Existe una verdad
sobre nosotros mismos que es primera y anterior a todo. Y ésta es que somos
amados con un amor incondicional desde el principio. Esto que se dice rápido,
es uno de los misterios más grandes que he podido conocer. Y creo, debo decir
con honestidad, me tomará toda mi vida comprenderlo cabalmente.
En nuestra cultura
no estamos acostumbrados a ver y valorar este tipo de amor. En líneas generales
éste es más o menos condicionado: depende de la simpatía, de los lazos
familiares, de la admiración, de la afinidad, por poner algunos ejemplos.
Depende de como la otra persona me hace sentir o del efecto que generen en mí
sus cualidades. Depende de un sinnúmero de factores. A eso estamos habituados.
Esta es la primera
verdad que Dios dice de nosotros: desde antes de nacer ya somos amados con un
amor incondicional. Esto quiere decir que no tiene condiciones, aunque suene
muy obvia la aclaración. No depende de lo que haga, sienta o piense. No depende
de lo bueno o malo que sea. Ni siquiera de que tan fielmente viva mi
cristianismo. No depende de mí. Es incondicional, sin condiciones. Lo repito
porque a veces perdemos el sentido de la novedad que esto implica. Es un amor
inquebrantable, que no se rompe cuando me rompo yo. Que me transciende y es
capaz de darle solidez y proyección impensable a mi vida. Es un amor que no soy
capaz de perder, aunque quisiera hacerlo.
Me gusta esta forma
de pensar y el estilo de vida que de ella se deriva. Me gusta darle a Dios la
primera palabra sobre mí mismo. Todo lo demás viene después, pero lo primero y
esencial es que he sido mirado con amor, incluso, desde antes de nacer. Darle a
Dios la iniciativa en mi vida es garantía de que mi existencia va más allá de
mí mismo; y solo una vida que transciende mis límites vale la pena ser vivida.
Si mi vida queda encerrada en mis gustos y opiniones, mis ideas y criterios,
mis solas capacidades y habilidades, pues no soy más que aquel loco de la fábula
que intenta rescatarse del pantano tirándose de su propio cabello. Es muy valioso conocer que mi existencia no se agota en mi, sino que recibe aire fresco siempre desde afuera.
Como algunos de
ustedes saben, otros no, estoy pronto a casarme. “De la ceja al ojo”, como
dicen en mi pueblo. Y hoy conversando con alguien me preguntaba sobre mi
intención de tener hijos “de entrada”, como también dicen en mi pueblo. Y su
inquietud era muy válida: me hablaba de lo importante que es el espacio de
acoplamiento de la pareja, de lo provechoso que puede resultar la convivencia
previa para la solidez del matrimonio, de lo importante que es planificar
responsablemente el número de hijos dado el entorno y la economía en que
vivimos.
Y después de
pensarlo mucho he llegado a la conclusión de que me gusta mi estilo de vida.
Ese de darle a Dios la primera palabra sobre quién soy. Aquel que parte de
saber que soy amado por un amor inconmovible que ha dispuesto todo para mi
bien. Y eso me gustaría dejarles claro a mis hijos: que han sido y son amados
por un amor que no depende de ellos, mucho menos de las circunstancias en que
se den sus nacimientos. Que han sido amados eternamente por un amor que no
calcula, que no se mide, sino que generosamente crea. A mi parecer esta es una
de esas cosas que no se transmiten con palabras, sino con la coherente
elocuencia de los actos.
No estamos acostumbrados
a este tipo de amor pero es, al fin, el que buscamos. Cuanto bien hace a cada
uno captar la gratuidad del amor. El amor no se compra, no se puede pagar. No
se gana en las categorías en que nos ganamos todo en esta vida. No doy para
recibir, ni recibo la misma medida que he dado. El cristiano es siempre más deudor que acreedor. Somos amados por el simple hecho
de ser, y existe un amor primero que nunca nos será quitado. Dios no ha
calculado al crearme porque soy fruto de su abundancia, de su ilusión terca y
loca por verme feliz. Y si Dios me ha visto de esa forma, ¿cómo puedo mirar
diferente a los que pueden venir a través de mí?
No me queda más que
aprender de esa mirada que tanto bien me ha hecho y, aunque no es nada sencillo,
amar así como lo hace Dios.
Sin condiciones.