domingo, 28 de agosto de 2016

Venga, cuénteme todo

Una historia como muchas, aunque no por eso carente de brillo y belleza. Para cada quien la luz que alumbra sus ojos es única, aunque su resplandor no solamente a aquel envuelva. Tan común y tan extraña por el tiempo y las distancias. Tan cercana y aparente porque no es definitivo lo que vemos.

Nunca habían estado separados tanto tiempo. No es que siempre estuviesen juntos, sino que de una forma u otra siempre existió algún lazo que los mantuviera unidos. Amor, dirán unos. Costumbre, otros. Yo creo que hay un punto medio en el trayecto.

El día que se conocieron no fue precisamente el mismo, aunque ambos coincidieran aquel día en el mismo abrazo y en el mismo beso.

Para ella, verlo a él, fue como un rayo. Un amor muy esperado que atravesó su humanidad desde el principio hasta el final. Ella estaba preparada, lo sentía todo su cuerpo. Desde el primer momento se perdió en su mirada y no volvió más. En el curso de la vida existe un punto sin retorno, un hito, una marca, en que no cabe marcha atrás. Es como cuando una fruta se encuentra ya madura en la copa de su árbol. No queda otro camino que caer por gravedad. Eso fue él para ella: el vientecillo breve que necesitaba para terminar de caer, para devenir en lo que tenía que ser.

Para él fue distinto, no estaba listo. El amor fue más bien un sendero por transitar. De esos que empiezan y no terminan de recorrerse porque el final no está de este lado. Ella supo exactamente quién era él desde el principio, él fue conociéndola con el paso de los años. No digo que no la amara, digo que no era capaz de corresponder. Pero el amor no es cuestión de correspondencias, o equivalencias, eso aprendió él. Cuando no fue capaz dejó que ella lo amase, y ella lo supo hacer muy bien.

Para ella este amor fue la cima del camino. Para él fue el inicio del suyo. Porque lo que él pensaba que era vida no lo era totalmente. Él fue entendiendo eso en su mirada, en sus caricias, en sus dolores. Aunque lo haya comprendido después. No digo que fuera tarde, solo digo que después.

Nunca habían estado separados tanto tiempo. Y hoy se extrañan, pero como siempre ella va por delante haciéndole a él camino. Ella sabe que no es para siempre, él apenas lo está entendiendo. A él, a veces, se le pierde el lazo que aún los une, mientras ella lo sostiene dulcemente. Y es que hay días, como hoy, en los que pareciera que ella tirara un poco de ese lazo para que él sienta menos su ausencia.

Hoy son tres años de extrañar su sonrisa alegre y amplia. De no tener su mirada que fue siempre un buen espejo. De abrazarla solo en sueños y despertar aún contento. Es un año más, aunque a él le gusta pensar que es un año menos. Un año menos para encontrarse nuevamente donde ella ahora lo espera.

Cuando al final de su sendero él alcance a divisarla, correrá como un chicuelo a colgarse de su cuello. A abrazarla y besarla. No será necesario el lazo aquel que hoy los une. Ambos llorarán de alegría y pena. Él le contará todo lo que ha vivido: le dirá que conoció el punto sin retorno, que él también fue fruto maduro, le contará de su caída. Le dirá que ahora entiende, que ya es capaz, que al final comprendió este asunto de la vida. Que él también se enamoró como un rayo, y que también amó a unos pequeñines sin ser bien correspondido, pero que está bien. No es culpa de ellos, tampoco estaban listos. Pero que ahora con su partida les quedará claro. Es bueno extrañar. Extrañar muestra el camino. Ahora ellos vienen unos pasos detrás.

Le dirá tantas cosas que con detalle ha venido guardando para ese día. Y ella, aunque nunca se perdió un instante de su vida, tiernamente fingirá sorpresa.

«Venga, cuénteme todo mijito. Vamos, vamos. Lo estábamos esperando.»