miércoles, 24 de marzo de 2021

Dos hombres heridos y un buen samaritano


Desde hace 5 años me digo papá. Tu empezaste a decirlo un poco después, pero desde un 25 de marzo, Viernes Santo, me lo digo yo. No tienes edad para leer esto, y está bien. Tampoco tienes edad para entenderlo, y está bien. Lo escribo para cuando puedas comprenderlo. Muchas lunas y muchos soles pasarán sobre nuestras cabezas hasta ese día.

 

Si tuviera que resumir en una palabra qué es ser tu papá, tendría que decir: redención. Redimir es liberar a alguien de algo que lo oprime, quitarle una culpa de encima. Y tú eres eso para mí. Eres la oportunidad que Dios me ha dado de reescribir, en un papel muy similar, la historia que no he sido capaz de escribir conmigo. No me malentiendas. No quiero decir que trato de formarte a mi imagen. Nada más lejos de lo que quisiera, por el contrario, te quisiera diametralmente opuesto a mí. Pero me es muy difícil mirarte y no verme en tus ojitos, en tus preguntas, en tu temperamento. En tu obstinación por entender algo. En la forma en que reclamas atención.

 

A veces pienso que Dios no se esforzó mucho al crearnos. Con todos en general. Usa moldes similares para que comprendamos, en esta realidad tan repetitiva, lo que de bueno ha hecho en nosotros. En esta anáfora que es la vida nos pone una y otra vez frente a la sustancia de lo que somos. Los frutos no caen lejos del árbol, reza un refrán que, aunque le sobra razón, quisiéramos no fuera tan cierto. Los papás queremos que los hijos sean fruto de un mejor árbol que el que los engendra.

 

Pero Dios no lo ha pensado así. El quiere que el fruto caiga cerca. Que nos parezcamos para que, aún discurro, nos redimamos. Verte crecer es una ventana a mi corazón en su estado más feliz y sencillo. Hablarte es hablar conmigo -no en el pasado, eso es imposible- sino en un lugar de mí donde aún soy como tú. Responder tus preguntas es encontrarle un uso útil a mi capacidad absurda de acumular información intrascendente. Besarte y abrazarte a mi antojo, es un placer que, sé, me ha sido concedido por tiempo limitado.

 

Para mi eres el hombre herido en medio del camino que un buen samaritano dejó en mi posada a que lo cuidase hasta su vuelta porque no puede cuidarse solo. No sabía yo que al cuidarte me estaría cuidando a mí mismo. Que tus heridas serían las mías y que tendría la ocasión de curarlas de una forma que me es imposible explicar. Solo sé que cuando te veo crecer algo en mi sana. Algo se recompone, algo que ni siquiera sabía que estaba roto vuelve a unirse dentro. Estas cosas no son humanas. Es absurdo pensar que esto de hacerse padre e hijo no viene de Dios.

 

Que sabio es este Buen Samaritano que nos ha mirado con bondad. Te puso a ti, hombre herido sin camino aún, en el mesón de este otro hombre herido del suyo. Me parece que dijo que me devolvería lo gastado a su vuelta. ¿Cómo iba a saber yo que la paga sería la afirmación de todo lo que soy?

 

Te amo. Eres lo mejor que tengo. Aquí estoy esperándote. Cuando estés listo. Para abrazarte y enseñarte lo poco que tu papá ha aprendido.


No hay comentarios:

Publicar un comentario