martes, 31 de diciembre de 2013

El problema del mal

Me disculparán si termino enredándolos más de lo que pretendo ayudar con lo que voy a escribir. En ocasiones he escuchado a algunas personas usar un argumento para demostrar la no existencia de Dios mediante una deducción que suena muy lógica. Lógica entre comillas.

El razonamiento es algo así: Ustedes, es decir los creyentes, creen en un dios bueno creador de todas las cosas. Pero en el mundo es evidente la presencia del mal que no podría ser creado por su dios, entonces su dios no es bueno, no es omnipotente o simplemente no existe.

Ante este argumento los creyentes respondemos que el mal es ausencia o negación del bien en el corazón del hombre y repetimos algunos ejemplos que escuchamos por ahí, pero sin dar luces sobre este tema del mal.

Y es que el razonamiento sobre la presencia del mal en el mundo es complejo. Es duro de entender, incluso para los creyentes, que Dios lo permita. Es un contrasentido que pone en disputa su bondad y su omnipotencia. Si Dios permite el mal, entonces no es bueno; si Dios no puede evitar el mal entonces no es todopoderoso.

Quisiera partir precisamente con esas dos premisas que para los creyentes nos son naturales: Dios es bueno y Dios es omnipotente.

Imaginemos por un momento que nosotros tenemos el trabajo de Dios siendo, como Él, bondadosos y omnipotentes, y vamos a crear el mundo. ¿Qué haríamos con el mal? Imagínense si haciendo uso de nuestra omnipotencia suprimiésemos la capacidad del hombre de optar por el mal. En el fondo eso sería anular el libre albedrío, y se convertiría al ser humano en un simple autómata programado para realizar el bien. El amor que se viviría en esta creación no podría ser real. Seríamos tan solo, como dice un cantante por ahí, “lucecitas montadas para escena”.

Entonces el Dios de los cristianos debe ser bueno y omnipotente. La creación debe ser libre, y  para esto el mal debe ser una posibilidad. Si esto no fuera así la creación no sería perfecta y los no creyentes nos lanzarían tomates por esto.

La forma en la que Dios ha conjugado estos requerimientos siempre me sorprende. Ha permitido el mal, nos ha hecho libres. Pero Él ha redimido este mal, quitándole la fuerza destructora que tiene. Ha creado el mundo en estado de vía, como diría Tomás de Aquino. Imperfecto en camino a la perfección, es decir perfectible. Y para esto ha creado algo valiosísimo: el tiempo, que no es otra cosa que el espacio en el que podemos perfeccionarnos, por decirlo de alguna forma.  

Al final de la historia el mal no tendrá cabida, es decir en el cielo la creación será plena, libre de todo mal. Pero inteligentemente no ha sido suprimido desde el inicio.

Frente a nuestra experiencia de mal, dolor y sufrimiento Dios no ha permanecido indiferente. Ha abandonado su cielo y ha tomado nuestra carne haciendo suya nuestra experiencia. Ha tomado sobre sí los pecados de todas las generaciones y los ha redimido. Incluso la muerte, expresión máxima del mal, ha sido vencida.

El mal ha sido tomado desde adentro y trastocado en fuente de bien. Sus consecuencias son convertidas en espacio de conversión, en motivo de perfección para nuestro corazón. El dolor que genera es fuente de cercanía con el Creador y de solidaridad entre nosotros los hombres. Se nos ha dado tiempo para arrepentirnos del pecado por el que hemos optado libremente.

La historia de la salvación es la crónica de como el mal es vencido a fuerza de bien. Y todo esto porque Dios, en su infinita bondad y sabiduría, ha decidido que la oscuridad no es definitiva.

No sé ustedes pero si yo tuviera el trabajo de Dios lo haría de la misma forma. No se me ocurre, con mis pobres argumentos, una mejor alternativa.

Creo que Dios, además de bondadoso y omnipotente, es también inteligente.


¿Se te ocurre a ti alguna mejor forma de hacerlo?


sábado, 28 de diciembre de 2013

La primera navidad


El Papa Benedicto XVI enseñaba que el marco en el que se desarrollan las visiones de San Juan descritas en el libro del Apocalipsis es una gran celebración litúrgica. Es un dialogo entre la asamblea y un lector en torno al misterio de la redención.

Para quien tenga mente ágil y problemas de atención no diagnosticados, como su servidor, no le será difícil imaginarse la escena en la que el libro se desarrolla. Como centro de la escena se encuentran tres símbolos: el trono, sobre el cual esta sentado un personaje que San Juan no describe porque supera toda representación humana, obviamente Dios; el libro, que contiene el Plan de Dios para la humanidad cerrado herméticamente con siete sellos; y el cordero, Cristo, que es capaz de abrir los sellos del misterioso libro para nosotros.

Alrededor de estas imágenes ocurre el dialogo entre la asamblea y el lector que van presentando las visiones y el encuentro definitivo entre Dios y su pueblo. Los coros de ángeles, serafines y querubines; los ciento cuarenta y cuatro mil justos que han blanqueado sus túnicas en la sangre del cordero; los veinticuatro ancianos y los cuatro vivientes, son el marco de esta gran celebración litúrgica.

De una u otra forma, esta asamblea representa a la Iglesia celestial que se reúne en torno a Dios para cantar sus alabanzas eternamente. Es una manera de representar el cielo aunque sabemos, por San Pablo, que no será nada parecido a lo que ojo, oído o mente humana haya conocido jamás. Bueno, a la postre el cielo ha sido representado de varias formas en la historia de la Iglesia, pero hay que tener en claro que solo son figuras. Esta es tan solo una de ellas.

Aquí en la tierra, la Iglesia peregrina como nos dicen, se une a esta gran celebración con sus actos cotidianos, haciendo de cada acción un gesto litúrgico. Pero en especial esta comunión se realiza en la celebración litúrgica. En la eucaristía, por excelencia, se une la iglesia de la tierra con la del cielo. Los que peregrinamos nos unimos en oración con quienes ya han llegado a la Casa Paterna y cantamos las mismas alabanzas a Dios.

Me gusta imaginarlo así, porque me permite captar que no estamos solos en la Iglesia. Estamos en la misma asamblea con Pablo y Juan. Con Pedro. Con Agustín y Ambrosio. Con Francisco, Ignacio y Domingo. De manera especial con Santa María y San José. Todos juntos en el mismo altar ofreciendo el mismo cordero. Mis méritos, que son pequeños, junto a los de ellos, que no lo son tanto, sumados a los méritos de Cristo que son perfectos.

Y así, esta Navidad fue especial. Porque era la primera que vivíamos de esta forma. Con mi mamá en el otro lado de la asamblea. Cuando empezó la celebración litúrgica, del lado de las túnicas blancas me pareció ver un espacio en blanco que al momento se lleno. Tuve la impresión de verla escabullirse para ponerse en su lugar.

Quienes la conocemos sabemos que estaba pasando: escuchando de más algún rezo debió entretenerse y andaba un poquito atrasada por allá también.

A lo mejor ese rezo era uno de los míos.