martes, 28 de junio de 2016

¿Quién es éste que hasta el mar le obedece?

¡La voz del Señor sobre las aguas!
El Dios de la gloria hace oír su trueno:
El Señor está sobre las aguas torrenciales.
¡La voz del Señor es potente,
la voz del Señor es majestuosa!

Salmo 29

Mi hermana me pidió que buscara alguna lectura para algún conocido suyo que está pasando por un mal momento. Quería algo que le recordará a esa persona que Dios “aprieta, pero no ahorca”, como dicen por ahí. Algo que dé un poco de luces para salir de la tristeza. Bueno, como soy metido me he animado a escribirlo yo. Ojalá y logre lo que se necesita. Sino que me avisen para buscar algún buen texto. Sin rencores.

Todos los días la Iglesia propone una lectura de algún pasaje del evangelio y el de hoy me pareció muy oportuno. Jesús iba cruzando con sus discípulos el lago de Tiberiades en una barca y, cansado por el trajín asumo, se quedó dormido. En medio de la travesía se desató una tempestad terrible que amenazaba con hundir la embarcación. Y debió ser en verdad terrible como para amedrentar a los discípulos siendo varios de ellos experimentados marineros. Desesperados y gritando se acercaron a Jesús para despertarlo. Jesús se levantó, los reprendió por su poca fe, y luego dio paso a lo espectacular del relato: se dirigió al mar, si al mar, y lo increpó con voz recia: «Calla, enmudece». Y más sorprendentemente aún: el mar calló ante su voz, tornándose la feroz tormenta en una gran calma.

Una cosa es lo que leemos nosotros ahora en pleno siglo XXI y otra lo que ocurría en la mente y corazón de quien vivió la escena. El mar, para el hombre antiguo, significaba algo desconocido, fuerte y potente, mortal por decir lo menos. En muchas culturas los océanos con sus abismos insondables se entienden como el reino del mal. Así como el fuego del Hades es para nosotros, por herencia griega, el símbolo del sufrimiento y de la muerte, para la mentalidad oriental de estos judíos lo eran las profundidades del mar. Es por eso que lo que ocurre en este relato tiene un trasfondo oculto a nuestras categorías contemporáneas. Cuando el mar amenaza con hundir la barca no solo es el temor al naufragio lo que ocasiona el griterío. Hay un elemento místico que se esconde detrás de las olas. Y, si bien, lo que hace Jesús es sorprendente, el significado de sus actos lo es más. Él es dueño de los océanos con toda su potencia destructora. Pero detrás de eso le dice a los apóstoles, y a nosotros, que Él es dueño de todo, incluso del mal, y que nada escapa de sus manos. Pareciera decirnos que no tenemos nada que temer porque ante su voz cualquier realidad, por más oscura y tormentosa que sea, puede transformarse en calma.

A mí me gusta mucho esta simbología, de hecho el nombre de mi blog hace referencia a Jesús dominando la potencia del mar cuando camina sobre él, con todo lo que eso significa.

Todos tenemos tempestades, ninguna vida está exenta de ellas. Algunas serán más fuertes que otras, algunas serán interminablemente largas y otras cortas. En ocasiones parecerá que nuestra barca va a naufragar pero los cristianos tenemos dos certezas que nos sostienen siempre. La primera es que Dios es bueno; la segunda es que nos ama con locura. Así, incluso las tormentas más duras se llenan de significado porque no se escapan de las manos de Dios que es capaz de transformar el sufrimiento de nuestras vidas en un bien mayor, precisamente porque nunca deja de mirarnos con amor.

Dios duerme en nuestra barca. No nos ha dejado solos a nuestra suerte. Está dormido y debemos despertarlo. Es necesario llamarlo y para eso hemos de hacernos capaces de transformar nuestra desesperación y angustia en la tierna voz de un niño que llama a su padre para que ahuyente algún espanto que se esconde bajo su cama. Esto que se le llama rezar u orar, como mejor se les acomode, es la forma que conozco para despertar al Dios que puede hacer calma en medio de cualquier tempestad.


No tengáis miedo.


martes, 14 de junio de 2016

Mis críticas al cristianismo

Creo que varias personas tendrían muchísimas críticas al cristianismo, aunque creo que en la mayoría de los casos se referirían a la forma en que los cristianos lo vivimos. Pero más allá de su aplicación práctica considero que hay un par de cosas que hacen que el cristianismo, y me refiero al mensaje de los evangelios, sea difícil de captar en nuestra cultura actual, y por ende para nosotros mismos aunque nos digamos cristianos.

Me ha pasado estos días que he tenido un poco más de tiempo para rezar de lo que habitualmente tengo, y he tratado de no desaprovecharlo. En estas semanas el calendario litúrgico, la lectura de los evangelios propiamente, ha ido haciendo la secuencia posterior al sermón de la montaña. En Mateo todo lo que sigue a las bienaventuranzas se presenta como un solo discurso así que me he sentado en las faldas del monte con los demás discípulos a escuchar, con un poco más de atención, la interpretación de la ley de Moisés que este Maestro hace. Así, sentado. Como lo he hecho antes.

Y me ha sorprendido gratamente lo que he podido reflexionar. «Habéis oído que se dijo a sus antepasados… pero yo os digo…», dice Jesús, aclarando la ley como quien es su dueño. En cada interpretación nos recuerda que el camino que hemos de seguir no se queda en el cumplimiento frío de normas, sino que implica un compromiso interior. «Quien se irrite con su hermano, será condenado», «el que mire a una mujer deseándola, ya cometió adulterio en su corazón», «amen a sus enemigos y oren por sus perseguidores», son tres explicaciones a la ley mosaica que apuntan hasta lo íntimo del corazón: «No matarás», «no cometerás adulterio» y «amarás a tu prójimo», respectivamente.

Y me encontré también en estos días con una joya como lo es la interpretación que Jesús de Nazaret hace a la ley del Talión: «Ustedes han oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo les digo que no hagan frente al que les hace mal: al contrario, si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, preséntale también la otra. Al que quiere hacerte un juicio para quitarte la túnica, déjale también el manto; y si te exige que lo acompañes un kilómetro, camina dos con él.» Creo que éste es uno de las cosas más duras de poner en práctica porque, seamos sinceros, nuestra cultura no es precisamente la de la mansedumbre. Es, más bien, una cultura competitiva donde no estamos acostumbrados a devolver el mal con bien. Pero ahí está la clave de la enseñanza de este Maestro: en el corazón del cristiano el bien debe vencer, el mal no debe prevalecer. De eso depende la salvación personal y la trasformación del mundo que los cristianos buscamos. Si esto no ocurre en el corazón, todo lo demás es vanidad.

Así es este mensaje: fuerte, claro y sencillo. Sin dobleces o ambigüedades. Y digo sencillo, no porque sea fácil, sino porque no es complicado. Y por ahí va una de las críticas que tengo: es un mensaje sencillo, y nos gustaría algo más complejo. Que tenga fórmulas y tips. Que tenga alguna certificación internacional. Que nos garantice en diez pasos su eficacia o que esté acorde a nuestra estatura.

La otra crítica que tengo es que para nosotros el evangelio es muy familiar: lo vemos en todas partes. Nuestra cultura es cristiana, y como tal asumimos que todo lo cristiano es noticia vieja, anticuado me atrevería a decir, y que si alguna vez tuvo algo que decir, pues ya lo dijo. Nos gustaría que contuviera un mensaje venido de tierras lejanas, y que Jesús fuese algún sabio ignoto envuelto en ropajes mágicos que nos revelará nuevas y misteriosas verdades. Los occidentales nos hemos vuelto críticos de nuestros tesoros y ávidos de primicias por el simple afán de novedad.

Y no. Mi experiencia ha sido encontrarme con el mismo Señor Jesús. El que conocí en esa misma montaña a la que hoy he vuelto. Aquel Maestro que me devuelve la esperanza al recordarme que al mal se lo debe vencer a fuerza de bien.

Así de fácil, así de ordinario. Y afortunadamente: así de irresistible para quien ha aprendido a escuchar al buen Dios cuando habla al corazón.