martes, 21 de noviembre de 2017

El primer día en el cielo

Yo sé que es un absurdo hablar de un primer día en el cielo como si fuera un primer día de escuela. Yo sé que es una realidad fuera del tiempo donde no cabe un primero o un último y que los conceptos de nuevo o viejo no son aplicables, o por lo menos no lo son en la forma en que los conocemos. Sin embargo sé que Dios nos anticipa su cielo en nuestra vida cotidiana, especialmente en el amor que, como enseña San Pablo a los Corintios, es la única realidad que no pasará. Pasará la profecía, pasará la ciencia, pasará la fe, pero el amor no pasará jamás. Es decir, el amor es la sustancia de la vida eterna y como una ventanilla, ya aquí en la tierra, nos permite mirar lo que nos espera. Y el amor no es abstracto, se nos hace muy concreto en las personas que nos quieren y queremos, de ahí que nuestra vida diaria, en cualquier espacio donde amemos o nos amen, se convierte en un anticipo de lo que será algún día.

En ese contexto, el amor familiar tiene mucho que enseñarnos. En mi caso es el amor paternal, la relación amorosa con mis hijos, lo que viene dándome luces desde hace algún tiempo.

Debo confesar que, muy secretamente o no tanto, siempre me cayó mal eso de los niños pequeños en la Iglesia. Corretean, juegan, no guardan silencio, interrumpen a los que rezan. Quieren tocarlo todo. Abren las puertas, miran con extrañeza a los que están concentrados. Patalean, lloran. Suben y bajan por las escaleras. Siempre hay uno que quiere subir al altar y detrás de él un papá en carrera para evitarlo. Aplauden y cantan a destiempo. En fin, un desastre por donde se lo mire.

Hasta que me tocó estar del otro lado. Del lado de los papás que incomodan y corretean detrás de sus niños. Y debo decir que observándolos, y ayudado por lo mucho que quiero a los míos, puedo ver en su comportamiento algo de lo que, creo, sería algo así como un primer día en el cielo.

Cuando Jesús trató de explicar a sus discípulos como era el cielo, en alguna ocasión, uso la figura de una casa: “en la casa de mi Padre hay muchas moradas, voy a preparar un lugar para vosotros”. Si el cielo es la Casa donde Dios nos va a recibir para su banquete, pues las Iglesias son su umbral. Son la antesala, el lugar previo. Es el recibidor. Son ya la Casa de Dios que ha puesto su cimiento en nuestra tierra. Y lo son por quien habita en ellas: nada más, y nada menos, que Dios mismo. La Casa de Dios es donde Dios habita, en este siglo o en el otro.

En ese umbral corren los niños con libertad. Con novedad miran un mundo nuevo y tratan de abarcarlo todo, sin el control que tenemos los adultos. Me gusta imaginar a Dios divertido mirándolos moverse de un lado a otro. No me queda otra opción que imaginarlo divertido, sería bueno puntualizar. Dios no es como nosotros eso lo tengo claro, Él nos mira con amor infinito y le gusta que lo visitemos. Si le gustan nuestras visitas de adulto, con nuestra carga de problemas y preocupaciones, con nuestros modos y formas anticuadas,  ¿cómo no van a gustarle las visitas espontáneas y sinceras de los niños?

Me gusta que Juan Pablo recorra libre la Casa de Dios, de preferencia no durante la misa. Me gusta que Nicolás descanse en este umbral de su nueva casa. Me gusta imaginar que Dios nos mira a todos con la misma paciencia y se divierte viéndonos corretear en su umbral. A padres e hijos, aunque más acertado sería decir a padres detrás de sus hijos.

Mientras persigo, aunque acompaño me gusta más, a mis hijos durante sus carreras y juegos en la Iglesia, mientras conocen y empiezan a relacionarse con Dios de la forma lúdica en que pueden hacerlo por ahora, pienso en que así sería un primer día en la casa de Dios: por fin más allá del umbral, corriendo como niños libres y espontáneos por todas las estancias, descubriendo este mundo nuevo que se nos ofrece sin velos.  Saludando alborozados a los que no veíamos hace tiempo, al fin con un Padre que nos cuide y una Madre que nos consuele, así como en las Iglesias los papás y las mamás hacen cuando un niño llora.

Y detrás de ellos va tomando fuerza esta imagen para mí. Me doy cuenta que soy testigo de algo muy bueno y que en el amor de padre Dios va hablándome al corazón. Mientras correteo repito alegremente, para mi, algo del Salmo 84:

«Vale más un día en tus atrios
que mil en otra parte;
yo prefiero el umbral de la Casa de mi Dios
antes que vivir entre malvados

Y es la pura verdad.


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