miércoles, 25 de octubre de 2017

Un misterio diferente

Quiero aclarar que todo lo que escribo a continuación solo es la opinión torpe y corta de un hombre que está viendo como crecen sus hijos. Espero que todos los profesionales del asunto sepan disculpar la aludida torpeza y cortedad. Torpe y corto soy desde que me acuerdo, no veo porque habría de ser diferente esta vez.

Desde que llegó Nicolás a la casa tengo la impresión de que Juan Pablo no sabe bien qué hacer con él. He visto pocos arrebatos de celos o enojos, y tampoco las muestras de afecto han sido muchas. Me da la impresión más bien de que ha seguido con su vida y, en ocasiones puntuales, repara que hay un niño nuevo en la casa. Cuando cae en cuenta de su hermano, porque se lo pusimos en frente la mayoría de las veces, lo esquiva, lo empuja, le habla o lo besa. Depende del ánimo que tenga pero, en suma, el hermanito menor no es el cataclismo que nos habían anticipado. Por lo menos aún no lo es.

Y me doy cuenta que yo tampoco sé muy bien qué hacer con él. Creo que el primer hijo es como el rayo del que habla Cortázar cuando se refiere al amor: no se elige, te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. El segundo hijo es algo diferente. Es otro tipo de misterio. Y uno sobre el cual se cierne el riesgo de “ya saber” cómo se maneja.

Con mi primer hijo aprendí a cambiar pañales. Calmé llantos sin saber que eran cólicos. Tuve miedo de romperlo cuando lo cargaba. Ahora ya sé cambiar pañales, sé que los cólicos se calman y que los niños no se rompen. Vi a mi esposa hacerse madre por primera vez, ahora veo su corazón hacerse grande para dos, que no es poca cosa. Es lo que digo: sigue siendo un milagro, sólo que un milagro diferente.

Yo mismo veo a Nicolás desde la vereda de mi relación con Juan Pablo. Y me pregunto: ¿cómo llegué a esto? ¿En qué momento el bebé al que cuidaba con temblor se convirtió en parte íntima de mí? Yo creo que un padre nunca más está solo, porque incluso en los momentos de soledad relativa como la oración y el silencio, o de soledad extrema como la muerte, tenemos a los que queremos con nosotros. Vayamos donde vayamos, estemos donde estemos, un padre evoca a los que quiere en su más profunda intimidad. Nunca más vuelve a estar solo. Pero, ¿cómo me sucedió eso? Y lo que me viene a la cabeza ahora: ¿cómo me va a suceder ahora con mi nuevo hijo?

La vida tiene sus ritmos, soy un convencido de eso. Dios ha dispuesto la experiencia del hombre como un dialogo permanente e ininterrumpido entre ambos. Y cuando hacemos un poquito de silencio, o más bien cuando Dios rompe nuestra inconsciencia y nos permite intuir que nos está hablando, la vida empieza a mostrar cuanto de revelación tiene. En su particular pedagogía nos calienta el corazón y va metiendo a los que Él quiere que queramos en nuestra intimidad. Si Cortázar hubiera sabido que el rayo que nos parte en dos no es otro que Dios mismo.

Les cuento dos pedacitos de este diálogo que estoy empezando a captar ahora. Todas estas preguntas nacieron porque hace unas semanas le puse una camiseta a Nicolás que decía: Daddy & Son, Building Co. Y mientras lo cambiaba de ropa me partía como un rayo todo lo que comentaba más arriba. Somos “Daddy & Son”. Mi relación con Nicolás está empezando. Aunque sea padre de dos niños mi relación con cada uno es única. ¿Cómo puede ser una persona, en su totalidad, el padre absoluto de dos? Es absurdo, y, sin embargo, es verdad. Creo que tiene que ver con lo que se dice en el pregón pascual sobre la luz de Cristo: Y aunque su luz se distribuye, no mengua al repartirse. Qué sé yo, me parece que están relacionados.  

Este inicio de diálogo con Dios me estremeció en esos días pero no me di cuenta que continuaba sino hasta hoy. Por trabajo tuve que salir de la ciudad unos días y al volver, cargado de regalos como nos gusta a los papás, mientras Juan Pablo abría lo que le había traído, me acerqué a Nicolás, que aún no es capaz de ver bien, lo acaricié y lo saludé tiernamente. Sonrió cuando me escuchó y fue lo más sincero que he visto hoy. Esa sonrisa no me ha permitido estar solo, aun cuando escribo esto, que es, para mí, un momento muy mío y de Dios.


El rayo de Cortázar. Dios metiendo gentecita en nuestro corazón para que nunca más volvamos a estar solos. 


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