jueves, 28 de julio de 2016

Como bebés

Hace unos días tuvimos que pinchar a Juan Pablo para una muestra de sangre por unos exámenes de rutina que solicitó la pediatra. Solo permitían entrar a un adulto con él, así que a mí me tocó escuchar los gritos desde afuera. Pueden imaginarse la escena. Salió con su mamá luego del procedimiento aún llorando. Y vi como ella lo iba calmando desde el laboratorio hasta el auto, y luego en el camino a la casa: meciéndolo, dándole besos, tratando de que comprendiera que el dolor que sentía era temporal. Incluso haciéndole creer que ya no había dolor, hasta que finalmente desapareció.

Porque, seamos sinceros, el dolor iba a pasar. Un pinchazo no es el fin del mundo. Cualquier adulto sabe eso. Pero un bebé no, ellos solo saben que en ese momento algo le está doliendo. Y más nada.

Creo que cuando un recién nacido llora lo hace por una necesidad inmediata que percibe como urgente y definitiva. Una vacuna, por ejemplo. O el hambre. Un bebé no entiende que el biberón no está limpio aún o que la leche todavía no está tibia. Un adulto puede diferir el deseo de sus necesidades más básicas un poco porque sabe que eventualmente podrá saciarlos. Un bebé aún no comprende eso, y muy poco le interesan los argumentos.

Me ha tocado calmar a Juan Pablo cuando se asusta por algún motivo. El no sabe qué está ocurriendo, aunque para mi sea obvio. Un auto que arranca, una puerta que se cierra sonoramente, o un mal juego de su papá. Porque los papás solemos ser bruscos, mea culpa. Inmediatamente llora sin consuelo, sin magnitud, sin guardar distancia del sufrimiento más terrible. Y el papá intenta calmarlo, con mayor rapidez si él es el culpable. Cariños, cercanía, más besos, todo lo que se necesite para hacerle comprender que no está solo. Y nos da por revelar que lo que ocasiona el susto no es de temer en realidad: es un auto, es una puerta, es tu papá. Sorry.

¿A que quiero llegar con todo esto? A que, en la mayoría de los casos y en circunstancias normales, un niño pequeño sufre ante algo inmediato porque no conoce aún el panorama completo. No alcanza a ver el desenlace de su drama y menos que la solución viene en camino. Recién está comprendiendo que no está solo, y que hay alguien que lo cuida.

Eso mismo somos nosotros, los grandes, para Dios. Guardando las distancias somos como unos bebés que sufrimos y nos angustiamos por cosas inmediatas porque no alcanzamos a ver el panorama completo, el desenlace de nuestro drama. No hemos comprendido bien que no estamos solos y que alguien nos cuida.

Pero Dios, que si conoce el final de todos los caminos, nos cuida y busca siempre nuestro bien, nos consuela de la misma forma que lo hace una madre, o un padre, con su hijo. Solo que con infinito cuidado, solicitud y afán.

Cuando veo a Juan Pablo me gusta pensar que la ternura que despierta en mí, es la ternura que Dios mismo tiene conmigo. Y poco a poco me voy sintiendo más seguro, muy torpemente voy comprendiendo los argumentos que tiene Dios para mí. Despacio cesa mi llanto y me quedo dormido también en sus brazos.

Al ritmo espiritual de sus arrullos pareciera susurrar: Ya, ya… tranquilo, no hay porque llorar. Aquí estoy. No te falta nada hoy, ¿por qué ha de faltarte mañana? Deja a cada día su propio afán.

Y los dos bebés descansamos tranquilos. Los dos acurrucados en el mismo pecho.


martes, 12 de julio de 2016

Cuídalo, y lo que gastes de más te lo pagaré a mi vuelta

Hace unos días me encontraba realizando la noble tarea de cambiar un pañal a mi hijo en la madrugada. Una de las pruebas más difíciles para los papas, coincidirá conmigo quien lo haya pasado, sea por la tarea o por el horario. Ahí en el cambiador, los dos tuvimos uno de esos momentos de silencio que da para pensar muchas cosas. Bueno yo, porque Juan Pablo se volvió a dormir durante el cambio.  Y una de esas cosas que se me venía a la mente era aquella alegoría que Jesús usaba para explicar cómo sería el juicio final, aquella en que el Rey dice a los que ha puesto a su derecha:

«Venid, benditos de mi padre, y reciban en herencia mi Reino porque tuve hambre, y me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me acogieron; desnudo y me vistieron… Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo» Cfr. Mt 25,34-40.

Y me sonreía por encontrar un nuevo significado a una cita bíblica que conocía desde hace ya mucho. Porque, básicamente, eso es lo que se hace con un recién nacido: alimentarlo, vestirlo, acogerlo. Creo que el amor de padres, que es inmenso, eclipsa esta realidad profunda de que también es Cristo quien quiere ser atendido en un niño pequeño. No sé, cuando le tomé el peso a esta realidad me invadió un sentimiento de gratitud; un aliciente más para las nobles tareas nocturnas.

Un hijo es una luz nueva que ilumina la forma en que vemos la vida. Hace evidentes cosas que antes nos pasaban desapercibidas. Hacia afuera y hacia adentro. Nos pone frente a nosotros mismos y ante Dios, si somos lo suficientemente sencillos y atentos.

En la misa del último domingo la lectura del evangelio nos proponía la parábola del buen samaritano. A mí siempre me gustó una interpretación que leí alguna vez de San Agustín: El judío asaltado en el camino nos representa a todos como humanidad herida por el pecado, y el samaritano es Cristo que viene a andar nuestros caminos. Haciéndose nuestro prójimo se conmueve por nuestra situación y nos levanta, nos cura con aceite y vino, simbolizando sus sacramentos, y nos lleva a una posada, signo de su Iglesia. Allí ofrece dos monedas por cuidar a este hombre y promete pagar a su vuelta todo lo que se gaste de más, aludiendo a su regreso al final de los tiempos

Otra vez sonreí por el nuevo significado que descubría en esta parábola conocida desde hace mucho: Si la familia es Iglesia doméstica, como han dicho los Padres, recibe la misma promesa de Jesús por cada persona que acoge en su seno. Él mismo es quien recoge a cada miembro herido por el pecado original en el camino, lo cura con sus sacramentos y lo deja bajo los cuidados familiares. Porque, seamos sinceros, mucho bien nos hace el cariño familiar. Y Dios lo tiene muy claro.

Miré a Juan Pablo y me pareció escuchar que era conmigo el cierre de la parábola:

«Cuídalo, y lo que gastes de más te lo pagaré a mi vuelta».

Casi respondo en voz alta, pero lo hice para mis adentros:

«No se preocupe Señor, mi esposa y yo se lo cuidaremos bien hasta su vuelta».