miércoles, 9 de mayo de 2018

Sobre mi breve afición al comic (I)

Quiero escribir sobre un pasatiempo que cultivé en mi adolescencia y al que, aún hoy, trato de hacerle algo de espacio cada tanto. Para los que hayan vivido en una cueva los últimos años el comic es una forma de relato gráfico que narra historias mediante recuadros o viñetas en los que combina dibujos y algún texto explicativo. En mi opinión, es un género literario - muchos dirán que no- que ha ganado notoriedad en la última década dado que se ha convertido en fuente de innumerables adaptaciones cinematográficas y de un próspero  negocio relacionado.

Generalmente, salvo muy contadas excepciones, cuando un negocio relacionado con el arte se vuelve prospero el afán de lucro de los inversionistas tiende a interferir con el proceso creativo. Con la intención de obtener rédito se adapta el arte al gusto de los consumidores para lograr aceptación y asegurar así la recepción del producto que promociona. Con el auge de las producciones audiovisuales –cine y televisión, principalmente-, del que hemos sido testigos los últimos cincuenta años, este fenómeno se ha acentuado afectando significativamente el mundo de la literatura que se convirtió durante décadas en el baúl del cual los cineastas extrajeron historias y personajes para sus adaptaciones.

En busca de un espacio en este lucrativo engranaje del entretenimiento la misma industria literaria se ha visto tentada por este fenómeno transformando incluso su metodología y lógica interna. Las nuevas producciones literarias se conciben en un formato fácilmente adaptable a la pantalla -chica o grande- donde poco a poco se ha dejado de lado el tradicional aspecto discursivo e introspectivo de los clásicos para dar paso a un estilo preferente de acciones externas y cambios acelerados de ritmo; se ha dado más importancia al “plot twist” -giro inesperado- del final de la historia que a la construcción meticulosa y profunda de personajes o a la coherencia íntima del devenir de la historia. Otro punto aparte merece el reciclaje de arcos argumentales de autores de otras generaciones adaptados sin ninguna originalidad al lenguaje y sensibilidad modernos. Este tipo de tendencias han convertido a la literatura actual en una suerte de provisión de guiones a la espera de dar el salto a un universo más rentable. Debo decir que existen excepciones, pero en las grandes editoriales se encuentran cada vez menos. Con el tiempo, creo yo, irán apareciendo las verdaderas joyas de esta época lejos de los best-sellers, el negocio cinematográfico y la influencia del capital en el arte. Confío en que siempre existirán personas que utilizan las letras para expresar su ser más hondo aunque no cuenten con una plataforma adecuada de difusión.

El comic entró en esta dinámica con lentitud. Durante décadas no fue tomado en cuenta por el capital que movía la industria del entretenimiento, siendo considerado como algo exclusivo de un público joven y de bajos ingresos, permitiendo que se desarrolle con cierta libertad sin la presión que la exigencia de rentabilidad conlleva. Mientras el cine y la literatura recorrían – y agotaban - caminos comunes en búsqueda de historias que fueran aceptadas por un amplio mercado de consumidores, los escritores y dibujantes encontraron en las viñetas un espacio propicio para expresar su creatividad con arcos cada vez más atrevidos. En un mercado más pequeño, con consumidores que buscaron alejarse de las tendencias masivas, con recursos más baratos –lápiz y papel- en comparación con los utilizados en las producciones audiovisuales, el mundo del comic permitía asumir mayor riesgo creativo.

Creo que la influencia del comic en la cultura moderna es harto significativa. La evolución del arquetipo de héroe y villano, así como la construcción del entramado argumental que concebimos en nuestra narrativa actual –en cine, televisión y casi todas las formas de literatura- es herencia innegable de este espacio creativo del que venimos hablando. Me gustaría desarrollar un poco más ésta idea en una segunda parte de este escrito. Ojalá alcance a hacerlo.

Sin entrar en detalles, y sin ningún orden especial, creo que existen arcos argumentales que han abierto nuevas perspectivas de narrativa para todos los géneros: The Killing Joke –Batman, 1988- y Watchmen -año 1986- de Alan Moore, abren perspectivas nuevas sobre los límites morales que se ciernen sobre los héroes, villanos y anti-héroes, si bien el primer título los define, el segundo nos sugiere una mirada sobre el desenlace de su ruptura y las consecuencias que implican; The Dark Knight Returns – año 1986- de Frank Miller aporta sobre la idea del héroe atormentado y mina esa concepción plana del bien y del man en un personaje; The Sandman – año 1989- de Neil Gaiman es un sugerente ensayo filosófico y dramático sobre el libre albedrío, el bien y el mal, siendo su spin-off Lucifer (año 2012) una conclusión magistral de esta inteligente obra que suma personajes hondos de nuestra cultura occidental y sus alrededores; V de Vendetta – año 1982-, nuevamente Alan Moore con este universo distópico que abrió posibilidades innumerables a historia de este tipo.

El comic como espacio libre para la creatividad durante los 80´s y 90´s fue muy rico en historias y personajes que han influido en la evolución de la narrativa contemporánea. Actualmente nos es difícil concebir alguna historia donde el bien y el mal se muestren claramente diferenciados, o donde no se haga necesaria la justificación de motivaciones válidas en ambos bandos. Este tipo de entramado se gestó, principalmente, en este espacio al final del siglo pasado y fue nutriendo otros géneros. Obviamente no se trata de una fuente exclusiva y absoluta pero si la de mayor importancia, sobre todo al saltar a plataformas más masivas. A todos nos fascina el Batman de Christopher Nolan que no es más que una adaptación al cine del personaje modelado por Frank Miller durante el tiempo que trabajo para DC Comics  en la franquicia del cruzado enmascarado.

Desde nuestro presente, muchas veces, se vuelve difícil reconocer el aporte de un género literario en particular sobre todo cuando las versiones actuales son tan absolutas y omnipresentes en las pantallas de cine y de televisión. Pero el creciente interés con el que los grandes capitales y sus transnacionales se han volcado sobre la industria del comic –cabe recordar el éxito de Disney al adquirir no solo los derechos del Universo Cinemático de Marvel sino la editorial misma- nos habla de que este nicho se ha convertido en un nuevo yacimiento de material negociable. Esto con la consecuente limitación a la libertad y creatividad que hemos descrito.

Si me permiten ser apocalíptico, creo que estamos ante el fin de una era en la que quienes buscamos historias fuera de los rangos masivos hemos encontrado en las viñetas agua para nuestra sed de novedad y un espejo para mirarnos en los ojos de quienes crean mundos para expresar el suyo interior.

Sin embargo, no es el fin de la creatividad como tal como no lo ha sido en otras épocas, es más bien un aviso para que valoremos los espacios de libertad que aún nos quedan, lejos de los intereses transnacionales. Existen joyas que van a ir siendo encontradas lejos de las luminarias, la fama y el rédito inmediato, como ha sido siempre desde que el mundo es mundo.