martes, 28 de agosto de 2018

Como si no te recordara

Hoy son cinco años desde la última vez que nos vimos. Hemos cruzado luego en un par de sueños vívidos pero la cordura dicta que esos encuentros no cuentan. O tal vez sí. Nunca imaginé necesitar contarlos. Qué sé yo. Pero en un día como hoy cuentan, claro que cuentan. La cordura es para los que no extrañan a una madre. Hoy te extraño. Cómo te extrañé ayer. Cómo te extrañaré mañana. Aunque la cordura no esté de acuerdo. Aunque sea ése el curso natural de las cosas. Al fin y al cabo, las mamás no son para siempre. ¿O sí? Porque uno es huérfano así tenga un año o treinta y seis. Así tenga mil. Porque quien no la tiene ya, sentirá nostalgia de este lado o del otro del Aqueronte. En la mismísima barca del que crea su Caronte.  

Y digo que te extraño hoy. Hoy, sí. Como si no te extrañase ayer. O anteayer. Como si un solo día olvidara yo que tengo madre. Que me pariste. Que me cargaste. Que me quisiste. Como si un solo día fuera yo por la vida inconsciente de quien eres tú. De quien soy yo.  Como si al llegar la noche de súbito te recordara. Y te llamara pensando que aún esperas en el mueble de la sala a que yo llegue porque no puedes dormir sin saber que estoy en casa. Yo hoy quisiera avisarte que estoy bien. Que ya puedes ir a descansar. Como si no lo supieras.

No. Esas cosas no se olvidan. Ni por un instante. Están grabadas. No sé en dónde. Pero están.

Como si no te recordara cuando veo un botón, o una máquina de coser, o una cinta de medir. Como si cuando encuentro un hilo suelto en mi ropa no te recordara quitándomelo. No vayan a pensar que eres hijo de costurera, me decías. Te reías. Me besabas. Me dabas tímida tu bendición. Tan pequeña eras. Quien iba a pensar que esas son las cosas que harían falta.

Como si cuando veo a mis hijos con su madre no tengo algo de envidia en el fondo. Como si no pensara en ti cuando los veo reírse y en cuanto los habrías disfrutado. Como si no pensara que es injusto que no tuvieras esa dicha. Que si la tienes desde el cielo, me consuelo. Como si al verlos no cayera en cuenta que se parecen a ti. Son los ojos. Son los ojos. Pero no es la forma, aunque los rasgos sean comunes. Es la manera en que me miran. Esperando más de mí de lo que soy. Pensando mejor de mí de lo que soy capaz yo mismo. Ojos que me buscan como si fuera lo mejor que les ha pasado en la vida. Ese es el parecido que les veo.

Como si cuando paso por tu barrio no recordara aquella vez que pasamos muy lento por ahí. Tú mostrándome tu infancia, yo aprendiendo todo para ahora que no estás. Donde sufriste, donde amaste, donde te quisieron y donde no. Tu historia no estaba en esas calles, por cierto. Estaba en tus ojos. En tus ojos que no odian. Que no sabían cómo hacerlo. En tus ojos que extraño tanto.

Como si en lo que tengo de bueno no estuvieses tú. Como si no te hubieses convertido, para mí, en el deseo de ser noble y sencillo que desde hace cinco años tengo en mi conciencia. No lo soy. Tal vez nunca lo sea. Pero lo deseo. Y a través de ese resquicio que has abierto en mi corazón de piedra puede Dios hacer sus maravillas.

Nunca he sido bueno para los cementerios. Para mí, simplemente, no estás ahí. Prefiero, en días como hoy, buscarte en la iglesia. Esa donde íbamos a rezar desde fuera. Parqueados en el carro porque te era muy doloroso bajarte y volver a subir. Rezando desde lejos, a través de la ventana. Pidiéndole a Dios que nos curase. No sabíamos lo que pedíamos. Al final nos ha curado. A ti de tus dolores. A mí del egoísmo todavía.

Dirán que exagero. Que a todo se acostumbra uno. Que es peor no tener madre desde niño. Que les diré. De pronto y tienen razón. Solo sé que en días como hoy me siento como uno de mis hijos cuando no encuentra a su mamá.