martes, 16 de diciembre de 2014

Sencillo de corazón

Conozco dos tipos de escritores. Los unos son prolijos en su oficio con capacidades narrativas excepcionales. Te pueden contar como se atan los cordones de sus zapatos, o como degustan  un dulce, y será el viaje más extraordinario que hayas tenido en un buen tiempo. Los otros, más bien, son hondos y capaces de descubrir en el mundo que todos vemos, lo que no todos somos hábiles para observar. Se hacen íntimos con la realidad y nos comparten esos secretos que van oyendo. En algunos escritores se unen ambas características, pero son muy pocos. En otros predominará alguna de las dos, son un poco más comunes. Y en los demás, como quien escribe esto, pues, ni lo uno ni lo otro. Se hace lo que se puede, con lo que se nos ha dado. Ni más, ni menos.

Esto de leer la realidad es un don de Dios. No es un asunto de especificidades personales, o de aptitudes complicadas. Se trata de sensatez y sentido común, muy escasas en nuestros días. No basta ser agudo, o perspicaz. Se necesita de inocencia y claridad para notar lo que ocurre detrás de las cosas que pasan a nuestro alrededor, para ir más allá de los juicios previos que hemos construido de las cosas porque, seamos sinceros, nuestra vida se vuelve, por lo general, muy repetitiva. Y digo que es un don de Dios porque, en la mayoría de las ocasiones, percibimos lo que ocurre de forma casual, como sugerida por una inteligencia sutil, que nos anda buscando siempre. Un detalle, una referencia, un recuerdo, y captamos que hay un sentido oculto en lo que acontece.

Lo de ayer fue muy obvio. Andaba, como suelo andar en estas fechas, en un estado entre nostálgico y atolondrado buscando la manera de entrar en mi mismo, de sintonizar con Dios, de descubrir el sentido de este tiempo que estoy viviendo, ya cercano a la Navidad. Y, como me es muy natural, fui a buscarlo donde siempre encuentro estas cosas cada vez que se me pierden: en la Iglesia.

Confesión. Misa. Lecturas, evangelio, eucaristía, comunión. El ritual completo. Y al final el sacerdote anuncia el inicio de las posadas en breves momentos. Me quedé, continué rezando, como buscando ponerme en la misma página con Dios. Como tratando de ponerme a la altura de sus misterios, de preparar la mente para profundizar y el corazón para conmoverse. En esas tareas estaba como distraído.

De pronto, toda mi preparación fue interrumpida por el curita quien, con guitarra en mano, hizo sentar a todos los niños adelante y empezó a explicar el sentido de la novena con la menor complicación posible, como si los adultos no estuviéramos ahí. Cantos, actuación, dinámicas. Alrededor de cuarenta niños felices a punta de villancicos. Cabe mencionar que este curita es muy conocedor de las escrituras, y que, personalmente, admiro mucho sus prédicas. Pero en esta ocasión, pues, predicó de una forma distinta.

Me conmueven la libertad y los dones puestos al servicio de los demás. Me conmueve ver a la Iglesia desplegándose con frescura y naturalidad, haciéndose dueña de estas fiestas navideñas y haciéndonos mirar profundo. Y me conmueve cuando soy capaz de percibir a Dios más allá de mis esquemas. En cierto modo, ser capaz de dialogar con Dios que me busca insistentemente, muy a pesar de mis prejuicios, me alegra el corazón. Me recuerda que no soy, y no volveré ser nunca más, como aquel loco que busca desesperadamente salir del pantano tirando, él mismo, de su cabello. Dios esta cerca, esta fuera de mí, buscándome con amor y no me deja solo.

Los dejo con uno de estos villancicos que me quedó dando vueltas en el corazón. Definitivamente Dios es sencillo. Esa es la clave.

Y el que naciendo rey
pudo haber nacido
en cuna de porcelana,
en cuna de oro y plata.

Pero él quería nacer,
donde nadie imaginaba,
en un pobre pesebre
pero lleno de amor y gracia.

Y cuando se anunciaba,
que el niño nacía pobre,
los sabios no lo entendieron
y lo entendieron los pastores.

Él quiso enseñarme a mí,
a bajarme de las nubes
a ser sencillo de corazón
como el niño de mis amores.









sábado, 6 de diciembre de 2014

Si rompieses el cielo y descendieses

A propósito de este tiempo de adviento que estamos iniciando quiero compartirles algo que me llamo la atención en una de las lecturas del primer domingo.

El profeta Isaías recoge el sentir del pueblo de Israel durante su tiempo de destierro y, en forma de pregunta, busca luces para la situación en la que viven: «¿Por qué nos dejaste errar fuera de tus caminos, endurecerse nuestro corazón lejos de tu temor?». Isaías habla desde la lejanía de Dios, desde la experiencia de endurecimiento del corazón. Y desde este lugar lanza una exclamación que nos permite ver claramente la sinceridad de sus anhelos más profundos: «¡Ah, si rompieses el cielo y descendieses!».

Es un grito que clama cercanía, que pide intervención, que expresa la necesidad de que Dios no sea, para él, un ser extraño que nada tiene que ver con su experiencia cotidiana. Pareciera decir: «Entre Tú y yo hay un muro, un velo que nos separa. Así lo siento al menos. Ojalá lo rompieras y te acercaras hasta donde estoy yo a cambiar mi situación». El cielo era, para los antiguos, ese muro inalcanzable detrás del cual Dios había puesto su morada, ese velo indescifrable bajo el cual ocultaba su misterio.

En cierto sentido, es evidente que entre Dios y nosotros hay un «abismo» de distancia, que sus pensamientos aventajan a los nuestros «como los cielos a la tierra». Lo dejaría muy claro Dios  cuando le habla al profeta Samuel el día de la elección del joven rey David sobre su hermano Eliab: «No te fijes en su aspecto ni en lo elevado de su estatura – decía de Eliab-, porque yo lo he descartado. Dios no mira como mira el hombre; porque el hombre ve las apariencias, pero Dios ve el corazón». Nosotros nos quedamos en lo aparente, Dios no. A esa distancia estamos.

Pero también es cierto, como lo diría San Agustín, que «nuestro corazón anda inquieto» hasta no descansar en Dios, hasta no entrar en comunión con Aquel que lo sobrepasa y lo contiene, Aquel que lo explica y le da sentido. Y es que en lo recóndito del corazón se esconde ese deseo de cercanía, aunque estemos lejos. Aunque nos encontremos endurecidos a las realidades espirituales, aunque no seamos todo lo que esperamos o creemos que deberíamos ser. Aunque no sepamos bien como estar cerca de Dios.

Es en esta experiencia de fragilidad, de incoherencia en algunos casos o de adormecimiento del corazón en otros, donde nos hacemos conscientes de que no podemos franquear este «abismo» solos. Que la distancia que nos separa es mayor que nuestras pobres fuerzas humanas. Y es aquí donde se hace tan nuestra la exclamación de Isaías: «¡Ah, si rompieses el cielo y descendieses!».

Porque eso es lo que anhelamos con todo el corazón. Que Dios salga a nuestro encuentro, que no se quede encerrado en su cielo, sino que lo rompa; que rasgue el velo y nos revele su rostro. Que entre con fuerza en nuestra existencia a darle sentido. Que nuestra vida espiritual se llene de la vivacidad del encuentro con Él, que nos ayude a salir de la toxicidad en la que la autoreferencialidad nos encierra. No nos es suficiente una vida de actos vacíos, de costumbres repetidas, de hacer lo que siempre hacemos. No. Necesitamos con urgencia acortar esta distancia entre Dios y nosotros. Necesitamos encontrarnos con Él, no solo con la idea de Dios que nos hemos construido con el paso de los años, sino con la Luz que nos ayude a profundizar en quienes somos y nos permita caminar sin tropezar. Necesitamos en nuestras vidas a Aquel que nos sobrepasa. Nos es imperativo refrescar nuestra relación con aquel Otro que esta fuera de mí, sino mi vida cristiana es sólo frivolidad con tres o cuatro ideas preconcebidas.  

Esta realidad se me ha hecho presente en este inicio de adviento. Con fuerza me hago eco del anhelo de Isaías. Yo también quiero ver a Dios rompiendo su cielo para venir a mi lado. Lo necesito cerca en este tiempo.

Todo esto lo pensaba en misa de sábado por la mañana. En silencio frente a un pesebre, a un costado del altar. Que hermosa manera, pensaba yo, de romper los cielos y descender hasta nuestra vida. Y si, todo esto que anhelo, pues, Dios ya lo ha hecho.

El ha salido ya a mi encuentro: En Belén, lo hace cada día, y lo hará, definitivo, al final de los tiempos.

Los dejo con Isaías en la continuación del mismo pasaje que suscito este escrito:

«Tú descendiste: ante tu faz, los montes se derretirán. Nunca se oyó. No se oyó decir, ni se escuchó, ni ojo vio  a un Dios, sino a ti, que tal hiciese para el que espera en él. Te haces encontradizo de quienes se alegran y practican justicia y recuerdan tus caminos».