Este es un post acerca de varias cosas, pero en
especial sobre algunas que he pensado sobre el lenguaje que utilizamos a lo
largo de la vida y que sería muy valioso resumir, por lo menos para mí. Las
palabras, sus distintas acepciones, sus tonos, el mundo de comparables que
abarcan, el vínculo que constituyen entre las personas, el uso y abuso que les
damos, la catarsis que necesariamente involucran,
la entrada a las maravillas que se dan en lo cotidiano de la vida. El lenguaje bordea el misterio, lo circunscribe,
lo perfila, y de un modo, casi mágico me gusta pensar, lo hace presente.
Desde que mi hijo mayor Juan Pablo, de ya casi dos
años, empezó a hablar se ha abierto un canal nuevo entre ambos. Puerta, le diré
en adelante. Una puerta de dos vías, valdría recalcar. Por una parte ha
significado su entrada al mundo de los adultos. Creo que cuando un niño empieza
a hablar se relaciona con los demás de una forma distinta, se acelera su proceso
de aprendizaje porque se abre un “ductus” directo entre los que “sabemos cómo
funciona el mundo” y los que no; empezamos a entendernos porque convenimos los
mismos signos y somos capaces de transmitir el “paquete cultural” que en algún
momento también recibimos. La palabra se convierte así en un nexo
intergeneracional. Por otra parte, y la de mayor profundidad creo yo, esta
puerta es nuestra entrada al mundo tan enriquecedor de los niños. Es a través
del lenguaje que he empezado a descubrir con algo más de claridad quien es mi
hijo, cómo reacciona ante la realidad, como se atisba su carácter. Y es través
de las palabras que él empieza a nombrar su mundo interior y lo hace capaz de
compartirlo con nosotros. Es una puerta pequeña, en ese sentido, ya que exige
disminuir nuestro tamaño para entrar. Es necesario adaptar nuestros códigos,
comprender el ritmo en que se dan las cosas de ese lado, y escuchar. Escuchar
desde quien es el otro y no desde lo que preconcibo habitualmente. Enseñar a
nombrar lo que ocurre dentro es lo que implica ser papá de un ser humano.
Desde que nació Nicolás, mi hijo menor, Juan Pablo
duerme conmigo. De mi lado de la cama quiero decir. Hasta ahora, y por lo
general, no duerme de corrido toda la noche y se le hacen necesarias un par de
“paradas técnicas” que los padres bien conocemos. Hace dos noches despertó
llorando. Normalmente lo calmo y seguimos durmiendo, pero, con esta puerta
abierta del lenguaje, hice lo obvio: le pregunté y me contestó.
– Porque lloras?
– Me cayó agua encima. Y Spider-man se cayó.
Todo esto entre lágrimas. Lo toqué a ver si no se
había orinado, es la interpretación más lógica al agua que mencionaba. Luego de
eso me dio como un rayo: ¡Una pesadilla! No recuerdo cuando fue la última vez
que lidié con una de estas. Lo más fresco es el recuerdo de haberme despertado
llorando alguna noche porque soñé que algo le había pasado a mis papás.
Recuerdo a mi mamá consolándome hasta que volví a dormirme. Debo haber tenido
unos diez años. Pero tan ajenos me son estos malos sueños que no entendí que
era eso hasta después de unos momentos. Agrego en mi favor, que la somnolencia
de la madrugada bien puede ser, en parte, culpable de esta lentitud.
Lo desperté bien, lo calmé, le hice ver que en
realidad no había pasado nada, que no estaba mojado y que si Spider-man se cae
lanza su tela de araña o se pega en alguna pared y que de eso no iba a pasar.
Pero fue el lenguaje el vehículo entre mi pregunta y su respuesta. Más adentro,
entre su temor y la luz que pueda yo darle. Dos vías, en la que él fue
mostrándome su mundo interior a partir de la convención de fonemas y en la que
yo pude ayudarle a comprender mejor la realidad. Tenemos un concepto nuevo de
pesadilla, aunque la palabra será difícil de pronunciar.
El lenguaje es el conjunto de signos que utilizamos
para comunicarnos. No son solo las palabras, por lo que no solo se reduce al
lenguaje oral o escrito. Esto lo entendí cuando alguna vez conocí una comunidad
de sordomudos: los signos que utilizan no necesariamente deletrean palabras,
muchos son expresiones complejas en sí mismas. Recuerdo que en aquella ocasión
comprendí que si en el lenguaje oral o escrito expresamos belleza a través del
canto o la poesía, respectivamente, en el lenguaje de señas la belleza puede
expresarse en la armonía de los movimientos, sea de los mismos signos, o del
lenguaje corporal que acompaña el signo, como la danza.
Pero son las palabras las que cotidianamente nos
abren la puerta de los corazones. Como aquel vocablo mágico que en uno de los
relatos de las mil y una noches abre para quien lo pronuncia la cueva secreta llena
de magníficos tesoros.
La palabra viene a cumplir ese deseo que tenemos de
poner nombre a las cosas. Nombramos lo que vemos en el mundo exterior, y
ponemos nombre también a las experiencias interiores que vivimos. Luego somos
capaces de expresar en estas categorías lo que tenemos dentro. Y aunque la
palabra no agota totalmente lo que vivimos nos permite compartir lo que somos
con los otros de manera convencional. Esto se hace a través de mil signos, pero
en nuestra cultura, el medio privilegiado es la palabra.
Esto lo entendió el apóstol Juan quien en el
prólogo de su evangelio hace una rica equivalencia entre Cristo – Logos –
Palabra, y que san Agustín, tan bellamente, nos permite comprender siglos
después. Juan, el bautista, era la voz, mientras que Cristo es la Palabra. La
voz es el vehículo que lleva la Palabra, y como vehículo es secundario, es por
eso conveniente que la figura del bautista mengue. Cuando hablamos la voz es la
que transmite lo que con la palabra hemos nombrado en nuestro interior. La voz
desaparece, pero la palabra, aunque más precisamente habría que decir la idea
que nombra la palabra, viaja del corazón del emisor al del receptor y se queda
dentro de los dos. Lo que uno ha logrado nombrar dentro de sí ahora es una
categoría compartida entre dos. Si me permiten decirlo, esta es la base de la
amistad y del amor.
Decimos que Cristo es la Palabra del Padre porque
es lo que el Padre dice de sí mismo. Porque Dios no “habla” como lo hacemos
nosotros. Se entrega totalmente, y esa entrega es su lenguaje. Su mejor Palabra
es su Hijo que revela lo que hay dentro de sí. Esta Palabra nos transmite lo
más profundo y hermoso del corazón de Dios. Y no desaparece, se queda con
nosotros todos los días hasta el fin del mundo.
Por último, me parece muy gracioso como en las
familias destrozamos el lenguaje. Digo destrozamos porque en el día a día vamos
dando nuevos significados, muy nuestros, a lo que decimos. En realidad no lo
destrozamos sino que lo enriquecemos con la vida misma. El lenguaje no es
estático, más bien se nutre de la experiencia vital de quienes lo usan. Y el
núcleo de la vida se da en las familias. ¿En que otro ámbito social se crean
tantas convenciones nuevas para lo que vamos nombrando en común? ¿En que otro
espacio se vive tanto como para destrozar el lenguaje y darle un sentido
completamente diferente?
Tengo en el corazón muchas expresiones que solo
tienen sentido para los que crecimos juntos en mi casa. Y ahora, como padre,
voy guardando en el corazón toda esta experiencia de nuevas personas que
enriquecen con sus balbuceos y ocurrencias la vida que, en mi opinión, ya he
aprendido a vivir.
Gracias a ellos, esa palabra, “papito” tiene todo un nuevo significado. Incluso como para
decírsela a Dios.
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