jueves, 29 de noviembre de 2018

Cosas grandes, cosas pequeñas


Este es un post grande sobre cosas pequeñas. Cosas pequeñas son esas que pasan a diario sin mucho aspaviento y que a fuerza de cotidianidad y rutina quedan ocultas. De estas cosas está llena la vida familiar con sus risas y sus bromas, sus dolores, todo eso que solo tiene sentido e importancia para los que crecen juntos. Y digo crecer juntos porque no solo los hijos crecen en este asunto, crecemos los padres también.

En estos días hemos caído enfermos los cuatro: papá, mamá, Juan Pablo y Nicolás. Un virus, dijo la Doctora Juguetes. Un virus es cosa pequeña, gracias  Dios, pero es sabida la tendencia de los hombres a considerar de muerte estas experiencias. Y bueno, en casa somos tres. Y si los hombres somos buenos para hacer grande lo pequeño en cuanto a quejas, aprovechemos esa misma habilidad para hacer grande lo pequeño del hogar. Y por grande me refiero a visible más que a fastuoso.  Que Grecia es mucho más que sus tragedias, y Roma más que sus caminos. Si esto no es un dicho, muy bien podría serlo en adelante.

Recuerdo cuando me enfermaba antes: mi mamá me hacía algo de comer, me tomaba alguna medicina y a dormir hasta el día siguiente. Pero eso era cuando yo ya era adulto. Antes de eso  recuerdo a mi mamá alguna vez velando mi fiebre. Pero así: todo con distancia e independencia. Nadie tenía que limpiar nada, ni lavar nada, ni limpiar nada, ni lavar nada, ni limpiar nada, ni lavar nada. Por si no lo notaron lo estoy repitiendo para que quede claro que tuvimos que lavar mucho y limpiar mucho el último fin de semana. De este tipo de cuidados, los que recibí cuando no era capaz de cuidar de mí mismo, no queda nada en mi memoria.

Nunca se me había ocurrido que los papás, normalmente, se contagian el mismo virus que los niños tienen. Y más aún con el tipo de cuidados que los niños pequeños requieren. Y aquí no hay nada que hacer: te toca seguir cuidando a los niños así te sientas mal. Lo hicieron conmigo, me toca a mí, les tocará a ellos. Ley de vida. Mientras se siga gastando más dinero en enviar sondas a Júpiter y menos en erradicar la gripe, seguiremos en esto. Nótese el sarcasmo masculino que hace grande algo pequeño. En esta casa aún estamos igualados: dos papás, dos niños; uno para cada uno. No quiero imaginarme como les toca, o nos tocará a nosotros en algún momento, a los padres que son superados en número por sus hijos.

A mí me asombra siempre como son estas cosas. Yo creo que existe un Dios como principio de todo y que ha ordenado el cosmos entero según su racionalidad, así que mis dudas sobre este ordenamiento intento hacérselas llegar a Él: ¿Por qué esta etapa, la infancia, no queda en nuestra memoria? ¿No seriamos mejores personas, más gratos, más conscientes de nuestra fragilidad y pequeñez si recordáramos la etapa en que más indefensos hemos sido? Si la maduración espiritual es un camino de regresión a la infancia, a ser como niños diría Jesús, ¿no sería conveniente que recordásemos este tiempo?

Pero las cosas no están dispuestas así. Están ordenadas de otra forma. La propia niñez hemos de descubrirla a través de otros: de los padres mientras están, de los hijos quienes hemos recibido este inmenso regalo, de los niños cercanos quienes no. Y los hijos vienen a recordarnos nuestra niñez de una manera especial porque tienen tanto de nosotros. Tienen tanto que es muy difícil mirarlos y no sentirse impelidos, por una fuerza compasiva, a una compresión mucho más profunda de la propia historia e identidad.

Aún no recibo respuesta formal, creo que para eso es el cielo. Sin embargo creo que es parte de ese misterio de comunión que nos une a todos los hombres y que se manifiesta de forma concreta en la relación intergeneracional que Dios ha considerado buena para sus hijos todos.

Pensaba estas cosas grandes mientras limpiaba las pequeñas, por ese hábito que les había dicho tenemos los hombres, cuando vi lo pequeño que intento hacer grande con mis palabras, y pretendo que mis hijos nunca olviden, aunque lo más probable es que no lo recuerden de primera mano, sino por la escena que su papá vio, con escoba y trapo en mano, y que alcanzó a describir de la mejor forma que pudo. De más está decir que no fue suficiente para todo lo que quedó en su corazón:

En uno de los dormitorios de la casa, con la luz artificial y lo oscuro de la noche riñendo un lugar en esta estampa, una madre tendida con sus dos hijos intentando descansar. Uno dormido con la cabecita en su abdomen como si fuera la almohada más cierta del mundo, el otro recostado completamente sobre ella simulando la posición semi-vertical de una silla reclinable, que no tenemos en casa, para evitar que vuelvan las náuseas.  La madre, con el mismo malestar, adormitada y sujetándolos como si la fiebre, o algún otro demonio, fuera a robárselos de alguna forma. Si bien no hay mucha elegancia en los colores, ni en los pies desnudos, ni en la ropa cómoda, ni en los cabellos desordenados en las sábanas, los rodea un halo delicioso que solo he conocido en lo más profundo y dulce del amor. Toda esta escena desde el marco de la puerta de madera entreabierta que invitaba al que no tiene madre a olvidar cualquier afán, correr a buscar un lugar en ese remanso de ternura y dejarse abrazar por esta nueva maternidad que le han encomendado cuidar.





martes, 28 de agosto de 2018

Como si no te recordara

Hoy son cinco años desde la última vez que nos vimos. Hemos cruzado luego en un par de sueños vívidos pero la cordura dicta que esos encuentros no cuentan. O tal vez sí. Nunca imaginé necesitar contarlos. Qué sé yo. Pero en un día como hoy cuentan, claro que cuentan. La cordura es para los que no extrañan a una madre. Hoy te extraño. Cómo te extrañé ayer. Cómo te extrañaré mañana. Aunque la cordura no esté de acuerdo. Aunque sea ése el curso natural de las cosas. Al fin y al cabo, las mamás no son para siempre. ¿O sí? Porque uno es huérfano así tenga un año o treinta y seis. Así tenga mil. Porque quien no la tiene ya, sentirá nostalgia de este lado o del otro del Aqueronte. En la mismísima barca del que crea su Caronte.  

Y digo que te extraño hoy. Hoy, sí. Como si no te extrañase ayer. O anteayer. Como si un solo día olvidara yo que tengo madre. Que me pariste. Que me cargaste. Que me quisiste. Como si un solo día fuera yo por la vida inconsciente de quien eres tú. De quien soy yo.  Como si al llegar la noche de súbito te recordara. Y te llamara pensando que aún esperas en el mueble de la sala a que yo llegue porque no puedes dormir sin saber que estoy en casa. Yo hoy quisiera avisarte que estoy bien. Que ya puedes ir a descansar. Como si no lo supieras.

No. Esas cosas no se olvidan. Ni por un instante. Están grabadas. No sé en dónde. Pero están.

Como si no te recordara cuando veo un botón, o una máquina de coser, o una cinta de medir. Como si cuando encuentro un hilo suelto en mi ropa no te recordara quitándomelo. No vayan a pensar que eres hijo de costurera, me decías. Te reías. Me besabas. Me dabas tímida tu bendición. Tan pequeña eras. Quien iba a pensar que esas son las cosas que harían falta.

Como si cuando veo a mis hijos con su madre no tengo algo de envidia en el fondo. Como si no pensara en ti cuando los veo reírse y en cuanto los habrías disfrutado. Como si no pensara que es injusto que no tuvieras esa dicha. Que si la tienes desde el cielo, me consuelo. Como si al verlos no cayera en cuenta que se parecen a ti. Son los ojos. Son los ojos. Pero no es la forma, aunque los rasgos sean comunes. Es la manera en que me miran. Esperando más de mí de lo que soy. Pensando mejor de mí de lo que soy capaz yo mismo. Ojos que me buscan como si fuera lo mejor que les ha pasado en la vida. Ese es el parecido que les veo.

Como si cuando paso por tu barrio no recordara aquella vez que pasamos muy lento por ahí. Tú mostrándome tu infancia, yo aprendiendo todo para ahora que no estás. Donde sufriste, donde amaste, donde te quisieron y donde no. Tu historia no estaba en esas calles, por cierto. Estaba en tus ojos. En tus ojos que no odian. Que no sabían cómo hacerlo. En tus ojos que extraño tanto.

Como si en lo que tengo de bueno no estuvieses tú. Como si no te hubieses convertido, para mí, en el deseo de ser noble y sencillo que desde hace cinco años tengo en mi conciencia. No lo soy. Tal vez nunca lo sea. Pero lo deseo. Y a través de ese resquicio que has abierto en mi corazón de piedra puede Dios hacer sus maravillas.

Nunca he sido bueno para los cementerios. Para mí, simplemente, no estás ahí. Prefiero, en días como hoy, buscarte en la iglesia. Esa donde íbamos a rezar desde fuera. Parqueados en el carro porque te era muy doloroso bajarte y volver a subir. Rezando desde lejos, a través de la ventana. Pidiéndole a Dios que nos curase. No sabíamos lo que pedíamos. Al final nos ha curado. A ti de tus dolores. A mí del egoísmo todavía.

Dirán que exagero. Que a todo se acostumbra uno. Que es peor no tener madre desde niño. Que les diré. De pronto y tienen razón. Solo sé que en días como hoy me siento como uno de mis hijos cuando no encuentra a su mamá.


viernes, 20 de julio de 2018

Mis domingos ordinarios



Antes de tener hijos leía comentarios sobre las lecturas de la misa del domingo de hasta tres fuentes distintas, Ahora no alcanzo ni a llegar diez minutos temprano a la Iglesia para medio rezar algo. No es excusa, me digo. Pero la verdad sea dicha, Juan Pablo o Nicolás no me dejarían rezar esos diez minutos. No importa, me quedan los sábados por la mañana. Parqueo el carro. Por suerte encontramos lugar cerca, otras veces he tenido que parquear lejos. Baja al más grande, baja el coche, baja al más chico con todo y su asiento, recoge la mochila, baja la leche. Si me dieran un dólar por cada vez que he repetido esta rutina en los últimos dos años y pico. Caminamos hasta la iglesia: yo empujando el coche con Nicolás, Paola de la mano con Juan Pablo

Hay días buenos y malos. Un día bueno es cuando Nico se duerme en la misa. Un día malo, eso es para otro post. Que los dos se duerman debe ser muy bueno. No nos ha pasado. Este no es un día bueno. Los dos despiertos. Busco un par de sillas y las pongo atrás. Detrás de todos para incomodar menos. Pero también para que los niños tengan espacio de moverse con libertad. Y por moverse quiero decir correr y jugar. Nunca me ha gustado eso de llevarles juguetes porque, después de todo, este espacio es sagrado y si busco entretenerlos no van a comprenderlo así en el tiempo. Lo del par de sillas es ritual porque, generalmente, terminamos de pie persiguiendo a uno o arrullando a otro.

Empieza la misa. En mi cabeza he divido la misa en dos partes: la mía y la de Paola. Yo no necesito concentrarme mucho para rezar. Normalmente doy saltos entre pensamientos. Cuando estoy en paz conmigo no salgo de la iglesia y entiendo lo que Dios trata de decirme, pero cuando no puedo terminar en Kazajistán. Días bueno y días malos: yo soy de esos. Mi parte es la de las lecturas, es el espacio en el que prefiero estar concentrado. Por eso trato de dejar al más inquieto con Paola en ese momento. Por lo general ese es Juan Pablo. En la segunda parte, la de la liturgia eucarística, trato de tenerlo yo. Paola es de las que necesita concentrarse. Pobre. Ella es de esas. En este ritmo eso es un poco complicado, por no decir un lujo.

Empiezan las lecturas. Nico está despierto. Risueño como él solo. Mi hijo es de esos. Me entretiene, me distrae. Me doy cuenta y regreso. Pero voluntariamente vuelvo a irme. Entre juegos escucho que alguien habla de Amós. Me gusta Amós. Recuerdo esos versos hermosos de Dios hablando a su amada en el desierto. Otra vez me distraigo y empieza la segunda lectura. Nicolás quiere jugar. Yo no me resisto. Me pierdo la segunda lectura. Me prometo prestar atención en el evangelio. El envío de los doce apóstoles. Siempre he creído que ese envío se aplica muy bien al matrimonio, porque al final es ir de dos en dos por donde los envía Jesús. Pienso que hubiera sido bueno poner atención a las lecturas.

El padre centra su homilía en la segunda lectura. La que no escuché. Hago señas a mi esposa y voy a ver una hojita dominical. Traigo dos, una para ella. Ojeo las lecturas mientras escucho la homilía. Siempre he creído que puedo hacer dos cosas al mismo tiempo aunque la evidencia me diga que no. Yo soy de esos. La segunda lectura es de San Pablo. Ya la he leído antes. Es el saludo de Pablo a los Efesios. La cristología de esos versículos es muy profunda. Dios nos ha escogido en Cristo para que seamos para Él y en Su persona nos ha colmado de bendiciones materiales y espirituales. San Pablo está hablando de mis hijos, no me cabe la menor duda aunque no los haya conocido.

Esa carta es un verdadero manantial. De Cristo nos ha venido la gracia, el perdón, la redención. Todo ha sido recapitulado en Él para nuestro bien. El padre hace referencia al sacramento del bautismo. Nicolás me sonríe, como si fuera Dios mismo quien lo hiciera en ese momento. Recuerdo su bautizo. Con esa homilía tan bonita sobre las virtudes de Isabel de Hungría. Su sonrisa franca y buena me hace ver algo de ella en Él. Exageraciones de los papás, me digo. En ese momento, busco con la mirada a Juan Pablo que se pasea entre las personas. Su mamá lo persigue físicamente. Pobre. Él corre con una galleta en las manos. Su mamá va detrás de él. Lo alcanza. Lo abraza. Lo trae de nuevo a su lado.

Recuerdo también su bautismo. Y la homilía bonita sobre la Trinidad. El tercero que llega a completar a los dos, el mejor regalo que los amantes pueden hacerse. Todo lo que dice la carta de San Pablo es una realidad para ellos desde el bautismo. Me siento alegre por la hermosa fe que tengo. Recuerdo que no me fue fácil creer. Sonrío para mí por esa época. Trato de recordar mi bautismo, pero no hay caso. Los hijos son para eso: para ver lo que no alcanzamos en nosotros mismos. Sea por la edad, la disposición o la distancia. ¡Qué bueno es Dios! Lo entiende San Pablo y algo lo voy entendiendo yo.

Termina la homilía y automáticamente hago el cambio. Creo que Paola no ha caído en cuenta de mi estrategia. Cuando se entere va a diagnosticarme con seguro Alzheimer, como lo hace cuando descubre mis rigideces. Tomo a Juan Pablo en brazos y me lo llevo más adelante para que su mamá pueda concentrarse. Algo. Lo que se pueda. Juan Pablo quiere bajarse y seguir corriendo. Yo no lo dejo. La consagración es demasiado sagrada como para que ande por ahí correteando. Ve la pila del agua bendita y quiere meter las manos. Yo pienso en las bacterias que debe haber ahí con todo el mundo metiendo sus manos. También pienso en el poder de la gracia y cuan necesaria es. Me puede la fe sobre la pandemia de la mente paterna. La tocamos, nos la ponemos en la frente y volvemos. Ojalá no nos enfermemos. Es durísimo para ellos. Ojala la gracia haga efecto. A mí sí que me hace falta.

Para entretenerlo le voy repitiendo lo que el sacerdote dice en la consagración. Él ha ido aprendiendo a repetir conmigo. Pancito de Jesús, le dice a la eucaristía. Cuando repite conmigo, con su voz breve e inocente «Señor mío y Dios mío» me conmuevo hasta los huesos. Me acuerdo de Tomás y es como si yo metiera mis dedos en su costado. Después repite algo muy mío que solo digo en ese momento. Él está lo suficientemente cerca como para escucharlo. Es una alegoría de la vida.

Dos momentos en que mi hijo de dos años participa conscientemente en  la misa: en el ofertorio y la paz. En el ofertorio me pide una moneda y persigue a las personas que vienen con el cepillo. En la paz se baja y empieza a darle la mano a todos los que ve. Él es de esos. Lo recuerdo en el carro cantando a todo pulmón la del millón de amigos de Roberto Carlos. Tal vez yo debería ser un poco más así.

Terminada la misa vamos hacia el carro. Se repite la rutina paterna a la inversa: Sube la mochila y la leche, sube al menor con su asiento, sube el coche. Paola sube al mayor. Vamos conduciendo, buscando algo de comer, y ella, entre otras cosas, me dice que me ama. Que es feliz. Yo respondo como automáticamente respondemos los maridos. Pero me quedan dando vueltas tantas cosas buenas en el corazón.

Yo no sé a quién en la iglesia se le ocurrió nombrar a los domingos de este tiempo como ordinarios, pero en el quinceavo domingo del tiempo que llamamos ordinario yo he sido feliz. Muy feliz.

Más feliz de lo que merezco y menos de lo que Dios tiene pensado para mí.



miércoles, 9 de mayo de 2018

Sobre mi breve afición al comic (I)

Quiero escribir sobre un pasatiempo que cultivé en mi adolescencia y al que, aún hoy, trato de hacerle algo de espacio cada tanto. Para los que hayan vivido en una cueva los últimos años el comic es una forma de relato gráfico que narra historias mediante recuadros o viñetas en los que combina dibujos y algún texto explicativo. En mi opinión, es un género literario - muchos dirán que no- que ha ganado notoriedad en la última década dado que se ha convertido en fuente de innumerables adaptaciones cinematográficas y de un próspero  negocio relacionado.

Generalmente, salvo muy contadas excepciones, cuando un negocio relacionado con el arte se vuelve prospero el afán de lucro de los inversionistas tiende a interferir con el proceso creativo. Con la intención de obtener rédito se adapta el arte al gusto de los consumidores para lograr aceptación y asegurar así la recepción del producto que promociona. Con el auge de las producciones audiovisuales –cine y televisión, principalmente-, del que hemos sido testigos los últimos cincuenta años, este fenómeno se ha acentuado afectando significativamente el mundo de la literatura que se convirtió durante décadas en el baúl del cual los cineastas extrajeron historias y personajes para sus adaptaciones.

En busca de un espacio en este lucrativo engranaje del entretenimiento la misma industria literaria se ha visto tentada por este fenómeno transformando incluso su metodología y lógica interna. Las nuevas producciones literarias se conciben en un formato fácilmente adaptable a la pantalla -chica o grande- donde poco a poco se ha dejado de lado el tradicional aspecto discursivo e introspectivo de los clásicos para dar paso a un estilo preferente de acciones externas y cambios acelerados de ritmo; se ha dado más importancia al “plot twist” -giro inesperado- del final de la historia que a la construcción meticulosa y profunda de personajes o a la coherencia íntima del devenir de la historia. Otro punto aparte merece el reciclaje de arcos argumentales de autores de otras generaciones adaptados sin ninguna originalidad al lenguaje y sensibilidad modernos. Este tipo de tendencias han convertido a la literatura actual en una suerte de provisión de guiones a la espera de dar el salto a un universo más rentable. Debo decir que existen excepciones, pero en las grandes editoriales se encuentran cada vez menos. Con el tiempo, creo yo, irán apareciendo las verdaderas joyas de esta época lejos de los best-sellers, el negocio cinematográfico y la influencia del capital en el arte. Confío en que siempre existirán personas que utilizan las letras para expresar su ser más hondo aunque no cuenten con una plataforma adecuada de difusión.

El comic entró en esta dinámica con lentitud. Durante décadas no fue tomado en cuenta por el capital que movía la industria del entretenimiento, siendo considerado como algo exclusivo de un público joven y de bajos ingresos, permitiendo que se desarrolle con cierta libertad sin la presión que la exigencia de rentabilidad conlleva. Mientras el cine y la literatura recorrían – y agotaban - caminos comunes en búsqueda de historias que fueran aceptadas por un amplio mercado de consumidores, los escritores y dibujantes encontraron en las viñetas un espacio propicio para expresar su creatividad con arcos cada vez más atrevidos. En un mercado más pequeño, con consumidores que buscaron alejarse de las tendencias masivas, con recursos más baratos –lápiz y papel- en comparación con los utilizados en las producciones audiovisuales, el mundo del comic permitía asumir mayor riesgo creativo.

Creo que la influencia del comic en la cultura moderna es harto significativa. La evolución del arquetipo de héroe y villano, así como la construcción del entramado argumental que concebimos en nuestra narrativa actual –en cine, televisión y casi todas las formas de literatura- es herencia innegable de este espacio creativo del que venimos hablando. Me gustaría desarrollar un poco más ésta idea en una segunda parte de este escrito. Ojalá alcance a hacerlo.

Sin entrar en detalles, y sin ningún orden especial, creo que existen arcos argumentales que han abierto nuevas perspectivas de narrativa para todos los géneros: The Killing Joke –Batman, 1988- y Watchmen -año 1986- de Alan Moore, abren perspectivas nuevas sobre los límites morales que se ciernen sobre los héroes, villanos y anti-héroes, si bien el primer título los define, el segundo nos sugiere una mirada sobre el desenlace de su ruptura y las consecuencias que implican; The Dark Knight Returns – año 1986- de Frank Miller aporta sobre la idea del héroe atormentado y mina esa concepción plana del bien y del man en un personaje; The Sandman – año 1989- de Neil Gaiman es un sugerente ensayo filosófico y dramático sobre el libre albedrío, el bien y el mal, siendo su spin-off Lucifer (año 2012) una conclusión magistral de esta inteligente obra que suma personajes hondos de nuestra cultura occidental y sus alrededores; V de Vendetta – año 1982-, nuevamente Alan Moore con este universo distópico que abrió posibilidades innumerables a historia de este tipo.

El comic como espacio libre para la creatividad durante los 80´s y 90´s fue muy rico en historias y personajes que han influido en la evolución de la narrativa contemporánea. Actualmente nos es difícil concebir alguna historia donde el bien y el mal se muestren claramente diferenciados, o donde no se haga necesaria la justificación de motivaciones válidas en ambos bandos. Este tipo de entramado se gestó, principalmente, en este espacio al final del siglo pasado y fue nutriendo otros géneros. Obviamente no se trata de una fuente exclusiva y absoluta pero si la de mayor importancia, sobre todo al saltar a plataformas más masivas. A todos nos fascina el Batman de Christopher Nolan que no es más que una adaptación al cine del personaje modelado por Frank Miller durante el tiempo que trabajo para DC Comics  en la franquicia del cruzado enmascarado.

Desde nuestro presente, muchas veces, se vuelve difícil reconocer el aporte de un género literario en particular sobre todo cuando las versiones actuales son tan absolutas y omnipresentes en las pantallas de cine y de televisión. Pero el creciente interés con el que los grandes capitales y sus transnacionales se han volcado sobre la industria del comic –cabe recordar el éxito de Disney al adquirir no solo los derechos del Universo Cinemático de Marvel sino la editorial misma- nos habla de que este nicho se ha convertido en un nuevo yacimiento de material negociable. Esto con la consecuente limitación a la libertad y creatividad que hemos descrito.

Si me permiten ser apocalíptico, creo que estamos ante el fin de una era en la que quienes buscamos historias fuera de los rangos masivos hemos encontrado en las viñetas agua para nuestra sed de novedad y un espejo para mirarnos en los ojos de quienes crean mundos para expresar el suyo interior.

Sin embargo, no es el fin de la creatividad como tal como no lo ha sido en otras épocas, es más bien un aviso para que valoremos los espacios de libertad que aún nos quedan, lejos de los intereses transnacionales. Existen joyas que van a ir siendo encontradas lejos de las luminarias, la fama y el rédito inmediato, como ha sido siempre desde que el mundo es mundo. 



lunes, 2 de abril de 2018

Una Vigilia Pascual más

Creo que lo he dicho alguna vez por aquí y, creo, que lo diré cada vez: la vigilia pascual es una de las cosas más hermosas que conozco. ¡Qué potencia educativa encierra! ¡Cuán sólida es su lógica interna!  ¡Cuánta belleza hay en sus figuras! A través de sus símbolos relee, desde la fe, la historia de la humanidad toda y pone al individuo que reza frente al hecho real y trascendente, cósmico diría yo, de la resurrección de Cristo.

La primera parte de esta vigilia, larga por cierto, recorre, en varias lecturas, el itinerario del pueblo de Israel. Pero este itinerario, y esto es lo que se me hizo evidente este año, no es el de una masa anónima sino, por el contrario, es un camino espiritual realizado por personas concretas. Desde Adán y Eva hasta los apóstoles, pasando por Abraham, Moisés, Isaías, Ezequiel y David, a quien se considera el autor de los salmos, nos comparten lo que para ellos significa la resurrección de Jesús y con esto, la resonancia que esta nueva realidad tiene para ellos.

A cada uno de estos personajes Dios les ha prometido algo: A Adán y Eva les fue ofrecido el paraíso, a Abraham descendencia como las arenas del mar, a Moisés entrar con los suyos en una tierra que mana leche y miel, a David el trono a perpetuidad, a Isaías contemplar la restauración de Jerusalén, a los apóstoles la llegada del reino de Dios. En fin, promesas a cada uno según el corazón de cada quien.

Nosotros, los que hoy participamos de la vigilia pascual, también hemos recibido promesas de Dios según nuestro corazón. Y a lo largo de toda la liturgia nos queda claro que el Dios en que hemos creído cumple siempre sus promesas. Y las cumple no solo en el sentido corto en que alcanzamos a comprender sino, y de manera mucho más profunda, según su propio corazón. El signo del sepulcro vacío es el testimonio más claro de que el don de la resurrección sobrepasa nuestro entendimiento y nos abre a la intuición de la vida nueva que Dios nos ha preparado. San Pablo les dirá a los Corintios en su primera carta: «Las cosas que ningún ojo vio, ni ningún oído escuchó, ni han penetrado en el corazón del hombre, son las que Dios ha preparado para los que lo aman.»

En este punto diré que me hubiera gustado, o me gustará -en estos asuntos celestiales donde el tiempo es relativo nunca he sabido bien en que modo conjugar los verbos-, estar presente en el momento en que Abraham comprendió que Dios dio a su hijo único para salvarlo. Verán. En la segunda lectura, se nos cuenta que Dios le pide a Abraham que sacrifique a su hijo Isaac en el país de Moria y éste, obedientemente, se dirige hacia allá y prepara el sacrificio. Cuando está todo listo toma a su hijo y se alista a inmolarlo. Justo en ese momento un ángel lo detiene y le explica que no era más que una prueba para conocer cuán temeroso de Dios era. Y todos respiramos  aliviados. Porque sería una locura que Dios le pida a Abraham que sacrifique a su único hijo. Me hubiera gustado mucho estar con Abraham en el momento en que cayó en cuenta de que Dios hizo exactamente aquello de lo que había sido librado.

La noche de pascua es la noche en que se cumplen todas las promesas. Dios había creado a Adán y Eva para el paraíso. Bien sabemos que esto es una alegoría que representa la armonía con Dios y la creación en la que debía vivir la humanidad entera. Sin embargo, este plan fue truncado por el pecado de los orígenes fruto del cual son expulsados del Edén. En esta noche ambos son tomados de la mano y devueltos a la armonía original – y más aún como hijos, no ya criaturas- que perdieron torpemente.

Esta es la noche del paso, pero no solo de la esclavitud de Egipto a la libertad de Canaán a través del mar rojo, sino del paso de la muerte a la vida, de la entrada a la  verdadera tierra que mana leche y miel. Me gusta imaginar a Moisés siendo llevado, también de la mano por Dios, desde el monte Nebo hasta la nueva tierra prometida comprendiendo con el corazón sobrecogido de que se trataba todo el asunto al fin.

Es la noche en que las profecías son cumplidas y se dejan ver imperfectas ante lo poderoso de la realidad. Imagino a Isaías descubriendo el significado entero de sus visiones al ver al cordero y al león paciendo juntos. Imagino su sorpresa al comprender que el esposo viene victorioso de la muerte a consolar con amor a la esposa de su juventud. Imagino su rostro ante la nueva Jerusalén que hoy, y solo por la resurrección, puede adornarse con sus mejores joyas.

Y sobre todo, me gusta pensar en esa noche misma en la que María queda esperando el cumplimento de la promesa más tierna que se nos ha hecho a los hombres: que aquella madre hermosa iba a tener al hijo de sus entrañas, a su pequeñín, a su Jesús, otra vez en sus brazos. Solo esa noche fue testigo del momento en que aquel Hijo se libró de la muerte y del sepulcro para ir a consolar a su mamá.

Gracia de Dios es que, con Ella y en esa noche, nosotros pecadores también lo hayamos recobrado sano y salvo para nuestra salud.

Reina del cielo, alégrate, aleluya,
porque el Señor a quien llevaste en tu seno, aleluya,
ha resucitado, según su palabra, aleluya.



martes, 13 de marzo de 2018

Con palabras


Este es un post acerca de varias cosas, pero en especial sobre algunas que he pensado sobre el lenguaje que utilizamos a lo largo de la vida y que sería muy valioso resumir, por lo menos para mí. Las palabras, sus distintas acepciones, sus tonos, el mundo de comparables que abarcan, el vínculo que constituyen entre las personas, el uso y abuso que les damos,  la catarsis que necesariamente involucran, la entrada a las maravillas que se dan en lo cotidiano de la vida.  El lenguaje bordea el misterio, lo circunscribe, lo perfila, y de un modo, casi mágico me gusta pensar, lo hace presente.

Desde que mi hijo mayor Juan Pablo, de ya casi dos años, empezó a hablar se ha abierto un canal nuevo entre ambos. Puerta, le diré en adelante. Una puerta de dos vías, valdría recalcar. Por una parte ha significado su entrada al mundo de los adultos. Creo que cuando un niño empieza a hablar se relaciona con los demás de una forma distinta, se acelera su proceso de aprendizaje porque se abre un “ductus” directo entre los que “sabemos cómo funciona el mundo” y los que no; empezamos a entendernos porque convenimos los mismos signos y somos capaces de transmitir el “paquete cultural” que en algún momento también recibimos. La palabra se convierte así en un nexo intergeneracional. Por otra parte, y la de mayor profundidad creo yo, esta puerta es nuestra entrada al mundo tan enriquecedor de los niños. Es a través del lenguaje que he empezado a descubrir con algo más de claridad quien es mi hijo, cómo reacciona ante la realidad, como se atisba su carácter. Y es través de las palabras que él empieza a nombrar su mundo interior y lo hace capaz de compartirlo con nosotros. Es una puerta pequeña, en ese sentido, ya que exige disminuir nuestro tamaño para entrar. Es necesario adaptar nuestros códigos, comprender el ritmo en que se dan las cosas de ese lado, y escuchar. Escuchar desde quien es el otro y no desde lo que preconcibo habitualmente. Enseñar a nombrar lo que ocurre dentro es lo que implica ser papá de un ser humano.

Desde que nació Nicolás, mi hijo menor, Juan Pablo duerme conmigo. De mi lado de la cama quiero decir. Hasta ahora, y por lo general, no duerme de corrido toda la noche y se le hacen necesarias un par de “paradas técnicas” que los padres bien conocemos. Hace dos noches despertó llorando. Normalmente lo calmo y seguimos durmiendo, pero, con esta puerta abierta del lenguaje, hice lo obvio: le pregunté y me contestó.

– Porque lloras?
– Me cayó agua encima. Y Spider-man se cayó.

Todo esto entre lágrimas. Lo toqué a ver si no se había orinado, es la interpretación más lógica al agua que mencionaba. Luego de eso me dio como un rayo: ¡Una pesadilla! No recuerdo cuando fue la última vez que lidié con una de estas. Lo más fresco es el recuerdo de haberme despertado llorando alguna noche porque soñé que algo le había pasado a mis papás. Recuerdo a mi mamá consolándome hasta que volví a dormirme. Debo haber tenido unos diez años. Pero tan ajenos me son estos malos sueños que no entendí que era eso hasta después de unos momentos. Agrego en mi favor, que la somnolencia de la madrugada bien puede ser, en parte, culpable de esta lentitud.

Lo desperté bien, lo calmé, le hice ver que en realidad no había pasado nada, que no estaba mojado y que si Spider-man se cae lanza su tela de araña o se pega en alguna pared y que de eso no iba a pasar. Pero fue el lenguaje el vehículo entre mi pregunta y su respuesta. Más adentro, entre su temor y la luz que pueda yo darle. Dos vías, en la que él fue mostrándome su mundo interior a partir de la convención de fonemas y en la que yo pude ayudarle a comprender mejor la realidad. Tenemos un concepto nuevo de pesadilla, aunque la palabra será difícil de pronunciar.

El lenguaje es el conjunto de signos que utilizamos para comunicarnos. No son solo las palabras, por lo que no solo se reduce al lenguaje oral o escrito. Esto lo entendí cuando alguna vez conocí una comunidad de sordomudos: los signos que utilizan no necesariamente deletrean palabras, muchos son expresiones complejas en sí mismas. Recuerdo que en aquella ocasión comprendí que si en el lenguaje oral o escrito expresamos belleza a través del canto o la poesía, respectivamente, en el lenguaje de señas la belleza puede expresarse en la armonía de los movimientos, sea de los mismos signos, o del lenguaje corporal que acompaña el signo, como la danza.

Pero son las palabras las que cotidianamente nos abren la puerta de los corazones. Como aquel vocablo mágico que en uno de los relatos de las mil y una noches abre para quien lo pronuncia la cueva secreta llena de magníficos tesoros.

La palabra viene a cumplir ese deseo que tenemos de poner nombre a las cosas. Nombramos lo que vemos en el mundo exterior, y ponemos nombre también a las experiencias interiores que vivimos. Luego somos capaces de expresar en estas categorías lo que tenemos dentro. Y aunque la palabra no agota totalmente lo que vivimos nos permite compartir lo que somos con los otros de manera convencional. Esto se hace a través de mil signos, pero en nuestra cultura, el medio privilegiado es la palabra.

Esto lo entendió el apóstol Juan quien en el prólogo de su evangelio hace una rica equivalencia entre Cristo – Logos – Palabra, y que san Agustín, tan bellamente, nos permite comprender siglos después. Juan, el bautista, era la voz, mientras que Cristo es la Palabra. La voz es el vehículo que lleva la Palabra, y como vehículo es secundario, es por eso conveniente que la figura del bautista mengue. Cuando hablamos la voz es la que transmite lo que con la palabra hemos nombrado en nuestro interior. La voz desaparece, pero la palabra, aunque más precisamente habría que decir la idea que nombra la palabra, viaja del corazón del emisor al del receptor y se queda dentro de los dos. Lo que uno ha logrado nombrar dentro de sí ahora es una categoría compartida entre dos. Si me permiten decirlo, esta es la base de la amistad y del amor.

Decimos que Cristo es la Palabra del Padre porque es lo que el Padre dice de sí mismo. Porque Dios no “habla” como lo hacemos nosotros. Se entrega totalmente, y esa entrega es su lenguaje. Su mejor Palabra es su Hijo que revela lo que hay dentro de sí. Esta Palabra nos transmite lo más profundo y hermoso del corazón de Dios. Y no desaparece, se queda con nosotros todos los días hasta el fin del mundo.

Por último, me parece muy gracioso como en las familias destrozamos el lenguaje. Digo destrozamos porque en el día a día vamos dando nuevos significados, muy nuestros, a lo que decimos. En realidad no lo destrozamos sino que lo enriquecemos con la vida misma. El lenguaje no es estático, más bien se nutre de la experiencia vital de quienes lo usan. Y el núcleo de la vida se da en las familias. ¿En que otro ámbito social se crean tantas convenciones nuevas para lo que vamos nombrando en común? ¿En que otro espacio se vive tanto como para destrozar el lenguaje y darle un sentido completamente diferente?

Tengo en el corazón muchas expresiones que solo tienen sentido para los que crecimos juntos en mi casa. Y ahora, como padre, voy guardando en el corazón toda esta experiencia de nuevas personas que enriquecen con sus balbuceos y ocurrencias la vida que, en mi opinión, ya he aprendido a vivir.

Gracias a ellos, esa palabra, “papito” tiene  todo un nuevo significado. Incluso como para decírsela a Dios.