lunes, 21 de enero de 2013

Eva, ¿dónde estás?

Eva, hija mía, ¿dónde estás?
¿de quién huyes? ¿de Mi?

Si de tu desnudez estoy prendado.
¿Cómo no he de verla?
Si tu corazón a diario busco
¿por qué lo ocultas?

Busco estrechar tu desnudez,
busco limpiar tu piel,
busco saciar tu corazón.

Pero si emprendes veloz fuga
¿Cómo he de alcanzarte?

No temas.

No te ocultes de mi vista.
Te conozco desde siempre.

Ante mi están tus más secretas intenciones
y sé que son buenas.

Conozco tus afanes y dolores,
tus caídas y alegrías.

Tranquila hija, no tienes que probarme nada.

Sé transparente, sé hermosa.
Sé calma ante mí. 

¿Sigues desnuda?

Acércate.

Mírame a los ojos a diario.

No temas mi opinión y mucho menos la tuya.

Déjame tu corazón, a diario te quiero frágil.

Que cada vez que pregunte
Eva, hija mía, ¿dónde estás?
sepas responder sin miedo:

«Heme aquí Señor, tu Sierva,
hágase en mi según tu Plan».

«Si tan solo comprendieras que no te quiero perfecta. Lo que quiero es tenerte cerca. Tu santidad es dejarte amar. Si entendieras que realmente cuando eres débil entonces eres fuerte. Si fueras capaz de captar lo que quiere decir. El fuego de mi corazón no solo quema, también ilumina y da calor. Tu santidad es calentarte junto a mí. Nada más. El resto viene por añadidura. ¿Acaso no puedo amar tu fragilidad? Eres para mí una niña que se duerme en mis brazos cansada de tanto llorar algún capricho. Descansa hija mía. Me duele el corazón verte llorar. Cuando seas madre entenderás de qué te hablo. 

¿Olvidas, tal vez, quién soy yo? Prendado estoy de tu desnudez. ¿Me recuerdas? Enamorado estoy del fuego de tu corazón. No me prives de tu calor. 

Si tan solo comprendieras que la santidad es estar cerca. Y estar cerca es dejarse amar. De lo demás no llevo cuenta».




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