lunes, 30 de septiembre de 2019

Del tesoro que tenemos los papás


“Todo escriba docto en el reino de los cielos se parece a un padre de familia que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas”. Mt 13, 52

Traducciones más, traducciones menos. Amén del significado de esta diminuta parábola, me quedo con el comparable: el padre de familia que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas. ¿Cuál es ese tesoro? En varios pasajes de la escritura se nos enseña que el tesoro de cada uno es su corazón. “El hombre bueno, del tesoro de su corazón saca lo bueno”, “donde está tu tesoro, ahí está tu corazón.”. Son dos sentencias muy hondas de Jesús. Con sentidos diferentes cada una, pero a efectos de este escrito dejan claro que el tesoro del padre de familia no es otro sino su corazón.

Entonces, los papás tenemos un tesoro. Un tesoro arcano. Un tesoro hermoso. Un tesoro invaluable. Que se aprecia con el tiempo y que nunca pierde su novedad. Que se va llenando de momentos, de miradas, de juegos, de mimos y cariños. De primeros pasos y primeras risas. De conocerse mucho los que viven juntos. De saber al otro desde antes de mediar palabras. Y después. Recostados, conversando. Unos queriendo conocer, los otros intentando ser conocidos. A estas alturas ya no sé bien cuál es mi bando. Solía pensarme amante, en todo caso soy amado.

Escribiendo esto trato de ponerlo en ese tesoro. Hoy es nuevo y es pequeño. Ínfimo. Es una cotidianeidad insignificante. Una minucia. Pero este tesoro de los papás no conoce tamaños. Lo sabré bien yo. Lo pequeño se hace gigante. Y esto algún día será enorme. Tanto que hoy no me cabe en el corazón y tengo que ponerlo en algún sitio. Como la pesca milagrosa cuya impensable abundancia tuvo que ser cargada por otra barca. Y también porque la memoria es frágil. Y algún día querremos volver, querremos ponernos a la sombra de este recuerdo, y no lo encontraremos. Perdidos iremos entre tanta novedad, seremos escribas de vanguardia que han olvidado lo de su tesoro antiguo. Y tanto bien debe quedar guardado. En la memoria. En el corazón. En los huesos. En las palmas de las manos. En ese lugar tan especial en el que solo somos Dios y yo.

Tenías tres años, hijo mío. Cuando recostado en tu cama, una tarde, te vi arropado con tu colcha. Algo estabas haciendo, no entendía bien qué. Te lo pregunté. Y me respondiste que hablabas con Jesús. Me dio curiosidad. Eras tan pequeño. ¿Qué le dices a Jesús?, me acerqué con mi pregunta. Le pido que me cure, me respondiste. Al parecer tenías algún dolor en la barriga. ¿Y cómo te cura Jesús?, con el escepticismo del que tontamente me enorgullezco. Con su Palabra, me enseñó aquel día tu voz dulce. ¿Cómo es eso?, queriendo conocerte más. Jesús cura con su Palabra porque una palabra suya bastará para sanarme, nuevamente tu voz de niño dándome una jaculatoria para toda la vida.

Lo escuchaste en misa varias veces. Lo habías comprendido. Yo, tan práctico, ocasionalmente preferí no llevarte porque eras muy pequeño y te ponías a jugar. Sabes lo sagrado que es para mí todo este asunto. Me conmovió verme invitado, de súbito, a ese espacio tan especial que Dios tiene contigo. Que Él mismo va construyendo. Tú, con tanta inocencia y profundidad. Él, como un niño sorprendido en alguna travesura, descubierto en un lugar en el que se supone no debería estar.

Tal vez tú no lo recuerdes cuando crezcas. No te preocupes. Yo lo conservo en mi corazón. En este espacio que es tan mío y en el que guardo muy pocas cosas porque muy poco es necesario. En el ala de mi colibrí, donde estás tú desde que me miraste con tus ojitos de asombro, donde iluminas con cada pregunta que haces y construyes lo que yo mismo había dejado ya de construir. Espero poder ser para ti, cuando más lo necesites, un buen papá capaz de sacar de mi corazón maltrecho todo esto antiguo y nuevo que, sin merecerlo un ápice, se me concede en don contemplar.



jueves, 19 de septiembre de 2019

El sábado, el día del amor

En esta re-lectura que estoy permitiéndome hacer de varios pasajes bíblicos quería rescatar un símil que se me ha antojado muy simpático. Son pasajes que he descubierto comunes y están sirviéndome como descanso del trajín diario. Se trata de la discusión sobre el descanso sabático que mantuvo Jesús con los judíos, la dualidad ley y espíritu de san Pablo y el espacio de encuentro dialogal de los esposos. Voy tratar de hacer mi mejor esfuerzo por ordenar esto que vengo meditando en el corazón. No esperen referencias, ni concordancias. Es más, no esperen mucho. No es un tratado teológico. Es más bien un escrito de un cristiano que entendió que hay que rezar para ser feliz y que si a alguien ayuda compartiendo eso que reza, pues lo hace.

Como creemos desde la alegoría del Génesis Dios creó el mundo en seis días y descansó al séptimo. Este séptimo día fue consagrado por Dios. Me imagino al Creador de todo contento en su jardín, reconociendo que todo cuanto había hecho era muy bueno y pasando tiempo con los que eran suyos. Ahora que estoy casado y tengo hijos pequeños aún, lo comparo con esas mañanas de los días libres en las que la familia cabe entera en un “jardín” de dos plazas y media. Si de alguna forma puedo imaginarme aquel séptimo día, tendría que ser como aquellos momentos en que un padre se recrea con su familia.

Esta imagen es el espíritu, o debió serlo, de la tradición del Shabat, el día de descanso de los judíos. Dios que quiere un día especial para encontrarse con su pueblo. Es muy rico este otro símil que, a lo largo de toda la escritura, asemeja la relación de Dios y su pueblo con la de dos esposos que se aman. “La alegría que encuentra el marido con su esposa, la encontrará tu Dios contigo” se puede leer en Isaías; "¡Mi amado es para mí, y yo soy para mi amado, que apacienta su rebaño entre los lirios!" revela el Cantar de los Cantares. El encuentro de los esposos, como el de Dios con su pueblo, es reparador, alegra el corazón, alivia los dolores.

Quien haya tenido la experiencia de estar enamorado sabe de qué hablo. El encuentro de los esposos, que no es solo el sexual aunque lo incluye, se da en el marco de las palabras. Ellas son la puerta de entrada al misterio que cada uno es. Es en el dialogo conyugal donde la experiencia vital de estar enamorados los esposos se actualiza. Es en este espacio coloquial donde muestro quien soy, donde soy acogido, donde soy apreciado por mi verdadero valor y soy mirado rectamente. Aquí se renuevan el cariño, las opciones y el deseo. Es un espacio de honestidad interior, donde se puede descansar porque hacerle bien al otro es la intención más profunda de los que se encuentran. Quien se casa lo hace porque ha vivido esta experiencia y quiere hacerla permanente. Este es, creo yo, el desafío más grande de la vida matrimonial.

Como pueden darse cuenta existen muchas similitudes entre el amor de los esposos y el encuentro con Dios. Eso es lo que el Shabat debió representar. Pero como en casi todo, y lo digo con dolor, la dureza de corazón de los hombres y mujeres transformaron este ámbito de encuentro, que es espíritu puro, en mero cumplimiento exterior. En ley, para terminar de parafrasear a San Pablo.

Jesús entró a una sinagoga un sábado. Había allí un hombre con la mano paralizada, y los judíos, buscando un motivo para acusarlo, le preguntan si está permitido curar en ese día. Jesús contesta con una parábola magnífica: ¿Quién de ustedes, si tiene una sola oveja y esta cae a un pozo en sábado, no la va a sacar? Un hombre vale mucho más que una oveja. Y lo cura. En sábado está permitido hacer el bien. ¿Por qué? Porque el bien es el fin último de la creación, es el regocijo del corazón de Dios.

Con el paso del tiempo, y no solo del tiempo sino también al acumularse desencuentros en la vida de pareja, el espacio entre dos se va haciendo cada vez más “ley”. Más cumplimiento externo que espacio de descanso para el corazón. Las parejas queremos tips para mejorar la comunicación, y está muy bien, pero es la intencionalidad última de hacer el bien al otro, de amarse gratuitamente, el supuesto y la base del asunto. Si los judíos hubieran comprendido esto sí que habrían disfrutado sus sábados. Si la intención de los judíos hubiera sido hacer el bien se habrían conmovido ante el sufriente, se hubieran alegrado con el milagro, y, ¿quién sabe?, a lo mejor hasta comprendían que estaban ante el Señor del sábado que lo único que quería era descansar su corazón con ellos.

¿En qué momento el espacio de diálogo de los esposos se vuelve árido y gravoso? Cuando deja de ser encuentro. Cuando deja de ser descanso. Cuando deja de ser cálido. Cuando se vuelve Ley. ¿Cuándo vuelve a ser lo que este espacio debe ser? Cuando se es honesto. Cuando se busca el bien del otro. Cuando se mira como Dios ve. El matrimonio es un sacramento. ¿Qué significa esto? Que es un signo sensible y visible de la relación de Dios con los hombres. Que en el amor de pareja debemos experimentar el mismo amor de Dios. Que debo buscar el consejo del otro con la misma ansia que busco el rostro de Dios. Que debo ser para el otro el mismísimo abrazo que Dios quiere darle en determinado momento. En fin, cuando vuelve a ser Espíritu.

Y el Espíritu está vivo. Es gratuito. Es fecundo. “Sopla donde quiere”, le dice Jesús a Nicodemo. El Espíritu es Dios.

Fácil de escribirse, un poco menos de ponerse en obra. Todo un desafío para el amor.


miércoles, 11 de septiembre de 2019

El trigo, la cizaña, mis hijos y la parábola de un padre muy paciente


Soy un firme convencido de que la experiencia de familia es una realidad que parte la historia personal en dos. Los distintos rostros del amor que en ella se hacen concretos tienen el poder de marcar un antes y un después para quien honestamente abra su corazón dentro de su casa. Esto lo percibo a todo nivel, pero especialmente en mi vida espiritual. La vida de familia es un nuevo motor, un impulso renovado que ahora tengo en el corazón. Es como una segunda juventud para quien recuerde ese ímpetu tan fértil de la adolescencia y que va aquietándose con los años. Y cuando hablo de mi vida espiritual no puedo dejar de lado la importancia que para mí tienen las sagradas escrituras. Los tonos del amor familiar que son hermosos y diversos, hondos, decididamente sólidos, inconfundibles, altos y bemoles, todos, han marcado un ritmo nuevo en mi aproximación a la Palabra de Dios. Son nuevas claves de aproximación a un misterio conocido. Como si, por fin, al vino nuevo le estuviesen correspondiendo odres nuevos.

La paternidad es uno de estos rostros. Se dice rápido pero se aprende lento. En mis hijos he visto aparecer sus primeros dientes, sus primeras palabras, sus primeros razonamientos. Creo que un hombre no conoce el orgullo verdadero, el que hizo Dios para nosotros, sino hasta que es padre y aprende a valorar, por primera vez me atrevería a decir yo, lo bueno que hace Dios en sus criaturas. Pero así como voy viendo aparecer y desarrollar sus cualidades, que me alegran la vida, también voy conociendo sus limitaciones.

Nunca me gustó hablar de defectos cuando empecé a dar razón de mí mismo. Defectuoso es un producto fabricado en serie con algún error en su diseño. Los seres humanos no somos eso. En mí siempre me resulto coherente pensar en disposiciones y límites. Me refiero a la coherencia porque soy creyente y creo que Dios, que es amor y lo puede todo, no nos crea defectuosos. Sí pone en nosotros disposiciones interiores que, aunque han sido pensadas para el bien, en el libre ejercicio de nuestra libertad pueden dirigirse al mal. Me gusta referirme al mal filosófico, pero para efectos prácticos entenderemos como mal todo aquello que nos aleja del amor y la libertad para los que hemos sido creados. Disposiciones interiores y también límites. Límites como el que Dios puso a las aguas cuando las separo de las tierras. Límites como los que he percibido en mi cuando he intentado ser todo lo que quiero ser. Límites como todos los que he tenido que aceptar cuando las cosas escapan de mis manos.

Quien juzgue que los seres humanos venimos al mundo como páginas en blanco que van siendo escritas por el lápiz cultural solamente no tiene hijos o no ha dedicado tiempo en conocerlos. Si bien la cultura es un factor influyente en la formación del carácter es imposible para los padres no reconocer algunas de sus propias disposiciones interiores en sus pequeños. Y no pocas. Para bien y para mal.

Esta es la razón por la que escribo esto. Porque compartiendo con mis hijos he reconocido en uno de ellos una disposición que conozco bien. No voy a entrar en detalles pero es una limitación con la que he lidiado toda mi vida. Y en mi ha quedado, tan espontáneo como el orgullo del que hablaba, la preocupación de papá. Esa preocupación que los padres tenemos cuando pensamos que algún mal puede cernirse sobre los que queremos y nos hace, casi compulsivamente, revisar dos y tres veces que las puertas de la casa estén bien cerradas antes de dormir. Esa preocupación que se vuelve cariño a la última petición del Padre Nuestro para que seamos librados de todo mal.

Lo he pensado varias veces ya, como me es natural. ¿Qué hacer? ¿Cómo ayudarlo? ¿Será de presionar? ¿Será de dejar ser? Y como todo en mi vida he encontrado mucha luz en las sagradas escrituras. En la parábola del trigo y la cizaña, en esta ocasión.


Y esta nueva luz me permite comprender cosas que siempre han estado ahí, solo que dormidas. O tal vez el dormido he sido yo. No se trata de un tratado pedagógico, pero si me permite comprender qué tipo de Padre ha sido Dios conmigo.

La cizaña nos preocupa. Nos asusta. En nuestro perfeccionismo lo más sensato sería arrancarla. Pero la mirada de Dios sobre nosotros no es plana. El alcanza a valorar que en la disposición interior que se nos antoja cizaña existe mucho de bien que nosotros, peones torpes, no alcanzamos a comprender. Toda fuerza interior en nosotros tiende al bien, pero por la realidad antropológica/existencial del pecado se distorsiona. Entonces detrás, o más bien en el origen, de cada una de nuestras disposiciones interiores se encuentra siempre una “buena semilla”.

Tal vez esta parábola solo tiene este nuevo sentido para mí. Tal vez al ir cavilando sobre mis hijos he atado un par de cosas de más. Tal vez en diferentes situaciones otro tipo de “estrategia” parental sea mucho más adecuada. Pero en la figura paciente del hombre dueño del campo he descubierto el tipo de padre que quiero ser para ellos: el mismo Padre paciente que Dios ha sido para mí. Dios ha permitido en mí trigo y cizaña porque me ha visto hasta el fondo, me ha contado, medido y pesado, y ha visto que soy suficiente para Él. Este es un mensaje poderosísimo de gratuidad que quisiera sellar en sus corazones porque es una de las experiencias más profundas de mi vida.

No quiero ser malentendido. Es natural empujar nuestras limitaciones para crecer, es natural educar nuestras disposiciones interiores para ser mejores. La tradición cristiana es abundante en este apartado. Solo me ha sorprendido la sensatez del dueño del campo que reconociendo la bondad de su semilla es capaz de mirar un poco más allá que los peones y comprender el alcance de lo que permite en su campo.

Antes de “arrancar” cualquier tipo de “cizaña” en ellos quisiera ser lo suficientemente sensato para arrodillarme frente al dueño del campo y preguntar: ¿Quieres que vaya a arrancarla?

Él, en su infinita sabiduría, nos responderá siempre qué hacer. Que esta parábola diga a cada quien lo que tenga que decirle.