lunes, 20 de abril de 2026

Del Shemá al Effetá: cuando Dios abre nuestros oídos


 

Siempre me ha gustado ver la historia que cuenta la Biblia como una gran conversación entre Dios y su pueblo. Palabras, porque al final son precisamente eso, que nos van contando esta historia fantástica de un ser que crea y redime a su creatura por amor. Aunque es una selección de varios libros con temas, tiempos y estilos muy variados, de alguna forma logran ser una historia coherente y muy bella. A estas alturas puedo decir que llevo algo más de la mitad de mi vida leyéndolas y que aún hoy logran sorprenderme. Doy gracias que sea así.

 

De todas esas palabras, hoy quisiera, si me lo permiten, escribir sobre dos. La relación que he encontrado entre ellas me ha parecido reveladora y quisiera compartirla. Un poco largo, tal vez, pero si se arman de paciencia es posible que les resulte tan revelador como a mí.

 

La primera es una de las más importantes en la tradición bíblica: Escuchar. En hebreo se dice Shemá. La oración más sagrada del pueblo de Israel comienza precisamente así: “Shemá Israel…”, “Escucha, Israel…”. Para un judío, el Shemá no es simplemente una oración. Es el centro de su fe. Se recita cada mañana y cada noche. Se transmite de padres a hijos. Es casi como el latido espiritual de Israel. Pero la palabra Shemá no significa sólo oír. En el mundo bíblico significa prestar atención, abrir el corazón, dejarse guiar, obedecer. Escuchar significa permitir que la palabra de Dios marque el camino de la vida.

 

En el fondo, Shemá es un mandato. Un pedido tal vez. Una invitación. Dios decidió escogerse un pueblo y hablarle. Lo que le pide a cambio es que escuche, es decir, que obedezca. Que guarde sus caminos. En fin, que sea su pueblo para ser Él su Dios.

 

Lo que me llama la atención es el peso de la acción. El peso del Shemá está en el pueblo. Es el hombre quien debe poner su atención, quien debe esforzarse en caminar por los caminos de Dios. Y bien sabemos todos, por experiencia propia, que eso no es sencillo.   

 

Dios habla y el pueblo debe escuchar. Toda la espiritualidad del Antiguo Testamento tiene algo de esta pedagogía. Dios habla a través de la ley, a través de los profetas, a través de la historia. Y al hombre le corresponde acoger este llamado.

 

Si miramos con honestidad la historia bíblica, y la propia, descubrimos algo que se repite una y otra vez: escuchar a Dios no es fácil. El corazón humano se distrae, se endurece, se llena de ruido. Si bien Dios intenta una y otra vez hacerse escuchar, llega un punto en que se vuelve evidente que no se nos da. Escuchar, en el sentido total del Shemá, pareciera estar fuera de nuestro alcance. Aún cuando quisiéramos que no fuera así.

 

Esta experiencia dramática se me hace muy evidente en esos versos tan llenos de esperanza que nos ha regalado el profeta Ezequiel: “Os daré un corazón nuevo y pondré dentro de vosotros un espíritu nuevo; quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne.” En esta promesa de Dios se refleja el anhelo de ser hechos de nuevo, de otra forma distinta a la que somos hoy. Porque, avancemos, sabemos ya que cuando hablamos del Shemá no estamos hablando de los oídos, sino del corazón. Lo que anhelamos es que nuestro corazón dejase de ser tan duro y pudiera ponerse, de una vez por todas, en el lugar de creatura que le corresponde y que lo haría tan feliz.


Sordos. De corazón. Hemos confundido nuestra sordera con silencio. A fuerza de no escuchar nos hemos convencido de que Dios no habla.

 

Avancemos un poco, ahora, hasta la época de Jesús. Un poco antes quizás. El judaísmo del segundo templo expresa muy bien esta realidad de sordera y lejanía. Luego del regreso de Babilonia el pueblo de Israel reconstruyó el templo y su culto bajo el recuerdo del primero. Se decía del primer templo que tenía varios signos de que Dios estaba presente. Por nombrar dos: el fuego que consumía los sacrificios había venido de Dios mismo y una niebla sobrenatural cubría el edificio mostrando que Dios estaba allí. Fábula o no, la idea del primer templo era de un lugar donde Dios habitaba realmente. En el segundo templo esto se volvió un recuerdo: Israel añoraba los tiempos antiguos y organizó el culto del nuevo templo en torno a la esperanza de ese retorno.

 

En la época previa a Jesús la profecía también era escasa. Siglos habían pasado desde el último de los profetas. Es decir, en el templo no se sentía, dígase con los sentidos, presente a Dios y la voz de Dios, que hablaba cada tanto con su pueblo a través de los profetas, también se había apagado. Eran, en suma, el pueblo del Shemá: buscaban seguir a Dios por sus propios esfuerzos, con todo el drama que eso conlleva.  

 

Entonces, aparece Jesús. Verbo de Dios, dirá San Juan. 


Con Jesús sucede algo completamente inesperado: Dios vuelve a hablar. O más bien, vuelve a ser escuchado. Dios rompe el silencio religioso de Israel de la manera más dramática posible: Él mismo viene a hablar con nosotros, en nuestras palabras, para que no podamos dejar de escucharlo.


Un día en el camino, en un encuentro de lo más emotivo, se encuentra con un hombre sordo. Sordo como cualquiera de nosotros, y pronuncia la segunda palabra que nos tiene aquí charlando. Le puso los dedos en las orejas y con saliva tocó su lengua. Y dijo, luego de suspirar al cielo: Effetá. Que significa: Ábrete. Y en ese momento los oídos del hombre se abren y logra escuchar.

 

Es una escena pequeña, casi silenciosa. Pero encierra algo muy profundo. Durante siglos Dios había dicho a su pueblo: Escucha. Shemá. Pero Jesús parece reconocer algo con una ternura infinita: el ser humano no puede escuchar por sí solo. Le cuesta. Le pesa. Su corazón está herido, distraído, cerrado. Con una exhalación comprensiva pronuncia una palabra nueva que rompe el desequilibrio anterior: el peso de Effetá no está ya sobre nosotros, sino en quien la pronuncia. Y quien pronuncia esta palabra es el mismo que con su voz lo ha creado todo. ¿Puede existir palabra más poderosa que ésta?

 

Para los seres humanos el lenguaje es descriptivo. Nosotros hablamos para contar lo que hemos, de alguna forma, experimentado. Nuestras palabras no tienen poder para transformar la realidad. Nuestras acciones tal vez, pero no nuestras palabras. Las palabras de Jesús no son descriptivas. Por ser quien es sus palabras son performativas: si Él le dice al mar que enmudezca, éste lo hace. Si le dice a Lázaro que se levante, Lázaro sale de su tumba como si la muerte fuera nada. En el origen de todo cuando dijo Dios dijo “Sea”, todo fue desde la nada. Con su sola palabra.

 

Cuando Jesús pronuncia su Effetá es como si dijera: “Sé que quieres escuchar y no se te da muy bien pero yo mismo voy a abrir tu oído.” Es como el cumplimiento de la profecía de Ezequiel. Dios mismo arranca nuestro corazón de piedra y nos pone uno nuevo. Porque nosotros no podríamos solos.

 

El Effetá completa el Shemá.

 

Si no sería imposible. Effetá es compasión pura de un Dios que lo resuelve todo.

 

Una última cosa. Me gusta imaginar el impacto tremendo que debió generar la realidad de Jesús en los paisanos de su época. Un judaísmo del segundo templo sin la presencia de Dios en el templo, sin su voz a través de los profetas, sin ninguna intervención divina sensible, frente a un hombre curando con sus manos, mostrando el poder de Dios a donde iba, hablando con las mismas palabras que Dios había usado con su pueblo. Mostrando de manera real y simbólica que Dios había regresado. Que Él era el arca perdida que los judíos anhelaban tener de nuevo en el Sancta Sanctorum y que ya no iba a estar nunca más encerrado en el templo. Nunca lo estuvo, pero el pueblo lo creía así. Debió ser chocante por lo inesperado y sorpresivo. El pueblo esperando que la niebla de la presencia de Dios volviera algún día al templo. La niebla descendiendo sobre una virgen nazarena. Dios en movimiento que no iba a detenerse más.

 

La novedad del cristianismo fue, y sigue siendo, justamente esa. Frente al Dios inaccesible del judaísmo, un Dios cercano que está presente en la realidad de su pueblo. Que se regala a diario, en palabras y obras, mostrándonos que no piensa marcharse. Con su Espíritu nos ha abierto los oídos para que escuchemos sus palabras. Frente a los siglos de sordera de la humanidad, hoy en cualquier Iglesia, un cristiano cualquiera puede sentarse, o arrodillarse si le apetece, para hablar cara a cara con el Creador de todo lo que existe. 

 

Di, Señor, Effetá sobre mí. Que no quiero nunca más volver a ser sordo a tu voz.







miércoles, 18 de febrero de 2026

Cuando la habitación interior ya no es solitaria

Rasgad vuestro Corazón

Joel grita con fuerza: «Rasgad vuestro corazón y no vuestros vestidos». La palabra hebrea para corazón es lev. No es solo el lugar de las emociones. Es el centro de la persona: inteligencia, voluntad, memoria, decisiones, deseo profundo. Es el núcleo donde se elige a Dios o se le da la espalda.

Rasgar el lev no es teatralidad externa. No es gesto visible. Es dejar que el centro se abra. Es permitir que se rompa la dureza interior, la autosuficiencia que se instala en lo más profundo. Es reconocer que el verdadero problema nunca está fuera, sino en ese núcleo donde decidimos a quién pertenecemos.

La conversión comienza ahí. No en la superficie. En el lev.


“Crea en mí un corazón puro”

El Salmo 50 da un paso más: «Oh Dios, crea en mí un corazón puro».

El verbo que utiliza es bará. Es el mismo verbo del Génesis. Solo Dios puede ser el sujeto de este verbo. No significa reformar, ni ajustar, ni mejorar. Significa crear desde la nada. Como lo hizo Dios con su voz en el génesis.

El salmista no pide corrección moral. Pide creación. Pide que Dios haga en él lo que hizo al principio del mundo. Y añade: «Renuévame por dentro con espíritu firme».

Aquí aparece la ruaj: el soplo, el aliento vital, la energía divina que transforma. Es la palabra hebrea que define tanto el espíritu vital que nos anima desde dentro como el soplo con el que Dios nos dio la vida. 

Es exactamente la promesa de Ezequiel: «Os daré un corazón nuevo, pondré dentro de vosotros un espíritu nuevo» (Ez 36).

El lev puede volverse piedra. Pero la ruaj puede volverlo carne viva.


El Dios del interior

Jesús, en el Evangelio, insiste en lo secreto: «Tu Padre, que ve en lo secreto…»

No habla de ocultamiento como estrategia espiritual. Habla del Dios que habita el interior. El Dios que mira el lev. El Dios que no se impresiona con gestos exteriores.

La limosna, la oración, el ayuno… si no nacen del interior, son ruido. Pero si brotan del lev, aunque nadie los vea, tienen peso eterno.

Dios no compite por visibilidad. Dios trabaja en lo invisible. El verdadero altar es el interior.

Cuando “cerramos la puerta” somos solo Dios y yo en el lev.


El lev de un papá: cuando el interior ya no es solitario

Pero cuando alguien está casado, cuando tiene hijos, cuando tiene familia, el interior cambia de forma.

El Dios del interior ya no es un Dios que se encuentra encerrándose en un cuarto aislado del mundo. Porque el que tiene familia ya no es indiviso. Ontológicamente ya no vive solo. Su lev ya no le pertenece únicamente a él.

Puede cerrar la puerta de su habitación pero los hijos llamarán. Puede intentar aislarse pero su corazón seguirá latiendo con otros nombres dentro.

Lo íntimo ya no es "la habitación". El lev a puertas cerrada es la puerta de la casa con toda la vida que queda dentro y que no puede detenerse.

Cuando se cierra la puerta del hogar, lo que queda dentro no es soledad, es comunión. El interior se vuelve plural. En el lev viven los hijos, la esposa, el esposo. Viven sus voces, sus risas, sus miedos, sus preguntas.

Y ahí —justamente ahí— sopla la ruaj.

Los hijos son como el viento del que habla Jesús a Nicodemo: no sabes de dónde vienen ni a dónde van. Son imprevisibles. Incontrolables. Vivos. Como el soplo de Dios.

Muchas veces pedimos: “Señor, crea en mí un corazón nuevo”. Y no advertimos que Dios lo está creando (bará) en nosotros a través de ese viento (ruaj) que corre por la casa.

La vida familiar es un Génesis diario donde Dios está creando constantemente.

Está soplando.

Está educando el lev por medio de esas pequeñas interrupciones, de ese ruido, de esa vida intensa que no permite encerrarse en una espiritualidad cómoda.

El que tiene hijos descubre que el interior ya no es un espacio solitario. Es un espacio habitado. Y en ese espacio cálido, lleno de voces y de movimiento, la ruaj juega, transforma, pule, ablanda.

La familia se convierte en el soplo creador de Dios. En la escuela donde el corazón se vuelve carne. En el lugar donde Dios está haciendo, sin que lo notemos, un corazón nuevo.

Y quizás esa sea una de las formas más profundas en que Dios responde a nuestra súplica: No crea nuestro lev lejos de la vida. Lo crea en medio de ella.

Cuando cerramos la puerta del espacio más íntimo que ahora tenemos. Y tu padre que ve lo secreto te recompensará.



miércoles, 24 de marzo de 2021

Dos hombres heridos y un buen samaritano


Desde hace 5 años me digo papá. Tu empezaste a decirlo un poco después, pero desde un 25 de marzo, Viernes Santo, me lo digo yo. No tienes edad para leer esto, y está bien. Tampoco tienes edad para entenderlo, y está bien. Lo escribo para cuando puedas comprenderlo. Muchas lunas y muchos soles pasarán sobre nuestras cabezas hasta ese día.

 

Si tuviera que resumir en una palabra qué es ser tu papá, tendría que decir: redención. Redimir es liberar a alguien de algo que lo oprime, quitarle una culpa de encima. Y tú eres eso para mí. Eres la oportunidad que Dios me ha dado de reescribir, en un papel muy similar, la historia que no he sido capaz de escribir conmigo. No me malentiendas. No quiero decir que trato de formarte a mi imagen. Nada más lejos de lo que quisiera, por el contrario, te quisiera diametralmente opuesto a mí. Pero me es muy difícil mirarte y no verme en tus ojitos, en tus preguntas, en tu temperamento. En tu obstinación por entender algo. En la forma en que reclamas atención.

 

A veces pienso que Dios no se esforzó mucho al crearnos. Con todos en general. Usa moldes similares para que comprendamos, en esta realidad tan repetitiva, lo que de bueno ha hecho en nosotros. En esta anáfora que es la vida nos pone una y otra vez frente a la sustancia de lo que somos. Los frutos no caen lejos del árbol, reza un refrán que, aunque le sobra razón, quisiéramos no fuera tan cierto. Los papás queremos que los hijos sean fruto de un mejor árbol que el que los engendra.

 

Pero Dios no lo ha pensado así. El quiere que el fruto caiga cerca. Que nos parezcamos para que, aún discurro, nos redimamos. Verte crecer es una ventana a mi corazón en su estado más feliz y sencillo. Hablarte es hablar conmigo -no en el pasado, eso es imposible- sino en un lugar de mí donde aún soy como tú. Responder tus preguntas es encontrarle un uso útil a mi capacidad absurda de acumular información intrascendente. Besarte y abrazarte a mi antojo, es un placer que, sé, me ha sido concedido por tiempo limitado.

 

Para mi eres el hombre herido en medio del camino que un buen samaritano dejó en mi posada a que lo cuidase hasta su vuelta porque no puede cuidarse solo. No sabía yo que al cuidarte me estaría cuidando a mí mismo. Que tus heridas serían las mías y que tendría la ocasión de curarlas de una forma que me es imposible explicar. Solo sé que cuando te veo crecer algo en mi sana. Algo se recompone, algo que ni siquiera sabía que estaba roto vuelve a unirse dentro. Estas cosas no son humanas. Es absurdo pensar que esto de hacerse padre e hijo no viene de Dios.

 

Que sabio es este Buen Samaritano que nos ha mirado con bondad. Te puso a ti, hombre herido sin camino aún, en el mesón de este otro hombre herido del suyo. Me parece que dijo que me devolvería lo gastado a su vuelta. ¿Cómo iba a saber yo que la paga sería la afirmación de todo lo que soy?

 

Te amo. Eres lo mejor que tengo. Aquí estoy esperándote. Cuando estés listo. Para abrazarte y enseñarte lo poco que tu papá ha aprendido.


viernes, 1 de mayo de 2020

¿Qué preguntas debo responder a mis hijos?


Quiero plantear más preguntas que respuestas. No voy a intentar, ni por asomo, responder a la inquietud del título pero quisiera compartir algo que estos días he estado pensando. Creo también que la decisión de qué preguntas responder, y cuáles no, es exclusiva de cada par de padres y, en ese sentido, su responsabilidad. Creo también que el espacio perfecto para discernir esta decisión es el dialogo conyugal. Los padres que conversan sobre lo que ven en sus hijos y vislumbran, con la gracia de Dios, lo que es realmente importante.

Mi hijo Juan Pablo, me imagino como muchos, es un niño preguntón. Es imposible no verme en sus ojitos cuando inquiere algo. Pero noto también cierta compulsión en sus preguntas. Nada extraño, solo que me doy cuenta que, en algunas ocasiones más alla de genuinamente querer saber, preguntar es una forma aprendida de relacionarse conmigo. Como un reflejo para no terminar la conversación y alargarla un poco más. El bendito por qué del por qué.

Preguntas van, preguntas vienen. Compartimos ese gusto por las historias, gusto del que aparecen muchas preguntas más. No me malentiendan. Me molesta muy poco responderlas. Me hace sentir útil, al fin una utilidad para esta capacidad absurda de acumular información que a nadie le interesa. Pero la vida está ahí, y no puedes pasarla respondiendo preguntas. En fin, se hace lo que se puede.

Pero en algunas ocasiones se dan estos momentos potentes que llaman al corazón. Como si en medio de las mil preguntas se escuchase una voz más profunda que intentase ser escuchada. Una y otra vez. La misma pregunta se repite en varios momentos y de distintas formas. De pronto despierto de una especie de sueño, aunque soy consciente de no estar dormido, y aprehendo que en una pregunta particular que hace hay algo más que su natural curiosidad.

Me recuerda el pasaje bíblico aquel del llamado de Samuel. En medio de la noche Dios llama a Samuel, siendo un niño, y éste acude a Elí por 3 ocasiones. Al final Elí, comprendiendo que era Dios quien llamaba a Samuel, le dice: Cuando vuelvas a escuchar esa voz debes responder: «Habla Señor que tu siervo escucha».

En medio de la preguntadera constante logro reconocer una voz que me es familiar desde hace tiempo y que busca ser escuchada. Y he aprendido, con el tiempo y muchos tropezones, a responder: «Habla Señor que tu siervo escucha».  Esto me pone en otra dimensión de la de responder simples preguntas. Me pone frente a la realidad de que Dios está presente, construyendo y relacionándose con y desde el corazón de mis hijos.

De varias maneras y motivado por toda la información que Juan Pablo ha recibido por los tiempos de cuaresma y pascua vividos de manera particular este año viene preguntándome: ¿Dónde está Jesús?. Entiendo que lo ha conocido estos días, que lo ha admirado, que ha ahondado en su relación con Él. Y desde su brevísima experiencia se da cuenta de que no lo ha visto. Y me pregunta ¿Dónde está? Porque no lo ha visto nunca ni en la Iglesia, ni en la casa. No lo conoce como a las demás personas.

Y se me vienen a la mente mil respuestas que he leído. Pero no estamos en el momento para esas conversaciones. No me queda más que remitirme al evangelio, a las mismas explicaciones de Jesús que parecieron ser pensadas para los niños, y explicar que Jesús se fue al cielo, a la casa de su Padre, a una mansión con muchas habitaciones y piscina, lo último es mío por si acaso, donde nos espera. Ahora no podemos seguirlo, pero después si. Porque al final todos vamos a ir con Jesús. Unos antes, otros después. Pero nos encontraremos todos y jugaremos todo el día con Jesús y todos sus amigos. Quiera Dios que sea así.

Esta pregunta me parece muy importante sin decir que las demás no lo sean. Sino que esta pregunta, y es lo que trato de explicar, brota de su corazón. Es una necesidad real, algo de lo no puede prescindir en este momento. Algo que su interior reclama conocer. Y esta es la clave. Podemos responder preguntas todo el día, pero también debemos ser capaces de reconocer la voz de Jesús hablando en el corazón. Cuando lo logramos es necesario responder como Samuel: Habla Señor que tus siervos estamos escuchando.

Les cuento algo más de este bonito dialogo:

- Papá, yo no quiero irme de aquí con Jesús. Quiero seguir viviendo en Garzota 2.
- No nos vamos a ir ahora. Nos vamos después. Yo primero cuando sea viejito y tú me cuides. Tú después cuando seas viejito también.
- ¿Y que más hay en la casa de Jesús?
- Juegos, resbaladeras, hay un parque, están Mickey y los Paw Patrol.
- ¿Y por qué?
- Porque si.

Todas estas promesas hechas mientras una pandemia se abate fuera del portal de nuestra casa.


miércoles, 29 de abril de 2020

La ciudad se llenó de alegría

El título de este post es la última frase de la primera lectura del día de hoy (Hch 8,8). Y, no sé, le ha dado sentido a algunas cosas que he estado pensando. Debe ser el encierro de esta cuarentena y la vivencia de la Pascua, como la de los primeros cristianos, dentro de las casas. En la primera Pascua, y en la nuestra ahora, se me hace muy evidente la idea griega del ser en potencia.

Para Aristóteles, y muchos años después para Tomás de Aquino, la potencia es la capacidad de algo de ser en el futuro. Ese algo futuro se encuentra en su esencia pero, hoy, no es acto. Los evangelios están llenos de esta idea. La semilla de mostaza, por ejemplo, es en esencia un árbol gigantesco aunque su actualidad sea minúscula. La potencia es capacidad, alcance. Así el reino de los cielos del que Jesús nos habla se parece a este granito de mostaza: pequeño en acto, pero potencialmente inmenso.

Si sois lo que tenéis que ser, decía Santa Catalina, prenderéis fuego al mundo entero. Nuevamente: potencia y acto. Si sois lo que tenéis que ser, potencia pura, prenderéis fuego al mundo entero, la belleza del acto que nos hace imaginar la tierra entera consumida en un cálido fuego de amor. Idea de los griegos, de los cristianos de antes y de ahora.

Cuando hablamos de la primera Pascua en las casas de los cristianos no podemos dejar de percibir el temor que ocasiona su encierro. Pero también alcanzamos a ver, en este tiempo litúrgico precisamente que las lecturas diarias nos van narrando los hechos de los primeros apóstoles, el desenlace de ese pequeño aleluya que empezaba a escucharse hacia adentro y que cobraría mucha fuerza con el pasar de los siglos. En una casita sencilla la alegría de una mamá nazarena que se reencuentra con su Hijo iría contagiando a todos al ritmo de los encuentros de un resucitado con sus amigos.

¿Qué se necesita para llenar una ciudad de alegría? Poco en realidad. Una mamá. Un resucitado. Unos amigos. Ese aleluya del albor de la iglesia era potencia pura. Aleluya dicho muy bajo, con temor, hacia adentro, entre cuatro paredes, tiene la fuerza para encender el mundo entero. Y digo “tiene” y no “tuvo” porque al escucharlo, cuando aplicamos el oído a las escrituras como si de un susurro se tratase, en nosotros también se hace actualidad. Empezamos a ver claramente a esa mamá, a ese resucitado y nos hacemos amigos de esos primeros discípulos.

Nuestro aleluya de hoy, de esta Pascua, tiene muchas similitudes con ese primer aleluya. Es potencia. Es pequeñito, se dice con temor y hacia adentro, pero puede transformar las vidas de muchas personas que necesitan comprender el dolor desde la luz que brota del Evangelio. Dios es más fuerte que la muerte y todas las implicancias prácticas que eso conlleva.

Este encuentro con Dios de estos días es potencia. Es casi imperceptible pero dentro de sí lleva la capacidad de encender toda una generación y sólo Dios sabe cuánto más. Hemos visto de cerca nuestra fragilidad, hemos experimentado la muerte de personas cercanas, hemos visto testimonios reales de personas valientes ayudando a los demás. ¿Tan difícil es percibir el árbol inmenso que ya está brotando de esta minúscula semilla?

Una mamá, un resucitado y unos amigos. Nosotros, la iglesia en familia, encerrados con temor pero siendo capaces de reconocer la mano de Dios que nos sostiene y empuja al encuentro con Él. El mundo, el que yo conozco al menos, se ha construido a fuerza de encuentros como éste.

Resucitó, según su palabra, resucitó. ¡Aleluya!


jueves, 5 de diciembre de 2019

Maranatha!



El ser humano es un ser ritual. Y no quiero referirme a los ritos religiosos solamente, sino a la predisposición natural que tenemos al rito. Entiéndase por rito los comportamientos o acciones concatenadas que los seres humanos realizamos de manera reiterada cuyo fin no es el suyo per se, es decir el pragmático. Pondré dos ejemplos. El primero, comer. Existen mil formas de comer, pero cuando buscamos algo más que alimentarnos organizamos una cena con infinitos detalles y requisitos. Trascendemos lo pragmático porque buscamos, y necesitamos, algo más que el fin per se. El segundo ejemplo, es el fútbol. O el deporte en general para que nadie se ofenda. Con sus expresiones casi religiosas y sus catedrales gigantescas acumulan pasiones y logran unidad en millones, incluso intergeneracional. La simpatía por un equipo se transmite de padres a hijos como la herencia más preciada. Las ropas uniformes en colores coordinados y los cantos sincronizados hacen que multitudes se perciban como parte de algo más grandes que ellos mismos.

Es evidente que, aunque nos guste sentirnos modernos y rebeldes, libres del pasado, contraculturales y demás, tendemos a hacer ritos en nuestra vida cotidiana. Y en las proximidades se viene un rito muy popular en nuestra cultura: el de fin de año. Pensando un poquito, y sin querer escribir sobre las mil cábalas implicadas, me ha parecido este ritual más arbitrario, por artificial, que supersticioso. Los minutos transcurren el último día del año y mientras se acercan a la media noche nos invade, aunque algunos nos resistamos, un deseo de que todo se haga nuevo. El símil de la página llena, sucia o gastada, que se da la vuelta y aparece blanca y llena de esperanzas se me antoja arbitrario. Las cosas no se hacen nuevas por un segundo, minuto, hora, año o década que cambie según el calendario "civil", como se ha llamado al gregoriano. No creo en las transformaciones mágicas de ese tipo, aunque soy consciente del anhelo muy real de renovación que tenemos.

Y aquí es donde me sitúo ante la liturgia de la Iglesia. Que no es otra cosa sino los ritos a través de los cuales los cristianos conocemos, aprendemos, internalizamos, transmitimos de una generación a otra incluso, los misterios en los que creemos. Y dentro de esta liturgia he hecho mío un rito muy bonito con el paso de los años. El año litúrgico no termina con el calendario gregoriano. No. Termina y empieza un poco antes. En los alrededores del inicio de diciembre se acaba el año y empieza el tiempo de adviento que nos prepara para la Navidad.

Las lecturas de esos días nos sitúan de lleno en el lenguaje apocalíptico. Daniel y San Juan con sus revelaciones, para ser específicos. No voy a hablar del género literario en general, sino del específico de estas lecturas. Este género mediante figuras y metáforas intenta, de manera espectacular, hacer comprender al lector que lo que considera, y siempre ha considerado, sólido en el mundo, no lo es tanto. Los imperios caen: el persa, el babilónico, el romano, según la época del profeta. Lo que se considera aún más sólido, como el orden del cosmos: el sol, la luna y las estrellas, también se presentan decadentes. El mismo Jesús en las lecturas de los últimos días del año litúrgico nos enseña, en su semblante más sombrío, que hasta el templo de Jerusalén, Casa del Dios Vivo, no es más que piedras que no tardarán en ser destruidas. En este lenguaje apocalíptico, ¿qué nos queda entonces a los hombres?. Nada sino Dios que se mantiene fiel aunque todo a nuestro alrededor se desmorone. Mientras el año se termina, los imperios caen, y el cosmos entero llega a su fin, se escucha la dulce súplica final del Apocalipsis: “Ven Señor Jesús”. Maranatha.

Así termina el año litúrgico y a renglón seguido entramos al tiempo de adviento. Con sus figuras, personajes y tradiciones que nos son tan queridas a cristianos y no cristianos. Es un tiempo de espera que nos prepara para algo que está próximo, pero que no está aún aquí. La figura/realidad de la mujer embarazada que espera a su hijo se vuelve más que elocuente. La imagen del tronco de Jesé que nos va a regalar un retoño se vuelve muy actual. Es la similitud del reino de Dios con la semilla que debe caer en tierra y dar su fruto. No es inmediato. Es necesario echar la semilla, arar el surco, regar el sembrío para luego de un periodo de espera obtener un fruto de la tierra. Como dice el salmo: "al ir iban llorando llevando la semilla, al volver vuelven cantando cargando las gavillas".

Y esto me resulta familiar a mí. Este tiempo de preparación que precede al fin de año “civil” me habla al corazón en un lenguaje conocido. Yo también deseo cambio en mi vida. Anhelo las cosas nuevas que se nos ofrecen en el Evangelio. Pero soy consciente, muy consciente, de que estas cosas nuevas no suceden con el cambio de posición del minutero, sino por la realidad profunda de que Dios no se ha olvidado de nosotros e irrumpe en nuestra vida, a veces monótona, para sacudirnos. La realidad de la fuerza imparable de la voluntad de Dios que quiere hacer, desde nuestro corazón, un mundo nuevo.

Escribo todo esto motivado, muy motivado diría yo, por un poema que leí en estos días. En los comentarios los dejaré con un fragmento. En el escrito el autor describe una experiencia que descubrí muy viva también yo en mi corazón. En el campo vio a un sembrador echar su semilla en el surco arado, confiando en el poder transformador de la naturaleza para trocar la pequeña semilla en un florido árbol. Es una primavera entera la que se esconde en la pequeñez de la semilla. Él quiso lanzar también su corazón en ese surco. Y con Él he querido lanzar también yo el mío, confiado en el poder transformador de la gracia de Dios que quiere para mi lo mejor.

Y me han sorprendido estos sentimientos adolescentes que hace tiempo he pensado tranquilizados. Ese deseo de cosas nuevas. De pronto me he visto, con sobresalto, preguntando con Nicodemo: Señor, ¿y cómo puede uno nacer de nuevo siendo viejo? Con mis formas y manías tan arraigadas a mi edad. ¿Puede uno volver a meterse en el vientre de su madre? Que otra cosa quisiera yo sino esta.

Y he querido creer que sí. Con todo lo que concibo sólido siendo nada a mi alrededor. Con toda la Iglesia y su liturgia. Con todos sus santos. Con todos sus pecadores. Con mi esposa y mis hijos. Con todos los defectos de mi corazón. Si. Mil veces sí. Quiero nacer de nuevo. Quiero que mi corazón sea semilla que dé frutos buenos. Quiero construir mi casa sobre roca. Quiero entrar en la dinámica del adviento para que, luego de una paciente espera, pueda yo estar cerca de ese pesebre que tantas alegrías le ha dado a este pecador.

Quiero, una vez más y como siempre, caminar con Jesús sobre las aguas. Desde lo más profundo de mi corazón: Maranatha!


lunes, 28 de octubre de 2019

Vertido hacia adentro


No sé si a alguno de ustedes les pasa. Por lo general nos pasa a quienes tenemos un tipo de temperamento más o menos quieto. El mundo de los introvertidos. De los que se vierten hacia adentro, escuché alguna vez por ahí. Contrarios a los extrovertidos: los que se vierten hacia afuera. En nuestra cultura la extroversión es muy valorada, es un comportamiento deseado que debe desarrollarse a como dé lugar. Muchos introvertidos he visto por ahí luchando consigo mismos para vivir sus vidas hacia afuera sin aprender a valorar lo profundo que se gesta en su universo interior. También he conocido muchos extrovertidos que, aplaudidos por su forma de ser, no reparan en la superficialidad dentro de la que normalmente se mueven. Ni la una ni la otra son buenas o malas en sí mismas, sino que son disposiciones que deben ser valoradas en orden al crecimiento personal.

En fin, les decía. En algunas ocasiones me pasa que voy “dándole vueltas” a cosas en mi cabeza durante algún tiempo. Voy acumulando reflexiones, ideas, sentimientos, fruto de mi contacto con la realidad. Por lo general estas cosas se van ordenando en el corto o largo plazo. En algún momento se alinean y logro comprender algún sentido en las cosas que pasan. Como un diálogo interrumpido por la cotidianidad que empieza a revelarse continuado en la lectura de la vida que siempre va haciendo quien tiene sus facultades vertidas hacia adentro.

Hace unos días Juan Pablo, mi hijo mayor, me salió con una de sus frases que me dejan conmovido. Estaba lanzándome su habitual ráfaga de preguntas sobre un tema, sus sucesivos “¿y por qué?” automáticos que son cada uno como un perdigón que no sé si buscan solo probar mi paciencia o si realmente buscan entender lo que preguntan. Llegamos a ese punto muerto del nombre de una cosa, como cuando ya no queda nada que preguntar y sigues:

-        - ¿Y por qué se llama así?

En ese punto, más por sacármelo de encima que por otra cosa, quise explicarle que las cosas se llaman de una forma porque sí. Porque así se le ocurrió al que se inventó el nombre y más nada. Le pregunté:

-        - ¿Cómo te llamas tú?
-        - Juan Pablo.
-        - ¿Y quién te puso así?

Mi expectativa era que respondiera “no sé” y matar el tema. De esa respuesta estaba ya a nada de terminar la conversación. Pero me respondió que su nombre se lo había dicho Jesús. Le pregunté que cómo era eso. Y me dijo que Jesús le había dicho sonriendo su nombre. Como la canción esa que ha escuchado en la misa. Porque Juan Pablo también es de los que escuchan algo y ese algo queda dando vueltas en su interior hasta que otro algo en la realidad lo despierta relacionando ambas cosas, la antigua y la nueva, en un sentido que sugiere un dialogo continuado consigo mismo, con el mundo. Con Dios, me ha gustado siempre pensar a mí.

Y esa respuesta me quedó a mí dando vueltas. Dios dice sonriendo nuestro nombre. Y me dijo mucho aquel día pero no ha sido sino hasta hoy, que cumplo años, cuando he logrado captar este dialogo continuado también en mí. Como si esa respuesta hubiera sido puesta en mi corazón, como una semilla, para que no floreciera sino hasta hoy.

En mi cumpleaños, por lo general, trato de darme un espacio para rezar. Y yo rezo leyendo la Biblia, normalmente según el calendario litúrgico. Y la cita del día de hoy, el llamado de los apóstoles por sus nombres, pues siempre se me ha antojado llano. Me ha costado sacarle provecho a este pasaje porque es Jesús que se va a rezar él, baja del monte, llama a los doce y San Lucas los nombra uno por uno. No hay más nada.

Pero hoy tenía esa luz especial de la respuesta de hace unos días atrás. Y con respecto a mi nombre, pues, empezó a decirse un día como hoy. Porque el día que uno nace es el día que lo llaman por el nombre. Uno no va por la vida como un anónimo hasta el día de la pila bautismal. En ese mismo momento a uno, los padres, lo nombran cara a cara. Y Dios con ellos. El nombre es secundario, muchos se llaman igual que yo. Pero ninguno ha sido pronunciado como yo. Porque Dios que conoce todos los corazones, nos mira, sonríe y nos pronuncia con amor, desde antes de nacer, incluso.

Hoy leí, también, una frase de Dale Carnegie: “El propio nombre es para cada persona la voz más dulce e importante de su idioma”. Y aunque el sentido en que lo dijo es totalmente diverso, yo lo interpreto muy cierto porque es Dios quien me pronuncia y eso que ha dicho de mi es bueno. Muy bueno.

Y no ha dicho mi nombre solo el día que nací. Lo pronuncia a diario cuando voy a la Iglesia. Cuando converso con Juan Pablo. Cuando juego con Nico. Cuando, como si algún día eso cambiara, descubro que soy amado por Paola. Ellos son, para mí, Dios que sonriendo dice mi nombre cada día, sin cansarse, con el amor con el que un padre nombra a su hijo recién nacido.

En días como hoy agradezco lo que tengo y lo que soy. No por ser el día de mi cumpleaños, eso es mero convencionalismo. Sino por ser el día que descubro ese dialogo que Dios tiene conmigo y que va más allá de mí mismo. Es como si Dios rasgase los cielos y descendiese a decir de mi lo que ha querido y quiere. Soy feliz y no necesito nada más de lo que se me ha dado. Alegrías y dolores incluidos.

Lo hermoso de todo esto es que sé muy bien que aún Dios tiene preparadas más cosas buenas para este introvertido.

Sea en este mundo o el siguiente.