jueves, 29 de enero de 2015

Las dos batallas

En honor al próximo estreno de la nueva película de la Guerra de las Galaxias, quiero comentar algo que siempre me ha llamado la atención. En la saga original, por supuesto, como todo buen seguidor. Es algo que también he podido observar en otra historia que también me agrada mucho: El Señor de los Anillos. Dado lo reciente de las películas sobre el mundo de J.R.R Tolkien, la última historia resultará mucho más contemporánea.

Primera escena. El retorno del Jedi. En el último tramo de la película la Alianza Rebelde asalta la luna de Endor con el fin de destruir un campo de fuerza que protege la nueva Estrella de la Muerte: un arma capaz de destruir un planeta entero, factor que da significativa ventaja al Imperio sobre sus adversarios. El plan es bueno, y avanza bien. Sin embargo, en un punto de la historia, Luke Skywalker, decide que es tiempo de enfrentar su destino: ir en busca de Darth Vader, su padre, y el Emperador Palpatine para ser tentado por el lado oscuro de la Fuerza.

Y esta simbología de la oscuridad resulta interesante. Se hacen evidentes las dos batallas que se llevan a cabo. Una, es la que se libra en el campo de combate. Con armas y efectos especiales. Otra es la que toma forma en el corazón del joven Jedi. Ante Luke se abre la posibilidad de sucumbir ante su propia oscuridad, ante sus propios odios y temores. Todos conocemos la suma importancia de ésta última batalla: de nada serviría que los rebeldes ganen su asalto, si el último Jedi no es capaz de vencer su propia sombras. Ese sería, simplemente, el final de toda rebelión.

Segunda Escena. El retorno del Rey, desenlace de la extraordinaria obra de Tolkien. El Señor oscuro está despertando y se prepara para volver a la guerra. Todos los pueblos libres se preparan para este enfrentamiento. Con Aragorn, último rey de los hombres, y Gandalf, el mago, asumen la defensa de las murallas de Gondor y de toda la Tierra Media. Toda esta impresionante guerra, o su preparación más bien, ocurre mientras en algún lugar de la lúgubre tierra de Mordor, guarida del Señor oscuro, dos inocentes personajes, hobbits les llaman, se adentran hacia las lavas de la Montaña del Destino, corazón y fuente de toda la magia negra de Sauron. Su objetivo es sencillo pero crucial: deben lanzar en estos fuegos un artefacto pequeño, un anillo de poder forjado milenios atrás por el Señor de las sombras en este mismo lugar y que solo podría ser destruido en el punto de su incandescente génesis.

Otra vez las dos batallas: una de dimensiones gigantescas en la que se mueven todos los ejércitos, y otra, que se libra en el corazón de los que avanzan a través de las penumbras. El anillo de poder ejerce una constante tentación sobre los pequeños hobbits y sugiere, durante todo el camino, aliviarlos de su carga, quitar su dolor, volverlos poderosos. Todos nos damos cuenta de que esta última batalla es definitiva: Si los hobbits ceden a la tentación y utilizan el anillo de Sauron, éste lo recuperará y volverá inútil cualquier defensa.

Es en este punto donde se diferencian las dos batallas de las que quería hablar. Una es la batalla externa en la que se combate a un enemigo para evitar su triunfo temporal, para anticipar movimientos, para ganar terreno. La otra, y la que nos pasa desapercibida con mayor frecuencia, es la que se libra en el propio corazón.

La vida cotidiana y el crecimiento personal implican conciencia de ambos ámbitos. No es posible madurar sin avanzar en la vida, pero es también muy cierto que no sirve de mucho conquistar metas temporales si descuidamos lo que ocurre dentro. En nuestro interior se da este mismísimo combate en el que se nos quiere convencer de que el mal es más fuerte, de que el dolor tiene la última palabra, de que la muerte es definitiva. Y es en ese mismo lugar donde debemos descubrir que el bien es más poderoso y que es la respuesta que anhelamos con todo el corazón.

Solo esta certeza, la victoria en este combate interior, puede ser la raíz de aquel árbol bueno que da frutos buenos. Si perdemos esta batalla, cualquier cosa que hagamos no será sino ruido y activismo vacuo. Y eso no es lo que anhelamos, queremos que lo que construyamos en nuestra vida sea fecundo y de muy buen fruto.

¿De que le sirve al hombre ganar el mundo entero, si al hacerlo pierde su alma? Así nos lo diría nuestro buen Señor Jesús.




viernes, 9 de enero de 2015

Desde una cabina en Montmartre

Existen momentos importantes que quedan marcados en la vida de las personas, y dependiendo de quienes son, y las prioridades que tengan, pueden ser muy variados. También es muy cierto que con el paso de los años estos momentos van siendo desplazados, en importancia al menos, por otros. Pero en fin, tenemos recuerdos que están grabados en nuestro corazón en una suerte de mezcla entre orgullo, nostalgia, tristeza o alegría, que habla mucho de quienes somos.

Para muchos serán momentos puntuales: graduarse del colegio o la universidad, ganar algún campeonato deportivo o académico. Para otros será el inicio de alguna etapa en su vida: casarse, ser padres, tíos o abuelos. La experiencia toma forma interiormente cada cierto tiempo y refresca lo que hemos vivido. Es el fin para el que fuimos dotados de memoria; el que recuerda vive dos veces, dicen por ahí, y creo yo que no les falta razón.

Hoy he recordado un momento de esos: una llamada telefónica que hice desde una cabina en París, en una plaza de Montmartre.

Mi papá es militar y por su trabajo, él y a mi mamá, tuvieron la oportunidad de viajar. Entre el 77 y el 79 mis padres vivieron en Europa, en un pequeño puerto alemán llamado Kiel. No tuvieron hijos sino hasta un par de años luego de volver así que asumo, en parte, esto les permitió aprovechar su estadía viajando por los alrededores. Nosotros, mis hermanas y yo, nacimos luego de esa época y crecimos escuchando hablar de “amanecer en Kiel, almorzar en Hamburgo, dormir en Bruselas y volver” como un plan de fin de semana. Entre fotos y relatos se fue creando una expectativa, sobretodo en mí.

En el 2011 tuve la oportunidad de “cruzar el charco”, como se le dice al Atlántico. Madrid, Barcelona y París. Luego el retorno por tierra con coloridas escalas desde la ciudad luz hasta la urbe catalana, lo cual dejo impresos gratos paisajes en mi memoria. Y por ultimo un pequeño paso por la ciudad eterna, Roma. En todo este recorrido tuve muy poco tiempo para comunicarme con mis padres, sobretodo porque ellos no han sido nunca hábiles en el uso del correo electrónico, menos las redes sociales. Con ellos era a la antigua: la llamadita telefónica al fijo de la casa.

En París me hice el espacio. Fui temprano a Sacre Cuore a rezar, y luego busqué una cabina. El sector de Montmartre ya me había enamorado para esos días.Tanta variedad, tanto desenfado. El espíritu de artista, que en ese lugar descubrí que tenía, se sentía en su hábitat.  Los llame y les conté lo que había hecho hasta entonces, en un dialogo que superaba las palabras, las anécdotas y los recorridos. Se ubicaba más bien en el plano de la infancia compartida y las expectativas que los padres acostumbran generar en sus hijos. En algunos casos sé que las expectativas generadas corresponden al éxito económico o profesional, a la continuidad de la familia o al buen nombre que se pueda ganar. Para mi este camino ha sido, relativamente, sencillo. Esas expectativas han sido siempre muy acorde a mis intereses particulares. Una bendición de Dios lo considero.

Fue en esta llamada donde percibí algo que me ha marcado profundamente, algo que quiero para mí. Es la alegría desinteresada y sincera del que se contenta por el otro. Me explico. En esa llamada mis papás estaban profundamente contentos por lo que yo estaba haciendo, con ese orgullo tonto que los papás ganan al ir creciendo sus hijos. Y no es gran cosa. Es un viaje, y después de ése he hecho otros. Pero en la voz de mis padres percibía una alegría real. Tan real como si quienes estuvieran “al otro lado del charco” fueran ellos mismos. Creo que cuando los padres son capaces de enorgullecerse por cosas sencillas, por cosas de esas que concebimos cuando somos niños, hacen de sus hijos personas mucho más libres y felices. Ser fáciles de complacer, es un tesoro de los padres.

Eso es algo que, ahora adulto, valoro mucho. Eso quiero llegar a vivir. Tener un corazón tan desinteresado que se alegre sinceramente por el bien del otro. Es lo contrario de la envidia, que algunos sabios definen como el gozo por el mal ajeno y la tristeza por su bien. Hay un tipo de amor que aprende a salir de si mismo: a sufrir con y a encontrar solaz en los que quiere. Es el culmen del desprendimiento. Creo que así debe ser esto de casarse y formar familia: hacer de varios corazones uno solo, y que latan al compás del mismo son. Al ritmo de ese amor desinteresado que Dios mismo nos tiene. El, definitivamente, es muy fácil de complacer.

¿Vieron como es cierto? Recordando se vuelve a vivir.