El ser humano es un ser ritual. Y
no quiero referirme a los ritos religiosos solamente, sino a la predisposición
natural que tenemos al rito. Entiéndase por rito los comportamientos o acciones
concatenadas que los seres humanos realizamos de manera reiterada cuyo fin no
es el suyo per se, es decir el pragmático. Pondré dos ejemplos. El primero,
comer. Existen mil formas de comer, pero cuando buscamos algo más que
alimentarnos organizamos una cena con infinitos detalles y requisitos.
Trascendemos lo pragmático porque buscamos, y necesitamos, algo más que el fin
per se. El segundo ejemplo, es el fútbol. O el deporte en general para que
nadie se ofenda. Con sus expresiones casi religiosas y sus catedrales gigantescas
acumulan pasiones y logran unidad en millones, incluso intergeneracional. La
simpatía por un equipo se transmite de padres a hijos como la herencia más
preciada. Las ropas uniformes en colores coordinados y los cantos sincronizados
hacen que multitudes se perciban como parte de algo más grandes que ellos mismos.
Es evidente que, aunque nos guste
sentirnos modernos y rebeldes, libres del pasado, contraculturales y demás, tendemos
a hacer ritos en nuestra vida cotidiana. Y en las proximidades se viene un rito
muy popular en nuestra cultura: el de fin de año. Pensando un poquito, y
sin querer escribir sobre las mil cábalas implicadas, me ha parecido este
ritual más arbitrario, por artificial, que supersticioso. Los minutos
transcurren el último día del año y mientras se acercan a la media noche nos
invade, aunque algunos nos resistamos, un deseo de que todo se haga nuevo. El
símil de la página llena, sucia o gastada, que se da la vuelta y aparece blanca
y llena de esperanzas se me antoja arbitrario. Las cosas no se hacen nuevas por
un segundo, minuto, hora, año o década que cambie según el calendario "civil",
como se ha llamado al gregoriano. No creo en las transformaciones mágicas de
ese tipo, aunque soy consciente del anhelo muy real de renovación que tenemos.
Y aquí es donde me sitúo ante la
liturgia de la Iglesia. Que no es otra cosa sino los ritos a través de los cuales los
cristianos conocemos, aprendemos, internalizamos, transmitimos de una
generación a otra incluso, los misterios en los que creemos. Y dentro de esta
liturgia he hecho mío un rito muy bonito con el paso de los años. El año litúrgico
no termina con el calendario gregoriano. No. Termina y empieza un poco antes.
En los alrededores del inicio de diciembre se acaba el año y empieza el tiempo
de adviento que nos prepara para la Navidad.
Las lecturas de esos días nos sitúan
de lleno en el lenguaje apocalíptico. Daniel y San Juan con sus revelaciones, para
ser específicos. No voy a hablar del género literario en general, sino del
específico de estas lecturas. Este género mediante figuras y metáforas intenta,
de manera espectacular, hacer comprender al lector que lo que considera, y
siempre ha considerado, sólido en el mundo, no lo es tanto. Los imperios caen: el persa, el babilónico, el romano, según la época del profeta. Lo que se
considera aún más sólido, como el orden del cosmos: el sol, la luna y las
estrellas, también se presentan decadentes. El mismo Jesús en las lecturas de
los últimos días del año litúrgico nos enseña, en su semblante más sombrío, que
hasta el templo de Jerusalén, Casa del Dios Vivo, no es más que piedras que no
tardarán en ser destruidas. En este lenguaje apocalíptico, ¿qué nos queda
entonces a los hombres?. Nada sino Dios que se mantiene fiel aunque todo a
nuestro alrededor se desmorone. Mientras el año se termina, los imperios caen, y
el cosmos entero llega a su fin, se escucha la dulce súplica final del
Apocalipsis: “Ven Señor Jesús”. Maranatha.
Así termina el año litúrgico y a
renglón seguido entramos al tiempo de adviento. Con sus figuras, personajes y
tradiciones que nos son tan queridas a cristianos y no cristianos. Es un tiempo
de espera que nos prepara para algo que está próximo, pero que no está aún aquí. La
figura/realidad de la mujer embarazada que espera a su hijo se vuelve más que
elocuente. La imagen del tronco de Jesé que nos va a regalar un retoño se
vuelve muy actual. Es la similitud del reino de Dios con la semilla que debe
caer en tierra y dar su fruto. No es inmediato. Es necesario echar la semilla, arar el surco, regar el sembrío para luego de un periodo de espera obtener un fruto de la tierra. Como dice el salmo: "al ir iban llorando llevando la semilla, al volver vuelven cantando cargando las gavillas".
Y esto me resulta familiar a mí.
Este tiempo de preparación que precede al fin de año “civil” me habla al
corazón en un lenguaje conocido. Yo también deseo cambio en mi vida. Anhelo las
cosas nuevas que se nos ofrecen en el Evangelio. Pero soy consciente, muy
consciente, de que estas cosas nuevas no suceden con el cambio de posición del
minutero, sino por la realidad profunda de que Dios no se ha olvidado de
nosotros e irrumpe en nuestra vida, a veces monótona, para sacudirnos. La realidad de la fuerza imparable de la voluntad de Dios que quiere hacer, desde nuestro corazón, un mundo nuevo.
Escribo todo esto motivado, muy
motivado diría yo, por un poema que leí en estos días. En los comentarios los dejaré con
un fragmento. En el escrito el autor describe una experiencia que descubrí muy
viva también yo en mi corazón. En el campo vio a un sembrador echar su semilla en
el surco arado, confiando en el poder transformador de la naturaleza para
trocar la pequeña semilla en un florido árbol. Es una primavera entera la que
se esconde en la pequeñez de la semilla. Él quiso lanzar también su corazón en
ese surco. Y con Él he querido lanzar también yo el mío, confiado en el poder transformador de la gracia de Dios que quiere para mi lo mejor.
Y me han sorprendido estos
sentimientos adolescentes que hace tiempo he pensado tranquilizados. Ese deseo
de cosas nuevas. De pronto me he visto, con sobresalto, preguntando con
Nicodemo: Señor, ¿y cómo puede uno nacer de nuevo siendo viejo? Con mis formas
y manías tan arraigadas a mi edad. ¿Puede uno volver a meterse en el vientre de
su madre? Que otra cosa quisiera yo sino esta.
Y he querido creer que sí. Con
todo lo que concibo sólido siendo nada a mi alrededor. Con toda la Iglesia y
su liturgia. Con todos sus santos. Con todos sus pecadores. Con mi esposa y mis
hijos. Con todos los defectos de mi corazón. Si. Mil veces sí. Quiero nacer de
nuevo. Quiero que mi corazón sea semilla que dé frutos buenos. Quiero construir
mi casa sobre roca. Quiero entrar en la dinámica del adviento para que, luego
de una paciente espera, pueda yo estar cerca de ese pesebre que tantas alegrías
le ha dado a este pecador.
Quiero, una vez más y como
siempre, caminar con Jesús sobre las aguas. Desde lo más profundo de mi
corazón: Maranatha!




