No sé si a alguno de ustedes les
pasa. Por lo general nos pasa a quienes tenemos un tipo de temperamento más o
menos quieto. El mundo de los introvertidos. De los que se vierten hacia
adentro, escuché alguna vez por ahí. Contrarios a los extrovertidos: los que se
vierten hacia afuera. En nuestra cultura la extroversión es muy valorada, es un
comportamiento deseado que debe desarrollarse a como dé lugar. Muchos
introvertidos he visto por ahí luchando consigo mismos para vivir sus vidas hacia
afuera sin aprender a valorar lo profundo que se gesta en su universo interior.
También he conocido muchos extrovertidos que, aplaudidos por su forma de ser, no
reparan en la superficialidad dentro de la que normalmente se mueven. Ni la una
ni la otra son buenas o malas en sí mismas, sino que son disposiciones que
deben ser valoradas en orden al crecimiento personal.
En fin, les decía. En algunas
ocasiones me pasa que voy “dándole vueltas” a cosas en mi cabeza durante algún
tiempo. Voy acumulando reflexiones, ideas, sentimientos, fruto de mi contacto
con la realidad. Por lo general estas cosas se van ordenando en el corto o
largo plazo. En algún momento se alinean y logro comprender algún sentido en
las cosas que pasan. Como un diálogo interrumpido por la cotidianidad que
empieza a revelarse continuado en la lectura de la vida que siempre va haciendo
quien tiene sus facultades vertidas hacia adentro.
Hace unos días Juan Pablo, mi
hijo mayor, me salió con una de sus frases que me dejan conmovido. Estaba lanzándome
su habitual ráfaga de preguntas sobre un tema, sus sucesivos “¿y por qué?” automáticos
que son cada uno como un perdigón que no sé si buscan solo probar mi paciencia
o si realmente buscan entender lo que preguntan. Llegamos a ese punto muerto
del nombre de una cosa, como cuando ya no queda nada que preguntar y sigues:
-
- ¿Y por qué se llama así?
En ese punto, más por sacármelo de
encima que por otra cosa, quise explicarle que las cosas se llaman de una forma
porque sí. Porque así se le ocurrió al que se inventó el nombre y más nada. Le
pregunté:
- - ¿Cómo te llamas tú?
- - Juan Pablo.
- - ¿Y quién te puso así?
Mi expectativa era que respondiera
“no sé” y matar el tema. De esa respuesta estaba ya a nada de terminar la
conversación. Pero me respondió que su nombre se lo había dicho Jesús. Le
pregunté que cómo era eso. Y me dijo que Jesús le había dicho sonriendo su
nombre. Como la canción esa que ha escuchado en la misa. Porque Juan Pablo
también es de los que escuchan algo y ese algo queda dando vueltas en su
interior hasta que otro algo en la realidad lo despierta relacionando ambas cosas,
la antigua y la nueva, en un sentido que sugiere un dialogo continuado consigo
mismo, con el mundo. Con Dios, me ha gustado siempre pensar a mí.
Y esa respuesta me quedó a mí
dando vueltas. Dios dice sonriendo nuestro nombre. Y me dijo mucho aquel día
pero no ha sido sino hasta hoy, que cumplo años, cuando he logrado captar este
dialogo continuado también en mí. Como si esa respuesta hubiera sido puesta en
mi corazón, como una semilla, para que no floreciera sino hasta hoy.
En mi cumpleaños, por lo general,
trato de darme un espacio para rezar. Y yo rezo leyendo la Biblia, normalmente
según el calendario litúrgico. Y la cita del día de hoy, el llamado de los
apóstoles por sus nombres, pues siempre se me ha antojado llano. Me ha costado
sacarle provecho a este pasaje porque es Jesús que se va a rezar él, baja del
monte, llama a los doce y San Lucas los nombra uno por uno. No hay más nada.
Pero hoy tenía esa luz especial de
la respuesta de hace unos días atrás. Y con respecto a mi nombre, pues, empezó a
decirse un día como hoy. Porque el día que uno nace es el día que lo llaman por el
nombre. Uno no va por la vida como un anónimo hasta el día de la pila
bautismal. En ese mismo momento a uno, los padres, lo nombran cara a cara. Y Dios con
ellos. El nombre es secundario, muchos se llaman igual que yo. Pero ninguno ha
sido pronunciado como yo. Porque Dios que conoce todos los corazones, nos mira,
sonríe y nos pronuncia con amor, desde antes de nacer, incluso.
Hoy leí, también, una frase de
Dale Carnegie: “El propio nombre es para cada persona la voz más dulce e
importante de su idioma”. Y aunque el sentido en que lo dijo es totalmente
diverso, yo lo interpreto muy cierto porque es Dios quien me pronuncia y eso
que ha dicho de mi es bueno. Muy bueno.
Y no ha dicho mi nombre solo el
día que nací. Lo pronuncia a diario cuando voy a la Iglesia. Cuando converso
con Juan Pablo. Cuando juego con Nico. Cuando, como si algún día eso cambiara,
descubro que soy amado por Paola. Ellos son, para mí, Dios que sonriendo dice
mi nombre cada día, sin cansarse, con el amor con el que un padre nombra a su hijo recién nacido.
En días como hoy agradezco lo que
tengo y lo que soy. No por ser el día de mi cumpleaños, eso es mero
convencionalismo. Sino por ser el día que descubro ese dialogo que Dios tiene
conmigo y que va más allá de mí mismo. Es como si Dios rasgase los cielos y
descendiese a decir de mi lo que ha querido y quiere. Soy feliz y no
necesito nada más de lo que se me ha dado. Alegrías y dolores incluidos.
Lo hermoso de todo esto es que sé
muy bien que aún Dios tiene preparadas más cosas buenas para este introvertido.
Sea en este mundo o el siguiente.
