¡La voz del
Señor sobre las aguas!
El Dios de la
gloria hace oír su trueno:
El Señor está
sobre las aguas torrenciales.
¡La voz del
Señor es potente,
la voz del
Señor es majestuosa!
Salmo 29
Mi hermana me pidió que buscara alguna lectura para
algún conocido suyo que está pasando por un mal momento. Quería algo que le
recordará a esa persona que Dios “aprieta, pero no ahorca”, como dicen por ahí.
Algo que dé un poco de luces para salir de la tristeza. Bueno, como soy metido
me he animado a escribirlo yo. Ojalá y logre lo que se necesita. Sino que me
avisen para buscar algún buen texto. Sin rencores.
Todos los días la Iglesia propone una lectura de
algún pasaje del evangelio y el de hoy me pareció muy oportuno. Jesús iba
cruzando con sus discípulos el lago de Tiberiades en una barca y, cansado por
el trajín asumo, se quedó dormido. En medio de la travesía se desató una
tempestad terrible que amenazaba con hundir la embarcación. Y debió ser en verdad
terrible como para amedrentar a los discípulos siendo varios de ellos
experimentados marineros. Desesperados y gritando se acercaron a Jesús para
despertarlo. Jesús se
levantó, los reprendió por su poca fe, y luego dio paso a lo espectacular del
relato: se dirigió al mar, si al mar, y lo increpó con voz recia: «Calla,
enmudece». Y más sorprendentemente aún: el mar calló ante su voz, tornándose la
feroz tormenta en una gran calma.
Una cosa es lo que leemos nosotros ahora en pleno
siglo XXI y otra lo que ocurría en la mente y corazón de quien vivió la escena.
El mar, para el hombre antiguo, significaba algo desconocido, fuerte y potente,
mortal por decir lo menos. En muchas culturas los océanos con sus abismos
insondables se entienden como el reino del mal. Así como el fuego del Hades es para
nosotros, por herencia griega, el símbolo del sufrimiento y de la muerte, para
la mentalidad oriental de estos judíos lo eran las profundidades del mar. Es
por eso que lo que ocurre en este relato tiene un trasfondo oculto a nuestras
categorías contemporáneas. Cuando el mar amenaza con hundir la barca no solo es
el temor al naufragio lo que ocasiona el griterío. Hay un elemento místico que se
esconde detrás de las olas. Y, si bien, lo que hace Jesús es sorprendente, el
significado de sus actos lo es más. Él es dueño de los océanos con toda su
potencia destructora. Pero detrás de eso le dice a los apóstoles, y a nosotros,
que Él es dueño de todo, incluso del mal, y que nada escapa de sus manos. Pareciera
decirnos que no tenemos nada que temer porque ante su voz cualquier realidad,
por más oscura y tormentosa que sea, puede transformarse en calma.
A mí me gusta mucho esta simbología, de hecho el
nombre de mi blog hace referencia a Jesús dominando la potencia del mar cuando
camina sobre él, con todo lo que eso significa.
Todos tenemos tempestades, ninguna vida está exenta
de ellas. Algunas serán más fuertes que otras, algunas serán interminablemente
largas y otras cortas. En ocasiones parecerá que nuestra barca va a naufragar pero
los cristianos tenemos dos certezas que nos sostienen siempre. La primera es
que Dios es bueno; la segunda es que nos ama con locura. Así, incluso las
tormentas más duras se llenan de significado porque no se escapan de las manos
de Dios que es capaz de transformar el sufrimiento de nuestras vidas en un bien mayor, precisamente porque nunca deja de mirarnos con amor.
Dios duerme en nuestra barca. No nos ha dejado
solos a nuestra suerte. Está dormido y debemos despertarlo. Es necesario
llamarlo y para eso hemos de hacernos capaces de transformar nuestra
desesperación y angustia en la tierna voz de un niño que llama a su padre para
que ahuyente algún espanto que se esconde bajo su cama. Esto que se le llama
rezar u orar, como mejor se les acomode, es la forma que conozco para despertar
al Dios que puede hacer calma en medio de cualquier tempestad.
No tengáis miedo.

