martes, 31 de diciembre de 2013

El problema del mal

Me disculparán si termino enredándolos más de lo que pretendo ayudar con lo que voy a escribir. En ocasiones he escuchado a algunas personas usar un argumento para demostrar la no existencia de Dios mediante una deducción que suena muy lógica. Lógica entre comillas.

El razonamiento es algo así: Ustedes, es decir los creyentes, creen en un dios bueno creador de todas las cosas. Pero en el mundo es evidente la presencia del mal que no podría ser creado por su dios, entonces su dios no es bueno, no es omnipotente o simplemente no existe.

Ante este argumento los creyentes respondemos que el mal es ausencia o negación del bien en el corazón del hombre y repetimos algunos ejemplos que escuchamos por ahí, pero sin dar luces sobre este tema del mal.

Y es que el razonamiento sobre la presencia del mal en el mundo es complejo. Es duro de entender, incluso para los creyentes, que Dios lo permita. Es un contrasentido que pone en disputa su bondad y su omnipotencia. Si Dios permite el mal, entonces no es bueno; si Dios no puede evitar el mal entonces no es todopoderoso.

Quisiera partir precisamente con esas dos premisas que para los creyentes nos son naturales: Dios es bueno y Dios es omnipotente.

Imaginemos por un momento que nosotros tenemos el trabajo de Dios siendo, como Él, bondadosos y omnipotentes, y vamos a crear el mundo. ¿Qué haríamos con el mal? Imagínense si haciendo uso de nuestra omnipotencia suprimiésemos la capacidad del hombre de optar por el mal. En el fondo eso sería anular el libre albedrío, y se convertiría al ser humano en un simple autómata programado para realizar el bien. El amor que se viviría en esta creación no podría ser real. Seríamos tan solo, como dice un cantante por ahí, “lucecitas montadas para escena”.

Entonces el Dios de los cristianos debe ser bueno y omnipotente. La creación debe ser libre, y  para esto el mal debe ser una posibilidad. Si esto no fuera así la creación no sería perfecta y los no creyentes nos lanzarían tomates por esto.

La forma en la que Dios ha conjugado estos requerimientos siempre me sorprende. Ha permitido el mal, nos ha hecho libres. Pero Él ha redimido este mal, quitándole la fuerza destructora que tiene. Ha creado el mundo en estado de vía, como diría Tomás de Aquino. Imperfecto en camino a la perfección, es decir perfectible. Y para esto ha creado algo valiosísimo: el tiempo, que no es otra cosa que el espacio en el que podemos perfeccionarnos, por decirlo de alguna forma.  

Al final de la historia el mal no tendrá cabida, es decir en el cielo la creación será plena, libre de todo mal. Pero inteligentemente no ha sido suprimido desde el inicio.

Frente a nuestra experiencia de mal, dolor y sufrimiento Dios no ha permanecido indiferente. Ha abandonado su cielo y ha tomado nuestra carne haciendo suya nuestra experiencia. Ha tomado sobre sí los pecados de todas las generaciones y los ha redimido. Incluso la muerte, expresión máxima del mal, ha sido vencida.

El mal ha sido tomado desde adentro y trastocado en fuente de bien. Sus consecuencias son convertidas en espacio de conversión, en motivo de perfección para nuestro corazón. El dolor que genera es fuente de cercanía con el Creador y de solidaridad entre nosotros los hombres. Se nos ha dado tiempo para arrepentirnos del pecado por el que hemos optado libremente.

La historia de la salvación es la crónica de como el mal es vencido a fuerza de bien. Y todo esto porque Dios, en su infinita bondad y sabiduría, ha decidido que la oscuridad no es definitiva.

No sé ustedes pero si yo tuviera el trabajo de Dios lo haría de la misma forma. No se me ocurre, con mis pobres argumentos, una mejor alternativa.

Creo que Dios, además de bondadoso y omnipotente, es también inteligente.


¿Se te ocurre a ti alguna mejor forma de hacerlo?


sábado, 28 de diciembre de 2013

La primera navidad


El Papa Benedicto XVI enseñaba que el marco en el que se desarrollan las visiones de San Juan descritas en el libro del Apocalipsis es una gran celebración litúrgica. Es un dialogo entre la asamblea y un lector en torno al misterio de la redención.

Para quien tenga mente ágil y problemas de atención no diagnosticados, como su servidor, no le será difícil imaginarse la escena en la que el libro se desarrolla. Como centro de la escena se encuentran tres símbolos: el trono, sobre el cual esta sentado un personaje que San Juan no describe porque supera toda representación humana, obviamente Dios; el libro, que contiene el Plan de Dios para la humanidad cerrado herméticamente con siete sellos; y el cordero, Cristo, que es capaz de abrir los sellos del misterioso libro para nosotros.

Alrededor de estas imágenes ocurre el dialogo entre la asamblea y el lector que van presentando las visiones y el encuentro definitivo entre Dios y su pueblo. Los coros de ángeles, serafines y querubines; los ciento cuarenta y cuatro mil justos que han blanqueado sus túnicas en la sangre del cordero; los veinticuatro ancianos y los cuatro vivientes, son el marco de esta gran celebración litúrgica.

De una u otra forma, esta asamblea representa a la Iglesia celestial que se reúne en torno a Dios para cantar sus alabanzas eternamente. Es una manera de representar el cielo aunque sabemos, por San Pablo, que no será nada parecido a lo que ojo, oído o mente humana haya conocido jamás. Bueno, a la postre el cielo ha sido representado de varias formas en la historia de la Iglesia, pero hay que tener en claro que solo son figuras. Esta es tan solo una de ellas.

Aquí en la tierra, la Iglesia peregrina como nos dicen, se une a esta gran celebración con sus actos cotidianos, haciendo de cada acción un gesto litúrgico. Pero en especial esta comunión se realiza en la celebración litúrgica. En la eucaristía, por excelencia, se une la iglesia de la tierra con la del cielo. Los que peregrinamos nos unimos en oración con quienes ya han llegado a la Casa Paterna y cantamos las mismas alabanzas a Dios.

Me gusta imaginarlo así, porque me permite captar que no estamos solos en la Iglesia. Estamos en la misma asamblea con Pablo y Juan. Con Pedro. Con Agustín y Ambrosio. Con Francisco, Ignacio y Domingo. De manera especial con Santa María y San José. Todos juntos en el mismo altar ofreciendo el mismo cordero. Mis méritos, que son pequeños, junto a los de ellos, que no lo son tanto, sumados a los méritos de Cristo que son perfectos.

Y así, esta Navidad fue especial. Porque era la primera que vivíamos de esta forma. Con mi mamá en el otro lado de la asamblea. Cuando empezó la celebración litúrgica, del lado de las túnicas blancas me pareció ver un espacio en blanco que al momento se lleno. Tuve la impresión de verla escabullirse para ponerse en su lugar.

Quienes la conocemos sabemos que estaba pasando: escuchando de más algún rezo debió entretenerse y andaba un poquito atrasada por allá también.

A lo mejor ese rezo era uno de los míos.

sábado, 28 de septiembre de 2013

Y ustedes, ¿quien dicen que soy Yo?

Este es uno de esos pasajes que siempre traen novedad. No importa si recién lo lees o lo has hecho desde hace mucho. Tampoco importa si ya conoces al Señor, o si es éste uno de tus primeros encuentros. Son dos preguntas claras que te ubican ante lo esencial de lo que crees, y por consiguiente de quien eres. Por lo menos conmigo ha sido así.

«Jesús les preguntó: “¿Quién dice la gente que soy yo?”.  Ellos respondieron: “Unos dicen que eres Juan el bautista; otros Elías; y otros, alguno de los antiguos profetas que ha resucitado”».

Casual. Espontáneo. Como quien se divierte ante el chismerío que de Él se hace. Y los apóstoles contestan lo que han escuchado por ahí. De pronto, y es lo que ellos mismos venían pensando para sí.

Ante la pregunta que hace Jesús es natural que “la gente” vuelva a las categorías que conoce: es un profeta. En la edad media hubieran dicho que era un virtuoso. En nuestra época, pues, un líder. Precisamente esa es nuestra primera reacción ante lo misterioso: lo categorizamos a partir de los conceptos a los que estamos habituados. Por misterio entendemos todo aquello que envuelve nuestra realidad y que nos sobrepasa, aquello que no alcanzamos a comprender del todo porque, aunque nos duela aceptarlos, somos limitados.

Y Dios es misterioso. Sus planes son misteriosos. La vida en si misma es un misterio para el cual no tenemos todas las respuestas. Quien se haya tomado la molestia de ser sincero consigo mismo estará de acuerdo conmigo.

«Pero ustedes, les preguntó, “¿Quién dicen que soy yo?”».

Hondo. Personal. Como quien los conoce y está poniendo un peldaño para que se eleven, para que sean capaces de mirar más lejos.

La acción de Dios es siempre novedosa. Siempre. El misterio de Cristo nos lo demuestra: no era un simple profeta, como los que habían conocido hasta ese entonces. Era una realidad totalmente nueva, una realidad inaudita e impensable de la cercanía de Dios que los discípulos apenas lograban vislumbrar. Este Jesús que les estaba hablando era Dios mismo que había venido a poner su morada entre los hombres. ¿Con que categorías se cuenta para comprender eso? Con ninguna. Sencillamente sobrepasa nuestras expectativas.

«Pedro, tomando la palabra respondió: “Tu eres el Mesías, el Hijo del Dios Vivo”».

Con valentía y mucha audacia. Como quien comparte algo que ha venido pensando desde hace algún tiempo y que venía resonando en su interior. Como quien ha elevado su mirada.

El salto que nos permite abrazar lo misterioso tiene al Espíritu Santo como protagonista. Es la brisa fresca que renueva nuestra mirada y nos permite descubrir lo que permanecía oculto. Es la luz que ilumina lo que se esconde en las tinieblas.

En algunos momentos de nuestro caminar, sean alegres o dolorosos, hemos escuchado al Señor hacernos la segunda pregunta directo a nuestro corazón. Es una pregunta profunda, ante la cual tiemblan todas nuestras seguridades, se desnuda la estructura de todo lo que intentamos construir. En algún momento hemos pensado que es posible controlar el misterio, hacerlo, digámoslo de algún modo,  menos misterioso. Pero esta pregunta, hecha por Dios mismo, nos devuelve a lo esencial. 

Si la respuesta que brota de nuestro corazón no nos sorprende, si no percibimos en lo que decimos creer la novedad de Dios que se acerca realmente e ilumina cada pliegue de nuestra vida, entonces es tiempo de elevarnos y renovar nuestra fe. Lo que viene de Dios siempre nos sobrepasa, su acción será siempre novedad que da solaz a nuestros días. En la alegría. Y también en el dolor.

Y es que las respuestas no pueden venir solo de nosotros mismos, sino de Dios. De otra forma seríamos como el loco que intenta salir del pantano tirando el mismo de su cabello.

Cuando el desánimo se cuela en mi interior,  cuando me proyecto a nuevos horizontes, o ante mis fragilidades y mis aciertos. En fin, ante la amalgama que la vida cristiana es, me gusta pensar en Jesús diciéndome íntimamente:

«Y tú, ¿quién dices que soy Yo?».


domingo, 8 de septiembre de 2013

La muerte no es el final

La muerte no es nada, sólo he pasado a la habitación de al lado.

Yo soy yo, vosotros sois vosotros.

Lo que somos unos para los otros seguimos siéndolo

Dadme el nombre que siempre me habéis dado. Hablad de mí como siempre lo habéis hecho. No uséis un tono diferente.

No toméis un aire solemne y triste.

Seguid riendo de lo que nos hacía reír juntos. Rezad, sonreíd, pensad en mí.

Que mi nombre sea pronunciado como siempre lo ha sido, sin énfasis de ninguna clase, sin señal de sombra.

La vida es lo que siempre ha sido. El hilo no se ha cortado.

¿Por qué estaría yo fuera de vuestra mente? ¿Simplemente porque estoy fuera de vuestra vista? Os espero; No estoy lejos, sólo al otro lado del camino.

¿Veis? Todo está bien.

No lloréis si me amabais.

¡Si conocierais el don de Dios y lo que es el Cielo! ¡Si pudierais oír el cántico de los Ángeles y verme en medio de ellos ¡Si pudierais ver con vuestros ojos los horizontes, los campos eternos y los nuevos senderos que atravieso! ¡Si por un instante pudierais contemplar como yo la belleza ante la cual todas las bellezas palidecen!

Creedme: Cuando la muerte venga a romper vuestras ligaduras como ha roto las que a mí me encadenaban y, cuando un día que Dios ha fijado y conoce, vuestra alma venga a este Cielo en el que os ha precedido la mía, ese día volveréis a ver a aquel que os amaba y que siempre os ama, y encontraréis su corazón con todas sus ternuras purificadas.

Volveréis a verme, pero transfigurado y feliz, no ya esperando la muerte, sino avanzando con vosotros por los senderos nuevos de la Luz y de la Vida, bebiendo con embriaguez a los pies de Dios un néctar del cual nadie se saciará jamás.

San Agustín, Obispo de Hipona

martes, 4 de junio de 2013

A Dios lo que es de Dios

No sé si se han dado cuenta, pero a mi me gustan las Sagradas Escrituras. Mucho. Con ningún libro he aprendido tanto como con éste. Como dice San Pablo, la Palabra de Dios es como espada de dos filos que penetra y escruta el corazón. Es fuente limpia que permite beber y ver más claro. No sé ustedes, pero yo nunca he tenido esa experiencia con otra lectura.
A veces hago concordancias muy a mi estilo. Esto es, cuando leo algún fragmento, alguna parábola, algún versículo, me vienen a la mente pasajes parecidos que tienen entre sí algún elemento en común. Estos elementos pueden parecer graciosos por lo aleatorio que se presentan. Pero en el corazón de quien está rezando tienen sentido, un sentido que se ha venido construyendo en el camino de oración muy personal.
Hoy me pasó. En la lectura del día  Jesús toma una moneda en sus manos, la mira como quien no comprende la importancia que se le da a este objeto tan pequeño, y tan sobrevalorado. Y, ante la pregunta que sus adversarios le han planteado sobre si es lícito pagar el impuesto al César, responde con otra pregunta. – ¿De quien es el rostro grabado en la moneda? – Del César – respondieron. – Pues den al César lo que es del César. Y a Dios lo que es de Dios.
Y el elemento que más resonó en mi interior fueron las monedas. San Agustín dice que nosotros somos como monedas, y que al mirarnos se nos puede ver grabado el rostro de Dios, quien nos ha creado. Por lo tanto somos como monedas de Dios que deben ser devueltas a Dios.
Recordé aquel pasaje hermoso en el que una pobre viuda deja en el templo las únicas monedas que tenía para vivir, mientras el dueño de la ofrenda la observaba muy complacido; recordé también las treinta monedas que recibió Judas como precio por su Buen amigo; y también las monedas que el Buen samaritano dejo al posadero para que cuidara de su amigo herido. –Si gastas algo de más, te lo pagaré a mi vuelta- dijo aquel buen hombre.
Y en mi memoria despertó una parábola. La de aquella mujer que teniendo diez dracmas pierde una, y hace todo lo posible para encontrarla: enciende una lámpara, barre la casa y la busca con esmero. Y recordé su alegría al encontrar la moneda: - Alégrense conmigo, porque encontré la dracma que se me había perdido.
Esa mujer es Dios que nos busca, haciendo lo imposible por encontrarnos. Y lo hace porque somos suyos, porque tenemos su rostro grabado en nuestro interior. Somos de Dios, y por eso podemos estar tranquilos. Si el César hacia tanto para recuperar su moneda, ¿Qué cosa no hará Dios por encontrarnos a nosotros que somos sus hijos?
Y aunque no viene mucho al caso recordé también una cita de Isaías que me gusta mucho: «¿Puede una madre acaso olvidar a su niño de pecho, no tener compasión del hijo de sus entrañas? Aunque esto llegara a pasar yo no te olvido porque te llevo grabada en mis manos»
Así de bueno es Dios. Tan bueno que nos busca cuando andamos perdidos.
Y mejor aún, nos encuentra.

sábado, 13 de abril de 2013

Del tesoro de la Iglesia

Mi alma te ansía de noche,
mi espíritu en mi interior madruga por ti.
(Is 26, 9)


No sé si es un mal hábito. A veces pareciera que si. El fin de semana, espacio que tenemos para descansar y dormir un poco más, me despierto más temprano que los días ordinarios. Y cuando estoy a punto de volver a conciliar el sueño, en libre ejercicio de mi derecho a dormir más, me viene a la mente un pasaje de Isaías que alguna vez leí por ahí: “mi espíritu en mi interior madruga por ti”.

Y así, en la mañana, como la cierva que anda en busca de corrientes de agua salgo yo también a buscar a Dios en el lugar donde he aprendido a encontrarlo: La Iglesia.

Misa de sábado temprano. Es un muy bonito espacio. Sin apuros, con poca gente. El mundo aún no empieza su frenesí. Terminamos y me quedo rezando un rato. Sentado, pensando, muy quieto. Contemplando el sagrario, como me lo han enseñado quienes me hablaron de Dios.

De pronto ocurre lo que fui a buscar. Dios deja su cielo y se acerca. No se ha quedado dormido. Está aquí, con nosotros.

Un señor cualquiera, un ministro, un padre de familia, un trabajador, que sé yo, toma una llavecita que se encuentra junto al sagrario y lo abre, tornando el ambiente silente de la Iglesia en un espacio sagrado, de mucho mayor recogimiento. Por alguna razón el corazón se hace pequeño. Este señor abre el sagrario para tomar el copón de las hostias y darle la comunión a una señora, cualquiera también, que ha llegado tarde a la misa. No sé las razones de su retraso, pero está allí pidiendo que a ella también se le dé la eucaristía.

Y viendo esa escena se vuelve claro lo que esta pasando: Un señor cualquiera, sin ningún mérito propio, toma la llave y abre el tesoro de la iglesia, abre el mismo costado de Cristo y empieza a repartir, como si fueran suyos, los dones que Dios ha dejado para nosotros. Los reparte a cualquiera. Generosamente.

Miro hacia la esquina del templo y veo a otro señor con una estola morada en su cuello perdonando los pecados a cualquiera que se acerque a pedírselo en el confesionario. En las sillas de adelante unas señoras abren las sagradas escrituras y empiezan a entregar de ese tesoro a unos niños que han ido a escuchar de Dios en su catequesis.

Y yo, que soy más cualquiera aún si es posible, estoy sentado ahí contemplando todo esto. Observando como Cristo se acerca hasta mi puesto y me alcanza su costado para que tome yo también del tesoro de su Iglesia: Tomad y bebed todos de él.

Y eso somos. O, por lo menos, eso debemos ser. Custodios y administradores de estos preciosos dones. Como buenos hijos pródigos debemos pedir a nuestro Padre Bueno la parte de la herencia que nos corresponde para ir a derrocharla con cualquiera en el camino. Es un tesoro que sacia el corazón, de verdad. Es la luz, que en medio de tanta oscuridad, todos andan buscando.

Repartir este tesoro por todos los senderos. Derrocharlo generosamente. Y cuando lo hayamos gastado todo, estemos vacíos del mundo, hambrientos y sedientos de Dios, recordemos que nuestro Padre nos espera en la mitad del camino hacia su casa para recibirnos con el abrazo que, en Cristo, ha preparado para nosotros, sus hijos.

En el abrazo que nos extiende su buena Iglesia.

Solo tenemos que volver.

domingo, 31 de marzo de 2013

Una batalla sin tiempo

Lucharon vida y muerte
en singular batalla
y, muerto el que es la Vida,
triunfante se levanta.
(Secuencia de Pascua)

La figura es más o menos así: Imagínense una batalla, de esas antiguas, del medioevo tal vez. Por lo general, en una batalla pueden participar dos o más ejércitos. Para simplificar serán solo dos: una de la luz y otro de la oscuridad. Cada ejército tiene un capitán, o emperador, o rey, o lo que mejor se les acomode. Para mi es el Señor, y es el que comanda las fuerzas del bien. El otro ejército, hay que decirlo aunque sea obvio, es del mal.
Usualmente en estas batallas antiguas los comandantes enviaban a sus tropas al combate y luego de que se decidía la suerte del enfrentamiento entraban victoriosos en el campo, o huian a una posición más segura.
En esta batalla ocurre algo singular, imagínenselo con todas los efectos especiales posibles. Al encontrarse los ejércitos en una batalla sin tiempo, el Señor de la luz sale al frente de su armada. Se expone a todos los ataques que el otro bando puede hacerle, demostrando que ninguno de éstos puede causarle el menor daño. Ataque tras ataque sobre su carne inocente parecen no tener efecto. El ánimo de sus tropas se eleva ante Señor tan poderoso.
De pronto las fuerzas del mal liberan a su más terrible bestia. La llaman Muerte. Dicen que es capaz de arrancar de cuajo la vida a cualquier ser. Nadie nunca se ha escapado de sus fauces. La Muerte emprende su embestida en contra del Señor y Él, en lugar de hacerle frente como todos esperábamos, le expone el costado de su corazón, dejándose morder.
Ambos caen. Las fuerzas del mal celebran. Se levanta la Muerte. Sarcástica. Eficiente. Soberbia. Una vez más ha cumplido su cometido. El Señor yace como si le hubiesen arrancado la vida.
Cuando todo es confusión y desacierto en el ejército del bien, su Señor se levanta. Victorioso. Sereno. Profundo y vencedor. Como quien es dueño de todos los secretos, incluso los de la oscuridad. No hay más misterios. Vuelve su mirada a sus tropas y sonríe. Ni el mal ni la muerte tienen poder sobre Él. No los destruyó, hizo algo mucho más terrible: demostró que su mordida letal no es tal. Ha transformado el mal en fuente de esperanza. Nos ha enseñado como podemos trocar en luz la oscuridad.
Luego de sonreír a los suyos toma su espada y emprende veloz carrera hacia el mismísimo Señor del mal, destruyendo a todos los enemigos que se ponen a su alcance. La Muerte da su alarido y huye con rapidez. Pero no tienen donde esconderse. Solo quedan escaramuzas en el camino. El hacha esta puesta ya sobre la raíz de su árbol.
En ese punto de la batalla estamos. Frente a un ejército que no tiene armas contra nosotros sino nuestro propio temor. Y detrás de un Señor que a fuerza de bien ha cambiado las reglas del juego para nuestra felicidad.
¿Te atreves?
No tengáis miedo. 

lunes, 21 de enero de 2013

Eva, ¿dónde estás?

Eva, hija mía, ¿dónde estás?
¿de quién huyes? ¿de Mi?

Si de tu desnudez estoy prendado.
¿Cómo no he de verla?
Si tu corazón a diario busco
¿por qué lo ocultas?

Busco estrechar tu desnudez,
busco limpiar tu piel,
busco saciar tu corazón.

Pero si emprendes veloz fuga
¿Cómo he de alcanzarte?

No temas.

No te ocultes de mi vista.
Te conozco desde siempre.

Ante mi están tus más secretas intenciones
y sé que son buenas.

Conozco tus afanes y dolores,
tus caídas y alegrías.

Tranquila hija, no tienes que probarme nada.

Sé transparente, sé hermosa.
Sé calma ante mí. 

¿Sigues desnuda?

Acércate.

Mírame a los ojos a diario.

No temas mi opinión y mucho menos la tuya.

Déjame tu corazón, a diario te quiero frágil.

Que cada vez que pregunte
Eva, hija mía, ¿dónde estás?
sepas responder sin miedo:

«Heme aquí Señor, tu Sierva,
hágase en mi según tu Plan».

«Si tan solo comprendieras que no te quiero perfecta. Lo que quiero es tenerte cerca. Tu santidad es dejarte amar. Si entendieras que realmente cuando eres débil entonces eres fuerte. Si fueras capaz de captar lo que quiere decir. El fuego de mi corazón no solo quema, también ilumina y da calor. Tu santidad es calentarte junto a mí. Nada más. El resto viene por añadidura. ¿Acaso no puedo amar tu fragilidad? Eres para mí una niña que se duerme en mis brazos cansada de tanto llorar algún capricho. Descansa hija mía. Me duele el corazón verte llorar. Cuando seas madre entenderás de qué te hablo. 

¿Olvidas, tal vez, quién soy yo? Prendado estoy de tu desnudez. ¿Me recuerdas? Enamorado estoy del fuego de tu corazón. No me prives de tu calor. 

Si tan solo comprendieras que la santidad es estar cerca. Y estar cerca es dejarse amar. De lo demás no llevo cuenta».




domingo, 6 de enero de 2013

Tarde al Portal


«¡Arriba, resplandece, que ha llegado tu luz, y la gloria de Yahveh sobre ti ha amanecido!  Pues mira cómo la oscuridad cubre la tierra, y espesa nube a los pueblos, mas sobre ti amanece Yahveh y su gloria sobre ti aparece.» 

Is 60,1-2

Creo que todos las Navidades me pasa lo mismo. No sé si a ustedes, pero a mi si. En el último momento no me queda más opción que tomar algún corderillo, algo de oro, incienso o mirra, y salir corriendo al encuentro del Niño que nace. A ofrecerle lo que tengo. Al parecer se me ha hecho costumbre llegar con los Reyes. Es la tardanza del que cree que esta cerca.

A veces estamos a una “espesa nube” de distancia. O como los reyes  nos encontramos a un “desierto” del portal. No son medidas espaciales, sino actitudes del corazón. Es la oscuridad en la que nos cuesta entrar, el dolor por el que  no queremos pasar, el crecimiento que nos es difícil asumir. Es no ser capaces de enfrentar nuestra fragilidad y de acercarnos sencillamente  al Niño Dios. En fin, es no creer que la luz pueda vencer realmente a las tinieblas y transformarse en claridad. Es ser hombres de poca fe.

Y de pronto, ocurre. Somos invitados a entrar en nuestra oscuridad por un Niño pequeño  que ni siquiera puede caminar. Nos toma fuerte de la mano y nos invita a acercarnos. A la luz. A la claridad que nos muestra quien es Él y quien soy yo. Si pudiera hablar nos diría: «No tengáis miedo, soy yo. Y en adelante seguiré siéndolo». Tomado de su manita podemos avanzar por los valles oscuros de nuestra complejidad, por los senderos que no terminamos de entender. Con tranquilidad. Con su sonrisa tierna y espontánea vamos comprendiendo como debemos acercarnos a nuestro propio corazón. Aprendemos que Él es capaz de iluminarlo todo, y que a todo rincón debemos hacer llegar su dulce vocecita.

Él nos saca del desierto con su estrella, rompe la espesa nube con su luz. Él destruye la distancia que nos separa. Aunque pareciera que hemos sido nosotros, ha sido Él. Nos es difícil de creer porque cuando lo vemos no es más que un Niñito. Y ni siquiera puede hablar. Pero nos ha estado buscando, atrayendo hacía sí de distintas formas.

Entonces, vuelto en mi mismo, no queda otra opción que agarrar un corderillo y correr. Guardar algo de oro, incienso y mirra en algún buen recipiente y salir presuroso. Atravesar la nube espesa, cruzar veloz el desierto. Hasta un pesebre en un portal muy pobre.

Gracias a Dios los Reyes andan tarde. Se retrasaron porque andaban confundidos buscando al Rey que había nacido en el palacio de Herodes. Buscaban al Grande entre los grandes. Pero cuando descubren que se habían equivocado, humildemente, enderezan el camino y van, contra toda lógica, a un pueblito llamado Belén. Allí se encuentran con Dios, humilde también, llorando entre un burro y un buey.

Y el resto de la historia la sabemos todos. Lloraba y lloraba hasta que su Mamita lo calmó. Como nos calma a nosotros cuando pensamos que estamos tarde y ya no hay Niño Dios. Cuando pensamos que la oscuridad es definitiva Ella nos toma de la mano y nos lleva hacia la luz. No hay desierto o nube espesa que pueda resistirse a su Inmaculado Corazón.