jueves, 12 de febrero de 2015

Solo el amor conoce

Me gustó mucho un videito que vi en las redes sociales estos días. Se los pongo al final del post, pero también se los cuento acá, por si acaso les de pereza darle click.

Una madre y su hija, asumimos,  se graban en su auto haciendo una caracterización de “Love is an open door”, una de las canciones del último éxito de Disney, Frozen. Muy gracioso, el paso del robot me pareció lo mejor. Creo que la ternura de la hija y la complicidad que se percibe entre ambas es lo que me hizo especial este video. Mucha naturalidad y alegría, de esas cosas que refrescan y que aún se encuentran por ahí en medio de tanto negativismo de los medios.

Me quedé pensando en lo libre y espontáneos que podemos ser en ciertas etapas de nuestra vida, sobretodo en la niñez. Son muy frecuentes las expresiones naturales y descomplicadas. Hay mucha intensidad en la forma en la que nos relacionamos con todo lo que nos rodea, y no tenemos la menor intención de expresarlo con recato. Creo que al ir creciendo adoptamos formas que van cortando esa espontaneidad. No es que dejemos de ser quienes somos, pero asumimos roles que encasillan la manera en la que salimos de nosotros mismos y nos relacionamos con los demás.

En algún momento de nuestra vida hacemos este gran descubrimiento: anhelamos volver a lo esencial, hacer de esa inocencia original nuestra forma cotidiana de vida. Por eso es tan popular aquella expresión de Jesús: «El Reino de los Cielos es de aquellos que son como niños». Es algo que queremos para nosotros. Incluso nos pasa en la vida espiritual: en algún punto comprendemos que la mejor actitud interior es la candidez confiada del hijo con su Padre; en mi opinión, éste es uno de esos puntos sin retorno, del cual volver sería de lo más irracional. Y resulta un verdadero desafío la búsqueda de nuestra identidad en la sencillez de nuestra infancia, como buscando en la memoria pistas que nos hagan fresca esa experiencia.

En esa línea pensaba en lo mucho que este video puede aportarnos. Y, para verlo de forma concreta, en lo mucho que puede aportar a Teigan, la joven protagonista del video. Me la imagino dentro de algunos años observando sus expresiones y la soltura con la que ha sido capaz de su espectáculo. Me alegro pensando en lo refrescante que debe ser para ambas, madre e hija, recordar lo intensa de su relación. En ese sentido el video se convierte en testimonio de todo esto.

Pero me gustaría ir más allá. Si bien el video es capaz de guardar todas estas memorias y traerlas al presente cada vez que sea reproducido, creo que toda esta experiencia, de la niñez con su hondo significado, queda guardada de manera especialísima en el corazón de los padres. Creo que ellos son custodios de esta feliz etapa, y lo hacen con el entusiasmo del amor que viven. Pocas cosas serán más importantes para ellos como eso que han ido atesorando tan entrañablemente con el paso de los años.  

Recuerdo algo que alguna vez leí por ahí. Soy un pésimo cronista, así que no recuerdo bien donde o cuando, pero lo que me dijeron es el titulo de este post: solo el amor conoce. Y me pareció algo muy iluminador. Solo quien ama tiene la capacidad de mirar lo esencial en cada cual. Solo quien ama pone en el justo lugar los aspectos negativos de alguien, los vicios y defectos, sin dejarse llevar por el ruido sensible que éstos hacen. Solo quien ama puede valorar rectamente las cualidades del amado, y esta rectitud será siempre la máxima apreciación de la bondad. El que ama conoce realmente porque mira más allá de las apariencias, mira como lo hace Dios. Y ¿qué cosa es el amor, sino mirar a los demás desde la misma mirada enamorada que tiene Dios para nosotros? Tan enamorado está que el relator del génesis no puede más que resumir esa mirada al crearnos en la expresión «y vio Dios que era muy bueno».

El mal es «aparentemente» definitivo. Pero es aparente, no es cierto. Si alcanzáramos a contemplar nuestra totalidad constataríamos que el bien es infinitamente superior. Es por eso que «somos muy buenos», aunque también veamos sombras que admitir.

Creo que los padres son un excelente espejo si queremos atisbar el camino para volver a ser como niños. Por un don misterioso Dios les comparte de su mismo Amor para que nos lo hagan llegar a esta tierra. Es una lástima que en el transcurso de la vida nos alejemos, y perdamos el acceso a esta fuente tan pura de valoración y estima.

En mi experiencia, cuando he querido ahondar en como me mira Dios a mi, pues he encontrado un poquito de luz en el amor que me tienen mis papás. Es muy revelador descubrir el amor que soy capaz de despertar en alguien siendo como soy, pues ese mismo amor es el que soy capaz de despertar en Dios.

Gracias a Dios ha sido así.




lunes, 2 de febrero de 2015

El óbolo de Caronte y el de una pobre viuda en Jerusalén

El óbolo es una moneda de plata usada en tiempos bíblicos que equivalía a la sexta parte de un denario. Un denario correspondía a diez ases romanos, así que en esa moneda cada óbolo ascendía aproximadamente a 1,6. Óbolo es también una contribución, una ofrenda que realiza alguien en pro de un determinado fin. Este tipo de giros en el lenguaje no son infrecuentes: se hace de uso común la aplicación específica de algún término por alguna situación que se vuelve popular. Nos ha pasado con la palabra “talento”, por ejemplo, otra moneda de la antigüedad que nos ha quedado ahora bajo la acepción de habilidad o aptitud.

Este óbolo era muy popular en el mundo antiguo por la particularidad de que era utilizado en los rituales fúnebres de la época. En la cultura griega principalmente, aunque no de manera exclusiva, este óbolo tenía un uso. Los griegos creían que al morir  el hombre era enviado a un mundo distinto a este: el inframundo. En este lugar la bondad o maldad del alma del difunto era sometida a juicio, y dependiendo del veredicto podía ser enviado a alguna de las tres regiones: los Campos Elíseos, el Reino Tártaro o el Hades,  lugares destinados a los héroes, los condenados o la población general, respectivamente. Me disculparán lo sucinto y grosero del resumen, pero me interesa esquematizarlo de manera comparable a nuestra mentalidad cristiana. En otra ocasión podremos tomarnos un café y continuar esta entretenidísima tertulia en torno a los mitos griegos.

El límite entre nuestro mundo y el de los muertos era el río Aqueronte. En sus aguas surcaba nuestro primer personaje: Caronte, el barquero encargado de cruzar a las almas de este mundo al otro. El precio de sus servicios era, precisamente, un óbolo. Por esta razón a los difuntos se los enterraba con una de estas monedas en cada ojo, o uno sola debajo de la lengua. Aquel desgraciado que no tuviese el pago disponible, debía vagar por cien años en las orillas del río sin poder cruzar.

En el fondo, estas tradiciones nos hablan de una preocupación hondamente humana. ¿Qué ocurre con nosotros después de la muerte? ¿Es esta nuestro final, o existe alguna esperanza de continuar siendo? Estas interrogantes no son exclusivas del cristianismo. Ya estaban aquí desde el preciso instante en que el hombre se encontró con el misterio de su propia muerte. Son, por así decirlo, un patrimonio común y doloroso de todos los hijos de Adán.

La idea frente al barquero del Aqueronte era llevar a la otra vida un pago desde la actual como garantía o seguro de admisión. Y era un signo de conciencia de la importancia de este viaje que, más tarde o más temprano, todos tendremos que emprender. No era posible ir sin preparación alguna.

Quiero hablar ahora del otro óbolo. El de la pobre viuda que dejó dos lepta (singular lepton) en el tesoro del templo de Jerusalén. Un lepton es otra moneda antigua de menor denominación; de hecho es la más pequeña que existía en su tiempo. Correspondía a la octava parte de un as romano. Es decir un óbolo corresponde, aproximadamente, a 13,3 lepton. Redondeando. Hagan sus cálculos, yo los espero. Para no dar más vueltas, un lepton era mucho menor que un óbolo.

Estaba Jesús sentado frente a los cepillos donde se recogían las ofrendas para el templo. Observando, como solía hacerlo ante el comportamiento de sus contemporáneos. Pero hay allí una particularidad: quien observaba era el dueño de la ofrenda. Me explico. Las ofrendas para el templo tenían el sentido de ser ofrendas para Dios, siendo Jesús Dios encarnado, era pues, el mismísimo dueño de la ofrenda. Allí estaba Él, observando, viendo con que actitud venían a dejar su ofrenda.

Muchas personas llegaron y dejaron grandes cantidades de monedas. Pero en medio de ellos llegó una viuda, pobre por su aspecto, y depositó sus dos lepta. Jesús llamó a sus discípulos,  muy conmovido imagino yo, y les dijo: «en verdad os digo que esta pobre viuda ha echado más que todos cuantos echan en el tesoro, pues todos echan de lo que les sobra, pero ésta de su indigencia ha echado cuanto tenía para vivir».

El dueño de la ofrenda es Dios, quien es también dueño del mundo futuro que, a tientas, la humanidad ha imaginado. De hecho siendo dueño de todo lo que existe, valora las dos lepta mucho más que otras monedas de mayor denominación. Paradójicamente, con su desprendimiento y olvido de las seguridades de esta vida estaba la viuda, precisamente, asegurando su futuro: su heredad en el otro mundo, en el de la vida eterna.

¡Y a un costo mucho menor del que le hubiera solicitado Caronte! ¡Al costo solo de la caridad, la generosidad y el desprendimiento!

De ese Dios me han hablado a mí. Ese es el Dios que yo he conocido, al menos. No es un barquero asalariado condenado a transportar almas de un lado al otro por toda la eternidad. No. Dios es el dueño absoluto del otro lado, del lugar que nos espera luego de esta vida. Y no nos vende la ciudadanía a un precio fijo o exorbitante. Nos lo da por las monedas más pequeñas que tenemos, siempre que seamos capaces de desprendernos de ellas y confiar en Él.

El paso de este lado al otro debe ser comprado a ese precio. A precio de caridad y generosidad. Al precio de la gracia de un Dios tan bueno que esta preparando ese lugar para nosotros, y para los que queremos.