domingo, 18 de diciembre de 2016

Entre dos misterios

Por misterio nos referimos, comúnmente, a aquello que no puede ser conocido a cabalidad  por oculto o intrincado. Como soy cristiano, y creo que la realidad tiene su origen en una inteligencia ordenadora y buena, cuando me refiero a algo misterioso pues lo hago en relación a un hecho que sobrepasa mi capacidad, sí,  pero que no por eso resulta incomprensible. El tiempo, la gracia de Dios y la paciencia echan luces sobre muchas cosas que no siempre son claras a la primera. Cada quien tendrá sus propios misterios. Yo los míos, y ustedes los suyos.

Hoy estuve entre dos misterios. El primero es ese misterio grande que he venido masticando desde hace mucho. Ese que se ha presentado ante mí en altares, cirios, e inciensos. Ese que he comprendido rezando y leyendo, y que estoy lejos de agotar. Ese que he recibido de los santos y que en el transcurso de mi vida ha tomado un rostro concreto y una voz muy familiar. Ese misterio es el de Dios que le ha dado sentido a cada pliegue de mi vida. Y que domingo a domingo se me hace más cercano en la eucaristía. Este asunto de Dios que, en Jesús, se hace hombre y viene a buscarme porque estoy perdido es, sin duda, el hallazgo de mi vida.

El otro misterio es pequeño. Es ese que tengo en brazos desde hace poco. Juan Pablo, le decimos e, intuyo, voy a darle vueltas lo que me resta de vida. Es un misterio que se parece a mí, en no pocos sentidos, y me pone frente a quien soy solo con reír. O llorar. Da igual.

Misa de domingo, frente a mí el misterio grande. Con sus ornamentos y su solemnidad. Con su orden y sentido pedagógico. En mis brazos, el misterio chico con toda su dispersión y ternura. El primero con su liturgia acostumbrada, sus símbolos profundos, su misericordiosa cercanía. El segundo, hoy fue uno de los días buenos, jugando, recorriendo con esa mirada, que yo conozco, todo el templo. Él no alcanza a comprenderlo, pero en la liturgia Dios le estaba hablando también. Sale a buscarlo, no porque esté perdido, sino porque está alegre de verlo. Y me doy cuenta que también esta alegre por verme a mi.

Nadie me dijo que iba a ser testigo del encuentro de estos dos misterios. Que el misterio grande iba a extender sus brazos en los míos para acariciar al misterio chico. Que ahí, en las últimas bancas, donde siempre me ha gustado sentarme, la parte de la liturgia que repito se convierte en promesas que Dios va pronunciando en mis palabras. Si alguien me lo hubiera explicado, pues, no lo habría comprendido. Así son estos asuntos misteriosos.

El misterio pequeño, al final, no aguantó. Y se puso medio fastidiado y empezó a llorar. Tuve que sacarlo un momento para que se calme. Pero el misterio grande salió con nosotros, porque, en la eucaristía Él es realmente “Dios con nosotros”, el Emanuel. Y va donde vayamos.

Le di un beso al llegar al auto y me di cuenta que no era solo yo quien lo besaba.

Bendita Eucaristía que nos permite ser más de lo que en realidad somos.