lunes, 2 de abril de 2018

Una Vigilia Pascual más

Creo que lo he dicho alguna vez por aquí y, creo, que lo diré cada vez: la vigilia pascual es una de las cosas más hermosas que conozco. ¡Qué potencia educativa encierra! ¡Cuán sólida es su lógica interna!  ¡Cuánta belleza hay en sus figuras! A través de sus símbolos relee, desde la fe, la historia de la humanidad toda y pone al individuo que reza frente al hecho real y trascendente, cósmico diría yo, de la resurrección de Cristo.

La primera parte de esta vigilia, larga por cierto, recorre, en varias lecturas, el itinerario del pueblo de Israel. Pero este itinerario, y esto es lo que se me hizo evidente este año, no es el de una masa anónima sino, por el contrario, es un camino espiritual realizado por personas concretas. Desde Adán y Eva hasta los apóstoles, pasando por Abraham, Moisés, Isaías, Ezequiel y David, a quien se considera el autor de los salmos, nos comparten lo que para ellos significa la resurrección de Jesús y con esto, la resonancia que esta nueva realidad tiene para ellos.

A cada uno de estos personajes Dios les ha prometido algo: A Adán y Eva les fue ofrecido el paraíso, a Abraham descendencia como las arenas del mar, a Moisés entrar con los suyos en una tierra que mana leche y miel, a David el trono a perpetuidad, a Isaías contemplar la restauración de Jerusalén, a los apóstoles la llegada del reino de Dios. En fin, promesas a cada uno según el corazón de cada quien.

Nosotros, los que hoy participamos de la vigilia pascual, también hemos recibido promesas de Dios según nuestro corazón. Y a lo largo de toda la liturgia nos queda claro que el Dios en que hemos creído cumple siempre sus promesas. Y las cumple no solo en el sentido corto en que alcanzamos a comprender sino, y de manera mucho más profunda, según su propio corazón. El signo del sepulcro vacío es el testimonio más claro de que el don de la resurrección sobrepasa nuestro entendimiento y nos abre a la intuición de la vida nueva que Dios nos ha preparado. San Pablo les dirá a los Corintios en su primera carta: «Las cosas que ningún ojo vio, ni ningún oído escuchó, ni han penetrado en el corazón del hombre, son las que Dios ha preparado para los que lo aman.»

En este punto diré que me hubiera gustado, o me gustará -en estos asuntos celestiales donde el tiempo es relativo nunca he sabido bien en que modo conjugar los verbos-, estar presente en el momento en que Abraham comprendió que Dios dio a su hijo único para salvarlo. Verán. En la segunda lectura, se nos cuenta que Dios le pide a Abraham que sacrifique a su hijo Isaac en el país de Moria y éste, obedientemente, se dirige hacia allá y prepara el sacrificio. Cuando está todo listo toma a su hijo y se alista a inmolarlo. Justo en ese momento un ángel lo detiene y le explica que no era más que una prueba para conocer cuán temeroso de Dios era. Y todos respiramos  aliviados. Porque sería una locura que Dios le pida a Abraham que sacrifique a su único hijo. Me hubiera gustado mucho estar con Abraham en el momento en que cayó en cuenta de que Dios hizo exactamente aquello de lo que había sido librado.

La noche de pascua es la noche en que se cumplen todas las promesas. Dios había creado a Adán y Eva para el paraíso. Bien sabemos que esto es una alegoría que representa la armonía con Dios y la creación en la que debía vivir la humanidad entera. Sin embargo, este plan fue truncado por el pecado de los orígenes fruto del cual son expulsados del Edén. En esta noche ambos son tomados de la mano y devueltos a la armonía original – y más aún como hijos, no ya criaturas- que perdieron torpemente.

Esta es la noche del paso, pero no solo de la esclavitud de Egipto a la libertad de Canaán a través del mar rojo, sino del paso de la muerte a la vida, de la entrada a la  verdadera tierra que mana leche y miel. Me gusta imaginar a Moisés siendo llevado, también de la mano por Dios, desde el monte Nebo hasta la nueva tierra prometida comprendiendo con el corazón sobrecogido de que se trataba todo el asunto al fin.

Es la noche en que las profecías son cumplidas y se dejan ver imperfectas ante lo poderoso de la realidad. Imagino a Isaías descubriendo el significado entero de sus visiones al ver al cordero y al león paciendo juntos. Imagino su sorpresa al comprender que el esposo viene victorioso de la muerte a consolar con amor a la esposa de su juventud. Imagino su rostro ante la nueva Jerusalén que hoy, y solo por la resurrección, puede adornarse con sus mejores joyas.

Y sobre todo, me gusta pensar en esa noche misma en la que María queda esperando el cumplimento de la promesa más tierna que se nos ha hecho a los hombres: que aquella madre hermosa iba a tener al hijo de sus entrañas, a su pequeñín, a su Jesús, otra vez en sus brazos. Solo esa noche fue testigo del momento en que aquel Hijo se libró de la muerte y del sepulcro para ir a consolar a su mamá.

Gracia de Dios es que, con Ella y en esa noche, nosotros pecadores también lo hayamos recobrado sano y salvo para nuestra salud.

Reina del cielo, alégrate, aleluya,
porque el Señor a quien llevaste en tu seno, aleluya,
ha resucitado, según su palabra, aleluya.