Este es un post grande sobre cosas pequeñas.
Cosas pequeñas son esas que pasan a diario sin mucho aspaviento y que a fuerza
de cotidianidad y rutina quedan ocultas. De estas cosas está llena la vida
familiar con sus risas y sus bromas, sus dolores, todo eso que solo tiene
sentido e importancia para los que crecen juntos. Y digo crecer juntos porque
no solo los hijos crecen en este asunto, crecemos los padres también.
En estos días hemos caído enfermos los cuatro:
papá, mamá, Juan Pablo y Nicolás. Un virus, dijo la Doctora Juguetes. Un virus es
cosa pequeña, gracias Dios, pero es
sabida la tendencia de los hombres a considerar de muerte estas experiencias. Y
bueno, en casa somos tres. Y si los hombres somos buenos para hacer grande lo
pequeño en cuanto a quejas, aprovechemos esa misma habilidad para hacer grande
lo pequeño del hogar. Y por grande me refiero a visible más que a fastuoso. Que Grecia es mucho más que sus tragedias, y Roma
más que sus caminos. Si esto no es un dicho, muy bien podría serlo en adelante.
Recuerdo cuando me enfermaba antes: mi mamá me
hacía algo de comer, me tomaba alguna medicina y a dormir hasta el día
siguiente. Pero eso era cuando yo ya era adulto. Antes de eso recuerdo a mi mamá alguna vez velando mi
fiebre. Pero así: todo con distancia e independencia. Nadie tenía que limpiar
nada, ni lavar nada, ni limpiar nada, ni lavar nada, ni limpiar nada, ni lavar nada.
Por si no lo notaron lo estoy repitiendo para que quede claro que tuvimos que lavar
mucho y limpiar mucho el último fin de semana. De este tipo de cuidados, los que recibí cuando
no era capaz de cuidar de mí mismo, no queda nada en mi memoria.
Nunca se me había ocurrido que los papás,
normalmente, se contagian el mismo virus que los niños tienen. Y más aún con el
tipo de cuidados que los niños pequeños requieren. Y aquí no hay nada que hacer:
te toca seguir cuidando a los niños así te sientas mal. Lo hicieron conmigo, me
toca a mí, les tocará a ellos. Ley de vida. Mientras se siga gastando más dinero
en enviar sondas a Júpiter y menos en erradicar la gripe, seguiremos en esto.
Nótese el sarcasmo masculino que hace grande algo pequeño. En esta casa aún
estamos igualados: dos papás, dos niños; uno para cada uno. No quiero
imaginarme como les toca, o nos tocará a nosotros en algún momento, a los
padres que son superados en número por sus hijos.
A mí me asombra siempre como son estas cosas.
Yo creo que existe un Dios como principio de todo y que ha ordenado el cosmos entero según su racionalidad, así que mis dudas
sobre este ordenamiento intento hacérselas llegar a Él: ¿Por qué esta
etapa, la infancia, no queda en nuestra memoria? ¿No seriamos mejores
personas, más gratos, más conscientes de nuestra fragilidad y pequeñez si
recordáramos la etapa en que más indefensos hemos sido? Si la maduración
espiritual es un camino de regresión a la infancia, a ser como niños diría
Jesús, ¿no sería conveniente que recordásemos este tiempo?
Pero las cosas no están dispuestas así. Están
ordenadas de otra forma. La propia niñez hemos de descubrirla a través de otros:
de los padres mientras están, de los hijos quienes hemos recibido este inmenso
regalo, de los niños cercanos quienes no. Y los hijos vienen a recordarnos
nuestra niñez de una manera especial porque tienen tanto de nosotros. Tienen
tanto que es muy difícil mirarlos y no sentirse impelidos, por una fuerza
compasiva, a una compresión mucho más profunda de la propia historia e
identidad.
Aún no recibo respuesta formal, creo que para
eso es el cielo. Sin embargo creo que es parte de ese misterio de comunión que
nos une a todos los hombres y que se manifiesta de forma concreta en la
relación intergeneracional que Dios ha considerado buena para sus hijos todos.
Pensaba estas cosas grandes mientras limpiaba
las pequeñas, por ese hábito que les había dicho tenemos los hombres, cuando vi
lo pequeño que intento hacer grande con mis palabras, y pretendo que mis hijos
nunca olviden, aunque lo más probable es que no lo recuerden de primera mano,
sino por la escena que su papá vio, con escoba y trapo en mano, y que alcanzó a
describir de la mejor forma que pudo. De más está decir que no fue suficiente
para todo lo que quedó en su corazón:
En uno de los dormitorios de la casa, con la
luz artificial y lo oscuro de la noche riñendo un lugar en esta estampa, una
madre tendida con sus dos hijos intentando descansar. Uno dormido con la
cabecita en su abdomen como si fuera la almohada más cierta del mundo, el otro recostado
completamente sobre ella simulando la posición semi-vertical de una silla reclinable, que no tenemos en casa, para evitar que vuelvan las náuseas. La
madre, con el mismo malestar, adormitada y sujetándolos como si la fiebre, o
algún otro demonio, fuera a robárselos de alguna forma. Si bien no hay mucha
elegancia en los colores, ni en los pies desnudos, ni en la ropa cómoda, ni en
los cabellos desordenados en las sábanas, los rodea un halo delicioso que solo
he conocido en lo más profundo y dulce del amor. Toda esta escena desde el
marco de la puerta de madera entreabierta que invitaba al que no tiene madre a
olvidar cualquier afán, correr a buscar un lugar en ese remanso de ternura y
dejarse abrazar por esta nueva maternidad que le han encomendado cuidar.




