viernes, 1 de mayo de 2020

¿Qué preguntas debo responder a mis hijos?


Quiero plantear más preguntas que respuestas. No voy a intentar, ni por asomo, responder a la inquietud del título pero quisiera compartir algo que estos días he estado pensando. Creo también que la decisión de qué preguntas responder, y cuáles no, es exclusiva de cada par de padres y, en ese sentido, su responsabilidad. Creo también que el espacio perfecto para discernir esta decisión es el dialogo conyugal. Los padres que conversan sobre lo que ven en sus hijos y vislumbran, con la gracia de Dios, lo que es realmente importante.

Mi hijo Juan Pablo, me imagino como muchos, es un niño preguntón. Es imposible no verme en sus ojitos cuando inquiere algo. Pero noto también cierta compulsión en sus preguntas. Nada extraño, solo que me doy cuenta que, en algunas ocasiones más alla de genuinamente querer saber, preguntar es una forma aprendida de relacionarse conmigo. Como un reflejo para no terminar la conversación y alargarla un poco más. El bendito por qué del por qué.

Preguntas van, preguntas vienen. Compartimos ese gusto por las historias, gusto del que aparecen muchas preguntas más. No me malentiendan. Me molesta muy poco responderlas. Me hace sentir útil, al fin una utilidad para esta capacidad absurda de acumular información que a nadie le interesa. Pero la vida está ahí, y no puedes pasarla respondiendo preguntas. En fin, se hace lo que se puede.

Pero en algunas ocasiones se dan estos momentos potentes que llaman al corazón. Como si en medio de las mil preguntas se escuchase una voz más profunda que intentase ser escuchada. Una y otra vez. La misma pregunta se repite en varios momentos y de distintas formas. De pronto despierto de una especie de sueño, aunque soy consciente de no estar dormido, y aprehendo que en una pregunta particular que hace hay algo más que su natural curiosidad.

Me recuerda el pasaje bíblico aquel del llamado de Samuel. En medio de la noche Dios llama a Samuel, siendo un niño, y éste acude a Elí por 3 ocasiones. Al final Elí, comprendiendo que era Dios quien llamaba a Samuel, le dice: Cuando vuelvas a escuchar esa voz debes responder: «Habla Señor que tu siervo escucha».

En medio de la preguntadera constante logro reconocer una voz que me es familiar desde hace tiempo y que busca ser escuchada. Y he aprendido, con el tiempo y muchos tropezones, a responder: «Habla Señor que tu siervo escucha».  Esto me pone en otra dimensión de la de responder simples preguntas. Me pone frente a la realidad de que Dios está presente, construyendo y relacionándose con y desde el corazón de mis hijos.

De varias maneras y motivado por toda la información que Juan Pablo ha recibido por los tiempos de cuaresma y pascua vividos de manera particular este año viene preguntándome: ¿Dónde está Jesús?. Entiendo que lo ha conocido estos días, que lo ha admirado, que ha ahondado en su relación con Él. Y desde su brevísima experiencia se da cuenta de que no lo ha visto. Y me pregunta ¿Dónde está? Porque no lo ha visto nunca ni en la Iglesia, ni en la casa. No lo conoce como a las demás personas.

Y se me vienen a la mente mil respuestas que he leído. Pero no estamos en el momento para esas conversaciones. No me queda más que remitirme al evangelio, a las mismas explicaciones de Jesús que parecieron ser pensadas para los niños, y explicar que Jesús se fue al cielo, a la casa de su Padre, a una mansión con muchas habitaciones y piscina, lo último es mío por si acaso, donde nos espera. Ahora no podemos seguirlo, pero después si. Porque al final todos vamos a ir con Jesús. Unos antes, otros después. Pero nos encontraremos todos y jugaremos todo el día con Jesús y todos sus amigos. Quiera Dios que sea así.

Esta pregunta me parece muy importante sin decir que las demás no lo sean. Sino que esta pregunta, y es lo que trato de explicar, brota de su corazón. Es una necesidad real, algo de lo no puede prescindir en este momento. Algo que su interior reclama conocer. Y esta es la clave. Podemos responder preguntas todo el día, pero también debemos ser capaces de reconocer la voz de Jesús hablando en el corazón. Cuando lo logramos es necesario responder como Samuel: Habla Señor que tus siervos estamos escuchando.

Les cuento algo más de este bonito dialogo:

- Papá, yo no quiero irme de aquí con Jesús. Quiero seguir viviendo en Garzota 2.
- No nos vamos a ir ahora. Nos vamos después. Yo primero cuando sea viejito y tú me cuides. Tú después cuando seas viejito también.
- ¿Y que más hay en la casa de Jesús?
- Juegos, resbaladeras, hay un parque, están Mickey y los Paw Patrol.
- ¿Y por qué?
- Porque si.

Todas estas promesas hechas mientras una pandemia se abate fuera del portal de nuestra casa.


miércoles, 29 de abril de 2020

La ciudad se llenó de alegría

El título de este post es la última frase de la primera lectura del día de hoy (Hch 8,8). Y, no sé, le ha dado sentido a algunas cosas que he estado pensando. Debe ser el encierro de esta cuarentena y la vivencia de la Pascua, como la de los primeros cristianos, dentro de las casas. En la primera Pascua, y en la nuestra ahora, se me hace muy evidente la idea griega del ser en potencia.

Para Aristóteles, y muchos años después para Tomás de Aquino, la potencia es la capacidad de algo de ser en el futuro. Ese algo futuro se encuentra en su esencia pero, hoy, no es acto. Los evangelios están llenos de esta idea. La semilla de mostaza, por ejemplo, es en esencia un árbol gigantesco aunque su actualidad sea minúscula. La potencia es capacidad, alcance. Así el reino de los cielos del que Jesús nos habla se parece a este granito de mostaza: pequeño en acto, pero potencialmente inmenso.

Si sois lo que tenéis que ser, decía Santa Catalina, prenderéis fuego al mundo entero. Nuevamente: potencia y acto. Si sois lo que tenéis que ser, potencia pura, prenderéis fuego al mundo entero, la belleza del acto que nos hace imaginar la tierra entera consumida en un cálido fuego de amor. Idea de los griegos, de los cristianos de antes y de ahora.

Cuando hablamos de la primera Pascua en las casas de los cristianos no podemos dejar de percibir el temor que ocasiona su encierro. Pero también alcanzamos a ver, en este tiempo litúrgico precisamente que las lecturas diarias nos van narrando los hechos de los primeros apóstoles, el desenlace de ese pequeño aleluya que empezaba a escucharse hacia adentro y que cobraría mucha fuerza con el pasar de los siglos. En una casita sencilla la alegría de una mamá nazarena que se reencuentra con su Hijo iría contagiando a todos al ritmo de los encuentros de un resucitado con sus amigos.

¿Qué se necesita para llenar una ciudad de alegría? Poco en realidad. Una mamá. Un resucitado. Unos amigos. Ese aleluya del albor de la iglesia era potencia pura. Aleluya dicho muy bajo, con temor, hacia adentro, entre cuatro paredes, tiene la fuerza para encender el mundo entero. Y digo “tiene” y no “tuvo” porque al escucharlo, cuando aplicamos el oído a las escrituras como si de un susurro se tratase, en nosotros también se hace actualidad. Empezamos a ver claramente a esa mamá, a ese resucitado y nos hacemos amigos de esos primeros discípulos.

Nuestro aleluya de hoy, de esta Pascua, tiene muchas similitudes con ese primer aleluya. Es potencia. Es pequeñito, se dice con temor y hacia adentro, pero puede transformar las vidas de muchas personas que necesitan comprender el dolor desde la luz que brota del Evangelio. Dios es más fuerte que la muerte y todas las implicancias prácticas que eso conlleva.

Este encuentro con Dios de estos días es potencia. Es casi imperceptible pero dentro de sí lleva la capacidad de encender toda una generación y sólo Dios sabe cuánto más. Hemos visto de cerca nuestra fragilidad, hemos experimentado la muerte de personas cercanas, hemos visto testimonios reales de personas valientes ayudando a los demás. ¿Tan difícil es percibir el árbol inmenso que ya está brotando de esta minúscula semilla?

Una mamá, un resucitado y unos amigos. Nosotros, la iglesia en familia, encerrados con temor pero siendo capaces de reconocer la mano de Dios que nos sostiene y empuja al encuentro con Él. El mundo, el que yo conozco al menos, se ha construido a fuerza de encuentros como éste.

Resucitó, según su palabra, resucitó. ¡Aleluya!