Por misterio nos referimos, comúnmente, a aquello
que no puede ser conocido a cabalidad por
oculto o intrincado. Como soy cristiano, y creo que la realidad tiene su origen
en una inteligencia ordenadora y buena, cuando me refiero a algo misterioso pues
lo hago en relación a un hecho que sobrepasa mi capacidad, sí, pero que no por eso resulta incomprensible. El
tiempo, la gracia de Dios y la paciencia echan luces sobre muchas cosas que no
siempre son claras a la primera. Cada quien tendrá sus propios misterios. Yo los míos, y ustedes los suyos.
Hoy estuve entre dos misterios. El primero es ese
misterio grande que he venido masticando desde hace mucho. Ese que se ha presentado
ante mí en altares, cirios, e inciensos. Ese que he comprendido rezando y
leyendo, y que estoy lejos de agotar. Ese que he recibido de los santos y que en el transcurso de mi vida ha
tomado un rostro concreto y una voz muy familiar. Ese misterio es el de Dios
que le ha dado sentido a cada pliegue de mi vida. Y que domingo a domingo se me
hace más cercano en la eucaristía. Este asunto de Dios que, en Jesús, se hace
hombre y viene a buscarme porque estoy perdido es, sin duda, el hallazgo de mi
vida.
El otro misterio es pequeño. Es ese que tengo en
brazos desde hace poco. Juan Pablo, le decimos e, intuyo, voy a darle vueltas
lo que me resta de vida. Es un misterio que se parece a mí, en no pocos
sentidos, y me pone frente a quien soy solo con reír. O llorar. Da igual.
Misa de domingo, frente a mí el misterio grande.
Con sus ornamentos y su solemnidad. Con su orden y sentido pedagógico. En mis
brazos, el misterio chico con toda su dispersión y ternura. El primero con su liturgia acostumbrada, sus símbolos
profundos, su misericordiosa cercanía. El segundo, hoy fue uno de los días
buenos, jugando, recorriendo con esa mirada, que yo conozco, todo el templo. Él
no alcanza a comprenderlo, pero en la liturgia Dios le estaba hablando también.
Sale a buscarlo, no porque esté perdido, sino porque está alegre de verlo. Y me doy cuenta que también esta alegre por verme a mi.
Nadie me dijo que iba a ser testigo del encuentro
de estos dos misterios. Que el misterio grande iba a extender sus brazos en los
míos para acariciar al misterio chico. Que ahí, en las últimas bancas, donde
siempre me ha gustado sentarme, la parte de la liturgia que repito se convierte
en promesas que Dios va pronunciando en mis palabras. Si alguien me lo hubiera explicado,
pues, no lo habría comprendido. Así son estos asuntos misteriosos.
El misterio pequeño, al final, no aguantó. Y se puso
medio fastidiado y empezó a llorar. Tuve que sacarlo un momento para que se calme.
Pero el misterio grande salió con nosotros, porque, en la eucaristía Él es
realmente “Dios con nosotros”, el Emanuel. Y va donde vayamos.
Le di un beso al llegar al auto y me di cuenta
que no era solo yo quien lo besaba.

No hay comentarios:
Publicar un comentario