Existen
momentos importantes que quedan marcados en la vida de las personas, y
dependiendo de quienes son, y las prioridades que tengan, pueden ser muy
variados. También es muy cierto que con el paso de los años estos momentos van
siendo desplazados, en importancia al menos, por otros. Pero en fin, tenemos recuerdos
que están grabados en nuestro corazón en una suerte de mezcla entre orgullo,
nostalgia, tristeza o alegría, que habla mucho de quienes somos.
Para
muchos serán momentos puntuales: graduarse del colegio o la universidad, ganar
algún campeonato deportivo o académico. Para otros será el inicio de alguna
etapa en su vida: casarse, ser padres, tíos o abuelos. La experiencia toma forma interiormente cada cierto tiempo y refresca lo que hemos vivido. Es el
fin para el que fuimos dotados de memoria; el que recuerda vive dos veces,
dicen por ahí, y creo yo que no les falta razón.
Hoy
he recordado un momento de esos: una llamada telefónica que hice desde una
cabina en París, en una plaza de Montmartre.
Mi
papá es militar y por su trabajo, él y a mi mamá, tuvieron la oportunidad de
viajar. Entre el 77 y el 79 mis padres vivieron en Europa, en un pequeño puerto
alemán llamado Kiel. No tuvieron hijos sino hasta un par de años luego de
volver así que asumo, en parte, esto les permitió aprovechar su estadía
viajando por los alrededores. Nosotros, mis hermanas y yo, nacimos luego de esa
época y crecimos escuchando hablar de “amanecer en Kiel, almorzar en Hamburgo,
dormir en Bruselas y volver” como un plan de fin de semana. Entre fotos y
relatos se fue creando una expectativa, sobretodo en mí.
En
el 2011 tuve la oportunidad de “cruzar el charco”, como se le dice al
Atlántico. Madrid, Barcelona y París. Luego el retorno por tierra con coloridas
escalas desde la ciudad luz hasta la urbe catalana, lo cual dejo impresos gratos paisajes en mi memoria. Y por ultimo un pequeño paso por la
ciudad eterna, Roma. En todo este recorrido tuve muy poco tiempo para
comunicarme con mis padres, sobretodo porque ellos no han sido nunca hábiles en
el uso del correo electrónico, menos las redes sociales. Con ellos era a la antigua: la llamadita
telefónica al fijo de la casa.
En
París me hice el espacio. Fui temprano a Sacre Cuore a rezar, y luego busqué
una cabina. El sector de Montmartre ya me había enamorado para esos días.Tanta
variedad, tanto desenfado. El espíritu de artista, que en ese lugar descubrí
que tenía, se sentía en su hábitat. Los
llame y les conté lo que había hecho hasta entonces, en un dialogo que superaba
las palabras, las anécdotas y los recorridos. Se ubicaba más bien en el plano
de la infancia compartida y las expectativas que los padres acostumbran generar
en sus hijos. En algunos casos sé que las expectativas generadas corresponden
al éxito económico o profesional, a la continuidad de la familia o al buen
nombre que se pueda ganar. Para mi este camino ha sido, relativamente,
sencillo. Esas expectativas han sido siempre muy acorde a mis intereses
particulares. Una bendición de Dios lo considero.
Fue
en esta llamada donde percibí algo que me ha marcado profundamente, algo que
quiero para mí. Es la alegría desinteresada y sincera del que se contenta por
el otro. Me explico. En esa llamada mis papás estaban profundamente contentos
por lo que yo estaba haciendo, con ese orgullo tonto que los papás ganan al ir creciendo sus hijos. Y no es gran cosa. Es un viaje, y después de ése he
hecho otros. Pero en la voz de mis
padres percibía una alegría real. Tan real como si quienes estuvieran “al otro
lado del charco” fueran ellos mismos. Creo que cuando los padres son capaces de
enorgullecerse por cosas sencillas, por cosas de esas que concebimos cuando somos niños, hacen de sus hijos personas
mucho más libres y felices. Ser fáciles de complacer, es un tesoro de los padres.
Eso
es algo que, ahora adulto, valoro mucho. Eso quiero llegar a vivir. Tener un
corazón tan desinteresado que se alegre sinceramente por el bien del otro. Es
lo contrario de la envidia, que algunos sabios definen como el gozo por el mal
ajeno y la tristeza por su bien. Hay un tipo de amor que aprende a salir de si
mismo: a sufrir con y a encontrar solaz en los que quiere. Es el culmen del
desprendimiento. Creo que así debe ser esto de casarse y formar familia: hacer
de varios corazones uno solo, y que latan al compás del mismo son. Al ritmo de ese amor
desinteresado que Dios mismo nos tiene. El, definitivamente, es muy fácil de
complacer.

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