La primera parte de esta vigilia, larga por cierto,
recorre, en varias lecturas, el itinerario del pueblo de Israel. Pero este
itinerario, y esto es lo que se me hizo evidente este año, no es el de una masa
anónima sino, por el contrario, es un camino espiritual realizado por personas
concretas. Desde Adán y Eva hasta los apóstoles, pasando por Abraham, Moisés, Isaías,
Ezequiel y David, a quien se considera el autor de los salmos, nos comparten lo
que para ellos significa la resurrección de Jesús y con esto, la resonancia que
esta nueva realidad tiene para ellos.
A cada uno de estos personajes Dios les ha
prometido algo: A Adán y Eva les fue ofrecido el paraíso, a Abraham
descendencia como las arenas del mar, a Moisés entrar con los suyos en una
tierra que mana leche y miel, a David el trono a perpetuidad, a Isaías
contemplar la restauración de Jerusalén, a los apóstoles la llegada del reino
de Dios. En fin, promesas a cada uno según el corazón de cada quien.
Nosotros, los que hoy participamos de la vigilia
pascual, también hemos recibido promesas de Dios según nuestro corazón. Y a lo
largo de toda la liturgia nos queda claro que el Dios en que hemos creído cumple
siempre sus promesas. Y las cumple no solo en el sentido corto en que
alcanzamos a comprender sino, y de manera mucho más profunda, según su propio
corazón. El signo del sepulcro vacío es el testimonio más claro de que el don
de la resurrección sobrepasa nuestro entendimiento y nos abre a la intuición de
la vida nueva que Dios nos ha preparado. San Pablo les dirá a los Corintios
en su primera carta: «Las cosas que ningún ojo vio, ni ningún
oído escuchó, ni han penetrado en el corazón del hombre, son las que Dios
ha preparado para los que lo aman.»
En este punto diré que me hubiera gustado, o me
gustará -en estos asuntos celestiales donde el tiempo es relativo nunca he
sabido bien en que modo conjugar los verbos-, estar presente en el momento en
que Abraham comprendió que Dios dio a su hijo único para salvarlo. Verán. En la
segunda lectura, se nos cuenta que Dios le pide a Abraham que sacrifique a su
hijo Isaac en el país de Moria y éste, obedientemente, se dirige hacia allá y
prepara el sacrificio. Cuando está todo listo toma a su hijo y se alista a
inmolarlo. Justo en ese momento un ángel lo detiene y le explica que no era más
que una prueba para conocer cuán temeroso de Dios era. Y todos respiramos aliviados. Porque sería una locura que Dios
le pida a Abraham que sacrifique a su único hijo. Me hubiera gustado mucho
estar con Abraham en el momento en que cayó en cuenta de que Dios hizo exactamente
aquello de lo que había sido librado.
La noche de pascua es la noche en que se cumplen
todas las promesas. Dios había creado a Adán y Eva para el paraíso. Bien
sabemos que esto es una alegoría que representa la armonía con Dios y la
creación en la que debía vivir la humanidad entera. Sin embargo, este plan fue
truncado por el pecado de los orígenes fruto del cual son expulsados del Edén.
En esta noche ambos son tomados de la mano y devueltos a la armonía original –
y más aún como hijos, no ya criaturas- que perdieron torpemente.
Esta es la noche del paso, pero no solo de la
esclavitud de Egipto a la libertad de Canaán a través del mar rojo, sino del
paso de la muerte a la vida, de la entrada a la
verdadera tierra que mana leche y miel. Me gusta imaginar a Moisés
siendo llevado, también de la mano por Dios, desde el monte Nebo hasta la
nueva tierra prometida comprendiendo con el corazón sobrecogido de que se trataba todo el
asunto al fin.
Es la noche en que las profecías son cumplidas y se
dejan ver imperfectas ante lo poderoso de la realidad. Imagino a Isaías
descubriendo el significado entero de sus visiones al ver al cordero y al león
paciendo juntos. Imagino su sorpresa al comprender que el esposo viene
victorioso de la muerte a consolar con amor a la esposa de su juventud. Imagino
su rostro ante la nueva Jerusalén que hoy, y solo por la resurrección, puede
adornarse con sus mejores joyas.
Y sobre todo, me gusta pensar en esa noche misma en
la que María queda esperando el cumplimento de la promesa más tierna que se nos
ha hecho a los hombres: que aquella madre hermosa iba a tener al hijo de sus
entrañas, a su pequeñín, a su Jesús, otra vez en sus brazos. Solo esa noche fue
testigo del momento en que aquel Hijo se libró de la muerte y del sepulcro para
ir a consolar a su mamá.
Gracia de Dios es que, con Ella y en esa noche, nosotros
pecadores también lo hayamos recobrado sano y salvo para nuestra salud.
Reina del
cielo, alégrate, aleluya,
porque el
Señor a quien llevaste en tu seno, aleluya,
