Conozco
dos tipos de escritores. Los unos son prolijos en su oficio con capacidades
narrativas excepcionales. Te pueden contar como se atan los cordones de sus
zapatos, o como degustan un dulce, y
será el viaje más extraordinario que hayas tenido en un buen tiempo. Los otros,
más bien, son hondos y capaces de descubrir en el mundo que todos vemos, lo que
no todos somos hábiles para observar. Se hacen íntimos con la realidad y nos
comparten esos secretos que van oyendo. En algunos escritores se unen ambas
características, pero son muy pocos. En otros predominará alguna de las dos,
son un poco más comunes. Y en los demás, como quien escribe esto, pues, ni lo uno ni lo
otro. Se hace lo que se puede, con lo que se nos ha dado. Ni más, ni menos.
Esto
de leer la realidad es un don de Dios. No es un asunto de especificidades
personales, o de aptitudes complicadas. Se trata de sensatez y sentido común,
muy escasas en nuestros días. No basta ser agudo, o perspicaz. Se necesita de
inocencia y claridad para notar lo que ocurre detrás de las cosas que pasan a nuestro
alrededor, para ir más allá de los juicios previos que hemos construido de las
cosas porque, seamos sinceros, nuestra vida se vuelve, por lo general, muy
repetitiva. Y digo que es un don de Dios porque, en la mayoría de las ocasiones,
percibimos lo que ocurre de forma casual, como sugerida por una inteligencia
sutil, que nos anda buscando siempre. Un detalle, una referencia, un recuerdo,
y captamos que hay un sentido oculto en lo que acontece.
Lo
de ayer fue muy obvio. Andaba, como suelo andar en estas fechas, en un estado entre
nostálgico y atolondrado buscando la manera de entrar en mi mismo, de
sintonizar con Dios, de descubrir el sentido de este tiempo que estoy viviendo,
ya cercano a la Navidad. Y, como me es muy natural, fui a buscarlo donde
siempre encuentro estas cosas cada vez que se me pierden: en la Iglesia.
Confesión.
Misa. Lecturas, evangelio, eucaristía, comunión. El ritual completo. Y al final
el sacerdote anuncia el inicio de las posadas en breves momentos. Me quedé,
continué rezando, como buscando ponerme en la misma página con Dios. Como tratando
de ponerme a la altura de sus misterios, de preparar la mente para profundizar
y el corazón para conmoverse. En esas tareas estaba como distraído.
De
pronto, toda mi preparación fue interrumpida por el curita quien, con guitarra en mano, hizo sentar a todos los niños adelante y empezó a
explicar el sentido de la novena con la menor complicación posible, como si los
adultos no estuviéramos ahí. Cantos, actuación, dinámicas. Alrededor de
cuarenta niños felices a punta de villancicos. Cabe mencionar que este curita
es muy conocedor de las escrituras, y que, personalmente, admiro mucho sus
prédicas. Pero en esta ocasión, pues, predicó de una forma distinta.
Me
conmueven la libertad y los dones puestos al servicio de los demás. Me conmueve
ver a la Iglesia desplegándose con frescura y naturalidad, haciéndose dueña de
estas fiestas navideñas y haciéndonos mirar profundo. Y me conmueve cuando soy
capaz de percibir a Dios más allá de mis esquemas. En cierto modo, ser capaz de
dialogar con Dios que me busca insistentemente, muy a pesar de mis prejuicios,
me alegra el corazón. Me recuerda que no soy, y no volveré ser nunca más, como
aquel loco que busca desesperadamente salir del pantano tirando, él mismo, de su cabello. Dios esta cerca, esta fuera de mí, buscándome con amor y no me deja
solo.
Los
dejo con uno de estos villancicos que me quedó dando vueltas en el corazón. Definitivamente
Dios es sencillo. Esa es la clave.
Y
el que naciendo rey
pudo
haber nacido
en
cuna de porcelana,
en
cuna de oro y plata.
Pero él quería nacer,
donde
nadie imaginaba,
en
un pobre pesebre
pero
lleno de amor y gracia.
Y
cuando se anunciaba,
que
el niño nacía pobre,
los
sabios no lo entendieron
y
lo entendieron los pastores.
Él quiso enseñarme a mí,
a
bajarme de las nubes
a
ser sencillo de corazón
como
el niño de mis amores.
Gracias por compartirlo. En lo personal también me es difícil apartarme del ruido de "las fiestas navideñas" y como dices la respuesta es ser sencillo... La cosa es que eso no es sencillo. Probaré tu receta de ir por todos los juguete
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