Si tuviera que resumir en
una palabra qué es ser tu papá, tendría que decir: redención. Redimir es liberar
a alguien de algo que lo oprime, quitarle una culpa de encima. Y tú eres eso
para mí. Eres la oportunidad que Dios me ha dado de reescribir, en un papel muy
similar, la historia que no he sido capaz de escribir conmigo. No me malentiendas.
No quiero decir que trato de formarte a mi imagen. Nada más lejos de lo que
quisiera, por el contrario, te quisiera diametralmente opuesto a mí. Pero me es
muy difícil mirarte y no verme en tus ojitos, en tus preguntas, en tu temperamento.
En tu obstinación por entender algo. En la forma en que reclamas atención.
A veces pienso que Dios no
se esforzó mucho al crearnos. Con todos en general. Usa moldes similares para
que comprendamos, en esta realidad tan repetitiva, lo que de bueno ha hecho en
nosotros. En esta anáfora que es la vida nos pone una y otra vez frente a la
sustancia de lo que somos. Los frutos no caen lejos del árbol, reza un refrán que,
aunque le sobra razón, quisiéramos no fuera tan cierto. Los papás queremos que
los hijos sean fruto de un mejor árbol que el que los engendra.
Pero Dios no lo ha pensado
así. El quiere que el fruto caiga cerca. Que nos parezcamos para que, aún discurro,
nos redimamos. Verte crecer es una ventana a mi corazón en su estado más feliz
y sencillo. Hablarte es hablar conmigo -no en el pasado, eso es imposible- sino
en un lugar de mí donde aún soy como tú. Responder tus preguntas es encontrarle
un uso útil a mi capacidad absurda de acumular información intrascendente. Besarte
y abrazarte a mi antojo, es un placer que, sé, me ha sido concedido por tiempo
limitado.
Para mi eres el hombre herido
en medio del camino que un buen samaritano dejó en mi posada a que lo cuidase
hasta su vuelta porque no puede cuidarse solo. No sabía yo que al cuidarte me
estaría cuidando a mí mismo. Que tus heridas serían las mías y que tendría la ocasión
de curarlas de una forma que me es imposible explicar. Solo sé que cuando te
veo crecer algo en mi sana. Algo se recompone, algo que ni siquiera sabía que
estaba roto vuelve a unirse dentro. Estas cosas no son humanas. Es absurdo
pensar que esto de hacerse padre e hijo no viene de Dios.
Que sabio es este Buen Samaritano
que nos ha mirado con bondad. Te puso a ti, hombre herido sin camino aún, en el
mesón de este otro hombre herido del suyo. Me parece que dijo que me devolvería
lo gastado a su vuelta. ¿Cómo iba a saber yo que la paga sería la afirmación de
todo lo que soy?
Te amo. Eres lo mejor que
tengo. Aquí estoy esperándote. Cuando estés listo. Para abrazarte y enseñarte
lo poco que tu papá ha aprendido.
