«Entonces Pedro
le respondió: “Señor, si eres tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua”.
“Ven”,
le dijo Jesús. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua en
dirección a él».
Mt 14,28-29
Juan Pablo está en la edad en que
repite todo: lo que le decimos que repita y lo que le decimos que no repita, también. Repite partecitas de canciones, y ciertas palabras de las
oraciones que hacemos con él. Repite lo que llega a sus oídos ahora y cosas que
nos ha escuchado tiempo atrás y que nunca pensé que recordaría. Habla y habla,
muy a su manera, desde que su día empieza hasta que termina.
En las noches, antes de dormir,
quisimos empezar a leerle cuentos. Después de un par de noches contando cuentos
varios terminamos con un libro de historias bíblicas para niños. La verdad,
para mí el asunto es sencillo: no he encontrado mejores historias que las que
he leído en la Biblia, así que, tarde o temprano, ese barco iba a terminar en ese
puerto. Bueno, este libro es de rompecabezas y para cada pasaje tiene un
resumen en lenguaje sencillo.
De manera casual, o no tanto porque el
libro de rompecabezas que tenemos en casa fue un regalo que le hice a mi esposa
algunos años antes de casarnos, el primer relato es el de Jesús caminando sobre
el mar. Y digo que no es tan casual porque es un pasaje que a mí me ha enseñado
mucho. En el encuentro que tienen Jesús y Pedro sobre el lago de Genesaret se
da una dinámica que, podría decir yo, es la radiografía de mi itinerario
espiritual.
Es algo así. Jesús se queda rezando en
el monte y manda a sus discípulos por delante en una barca a cruzar el lago.
Luego de un buen tramo las olas empiezan a sacudir la barca porque el viento
era contrario. Dice San Agustín que cada quien tiene su tempestad en la pasión
que lo domina, y creo yo que por ahí va el origen de mis propias tempestades.
El viento contrario es esa facilidad para el mal, o lentitud para el bien que
al final es lo mismo, que existe en nuestro corazón. La vida cristiana es esta travesía de hacer el
bien, de cruzar de una costa de la vida a la otra haciendo el bien. Quien,
honestamente, se ha propuesto hacer este viaje sabe muy bien que el viento es
contrario.
En medio de la tormenta, que bien
puede ser cualquiera de las nuestras, Pedro escucha una voz familiar que le
habla: «Animo. No tengas miedo. Soy Yo». Y Pedro, comprendiendo quien lo llama,
responde: «Señor, si eres Tú mándame ir a tu encuentro sobre el mar». La dulce
voz en la tormenta le responde: «Ven». Pedro baja de la barca. Avanza unos
pasos sobre el mar y, viendo la violencia del viento, se asusta y empieza a
hundirse, con tanto acierto que alcanza a pedir a Jesús que lo salve. Jesús lo
toma de la mano y lo saca del agua. Ambos caminan de la mano hasta la barca y
la tempestad se calma por completo. Lo de caminar de la mano es como imagino yo
la escena.
Caminar sobre el mar significa vencer
lo que es frágil. Pocas cosas son menos sólidas que el agua, y es ahí donde
Jesús nos enseña realmente quien es Él. El que camina sobre las aguas es Aquel
que tiene el mundo en sus manos y que sostiene lo que no es sólido en nosotros.
Él nos lleva sobre las aguas, a través del viento que nos es contrario, de una
costa del lago a la otra. Desde que inicia nuestra vida al final. El cielo es
esa otra orilla, la tempestad calmada final. El lugar sin mal, dolor o muerte. La tierra de la semejanza.
Yo he aprendido a encontrar en esta
experiencia de fragilidad la voz de Dios que me llama: «Animo. No tengas miedo.
Soy yo». Y, dentro de mis limitaciones, trato de responder como Pedro. Porque
con el paso de los años he entendido que la vida cristiana, más allá del marco
que es cruzar de una orilla a la otra haciendo el bien, se define en ese
encuentro con Jesús sobre las aguas. Ser cristiano es encontrarse con Jesús
donde no podemos controlar las cosas. Se trata de escuchar su voz, caminar,
hundirnos, pedir ayuda, dejarnos ayudar y ser salvados del mar. Una y otra vez.
Hasta que la barca de nuestra vida llegue a la orilla final.
Me salí un poco del tema porque quería
que quede claro que significa para mí esto de caminar sobre el mar. Volviendo
al “ahora”, ser padre es una nueva «tempestad» en mi vida. Porque, seamos
sinceros y pido disculpas a mis hijos, ser padre es cualquier cosa menos calma.
Los hijos son tempestad porque vienen a ponernos una tarea inmensa en frente:
subirlos en nuestra barca y llevarlos con nosotros a la otra orilla. Enseñarles
a ir con viento en contra haciendo el bien. A caminar sobre las aguas hacia Jesús.
Y son tempestad porque la inercia de
la vida, a los treinta y pico, nos empuja hacia el descanso. La estabilidad que
trae el matrimonio sumada a la sensatez que alcanzamos con el paso de los años
nos hace valorar mucho nuestros espacios personales. Ya no estamos para exabruptos.
Hemos entendido que la vida es carrera de largo aliento. Y queremos tomarnos
nuestro tiempo. Ir a nuestro ritmo. En ese sentido los hijos son tempestad, más
allá del trabajo que implica cuidarlos, porque vienen a ponernos frente a
nosotros mismos, frente a nuestra poquedad y egoísmo, también frente a la misión grande de
hacerlos hombres de bien. A nosotros, que ya hemos acumulado seguridades y que creemos saber como es que se vive esta vida.
En ese contexto les cuento que Juan
Pablo repite todos los cuentos que le leo antes de dormir. Y, de manera
especial, se ha aprendido algunas palabras de este pasaje. Yo leo una frase y
él dice la palabra final.
-
Jesús subió a sus discípulos en un…
-
Bote…
-
Se acercó a sus discípulos caminando
sobre el…
-
Agua…
-
Si eres tú, mándame ir hacia ti caminando
sobre el…
-
Agua…
-
Jesús le dijo…
-
VEN.
Y esa voz de niño diciéndome VEN es lo
que me conmueve y suscita este escrito. Esa voz dulce que sale de en medio de
mi nueva tempestad es la que despierta mi espíritu. Esas palabras me son
familiares. Esa voz, aunque distinta, ya la he escuchado antes. Ese es Dios
diciéndome: «Animo. No tengas miedo. Soy yo».
Este espacio se ha convertido en mi
oración de las noches los últimos meses. Hacer dormir a mi hijo y escuchar de
sus labios a Dios diciéndome: «Ven». «Señor, si eres tú mándame ir a tu
encuentro sobre el mar», le respondo mientras lo arrullo. Esa es mi
jaculatoria.
Y lo voy entendiendo. La vida
cristiana no es solo ir desde una orilla a la otra. Se trata de caminar sobre
las aguas hacia Jesús.
Una y otra vez. Hasta que la barca
llegue a puerto. Con todos los que amo.

Gracias por compartir tu hermosa experiencia, Manuel.
ResponderEliminarRecuerdo haber escuchado que en la época de Jesús el mar era algo a lo que se le tenía mucho miedo, algo desconocido y peligroso, y que por eso caminar sobre las aguas era una completa locura.
En lo personal siempre me llama la atención que en el pasaje Pedro empieza a hundirse luego de dar unos pocos pasos, con lo que se entiende que aún no llega donde Jesús, pero cuando le pide ayuda, Jesús inmediatamente lo salva. Me imagino a Jesús corriendo sobre las aguas para rescatar a Pedro. Ese detelle me hace confiar más en ese Amigo que no falla, que corre a salvarme apenas lo llamo.
Gracias nuevamente por compartir. La verdad que ser padres es toda una tempestad, o en todo caso, una travesía sobre un mar totalmente nuevo, con sus días de calma, de grandes olas, de lluvia, de sol, de sustos, de inmensas alegrías...
¡Dios te bendiga junto a tu familia!