Desde pequeño me ha gustado la lectura. He
disfrutado de paisajes desconocidos y sentimientos diferentes de los que tenía
a mi alcance. Me he maravillado descubriendo extraordinarios mundos ficticios y me he perdido en elucubraciones
impresionantes de mentes lúcidas. También he leído tonterías, por su puesto, y
lo que más me ha dolido es leerlas de escritores brillantes.
Algo que he disfrutado mucho es la creación de
personajes. A mi criterio, muy particular, este es uno de los puntos clave del
asunto. La profundidad del personaje, sus amores y sus odios, la capacidad de
sumergirnos en su propio drama, son la puerta de entrada a mundos
particulares, como escaparates al mundo
interior de cada autor. Existen personajes memorables que dejan una impresión
indeleble. Me pasó con Harry Haller, el lobo estepario de Hesse, en mi juventud; me pasó con el
enigmático Capitán Nemo de Verne en mi
niñez; me recuerdo enamorado de la espontánea Lizzy Benneth de Jane Austin o impresionado
del carácter perverso del Drácula de Stoker, cuando fui un poco mayor. Tengo
fresco el viaje en tren por la Europa socialista con Ana Karenina de Tolstói.
El personaje es crítico, es la luminaria
central. Lo que pocos escritores logran es la existencia dinámica de este
protagonista, hacer de este personaje un ser relacional, y no solo una
construcción estática. La relación con su amor, o su némesis, con su amigo o su
mentor, es el culmen de lo que he podido percibir. En algunos casos esa relación
puede, incluso, ser no personal: la forma en que asume un ideal o se enfrenta
al dilema existencial de su vida. Esa es, digamos, su relación. Me ha parecido
genial la rivalidad de Sherlock Holmes y su alter ego Moriarty; la honda
admiración entre el Profesor Aronnax y el capitán del Nautilus; el terror de la
tierra media entera ante la posible vuelta del Señor Oscuro en el Señor de los
Anillos. Me parece admirable generar terror en el suspenso de la no
personificación de la maldad.
Escribo todo esto para hablar de otra cosa. En
todos mis años de lector aficionado, no me he encontrado con un libro que
genere en mi lo que hacen las Sagradas Escrituras.
Son perfectas. El protagonista, Dios, es
siempre relacional. Es dinámico. Creador y paternal. Bondadoso. Tan poco predecible
es esta historia que el nudo se plantea al inicio: el pecado original. La
hecatombe, la traición, el camino sin salida.
En el desarrollo de la trama Dios se va
introduciendo en el mundo que ha creado para redimirlo. Y, aunque hay varios
personajes, no deja de ser el principal. Es una forma muy particular de narrar
en primera persona: en varios libros y a través de varios escritores.
En un momento de la secuencia literaria ocurre
lo impensable: El Autor, Dios, se hace parte de la historia, de manera
misteriosa, asumiendo el rol de muchos, uno más como cualquiera. Y es ese
personaje, Jesús, de quien venimos hablando desde hace veinte siglos. Un
personaje antiguo y nuevo. Soy sincero, nunca he conocido un personaje así: clara
su mirada, sabias sus palabras, acertada su manera de ver la realidad. Inocente
candor y prudente firmeza. Creo que es el personaje dinámico por excelencia. Nunca
está acabado en la mente del lector, y en el corazón siempre va abriendo nuevos
pliegues. Cada vez descubro más de Él y, no me ha pasado con ningún otro, me va
descubriendo a mi mismo.
Dios entra en la historia con un personaje que
sale del libro y se plantea frente a frente con quien esta leyendo. En ese momento se
capta la dimensión de esta lectura: El personaje principal es Dios, y el
antagonista eres tú. Soy yo. Y esa imagen tan anhelada de una lectura
relacional se convierte en realidad. Los anhelos fuertes de amistad, de
paternidad, de verdad, de nobleza y de belleza se descubren plasmados en el
libro que llamamos Biblia.
Repito, nunca había tenido una lectura así.
Nunca había conocido un personaje tan vital. Nunca me había inquietado tanto
una mirada, para después calmar con sus palabras la tempestad.
Muy bien he recordado que la Palabra de Dios
nace de su voluntad por comunicarnos su ser, y que ésta, su expresión en letras
temporales, puede asomarnos a un mundo eterno: a la mente del Autor de la más
hermosa historia.
