domingo, 6 de enero de 2013

Tarde al Portal


«¡Arriba, resplandece, que ha llegado tu luz, y la gloria de Yahveh sobre ti ha amanecido!  Pues mira cómo la oscuridad cubre la tierra, y espesa nube a los pueblos, mas sobre ti amanece Yahveh y su gloria sobre ti aparece.» 

Is 60,1-2

Creo que todos las Navidades me pasa lo mismo. No sé si a ustedes, pero a mi si. En el último momento no me queda más opción que tomar algún corderillo, algo de oro, incienso o mirra, y salir corriendo al encuentro del Niño que nace. A ofrecerle lo que tengo. Al parecer se me ha hecho costumbre llegar con los Reyes. Es la tardanza del que cree que esta cerca.

A veces estamos a una “espesa nube” de distancia. O como los reyes  nos encontramos a un “desierto” del portal. No son medidas espaciales, sino actitudes del corazón. Es la oscuridad en la que nos cuesta entrar, el dolor por el que  no queremos pasar, el crecimiento que nos es difícil asumir. Es no ser capaces de enfrentar nuestra fragilidad y de acercarnos sencillamente  al Niño Dios. En fin, es no creer que la luz pueda vencer realmente a las tinieblas y transformarse en claridad. Es ser hombres de poca fe.

Y de pronto, ocurre. Somos invitados a entrar en nuestra oscuridad por un Niño pequeño  que ni siquiera puede caminar. Nos toma fuerte de la mano y nos invita a acercarnos. A la luz. A la claridad que nos muestra quien es Él y quien soy yo. Si pudiera hablar nos diría: «No tengáis miedo, soy yo. Y en adelante seguiré siéndolo». Tomado de su manita podemos avanzar por los valles oscuros de nuestra complejidad, por los senderos que no terminamos de entender. Con tranquilidad. Con su sonrisa tierna y espontánea vamos comprendiendo como debemos acercarnos a nuestro propio corazón. Aprendemos que Él es capaz de iluminarlo todo, y que a todo rincón debemos hacer llegar su dulce vocecita.

Él nos saca del desierto con su estrella, rompe la espesa nube con su luz. Él destruye la distancia que nos separa. Aunque pareciera que hemos sido nosotros, ha sido Él. Nos es difícil de creer porque cuando lo vemos no es más que un Niñito. Y ni siquiera puede hablar. Pero nos ha estado buscando, atrayendo hacía sí de distintas formas.

Entonces, vuelto en mi mismo, no queda otra opción que agarrar un corderillo y correr. Guardar algo de oro, incienso y mirra en algún buen recipiente y salir presuroso. Atravesar la nube espesa, cruzar veloz el desierto. Hasta un pesebre en un portal muy pobre.

Gracias a Dios los Reyes andan tarde. Se retrasaron porque andaban confundidos buscando al Rey que había nacido en el palacio de Herodes. Buscaban al Grande entre los grandes. Pero cuando descubren que se habían equivocado, humildemente, enderezan el camino y van, contra toda lógica, a un pueblito llamado Belén. Allí se encuentran con Dios, humilde también, llorando entre un burro y un buey.

Y el resto de la historia la sabemos todos. Lloraba y lloraba hasta que su Mamita lo calmó. Como nos calma a nosotros cuando pensamos que estamos tarde y ya no hay Niño Dios. Cuando pensamos que la oscuridad es definitiva Ella nos toma de la mano y nos lleva hacia la luz. No hay desierto o nube espesa que pueda resistirse a su Inmaculado Corazón.


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