jueves, 5 de diciembre de 2019

Maranatha!



El ser humano es un ser ritual. Y no quiero referirme a los ritos religiosos solamente, sino a la predisposición natural que tenemos al rito. Entiéndase por rito los comportamientos o acciones concatenadas que los seres humanos realizamos de manera reiterada cuyo fin no es el suyo per se, es decir el pragmático. Pondré dos ejemplos. El primero, comer. Existen mil formas de comer, pero cuando buscamos algo más que alimentarnos organizamos una cena con infinitos detalles y requisitos. Trascendemos lo pragmático porque buscamos, y necesitamos, algo más que el fin per se. El segundo ejemplo, es el fútbol. O el deporte en general para que nadie se ofenda. Con sus expresiones casi religiosas y sus catedrales gigantescas acumulan pasiones y logran unidad en millones, incluso intergeneracional. La simpatía por un equipo se transmite de padres a hijos como la herencia más preciada. Las ropas uniformes en colores coordinados y los cantos sincronizados hacen que multitudes se perciban como parte de algo más grandes que ellos mismos.

Es evidente que, aunque nos guste sentirnos modernos y rebeldes, libres del pasado, contraculturales y demás, tendemos a hacer ritos en nuestra vida cotidiana. Y en las proximidades se viene un rito muy popular en nuestra cultura: el de fin de año. Pensando un poquito, y sin querer escribir sobre las mil cábalas implicadas, me ha parecido este ritual más arbitrario, por artificial, que supersticioso. Los minutos transcurren el último día del año y mientras se acercan a la media noche nos invade, aunque algunos nos resistamos, un deseo de que todo se haga nuevo. El símil de la página llena, sucia o gastada, que se da la vuelta y aparece blanca y llena de esperanzas se me antoja arbitrario. Las cosas no se hacen nuevas por un segundo, minuto, hora, año o década que cambie según el calendario "civil", como se ha llamado al gregoriano. No creo en las transformaciones mágicas de ese tipo, aunque soy consciente del anhelo muy real de renovación que tenemos.

Y aquí es donde me sitúo ante la liturgia de la Iglesia. Que no es otra cosa sino los ritos a través de los cuales los cristianos conocemos, aprendemos, internalizamos, transmitimos de una generación a otra incluso, los misterios en los que creemos. Y dentro de esta liturgia he hecho mío un rito muy bonito con el paso de los años. El año litúrgico no termina con el calendario gregoriano. No. Termina y empieza un poco antes. En los alrededores del inicio de diciembre se acaba el año y empieza el tiempo de adviento que nos prepara para la Navidad.

Las lecturas de esos días nos sitúan de lleno en el lenguaje apocalíptico. Daniel y San Juan con sus revelaciones, para ser específicos. No voy a hablar del género literario en general, sino del específico de estas lecturas. Este género mediante figuras y metáforas intenta, de manera espectacular, hacer comprender al lector que lo que considera, y siempre ha considerado, sólido en el mundo, no lo es tanto. Los imperios caen: el persa, el babilónico, el romano, según la época del profeta. Lo que se considera aún más sólido, como el orden del cosmos: el sol, la luna y las estrellas, también se presentan decadentes. El mismo Jesús en las lecturas de los últimos días del año litúrgico nos enseña, en su semblante más sombrío, que hasta el templo de Jerusalén, Casa del Dios Vivo, no es más que piedras que no tardarán en ser destruidas. En este lenguaje apocalíptico, ¿qué nos queda entonces a los hombres?. Nada sino Dios que se mantiene fiel aunque todo a nuestro alrededor se desmorone. Mientras el año se termina, los imperios caen, y el cosmos entero llega a su fin, se escucha la dulce súplica final del Apocalipsis: “Ven Señor Jesús”. Maranatha.

Así termina el año litúrgico y a renglón seguido entramos al tiempo de adviento. Con sus figuras, personajes y tradiciones que nos son tan queridas a cristianos y no cristianos. Es un tiempo de espera que nos prepara para algo que está próximo, pero que no está aún aquí. La figura/realidad de la mujer embarazada que espera a su hijo se vuelve más que elocuente. La imagen del tronco de Jesé que nos va a regalar un retoño se vuelve muy actual. Es la similitud del reino de Dios con la semilla que debe caer en tierra y dar su fruto. No es inmediato. Es necesario echar la semilla, arar el surco, regar el sembrío para luego de un periodo de espera obtener un fruto de la tierra. Como dice el salmo: "al ir iban llorando llevando la semilla, al volver vuelven cantando cargando las gavillas".

Y esto me resulta familiar a mí. Este tiempo de preparación que precede al fin de año “civil” me habla al corazón en un lenguaje conocido. Yo también deseo cambio en mi vida. Anhelo las cosas nuevas que se nos ofrecen en el Evangelio. Pero soy consciente, muy consciente, de que estas cosas nuevas no suceden con el cambio de posición del minutero, sino por la realidad profunda de que Dios no se ha olvidado de nosotros e irrumpe en nuestra vida, a veces monótona, para sacudirnos. La realidad de la fuerza imparable de la voluntad de Dios que quiere hacer, desde nuestro corazón, un mundo nuevo.

Escribo todo esto motivado, muy motivado diría yo, por un poema que leí en estos días. En los comentarios los dejaré con un fragmento. En el escrito el autor describe una experiencia que descubrí muy viva también yo en mi corazón. En el campo vio a un sembrador echar su semilla en el surco arado, confiando en el poder transformador de la naturaleza para trocar la pequeña semilla en un florido árbol. Es una primavera entera la que se esconde en la pequeñez de la semilla. Él quiso lanzar también su corazón en ese surco. Y con Él he querido lanzar también yo el mío, confiado en el poder transformador de la gracia de Dios que quiere para mi lo mejor.

Y me han sorprendido estos sentimientos adolescentes que hace tiempo he pensado tranquilizados. Ese deseo de cosas nuevas. De pronto me he visto, con sobresalto, preguntando con Nicodemo: Señor, ¿y cómo puede uno nacer de nuevo siendo viejo? Con mis formas y manías tan arraigadas a mi edad. ¿Puede uno volver a meterse en el vientre de su madre? Que otra cosa quisiera yo sino esta.

Y he querido creer que sí. Con todo lo que concibo sólido siendo nada a mi alrededor. Con toda la Iglesia y su liturgia. Con todos sus santos. Con todos sus pecadores. Con mi esposa y mis hijos. Con todos los defectos de mi corazón. Si. Mil veces sí. Quiero nacer de nuevo. Quiero que mi corazón sea semilla que dé frutos buenos. Quiero construir mi casa sobre roca. Quiero entrar en la dinámica del adviento para que, luego de una paciente espera, pueda yo estar cerca de ese pesebre que tantas alegrías le ha dado a este pecador.

Quiero, una vez más y como siempre, caminar con Jesús sobre las aguas. Desde lo más profundo de mi corazón: Maranatha!


lunes, 28 de octubre de 2019

Vertido hacia adentro


No sé si a alguno de ustedes les pasa. Por lo general nos pasa a quienes tenemos un tipo de temperamento más o menos quieto. El mundo de los introvertidos. De los que se vierten hacia adentro, escuché alguna vez por ahí. Contrarios a los extrovertidos: los que se vierten hacia afuera. En nuestra cultura la extroversión es muy valorada, es un comportamiento deseado que debe desarrollarse a como dé lugar. Muchos introvertidos he visto por ahí luchando consigo mismos para vivir sus vidas hacia afuera sin aprender a valorar lo profundo que se gesta en su universo interior. También he conocido muchos extrovertidos que, aplaudidos por su forma de ser, no reparan en la superficialidad dentro de la que normalmente se mueven. Ni la una ni la otra son buenas o malas en sí mismas, sino que son disposiciones que deben ser valoradas en orden al crecimiento personal.

En fin, les decía. En algunas ocasiones me pasa que voy “dándole vueltas” a cosas en mi cabeza durante algún tiempo. Voy acumulando reflexiones, ideas, sentimientos, fruto de mi contacto con la realidad. Por lo general estas cosas se van ordenando en el corto o largo plazo. En algún momento se alinean y logro comprender algún sentido en las cosas que pasan. Como un diálogo interrumpido por la cotidianidad que empieza a revelarse continuado en la lectura de la vida que siempre va haciendo quien tiene sus facultades vertidas hacia adentro.

Hace unos días Juan Pablo, mi hijo mayor, me salió con una de sus frases que me dejan conmovido. Estaba lanzándome su habitual ráfaga de preguntas sobre un tema, sus sucesivos “¿y por qué?” automáticos que son cada uno como un perdigón que no sé si buscan solo probar mi paciencia o si realmente buscan entender lo que preguntan. Llegamos a ese punto muerto del nombre de una cosa, como cuando ya no queda nada que preguntar y sigues:

-        - ¿Y por qué se llama así?

En ese punto, más por sacármelo de encima que por otra cosa, quise explicarle que las cosas se llaman de una forma porque sí. Porque así se le ocurrió al que se inventó el nombre y más nada. Le pregunté:

-        - ¿Cómo te llamas tú?
-        - Juan Pablo.
-        - ¿Y quién te puso así?

Mi expectativa era que respondiera “no sé” y matar el tema. De esa respuesta estaba ya a nada de terminar la conversación. Pero me respondió que su nombre se lo había dicho Jesús. Le pregunté que cómo era eso. Y me dijo que Jesús le había dicho sonriendo su nombre. Como la canción esa que ha escuchado en la misa. Porque Juan Pablo también es de los que escuchan algo y ese algo queda dando vueltas en su interior hasta que otro algo en la realidad lo despierta relacionando ambas cosas, la antigua y la nueva, en un sentido que sugiere un dialogo continuado consigo mismo, con el mundo. Con Dios, me ha gustado siempre pensar a mí.

Y esa respuesta me quedó a mí dando vueltas. Dios dice sonriendo nuestro nombre. Y me dijo mucho aquel día pero no ha sido sino hasta hoy, que cumplo años, cuando he logrado captar este dialogo continuado también en mí. Como si esa respuesta hubiera sido puesta en mi corazón, como una semilla, para que no floreciera sino hasta hoy.

En mi cumpleaños, por lo general, trato de darme un espacio para rezar. Y yo rezo leyendo la Biblia, normalmente según el calendario litúrgico. Y la cita del día de hoy, el llamado de los apóstoles por sus nombres, pues siempre se me ha antojado llano. Me ha costado sacarle provecho a este pasaje porque es Jesús que se va a rezar él, baja del monte, llama a los doce y San Lucas los nombra uno por uno. No hay más nada.

Pero hoy tenía esa luz especial de la respuesta de hace unos días atrás. Y con respecto a mi nombre, pues, empezó a decirse un día como hoy. Porque el día que uno nace es el día que lo llaman por el nombre. Uno no va por la vida como un anónimo hasta el día de la pila bautismal. En ese mismo momento a uno, los padres, lo nombran cara a cara. Y Dios con ellos. El nombre es secundario, muchos se llaman igual que yo. Pero ninguno ha sido pronunciado como yo. Porque Dios que conoce todos los corazones, nos mira, sonríe y nos pronuncia con amor, desde antes de nacer, incluso.

Hoy leí, también, una frase de Dale Carnegie: “El propio nombre es para cada persona la voz más dulce e importante de su idioma”. Y aunque el sentido en que lo dijo es totalmente diverso, yo lo interpreto muy cierto porque es Dios quien me pronuncia y eso que ha dicho de mi es bueno. Muy bueno.

Y no ha dicho mi nombre solo el día que nací. Lo pronuncia a diario cuando voy a la Iglesia. Cuando converso con Juan Pablo. Cuando juego con Nico. Cuando, como si algún día eso cambiara, descubro que soy amado por Paola. Ellos son, para mí, Dios que sonriendo dice mi nombre cada día, sin cansarse, con el amor con el que un padre nombra a su hijo recién nacido.

En días como hoy agradezco lo que tengo y lo que soy. No por ser el día de mi cumpleaños, eso es mero convencionalismo. Sino por ser el día que descubro ese dialogo que Dios tiene conmigo y que va más allá de mí mismo. Es como si Dios rasgase los cielos y descendiese a decir de mi lo que ha querido y quiere. Soy feliz y no necesito nada más de lo que se me ha dado. Alegrías y dolores incluidos.

Lo hermoso de todo esto es que sé muy bien que aún Dios tiene preparadas más cosas buenas para este introvertido.

Sea en este mundo o el siguiente.


lunes, 30 de septiembre de 2019

Del tesoro que tenemos los papás


“Todo escriba docto en el reino de los cielos se parece a un padre de familia que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas”. Mt 13, 52

Traducciones más, traducciones menos. Amén del significado de esta diminuta parábola, me quedo con el comparable: el padre de familia que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas. ¿Cuál es ese tesoro? En varios pasajes de la escritura se nos enseña que el tesoro de cada uno es su corazón. “El hombre bueno, del tesoro de su corazón saca lo bueno”, “donde está tu tesoro, ahí está tu corazón.”. Son dos sentencias muy hondas de Jesús. Con sentidos diferentes cada una, pero a efectos de este escrito dejan claro que el tesoro del padre de familia no es otro sino su corazón.

Entonces, los papás tenemos un tesoro. Un tesoro arcano. Un tesoro hermoso. Un tesoro invaluable. Que se aprecia con el tiempo y que nunca pierde su novedad. Que se va llenando de momentos, de miradas, de juegos, de mimos y cariños. De primeros pasos y primeras risas. De conocerse mucho los que viven juntos. De saber al otro desde antes de mediar palabras. Y después. Recostados, conversando. Unos queriendo conocer, los otros intentando ser conocidos. A estas alturas ya no sé bien cuál es mi bando. Solía pensarme amante, en todo caso soy amado.

Escribiendo esto trato de ponerlo en ese tesoro. Hoy es nuevo y es pequeño. Ínfimo. Es una cotidianeidad insignificante. Una minucia. Pero este tesoro de los papás no conoce tamaños. Lo sabré bien yo. Lo pequeño se hace gigante. Y esto algún día será enorme. Tanto que hoy no me cabe en el corazón y tengo que ponerlo en algún sitio. Como la pesca milagrosa cuya impensable abundancia tuvo que ser cargada por otra barca. Y también porque la memoria es frágil. Y algún día querremos volver, querremos ponernos a la sombra de este recuerdo, y no lo encontraremos. Perdidos iremos entre tanta novedad, seremos escribas de vanguardia que han olvidado lo de su tesoro antiguo. Y tanto bien debe quedar guardado. En la memoria. En el corazón. En los huesos. En las palmas de las manos. En ese lugar tan especial en el que solo somos Dios y yo.

Tenías tres años, hijo mío. Cuando recostado en tu cama, una tarde, te vi arropado con tu colcha. Algo estabas haciendo, no entendía bien qué. Te lo pregunté. Y me respondiste que hablabas con Jesús. Me dio curiosidad. Eras tan pequeño. ¿Qué le dices a Jesús?, me acerqué con mi pregunta. Le pido que me cure, me respondiste. Al parecer tenías algún dolor en la barriga. ¿Y cómo te cura Jesús?, con el escepticismo del que tontamente me enorgullezco. Con su Palabra, me enseñó aquel día tu voz dulce. ¿Cómo es eso?, queriendo conocerte más. Jesús cura con su Palabra porque una palabra suya bastará para sanarme, nuevamente tu voz de niño dándome una jaculatoria para toda la vida.

Lo escuchaste en misa varias veces. Lo habías comprendido. Yo, tan práctico, ocasionalmente preferí no llevarte porque eras muy pequeño y te ponías a jugar. Sabes lo sagrado que es para mí todo este asunto. Me conmovió verme invitado, de súbito, a ese espacio tan especial que Dios tiene contigo. Que Él mismo va construyendo. Tú, con tanta inocencia y profundidad. Él, como un niño sorprendido en alguna travesura, descubierto en un lugar en el que se supone no debería estar.

Tal vez tú no lo recuerdes cuando crezcas. No te preocupes. Yo lo conservo en mi corazón. En este espacio que es tan mío y en el que guardo muy pocas cosas porque muy poco es necesario. En el ala de mi colibrí, donde estás tú desde que me miraste con tus ojitos de asombro, donde iluminas con cada pregunta que haces y construyes lo que yo mismo había dejado ya de construir. Espero poder ser para ti, cuando más lo necesites, un buen papá capaz de sacar de mi corazón maltrecho todo esto antiguo y nuevo que, sin merecerlo un ápice, se me concede en don contemplar.



jueves, 19 de septiembre de 2019

El sábado, el día del amor

En esta re-lectura que estoy permitiéndome hacer de varios pasajes bíblicos quería rescatar un símil que se me ha antojado muy simpático. Son pasajes que he descubierto comunes y están sirviéndome como descanso del trajín diario. Se trata de la discusión sobre el descanso sabático que mantuvo Jesús con los judíos, la dualidad ley y espíritu de san Pablo y el espacio de encuentro dialogal de los esposos. Voy tratar de hacer mi mejor esfuerzo por ordenar esto que vengo meditando en el corazón. No esperen referencias, ni concordancias. Es más, no esperen mucho. No es un tratado teológico. Es más bien un escrito de un cristiano que entendió que hay que rezar para ser feliz y que si a alguien ayuda compartiendo eso que reza, pues lo hace.

Como creemos desde la alegoría del Génesis Dios creó el mundo en seis días y descansó al séptimo. Este séptimo día fue consagrado por Dios. Me imagino al Creador de todo contento en su jardín, reconociendo que todo cuanto había hecho era muy bueno y pasando tiempo con los que eran suyos. Ahora que estoy casado y tengo hijos pequeños aún, lo comparo con esas mañanas de los días libres en las que la familia cabe entera en un “jardín” de dos plazas y media. Si de alguna forma puedo imaginarme aquel séptimo día, tendría que ser como aquellos momentos en que un padre se recrea con su familia.

Esta imagen es el espíritu, o debió serlo, de la tradición del Shabat, el día de descanso de los judíos. Dios que quiere un día especial para encontrarse con su pueblo. Es muy rico este otro símil que, a lo largo de toda la escritura, asemeja la relación de Dios y su pueblo con la de dos esposos que se aman. “La alegría que encuentra el marido con su esposa, la encontrará tu Dios contigo” se puede leer en Isaías; "¡Mi amado es para mí, y yo soy para mi amado, que apacienta su rebaño entre los lirios!" revela el Cantar de los Cantares. El encuentro de los esposos, como el de Dios con su pueblo, es reparador, alegra el corazón, alivia los dolores.

Quien haya tenido la experiencia de estar enamorado sabe de qué hablo. El encuentro de los esposos, que no es solo el sexual aunque lo incluye, se da en el marco de las palabras. Ellas son la puerta de entrada al misterio que cada uno es. Es en el dialogo conyugal donde la experiencia vital de estar enamorados los esposos se actualiza. Es en este espacio coloquial donde muestro quien soy, donde soy acogido, donde soy apreciado por mi verdadero valor y soy mirado rectamente. Aquí se renuevan el cariño, las opciones y el deseo. Es un espacio de honestidad interior, donde se puede descansar porque hacerle bien al otro es la intención más profunda de los que se encuentran. Quien se casa lo hace porque ha vivido esta experiencia y quiere hacerla permanente. Este es, creo yo, el desafío más grande de la vida matrimonial.

Como pueden darse cuenta existen muchas similitudes entre el amor de los esposos y el encuentro con Dios. Eso es lo que el Shabat debió representar. Pero como en casi todo, y lo digo con dolor, la dureza de corazón de los hombres y mujeres transformaron este ámbito de encuentro, que es espíritu puro, en mero cumplimiento exterior. En ley, para terminar de parafrasear a San Pablo.

Jesús entró a una sinagoga un sábado. Había allí un hombre con la mano paralizada, y los judíos, buscando un motivo para acusarlo, le preguntan si está permitido curar en ese día. Jesús contesta con una parábola magnífica: ¿Quién de ustedes, si tiene una sola oveja y esta cae a un pozo en sábado, no la va a sacar? Un hombre vale mucho más que una oveja. Y lo cura. En sábado está permitido hacer el bien. ¿Por qué? Porque el bien es el fin último de la creación, es el regocijo del corazón de Dios.

Con el paso del tiempo, y no solo del tiempo sino también al acumularse desencuentros en la vida de pareja, el espacio entre dos se va haciendo cada vez más “ley”. Más cumplimiento externo que espacio de descanso para el corazón. Las parejas queremos tips para mejorar la comunicación, y está muy bien, pero es la intencionalidad última de hacer el bien al otro, de amarse gratuitamente, el supuesto y la base del asunto. Si los judíos hubieran comprendido esto sí que habrían disfrutado sus sábados. Si la intención de los judíos hubiera sido hacer el bien se habrían conmovido ante el sufriente, se hubieran alegrado con el milagro, y, ¿quién sabe?, a lo mejor hasta comprendían que estaban ante el Señor del sábado que lo único que quería era descansar su corazón con ellos.

¿En qué momento el espacio de diálogo de los esposos se vuelve árido y gravoso? Cuando deja de ser encuentro. Cuando deja de ser descanso. Cuando deja de ser cálido. Cuando se vuelve Ley. ¿Cuándo vuelve a ser lo que este espacio debe ser? Cuando se es honesto. Cuando se busca el bien del otro. Cuando se mira como Dios ve. El matrimonio es un sacramento. ¿Qué significa esto? Que es un signo sensible y visible de la relación de Dios con los hombres. Que en el amor de pareja debemos experimentar el mismo amor de Dios. Que debo buscar el consejo del otro con la misma ansia que busco el rostro de Dios. Que debo ser para el otro el mismísimo abrazo que Dios quiere darle en determinado momento. En fin, cuando vuelve a ser Espíritu.

Y el Espíritu está vivo. Es gratuito. Es fecundo. “Sopla donde quiere”, le dice Jesús a Nicodemo. El Espíritu es Dios.

Fácil de escribirse, un poco menos de ponerse en obra. Todo un desafío para el amor.


miércoles, 11 de septiembre de 2019

El trigo, la cizaña, mis hijos y la parábola de un padre muy paciente


Soy un firme convencido de que la experiencia de familia es una realidad que parte la historia personal en dos. Los distintos rostros del amor que en ella se hacen concretos tienen el poder de marcar un antes y un después para quien honestamente abra su corazón dentro de su casa. Esto lo percibo a todo nivel, pero especialmente en mi vida espiritual. La vida de familia es un nuevo motor, un impulso renovado que ahora tengo en el corazón. Es como una segunda juventud para quien recuerde ese ímpetu tan fértil de la adolescencia y que va aquietándose con los años. Y cuando hablo de mi vida espiritual no puedo dejar de lado la importancia que para mí tienen las sagradas escrituras. Los tonos del amor familiar que son hermosos y diversos, hondos, decididamente sólidos, inconfundibles, altos y bemoles, todos, han marcado un ritmo nuevo en mi aproximación a la Palabra de Dios. Son nuevas claves de aproximación a un misterio conocido. Como si, por fin, al vino nuevo le estuviesen correspondiendo odres nuevos.

La paternidad es uno de estos rostros. Se dice rápido pero se aprende lento. En mis hijos he visto aparecer sus primeros dientes, sus primeras palabras, sus primeros razonamientos. Creo que un hombre no conoce el orgullo verdadero, el que hizo Dios para nosotros, sino hasta que es padre y aprende a valorar, por primera vez me atrevería a decir yo, lo bueno que hace Dios en sus criaturas. Pero así como voy viendo aparecer y desarrollar sus cualidades, que me alegran la vida, también voy conociendo sus limitaciones.

Nunca me gustó hablar de defectos cuando empecé a dar razón de mí mismo. Defectuoso es un producto fabricado en serie con algún error en su diseño. Los seres humanos no somos eso. En mí siempre me resulto coherente pensar en disposiciones y límites. Me refiero a la coherencia porque soy creyente y creo que Dios, que es amor y lo puede todo, no nos crea defectuosos. Sí pone en nosotros disposiciones interiores que, aunque han sido pensadas para el bien, en el libre ejercicio de nuestra libertad pueden dirigirse al mal. Me gusta referirme al mal filosófico, pero para efectos prácticos entenderemos como mal todo aquello que nos aleja del amor y la libertad para los que hemos sido creados. Disposiciones interiores y también límites. Límites como el que Dios puso a las aguas cuando las separo de las tierras. Límites como los que he percibido en mi cuando he intentado ser todo lo que quiero ser. Límites como todos los que he tenido que aceptar cuando las cosas escapan de mis manos.

Quien juzgue que los seres humanos venimos al mundo como páginas en blanco que van siendo escritas por el lápiz cultural solamente no tiene hijos o no ha dedicado tiempo en conocerlos. Si bien la cultura es un factor influyente en la formación del carácter es imposible para los padres no reconocer algunas de sus propias disposiciones interiores en sus pequeños. Y no pocas. Para bien y para mal.

Esta es la razón por la que escribo esto. Porque compartiendo con mis hijos he reconocido en uno de ellos una disposición que conozco bien. No voy a entrar en detalles pero es una limitación con la que he lidiado toda mi vida. Y en mi ha quedado, tan espontáneo como el orgullo del que hablaba, la preocupación de papá. Esa preocupación que los padres tenemos cuando pensamos que algún mal puede cernirse sobre los que queremos y nos hace, casi compulsivamente, revisar dos y tres veces que las puertas de la casa estén bien cerradas antes de dormir. Esa preocupación que se vuelve cariño a la última petición del Padre Nuestro para que seamos librados de todo mal.

Lo he pensado varias veces ya, como me es natural. ¿Qué hacer? ¿Cómo ayudarlo? ¿Será de presionar? ¿Será de dejar ser? Y como todo en mi vida he encontrado mucha luz en las sagradas escrituras. En la parábola del trigo y la cizaña, en esta ocasión.


Y esta nueva luz me permite comprender cosas que siempre han estado ahí, solo que dormidas. O tal vez el dormido he sido yo. No se trata de un tratado pedagógico, pero si me permite comprender qué tipo de Padre ha sido Dios conmigo.

La cizaña nos preocupa. Nos asusta. En nuestro perfeccionismo lo más sensato sería arrancarla. Pero la mirada de Dios sobre nosotros no es plana. El alcanza a valorar que en la disposición interior que se nos antoja cizaña existe mucho de bien que nosotros, peones torpes, no alcanzamos a comprender. Toda fuerza interior en nosotros tiende al bien, pero por la realidad antropológica/existencial del pecado se distorsiona. Entonces detrás, o más bien en el origen, de cada una de nuestras disposiciones interiores se encuentra siempre una “buena semilla”.

Tal vez esta parábola solo tiene este nuevo sentido para mí. Tal vez al ir cavilando sobre mis hijos he atado un par de cosas de más. Tal vez en diferentes situaciones otro tipo de “estrategia” parental sea mucho más adecuada. Pero en la figura paciente del hombre dueño del campo he descubierto el tipo de padre que quiero ser para ellos: el mismo Padre paciente que Dios ha sido para mí. Dios ha permitido en mí trigo y cizaña porque me ha visto hasta el fondo, me ha contado, medido y pesado, y ha visto que soy suficiente para Él. Este es un mensaje poderosísimo de gratuidad que quisiera sellar en sus corazones porque es una de las experiencias más profundas de mi vida.

No quiero ser malentendido. Es natural empujar nuestras limitaciones para crecer, es natural educar nuestras disposiciones interiores para ser mejores. La tradición cristiana es abundante en este apartado. Solo me ha sorprendido la sensatez del dueño del campo que reconociendo la bondad de su semilla es capaz de mirar un poco más allá que los peones y comprender el alcance de lo que permite en su campo.

Antes de “arrancar” cualquier tipo de “cizaña” en ellos quisiera ser lo suficientemente sensato para arrodillarme frente al dueño del campo y preguntar: ¿Quieres que vaya a arrancarla?

Él, en su infinita sabiduría, nos responderá siempre qué hacer. Que esta parábola diga a cada quien lo que tenga que decirle.