De todas esas palabras, hoy quisiera, si
me lo permiten, escribir sobre dos. La relación que he encontrado entre ellas me
ha parecido reveladora y quisiera compartirla. Un poco largo, tal vez, pero si
se arman de paciencia es posible que les resulte tan revelador como a mí.
La primera es una de las más importantes en
la tradición bíblica: Escuchar. En hebreo se dice Shemá. La oración más
sagrada del pueblo de Israel comienza precisamente así: “Shemá Israel…”, “Escucha,
Israel…”. Para un judío, el Shemá no es simplemente una oración. Es el centro
de su fe. Se recita cada mañana y cada noche. Se transmite de padres a hijos. Es
casi como el latido espiritual de Israel. Pero la palabra Shemá no significa sólo
oír. En el mundo bíblico significa prestar atención, abrir el corazón, dejarse
guiar, obedecer. Escuchar significa permitir que la palabra de Dios marque el
camino de la vida.
En el fondo, Shemá es un mandato. Un
pedido tal vez. Una invitación. Dios decidió escogerse un pueblo y hablarle. Lo
que le pide a cambio es que escuche, es decir, que obedezca. Que guarde sus
caminos. En fin, que sea su pueblo para ser Él su Dios.
Lo que me llama la atención es el peso de
la acción. El peso del Shemá está en el pueblo. Es el hombre quien debe poner
su atención, quien debe esforzarse en caminar por los caminos de Dios. Y bien
sabemos todos, por experiencia propia, que eso no es sencillo.
Dios habla y el pueblo debe escuchar. Toda
la espiritualidad del Antiguo Testamento tiene algo de esta pedagogía. Dios
habla a través de la ley, a través de los profetas, a través de la historia. Y al hombre le corresponde acoger este llamado.
Si miramos con honestidad la historia
bíblica, y la propia, descubrimos algo que se repite una y otra vez: escuchar a
Dios no es fácil. El corazón humano se distrae, se endurece, se llena de ruido.
Si bien Dios intenta una y otra vez hacerse escuchar, llega un punto en que se
vuelve evidente que no se nos da. Escuchar, en el sentido total del Shemá,
pareciera estar fuera de nuestro alcance. Aún cuando quisiéramos que no fuera
así.
Esta experiencia dramática se me hace muy evidente en esos versos tan llenos de esperanza que nos ha regalado el profeta Ezequiel: “Os daré un corazón nuevo y pondré dentro de vosotros un espíritu nuevo; quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne.” En esta promesa de Dios se refleja el anhelo de ser hechos de nuevo, de otra forma distinta a la que somos hoy. Porque, avancemos, sabemos ya que cuando hablamos del Shemá no estamos hablando de los oídos, sino del corazón. Lo que anhelamos es que nuestro corazón dejase de ser tan duro y pudiera ponerse, de una vez por todas, en el lugar de creatura que le corresponde y que lo haría tan feliz.
Sordos. De corazón. Hemos confundido nuestra sordera con silencio. A fuerza
de no escuchar nos hemos convencido de que Dios no habla.
Avancemos un poco, ahora, hasta la época de
Jesús. Un poco antes quizás. El judaísmo del segundo templo expresa muy bien
esta realidad de sordera y lejanía. Luego del regreso de Babilonia el pueblo de
Israel reconstruyó el templo y su culto bajo el recuerdo del primero. Se decía del
primer templo que tenía varios signos de que Dios estaba presente. Por nombrar dos:
el fuego que consumía los sacrificios había venido de Dios mismo y una niebla
sobrenatural cubría el edificio mostrando que Dios estaba allí. Fábula o no, la
idea del primer templo era de un lugar donde Dios habitaba realmente. En el
segundo templo esto se volvió un recuerdo: Israel añoraba los tiempos antiguos
y organizó el culto del nuevo templo en torno a la esperanza de ese retorno.
En la época previa a Jesús la profecía también
era escasa. Siglos habían pasado desde el último de los profetas. Es decir, en
el templo no se sentía, dígase con los sentidos, presente a Dios y la voz de Dios, que hablaba cada tanto con su pueblo a través de los profetas, también se había apagado. Eran, en suma, el pueblo del Shemá: buscaban
seguir a Dios por sus propios esfuerzos, con todo el drama que eso conlleva.
Entonces, aparece Jesús. Verbo de Dios, dirá San Juan.
Con Jesús sucede algo completamente inesperado: Dios vuelve a hablar. O más bien, vuelve a ser escuchado. Dios rompe el silencio religioso de Israel de la manera más dramática posible: Él mismo viene a hablar con nosotros, en nuestras palabras, para que no podamos dejar de escucharlo.
Un día en el camino, en un encuentro de lo más emotivo, se encuentra con un hombre sordo. Sordo como cualquiera de nosotros, y pronuncia la segunda palabra que nos tiene aquí charlando. Le puso los dedos en las orejas y con saliva tocó su lengua. Y dijo, luego de suspirar al cielo: Effetá. Que significa: Ábrete. Y en ese momento los oídos del hombre se abren y logra escuchar.
Es una escena pequeña, casi silenciosa.
Pero encierra algo muy profundo. Durante siglos Dios había dicho a su pueblo: Escucha.
Shemá. Pero Jesús parece reconocer algo con una ternura infinita: el ser humano
no puede escuchar por sí solo. Le cuesta. Le pesa. Su corazón está herido,
distraído, cerrado. Con una exhalación comprensiva pronuncia una palabra nueva que rompe el desequilibrio anterior: el peso de Effetá no está ya sobre nosotros, sino en quien la pronuncia.
Y quien pronuncia esta palabra es el mismo que con su voz lo ha creado todo. ¿Puede existir palabra más poderosa que ésta?
Para los seres humanos el lenguaje es
descriptivo. Nosotros hablamos para contar lo que hemos, de alguna forma, experimentado. Nuestras palabras no tienen poder para transformar la realidad. Nuestras
acciones tal vez, pero no nuestras palabras. Las palabras de Jesús no son
descriptivas. Por ser quien es sus palabras son performativas: si Él le dice al
mar que enmudezca, éste lo hace. Si le dice a Lázaro que se levante, Lázaro
sale de su tumba como si la muerte fuera nada. En el origen de todo cuando dijo Dios dijo “Sea”, todo fue desde la nada. Con su sola palabra.
Cuando Jesús pronuncia su Effetá es como
si dijera: “Sé que quieres escuchar y no se te da muy bien pero yo mismo voy a
abrir tu oído.” Es como el cumplimiento de la profecía de Ezequiel. Dios mismo
arranca nuestro corazón de piedra y nos pone uno nuevo. Porque nosotros no podríamos solos.
El Effetá completa el Shemá.
Si no sería imposible. Effetá es compasión
pura de un Dios que lo resuelve todo.
Una última cosa. Me gusta imaginar el impacto tremendo que debió generar la realidad de Jesús en los paisanos de su época. Un judaísmo del segundo templo sin la presencia de Dios en el templo, sin su voz a través de los profetas, sin ninguna intervención divina sensible, frente a un hombre curando con sus manos, mostrando el poder de Dios a donde iba, hablando con las mismas palabras que Dios había usado con su pueblo. Mostrando de manera real y simbólica que Dios había regresado. Que Él era el arca perdida que los judíos anhelaban tener de nuevo en el Sancta Sanctorum y que ya no iba a estar nunca más encerrado en el templo. Nunca lo estuvo, pero el pueblo lo creía así. Debió ser chocante por lo inesperado y sorpresivo. El pueblo esperando que la niebla de la presencia de Dios volviera algún día al templo. La niebla descendiendo sobre una virgen nazarena. Dios en movimiento que no iba a detenerse más.
La novedad del cristianismo fue, y sigue siendo, justamente esa. Frente al Dios inaccesible del judaísmo, un Dios cercano que está presente en la realidad de su pueblo. Que se regala a diario, en palabras y obras, mostrándonos que no piensa marcharse. Con su Espíritu nos ha abierto los oídos para que escuchemos sus palabras. Frente a los siglos de sordera de la humanidad, hoy en cualquier Iglesia, un cristiano cualquiera puede sentarse, o arrodillarse si le apetece, para hablar cara a cara con el Creador de todo lo que existe.
Di, Señor, Effetá sobre mí. Que no quiero nunca más volver a ser sordo a tu voz.
