martes, 13 de marzo de 2018

Con palabras


Este es un post acerca de varias cosas, pero en especial sobre algunas que he pensado sobre el lenguaje que utilizamos a lo largo de la vida y que sería muy valioso resumir, por lo menos para mí. Las palabras, sus distintas acepciones, sus tonos, el mundo de comparables que abarcan, el vínculo que constituyen entre las personas, el uso y abuso que les damos,  la catarsis que necesariamente involucran, la entrada a las maravillas que se dan en lo cotidiano de la vida.  El lenguaje bordea el misterio, lo circunscribe, lo perfila, y de un modo, casi mágico me gusta pensar, lo hace presente.

Desde que mi hijo mayor Juan Pablo, de ya casi dos años, empezó a hablar se ha abierto un canal nuevo entre ambos. Puerta, le diré en adelante. Una puerta de dos vías, valdría recalcar. Por una parte ha significado su entrada al mundo de los adultos. Creo que cuando un niño empieza a hablar se relaciona con los demás de una forma distinta, se acelera su proceso de aprendizaje porque se abre un “ductus” directo entre los que “sabemos cómo funciona el mundo” y los que no; empezamos a entendernos porque convenimos los mismos signos y somos capaces de transmitir el “paquete cultural” que en algún momento también recibimos. La palabra se convierte así en un nexo intergeneracional. Por otra parte, y la de mayor profundidad creo yo, esta puerta es nuestra entrada al mundo tan enriquecedor de los niños. Es a través del lenguaje que he empezado a descubrir con algo más de claridad quien es mi hijo, cómo reacciona ante la realidad, como se atisba su carácter. Y es través de las palabras que él empieza a nombrar su mundo interior y lo hace capaz de compartirlo con nosotros. Es una puerta pequeña, en ese sentido, ya que exige disminuir nuestro tamaño para entrar. Es necesario adaptar nuestros códigos, comprender el ritmo en que se dan las cosas de ese lado, y escuchar. Escuchar desde quien es el otro y no desde lo que preconcibo habitualmente. Enseñar a nombrar lo que ocurre dentro es lo que implica ser papá de un ser humano.

Desde que nació Nicolás, mi hijo menor, Juan Pablo duerme conmigo. De mi lado de la cama quiero decir. Hasta ahora, y por lo general, no duerme de corrido toda la noche y se le hacen necesarias un par de “paradas técnicas” que los padres bien conocemos. Hace dos noches despertó llorando. Normalmente lo calmo y seguimos durmiendo, pero, con esta puerta abierta del lenguaje, hice lo obvio: le pregunté y me contestó.

– Porque lloras?
– Me cayó agua encima. Y Spider-man se cayó.

Todo esto entre lágrimas. Lo toqué a ver si no se había orinado, es la interpretación más lógica al agua que mencionaba. Luego de eso me dio como un rayo: ¡Una pesadilla! No recuerdo cuando fue la última vez que lidié con una de estas. Lo más fresco es el recuerdo de haberme despertado llorando alguna noche porque soñé que algo le había pasado a mis papás. Recuerdo a mi mamá consolándome hasta que volví a dormirme. Debo haber tenido unos diez años. Pero tan ajenos me son estos malos sueños que no entendí que era eso hasta después de unos momentos. Agrego en mi favor, que la somnolencia de la madrugada bien puede ser, en parte, culpable de esta lentitud.

Lo desperté bien, lo calmé, le hice ver que en realidad no había pasado nada, que no estaba mojado y que si Spider-man se cae lanza su tela de araña o se pega en alguna pared y que de eso no iba a pasar. Pero fue el lenguaje el vehículo entre mi pregunta y su respuesta. Más adentro, entre su temor y la luz que pueda yo darle. Dos vías, en la que él fue mostrándome su mundo interior a partir de la convención de fonemas y en la que yo pude ayudarle a comprender mejor la realidad. Tenemos un concepto nuevo de pesadilla, aunque la palabra será difícil de pronunciar.

El lenguaje es el conjunto de signos que utilizamos para comunicarnos. No son solo las palabras, por lo que no solo se reduce al lenguaje oral o escrito. Esto lo entendí cuando alguna vez conocí una comunidad de sordomudos: los signos que utilizan no necesariamente deletrean palabras, muchos son expresiones complejas en sí mismas. Recuerdo que en aquella ocasión comprendí que si en el lenguaje oral o escrito expresamos belleza a través del canto o la poesía, respectivamente, en el lenguaje de señas la belleza puede expresarse en la armonía de los movimientos, sea de los mismos signos, o del lenguaje corporal que acompaña el signo, como la danza.

Pero son las palabras las que cotidianamente nos abren la puerta de los corazones. Como aquel vocablo mágico que en uno de los relatos de las mil y una noches abre para quien lo pronuncia la cueva secreta llena de magníficos tesoros.

La palabra viene a cumplir ese deseo que tenemos de poner nombre a las cosas. Nombramos lo que vemos en el mundo exterior, y ponemos nombre también a las experiencias interiores que vivimos. Luego somos capaces de expresar en estas categorías lo que tenemos dentro. Y aunque la palabra no agota totalmente lo que vivimos nos permite compartir lo que somos con los otros de manera convencional. Esto se hace a través de mil signos, pero en nuestra cultura, el medio privilegiado es la palabra.

Esto lo entendió el apóstol Juan quien en el prólogo de su evangelio hace una rica equivalencia entre Cristo – Logos – Palabra, y que san Agustín, tan bellamente, nos permite comprender siglos después. Juan, el bautista, era la voz, mientras que Cristo es la Palabra. La voz es el vehículo que lleva la Palabra, y como vehículo es secundario, es por eso conveniente que la figura del bautista mengue. Cuando hablamos la voz es la que transmite lo que con la palabra hemos nombrado en nuestro interior. La voz desaparece, pero la palabra, aunque más precisamente habría que decir la idea que nombra la palabra, viaja del corazón del emisor al del receptor y se queda dentro de los dos. Lo que uno ha logrado nombrar dentro de sí ahora es una categoría compartida entre dos. Si me permiten decirlo, esta es la base de la amistad y del amor.

Decimos que Cristo es la Palabra del Padre porque es lo que el Padre dice de sí mismo. Porque Dios no “habla” como lo hacemos nosotros. Se entrega totalmente, y esa entrega es su lenguaje. Su mejor Palabra es su Hijo que revela lo que hay dentro de sí. Esta Palabra nos transmite lo más profundo y hermoso del corazón de Dios. Y no desaparece, se queda con nosotros todos los días hasta el fin del mundo.

Por último, me parece muy gracioso como en las familias destrozamos el lenguaje. Digo destrozamos porque en el día a día vamos dando nuevos significados, muy nuestros, a lo que decimos. En realidad no lo destrozamos sino que lo enriquecemos con la vida misma. El lenguaje no es estático, más bien se nutre de la experiencia vital de quienes lo usan. Y el núcleo de la vida se da en las familias. ¿En que otro ámbito social se crean tantas convenciones nuevas para lo que vamos nombrando en común? ¿En que otro espacio se vive tanto como para destrozar el lenguaje y darle un sentido completamente diferente?

Tengo en el corazón muchas expresiones que solo tienen sentido para los que crecimos juntos en mi casa. Y ahora, como padre, voy guardando en el corazón toda esta experiencia de nuevas personas que enriquecen con sus balbuceos y ocurrencias la vida que, en mi opinión, ya he aprendido a vivir.

Gracias a ellos, esa palabra, “papito” tiene  todo un nuevo significado. Incluso como para decírsela a Dios.

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