miércoles, 9 de diciembre de 2015

El 8 de diciembre

«La fiesta de la Inmaculada Concepción expresa la grandeza del amor de Dios. Él no es sólo quien perdona el pecado, sino que en María llega a prevenir la culpa original que todo hombre lleva en sí cuando viene a este mundo. Es el amor de Dios el que previene, anticipa y salva.»
Papa Francisco


Es una fecha muy querida para mí, y para muchos de los que me son cercanos. Es el día de la Inmaculada Concepción y es, también, la fecha que ha visto nacer la familia espiritual a la que pertenezco. De la mano de María, como bien nos dijera nuestro Superior General.

Siempre me gustaron las lecturas de este día. Me parece que la primera y el evangelio son dos actos de una misma obra teatral. Es como un resumen de lo que creemos los cristianos. En el Génesis se nos narra el nudo crucial de la creación, el momento clave para entender lo que va a ocurrir después: la desobediencia de Adán y Eva al probar el fruto que Dios había prohibido en el paraíso. Luego de este evento se da la “expulsión del paraíso”, que no es otra cosa que una alegoría que expresa la pérdida de paz que sufrimos los hombres cuando nos alejamos de Dios. Habiendo sido creados para vivir en armonía, hemos preferido romper con ella. Una tenue promesa ulterior brinda algo de luz en este triste escenario cuando Dios sentencia a la serpiente diciendo: “Enemistad pondré entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya”. Algo de luz queda.

En el evangelio esa pequeña luz se hace más fuerte. Un ángel es enviado a una virgen en Nazaret, María es su nombre, y le anuncia que va a recibir aquella promesa en su seno: Dios mismo vendrá a su vientre para ser Dios con nosotros y terminar con este exilio. Los nuevos Adán y Eva que vienen a restituir la armonía que perdimos al principio. Y esto es un hecho portentoso, nos lo recuerda el salmo, como un interludio entre los dos actos: “Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas”.

Es un plan perfecto diseñado por Dios para devolvernos lo que inicialmente había pensado para nosotros. Lo dice San Pablo en la segunda lectura: “Él nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor”. Es decir, esto no fue improvisado. Desde antes de ser todo, esta redención ya estaba en el corazón de Dios como un ardid que llevará a su creación a vencer el mal en forma definitiva.

Como decía, es un plan perfecto que vino a cumplirse en la plenitud de los tiempos, en el tiempo adecuado para esta obra portentosa. Algo de esto es lo que celebraremos en la Navidad.

Pero existe el 8 de diciembre antes del 25. ¿Y qué es esto? Es un anticipo. “Es Dios que  no sólo perdona el pecado, sino que en María llega a prevenir la culpa original que todo hombre lleva en sí”, como nos recuerda el Papa Francisco. Es Dios yendo un poco más allá, como si fuera posible aún un poco más de amor.

Es como lo aurora que no puede resistirse a terminar la noche y se adelanta unos momentos a la luz del sol para gritarnos que el día ya está cerca.

Es como un niño que al ver el banquete que su mama ha preparado para alguna cena especial, no puede esperar a que la comida sea servida y trata de robar algún bocado para saborearlo antes de tiempo.

Es, también, como la mamá que ya está preparada para este asalto y tiene un bocado extra para su pequeño.

Es como la esposa que al escuchar las llaves de su esposo abriendo la puerta de la casa deja lo que está haciendo para salir a recibirlo.

Es como el esposo que por primera vez siente las pataditas de su hijo en el vientre de su esposa después de varias ocasiones  en que ella ha intentado hacerlo partícipe de lo que vive todo el día. Son esas pataditas un anticipo de lo que tendrá pronto en sus brazos, y todo su mundo cambia por completo.

Es como el padre de la parábola que espera la vuelta de su hijo pródigo y que sale corriendo a su encuentro a besarlo y abrazarlo apenas ve su silueta a lo lejos.

Ese es el amor de Dios que conozco. Aquel amor que no conoce límites, que no respeta tiempos, y que siempre sale a nuestro encuentro. Es aquel amor el que preservó a María, incluso de la caída original. ¿Por qué? Pues por amor, la misma razón por la que nos redime sin merecerlo.

Me gusta saborear este bocado antes de los banquetes navideños. Y Dios nos lo prepara con mucho cariño. Nos permite sentir estas pataditas antes de verlo nacer en el pesebre.

Y que bueno es vivir todo esto en familia. En esta familia que también ha sido, para mi, Dios que ha salido a mi encuentro.

Qué bueno es nuestro Dios.

Buen provecho.