«La fiesta de
la Inmaculada Concepción expresa la grandeza del amor de Dios. Él no es sólo quien
perdona el pecado, sino que en María llega a prevenir la culpa original que
todo hombre lleva en sí cuando viene a este mundo. Es el amor de Dios el que
previene, anticipa y salva.»
Papa
Francisco
Es una fecha muy querida para mí, y para muchos de
los que me son cercanos. Es el día de la Inmaculada Concepción y es, también,
la fecha que ha visto nacer la familia espiritual a la que pertenezco. De la
mano de María, como bien nos dijera nuestro Superior General.
Siempre me gustaron las lecturas de este día. Me parece
que la primera y el evangelio son dos actos de una misma obra teatral. Es como
un resumen de lo que creemos los cristianos. En el Génesis se nos narra el nudo
crucial de la creación, el momento clave para entender lo que va a ocurrir
después: la desobediencia de Adán y Eva al probar el fruto que Dios había
prohibido en el paraíso. Luego de este evento se da la “expulsión del paraíso”,
que no es otra cosa que una alegoría que expresa la pérdida de paz que sufrimos
los hombres cuando nos alejamos de Dios. Habiendo sido creados para vivir en
armonía, hemos preferido romper con ella. Una tenue promesa ulterior brinda
algo de luz en este triste escenario cuando Dios sentencia a la serpiente
diciendo: “Enemistad pondré entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya”.
Algo de luz queda.
En el evangelio esa pequeña luz se hace más fuerte.
Un ángel es enviado a una virgen en Nazaret, María es su nombre, y le anuncia
que va a recibir aquella promesa en su seno: Dios mismo vendrá a su vientre
para ser Dios con nosotros y terminar
con este exilio. Los nuevos Adán y Eva que vienen a restituir la armonía que
perdimos al principio. Y esto es un hecho portentoso, nos lo recuerda el salmo,
como un interludio entre los dos actos: “Cantad
al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas”.
Es un plan perfecto diseñado por Dios para
devolvernos lo que inicialmente había pensado para nosotros. Lo dice San Pablo en
la segunda lectura: “Él nos eligió en la
persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e
irreprochables ante él por el amor”. Es decir, esto no fue
improvisado. Desde antes de ser todo, esta redención ya estaba en el corazón de
Dios como un ardid que llevará a su creación a vencer el mal en forma
definitiva.
Como decía, es un plan perfecto que vino a
cumplirse en la plenitud de los tiempos, en
el tiempo adecuado para esta obra portentosa. Algo de esto es lo que
celebraremos en la Navidad.
Pero existe el 8 de diciembre antes del 25. ¿Y qué
es esto? Es un anticipo. “Es Dios que no sólo perdona el pecado, sino que en María
llega a prevenir la culpa original que todo hombre lleva en sí”, como nos
recuerda el Papa Francisco. Es Dios yendo un poco más allá, como si fuera
posible aún un poco más de amor.
Es como lo aurora que no puede resistirse a
terminar la noche y se adelanta unos momentos a la luz del sol para gritarnos
que el día ya está cerca.
Es como un niño que al ver el banquete que su mama
ha preparado para alguna cena especial, no puede esperar a que la comida sea
servida y trata de robar algún bocado para saborearlo antes de tiempo.
Es, también, como la mamá que ya está preparada para
este asalto y tiene un bocado extra para su pequeño.
Es como la esposa que al escuchar las llaves de su
esposo abriendo la puerta de la casa deja lo que está haciendo para salir a
recibirlo.
Es como el esposo que por primera vez siente las
pataditas de su hijo en el vientre de su esposa después de varias ocasiones en que ella ha intentado hacerlo partícipe de
lo que vive todo el día. Son esas pataditas un anticipo de lo que tendrá pronto
en sus brazos, y todo su mundo cambia por completo.
Es como el padre de la parábola que espera la
vuelta de su hijo pródigo y que sale corriendo a su encuentro a besarlo y
abrazarlo apenas ve su silueta a lo lejos.
Ese es el amor de Dios que conozco. Aquel amor que
no conoce límites, que no respeta tiempos, y que siempre sale a nuestro
encuentro. Es aquel amor el que preservó a María, incluso de la caída original.
¿Por qué? Pues por amor, la misma razón por la que nos redime sin merecerlo.
Me gusta saborear este bocado antes de los
banquetes navideños. Y Dios nos lo prepara con mucho cariño. Nos permite sentir
estas pataditas antes de verlo nacer en el pesebre.
Y que bueno es vivir todo esto en familia. En esta familia que también ha sido, para mi, Dios que ha salido a mi encuentro.
Qué bueno es nuestro Dios.
