viernes, 21 de noviembre de 2014

La más hermosa historia

Desde pequeño me ha gustado la lectura. He disfrutado de paisajes desconocidos y sentimientos diferentes de los que tenía a mi alcance. Me he maravillado descubriendo extraordinarios  mundos ficticios y me he perdido en elucubraciones impresionantes de mentes lúcidas. También he leído tonterías, por su puesto, y lo que más me ha dolido es leerlas de escritores brillantes.

Algo que he disfrutado mucho es la creación de personajes. A mi criterio, muy particular, este es uno de los puntos clave del asunto. La profundidad del personaje, sus amores y sus odios, la capacidad de sumergirnos en su propio drama, son la puerta de entrada a mundos particulares,  como escaparates al mundo interior de cada autor. Existen personajes memorables que dejan una impresión indeleble. Me pasó con Harry Haller, el lobo estepario de  Hesse, en mi juventud; me pasó con el enigmático  Capitán Nemo de Verne en mi niñez; me recuerdo enamorado de la espontánea Lizzy Benneth de Jane Austin o impresionado del carácter perverso del Drácula de Stoker, cuando fui un poco mayor. Tengo fresco el viaje en tren por la Europa socialista con Ana Karenina de Tolstói.

El personaje es crítico, es la luminaria central. Lo que pocos escritores logran es la existencia dinámica de este protagonista, hacer de este personaje un ser relacional, y no solo una construcción estática. La relación con su amor, o su némesis, con su amigo o su mentor, es el culmen de lo que he podido percibir. En algunos casos esa relación puede, incluso, ser no personal: la forma en que asume un ideal o se enfrenta al dilema existencial de su vida. Esa es, digamos, su relación. Me ha parecido genial la rivalidad de Sherlock Holmes y su alter ego Moriarty; la honda admiración entre el Profesor Aronnax y el capitán del Nautilus; el terror de la tierra media entera ante la posible vuelta del Señor Oscuro en el Señor de los Anillos. Me parece admirable generar terror en el suspenso de la no personificación de la maldad.

Escribo todo esto para hablar de otra cosa. En todos mis años de lector aficionado, no me he encontrado con un libro que genere en mi lo que hacen las Sagradas Escrituras.

Son perfectas. El protagonista, Dios, es siempre relacional. Es dinámico. Creador y paternal. Bondadoso. Tan poco predecible es esta historia que el nudo se plantea al inicio: el pecado original. La hecatombe, la traición, el camino sin salida.

En el desarrollo de la trama Dios se va introduciendo en el mundo que ha creado para redimirlo. Y, aunque hay varios personajes, no deja de ser el principal. Es una forma muy particular de narrar en primera persona: en varios libros y a través de varios escritores.

En un momento de la secuencia literaria ocurre lo impensable: El Autor, Dios, se hace parte de la historia, de manera misteriosa, asumiendo el rol de muchos, uno más como cualquiera. Y es ese personaje, Jesús, de quien venimos hablando desde hace veinte siglos. Un personaje antiguo y nuevo. Soy sincero, nunca he conocido un personaje así: clara su mirada, sabias sus palabras, acertada su manera de ver la realidad. Inocente candor y prudente firmeza. Creo que es el personaje dinámico por excelencia. Nunca está acabado en la mente del lector, y en el corazón siempre va abriendo nuevos pliegues. Cada vez descubro más de Él y, no me ha pasado con ningún otro, me va descubriendo a mi mismo.

Dios entra en la historia con un personaje que sale del libro y se plantea frente a frente con quien esta leyendo. En ese momento se capta la dimensión de esta lectura: El personaje principal es Dios, y el antagonista eres tú. Soy yo. Y esa imagen tan anhelada de una lectura relacional se convierte en realidad. Los anhelos fuertes de amistad, de paternidad, de verdad, de nobleza y de belleza se descubren plasmados en el libro que llamamos Biblia.

Repito, nunca había tenido una lectura así. Nunca había conocido un personaje tan vital. Nunca me había inquietado tanto una mirada, para después calmar con sus palabras la tempestad.


Muy bien he recordado que la Palabra de Dios nace de su voluntad por comunicarnos su ser, y que ésta, su expresión en letras temporales, puede asomarnos a un mundo eterno: a la mente del Autor de la más hermosa historia.