la muerte, sino avanzando con vosotros por los senderos nuevos de la Luz y de la Vida, bebiendo con embriaguez a los pies de Dios un néctar del cual nadie se saciará jamás.

San Agustín, Obispo de Hipona