sábado, 28 de diciembre de 2013

La primera navidad


El Papa Benedicto XVI enseñaba que el marco en el que se desarrollan las visiones de San Juan descritas en el libro del Apocalipsis es una gran celebración litúrgica. Es un dialogo entre la asamblea y un lector en torno al misterio de la redención.

Para quien tenga mente ágil y problemas de atención no diagnosticados, como su servidor, no le será difícil imaginarse la escena en la que el libro se desarrolla. Como centro de la escena se encuentran tres símbolos: el trono, sobre el cual esta sentado un personaje que San Juan no describe porque supera toda representación humana, obviamente Dios; el libro, que contiene el Plan de Dios para la humanidad cerrado herméticamente con siete sellos; y el cordero, Cristo, que es capaz de abrir los sellos del misterioso libro para nosotros.

Alrededor de estas imágenes ocurre el dialogo entre la asamblea y el lector que van presentando las visiones y el encuentro definitivo entre Dios y su pueblo. Los coros de ángeles, serafines y querubines; los ciento cuarenta y cuatro mil justos que han blanqueado sus túnicas en la sangre del cordero; los veinticuatro ancianos y los cuatro vivientes, son el marco de esta gran celebración litúrgica.

De una u otra forma, esta asamblea representa a la Iglesia celestial que se reúne en torno a Dios para cantar sus alabanzas eternamente. Es una manera de representar el cielo aunque sabemos, por San Pablo, que no será nada parecido a lo que ojo, oído o mente humana haya conocido jamás. Bueno, a la postre el cielo ha sido representado de varias formas en la historia de la Iglesia, pero hay que tener en claro que solo son figuras. Esta es tan solo una de ellas.

Aquí en la tierra, la Iglesia peregrina como nos dicen, se une a esta gran celebración con sus actos cotidianos, haciendo de cada acción un gesto litúrgico. Pero en especial esta comunión se realiza en la celebración litúrgica. En la eucaristía, por excelencia, se une la iglesia de la tierra con la del cielo. Los que peregrinamos nos unimos en oración con quienes ya han llegado a la Casa Paterna y cantamos las mismas alabanzas a Dios.

Me gusta imaginarlo así, porque me permite captar que no estamos solos en la Iglesia. Estamos en la misma asamblea con Pablo y Juan. Con Pedro. Con Agustín y Ambrosio. Con Francisco, Ignacio y Domingo. De manera especial con Santa María y San José. Todos juntos en el mismo altar ofreciendo el mismo cordero. Mis méritos, que son pequeños, junto a los de ellos, que no lo son tanto, sumados a los méritos de Cristo que son perfectos.

Y así, esta Navidad fue especial. Porque era la primera que vivíamos de esta forma. Con mi mamá en el otro lado de la asamblea. Cuando empezó la celebración litúrgica, del lado de las túnicas blancas me pareció ver un espacio en blanco que al momento se lleno. Tuve la impresión de verla escabullirse para ponerse en su lugar.

Quienes la conocemos sabemos que estaba pasando: escuchando de más algún rezo debió entretenerse y andaba un poquito atrasada por allá también.

A lo mejor ese rezo era uno de los míos.

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