A
propósito de este tiempo de adviento que estamos iniciando quiero compartirles
algo que me llamo la atención en una de las lecturas del primer domingo.
El
profeta Isaías recoge el sentir del pueblo de Israel durante su tiempo de
destierro y, en forma de pregunta, busca luces para la situación en la que
viven: «¿Por qué nos dejaste errar fuera
de tus caminos, endurecerse nuestro corazón lejos de tu temor?». Isaías habla
desde la lejanía de Dios, desde la experiencia de endurecimiento del corazón. Y
desde este lugar lanza una exclamación que nos permite ver claramente la sinceridad
de sus anhelos más profundos: «¡Ah, si
rompieses el cielo y descendieses!».
Es
un grito que clama cercanía, que pide intervención, que expresa la necesidad de
que Dios no sea, para él, un ser extraño que nada tiene que ver con su experiencia
cotidiana. Pareciera decir: «Entre Tú y yo hay un muro, un velo que nos separa.
Así lo siento al menos. Ojalá lo rompieras y te acercaras hasta donde estoy yo
a cambiar mi situación». El cielo era, para los antiguos, ese muro inalcanzable
detrás del cual Dios había puesto su morada, ese velo indescifrable bajo el
cual ocultaba su misterio.
En
cierto sentido, es evidente que entre Dios y nosotros hay un «abismo» de distancia, que sus pensamientos
aventajan a los nuestros «como los cielos
a la tierra». Lo dejaría muy claro Dios cuando le habla al profeta Samuel el día de la
elección del joven rey David sobre su hermano Eliab: «No te fijes en su aspecto ni en lo elevado de su estatura –
decía de Eliab-, porque yo lo he descartado. Dios no mira como mira el hombre;
porque el hombre ve las apariencias, pero Dios ve el corazón». Nosotros
nos quedamos en lo aparente, Dios no. A esa distancia estamos.
Pero
también es cierto, como lo diría San Agustín, que «nuestro corazón anda inquieto» hasta no descansar en Dios, hasta
no entrar en comunión con Aquel que lo sobrepasa y lo contiene, Aquel que lo
explica y le da sentido. Y es que en lo recóndito del corazón se esconde ese
deseo de cercanía, aunque estemos lejos. Aunque nos encontremos endurecidos a
las realidades espirituales, aunque no seamos todo lo que esperamos o creemos
que deberíamos ser. Aunque no sepamos bien como estar cerca de Dios.
Es
en esta experiencia de fragilidad, de incoherencia en algunos casos o de
adormecimiento del corazón en otros, donde nos hacemos conscientes de que no
podemos franquear este «abismo» solos.
Que la distancia que nos separa es mayor que nuestras pobres fuerzas humanas. Y
es aquí donde se hace tan nuestra la exclamación de Isaías: «¡Ah, si rompieses el cielo y descendieses!».
Porque
eso es lo que anhelamos con todo el corazón. Que Dios salga a nuestro
encuentro, que no se quede encerrado en su cielo, sino que lo rompa; que rasgue
el velo y nos revele su rostro. Que entre con fuerza en nuestra existencia a
darle sentido. Que nuestra vida espiritual se llene de la vivacidad del
encuentro con Él, que nos ayude a salir de la toxicidad en la que la autoreferencialidad
nos encierra. No nos es suficiente una vida de actos vacíos, de costumbres
repetidas, de hacer lo que siempre hacemos. No. Necesitamos con urgencia
acortar esta distancia entre Dios y nosotros. Necesitamos encontrarnos con Él,
no solo con la idea de Dios que nos hemos construido con el paso de los años,
sino con la Luz que nos ayude a profundizar en quienes somos y nos permita caminar
sin tropezar. Necesitamos en nuestras vidas a Aquel que nos sobrepasa. Nos es
imperativo refrescar nuestra relación con aquel Otro que esta fuera de mí, sino
mi vida cristiana es sólo frivolidad con tres o cuatro ideas preconcebidas.
Esta
realidad se me ha hecho presente en este inicio de adviento. Con fuerza me hago
eco del anhelo de Isaías. Yo también quiero ver a Dios rompiendo su cielo para
venir a mi lado. Lo necesito cerca en este tiempo.
Todo
esto lo pensaba en misa de sábado por la mañana. En silencio frente a un
pesebre, a un costado del altar. Que hermosa manera, pensaba yo, de romper los
cielos y descender hasta nuestra vida. Y si, todo esto que anhelo, pues, Dios
ya lo ha hecho.
El
ha salido ya a mi encuentro: En Belén, lo hace cada día, y lo hará, definitivo,
al final de los tiempos.
Los
dejo con Isaías en la continuación del mismo pasaje que suscito este escrito:
«Tú
descendiste: ante tu faz, los montes se derretirán. Nunca se oyó. No se oyó
decir, ni se escuchó, ni ojo vio a un Dios, sino a ti, que tal hiciese
para el que espera en él. Te haces encontradizo de quienes se alegran y
practican justicia y recuerdan tus caminos».

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