Quiero escribir sobre un pasatiempo que cultivé en
mi adolescencia y al que, aún hoy, trato de hacerle algo de espacio cada tanto.
Para los que hayan vivido en una cueva los últimos años el comic es una forma
de relato gráfico que narra historias mediante recuadros o viñetas en los que
combina dibujos y algún texto explicativo. En mi opinión, es un género
literario - muchos dirán que no- que ha ganado notoriedad en la última década
dado que se ha convertido en fuente de innumerables adaptaciones
cinematográficas y de un próspero
negocio relacionado.
Generalmente, salvo muy contadas excepciones,
cuando un negocio relacionado con el arte se vuelve prospero el afán de lucro
de los inversionistas tiende a interferir con el proceso creativo. Con la
intención de obtener rédito se adapta el arte al gusto de los consumidores para
lograr aceptación y asegurar así la recepción del producto que promociona. Con
el auge de las producciones audiovisuales –cine y televisión, principalmente-,
del que hemos sido testigos los últimos cincuenta años, este fenómeno se ha
acentuado afectando significativamente el mundo de la literatura que se
convirtió durante décadas en el baúl del cual los cineastas extrajeron
historias y personajes para sus adaptaciones.
En busca de un espacio en este lucrativo engranaje
del entretenimiento la misma industria literaria se ha visto tentada por este
fenómeno transformando incluso su metodología y lógica interna. Las nuevas
producciones literarias se conciben en un formato fácilmente adaptable a la
pantalla -chica o grande- donde poco a poco se ha dejado de lado el tradicional
aspecto discursivo e introspectivo de los clásicos para dar paso a un estilo preferente
de acciones externas y cambios acelerados de ritmo; se ha dado más importancia
al “plot twist” -giro inesperado- del final de la historia que a la
construcción meticulosa y profunda de personajes o a la coherencia íntima del devenir
de la historia. Otro punto aparte merece el reciclaje de arcos argumentales de
autores de otras generaciones adaptados sin ninguna originalidad al lenguaje y
sensibilidad modernos. Este tipo de tendencias han convertido a la literatura
actual en una suerte de provisión de guiones a la espera de dar el salto a un
universo más rentable. Debo decir que existen excepciones, pero en las grandes
editoriales se encuentran cada vez menos. Con el tiempo, creo yo, irán
apareciendo las verdaderas joyas de esta época lejos de los best-sellers, el
negocio cinematográfico y la influencia del capital en el arte. Confío en que siempre
existirán personas que utilizan las letras para expresar su ser más hondo
aunque no cuenten con una plataforma adecuada de difusión.
El comic entró en esta dinámica con lentitud.
Durante décadas no fue tomado en cuenta por el capital que movía la industria
del entretenimiento, siendo considerado como algo exclusivo de un público joven
y de bajos ingresos, permitiendo que se desarrolle con cierta libertad sin la
presión que la exigencia de rentabilidad conlleva. Mientras el cine y la
literatura recorrían – y agotaban - caminos comunes en búsqueda de historias
que fueran aceptadas por un amplio mercado de consumidores, los escritores y
dibujantes encontraron en las viñetas un espacio propicio para expresar su
creatividad con arcos cada vez más atrevidos. En un mercado más pequeño, con
consumidores que buscaron alejarse de las tendencias masivas, con recursos más
baratos –lápiz y papel- en comparación con los utilizados en las producciones
audiovisuales, el mundo del comic permitía asumir mayor riesgo creativo.
Creo que la influencia del comic en la cultura
moderna es harto significativa. La evolución del arquetipo de héroe y villano,
así como la construcción del entramado argumental que concebimos en nuestra
narrativa actual –en cine, televisión y casi todas las formas de literatura- es
herencia innegable de este espacio creativo del que venimos hablando. Me
gustaría desarrollar un poco más ésta idea en una segunda parte de este
escrito. Ojalá alcance a hacerlo.
Sin entrar en detalles, y sin ningún orden
especial, creo que existen arcos argumentales que han abierto nuevas
perspectivas de narrativa para todos los géneros: The Killing Joke –Batman,
1988- y Watchmen -año 1986- de Alan Moore, abren perspectivas nuevas sobre los
límites morales que se ciernen sobre los héroes, villanos y anti-héroes, si
bien el primer título los define, el segundo nos sugiere una mirada sobre el
desenlace de su ruptura y las consecuencias que implican; The Dark Knight
Returns – año 1986- de Frank Miller aporta sobre la idea del héroe atormentado
y mina esa concepción plana del bien y del man en un personaje; The Sandman –
año 1989- de Neil Gaiman es un sugerente ensayo filosófico y dramático sobre el
libre albedrío, el bien y el mal, siendo su spin-off Lucifer (año 2012) una
conclusión magistral de esta inteligente obra que suma personajes hondos de
nuestra cultura occidental y sus alrededores; V de Vendetta – año 1982-,
nuevamente Alan Moore con este universo distópico que abrió posibilidades
innumerables a historia de este tipo.
El comic como espacio libre para la creatividad
durante los 80´s y 90´s fue muy rico en historias y personajes que han influido
en la evolución de la narrativa contemporánea. Actualmente nos es difícil concebir
alguna historia donde el bien y el mal se muestren claramente diferenciados, o
donde no se haga necesaria la justificación de motivaciones válidas en ambos
bandos. Este tipo de entramado se gestó, principalmente, en este espacio al
final del siglo pasado y fue nutriendo otros géneros. Obviamente no se trata de
una fuente exclusiva y absoluta pero si la de mayor importancia, sobre todo al saltar
a plataformas más masivas. A todos nos fascina el Batman de Christopher Nolan
que no es más que una adaptación al cine del personaje modelado por Frank
Miller durante el tiempo que trabajo para DC Comics en la franquicia del cruzado enmascarado.
Desde nuestro presente, muchas veces, se vuelve
difícil reconocer el aporte de un género literario en particular sobre todo cuando
las versiones actuales son tan absolutas y omnipresentes en las pantallas de
cine y de televisión. Pero el creciente interés con el que los grandes
capitales y sus transnacionales se han volcado sobre la industria del comic
–cabe recordar el éxito de Disney al adquirir no solo los derechos del Universo
Cinemático de Marvel sino la editorial misma- nos habla de que este nicho se ha
convertido en un nuevo yacimiento de material negociable. Esto con la
consecuente limitación a la libertad y creatividad que hemos descrito.
Si me permiten ser apocalíptico, creo que estamos ante el fin de una era en la que quienes buscamos historias fuera de los rangos masivos hemos encontrado en las viñetas agua para nuestra sed de novedad y un espejo para mirarnos en los ojos de quienes crean mundos para expresar el suyo interior.
Sin embargo, no es el fin de la creatividad como tal como no lo ha sido en otras épocas,
es más bien un aviso para que valoremos los espacios de libertad que aún nos
quedan, lejos de los intereses transnacionales. Existen joyas que van a ir
siendo encontradas lejos de las luminarias, la fama y el rédito inmediato, como
ha sido siempre desde que el mundo es mundo.
