Hace unos días tuvimos que pinchar a Juan Pablo
para una muestra de sangre por unos exámenes de rutina que solicitó la pediatra. Solo
permitían entrar a un adulto con él, así que a mí me tocó escuchar los gritos
desde afuera. Pueden imaginarse la escena. Salió con su mamá luego del
procedimiento aún llorando. Y vi como ella lo iba calmando desde el laboratorio
hasta el auto, y luego en el camino a la casa: meciéndolo, dándole besos,
tratando de que comprendiera que el dolor que sentía era temporal. Incluso haciéndole
creer que ya no había dolor, hasta que finalmente desapareció.
Porque, seamos sinceros, el dolor iba a pasar. Un
pinchazo no es el fin del mundo. Cualquier adulto sabe eso. Pero un bebé no,
ellos solo saben que en ese momento algo le está doliendo. Y más nada.
Creo que cuando un recién nacido llora lo hace por
una necesidad inmediata que percibe como urgente y definitiva. Una vacuna, por
ejemplo. O el hambre. Un bebé no entiende que el biberón no está limpio aún o
que la leche todavía no está tibia. Un adulto puede diferir el deseo de sus
necesidades más básicas un poco porque sabe que eventualmente podrá saciarlos.
Un bebé aún no comprende eso, y muy poco le interesan los argumentos.
Me ha tocado calmar a Juan Pablo cuando se asusta por
algún motivo. El no sabe qué está ocurriendo, aunque para mi sea obvio. Un auto
que arranca, una puerta que se cierra sonoramente, o un mal juego de su papá.
Porque los papás solemos ser bruscos, mea culpa. Inmediatamente llora sin
consuelo, sin magnitud, sin guardar distancia del sufrimiento más terrible. Y
el papá intenta calmarlo, con mayor rapidez si él es el culpable. Cariños,
cercanía, más besos, todo lo que se necesite para hacerle comprender que no
está solo. Y nos da por revelar que lo que ocasiona el susto no es de temer en
realidad: es un auto, es una puerta, es tu papá. Sorry.
¿A que quiero llegar con todo esto? A que, en la
mayoría de los casos y en circunstancias normales, un niño pequeño sufre ante
algo inmediato porque no conoce aún el panorama completo. No alcanza a ver el
desenlace de su drama y menos que la solución viene en camino. Recién está
comprendiendo que no está solo, y que hay alguien que lo cuida.
Eso mismo somos nosotros, los grandes, para Dios.
Guardando las distancias somos como unos bebés que sufrimos y nos angustiamos
por cosas inmediatas porque no alcanzamos a ver el panorama completo, el
desenlace de nuestro drama. No hemos comprendido bien que no estamos solos y
que alguien nos cuida.
Pero Dios, que si conoce el final de todos los
caminos, nos cuida y busca siempre nuestro bien, nos consuela de la misma forma
que lo hace una madre, o un padre, con su hijo. Solo que con infinito cuidado, solicitud
y afán.
Cuando veo a Juan Pablo me gusta pensar que la
ternura que despierta en mí, es la ternura que Dios mismo tiene conmigo. Y poco
a poco me voy sintiendo más seguro, muy torpemente voy comprendiendo los
argumentos que tiene Dios para mí. Despacio cesa mi llanto y me quedo dormido
también en sus brazos.
Al ritmo espiritual de sus arrullos pareciera
susurrar: Ya, ya… tranquilo, no hay porque llorar. Aquí estoy. No te falta nada
hoy, ¿por qué ha de faltarte mañana? Deja a cada día su propio afán.
Y los dos bebés descansamos tranquilos. Los dos acurrucados
en el mismo pecho.
