No sé si se han dado cuenta, pero a mi me gustan las Sagradas Escrituras. Mucho. Con ningún libro he aprendido tanto como con éste. Como dice San Pablo, la Palabra de Dios es como espada de dos filos que penetra y escruta el corazón. Es fuente limpia que permite beber y ver más claro. No sé ustedes, pero yo nunca he tenido esa experiencia con otra lectura.
A veces hago concordancias muy a mi estilo. Esto es, cuando leo algún fragmento, alguna parábola, algún versículo, me vienen a la mente pasajes parecidos que tienen entre sí algún elemento en común. Estos elementos pueden parecer graciosos por lo aleatorio que se presentan. Pero en el corazón de quien está rezando tienen sentido, un sentido que se ha venido construyendo en el camino de oración muy personal.
Hoy me pasó. En la lectura del día Jesús toma una moneda en sus manos, la mira como quien no comprende la importancia que se le da a este objeto tan pequeño, y tan sobrevalorado. Y, ante la pregunta que sus adversarios le han planteado sobre si es lícito pagar el impuesto al César, responde con otra pregunta. – ¿De quien es el rostro grabado en la moneda? – Del César – respondieron. – Pues den al César lo que es del César. Y a Dios lo que es de Dios.
Y el elemento que más resonó en mi interior fueron las monedas. San Agustín dice que nosotros somos como monedas, y que al mirarnos se nos puede ver grabado el rostro de Dios, quien nos ha creado. Por lo tanto somos como monedas de Dios que deben ser devueltas a Dios.
Recordé aquel pasaje hermoso en el que una pobre viuda deja en el templo las únicas monedas que tenía para vivir, mientras el dueño de la ofrenda la observaba muy complacido; recordé también las treinta monedas que recibió Judas como precio por su Buen amigo; y también las monedas que el Buen samaritano dejo al posadero para que cuidara de su amigo herido. –Si gastas algo de más, te lo pagaré a mi vuelta- dijo aquel buen hombre.
Y en mi memoria despertó una parábola. La de aquella mujer que teniendo diez dracmas pierde una, y hace todo lo posible para encontrarla: enciende una lámpara, barre la casa y la busca con esmero. Y recordé su alegría al encontrar la moneda: - Alégrense conmigo, porque encontré la dracma que se me había perdido.
Esa mujer es Dios que nos busca, haciendo lo imposible por encontrarnos. Y lo hace porque somos suyos, porque tenemos su rostro grabado en nuestro interior. Somos de Dios, y por eso podemos estar tranquilos. Si el César hacia tanto para recuperar su moneda, ¿Qué cosa no hará Dios por encontrarnos a nosotros que somos sus hijos?
Y aunque no viene mucho al caso recordé también una cita de Isaías que me gusta mucho: «¿Puede una madre acaso olvidar a su niño de pecho, no tener compasión del hijo de sus entrañas? Aunque esto llegara a pasar yo no te olvido porque te llevo grabada en mis manos»
Así de bueno es Dios. Tan bueno que nos busca cuando andamos perdidos.
Y mejor aún, nos encuentra.
