viernes, 9 de enero de 2015

Desde una cabina en Montmartre

Existen momentos importantes que quedan marcados en la vida de las personas, y dependiendo de quienes son, y las prioridades que tengan, pueden ser muy variados. También es muy cierto que con el paso de los años estos momentos van siendo desplazados, en importancia al menos, por otros. Pero en fin, tenemos recuerdos que están grabados en nuestro corazón en una suerte de mezcla entre orgullo, nostalgia, tristeza o alegría, que habla mucho de quienes somos.

Para muchos serán momentos puntuales: graduarse del colegio o la universidad, ganar algún campeonato deportivo o académico. Para otros será el inicio de alguna etapa en su vida: casarse, ser padres, tíos o abuelos. La experiencia toma forma interiormente cada cierto tiempo y refresca lo que hemos vivido. Es el fin para el que fuimos dotados de memoria; el que recuerda vive dos veces, dicen por ahí, y creo yo que no les falta razón.

Hoy he recordado un momento de esos: una llamada telefónica que hice desde una cabina en París, en una plaza de Montmartre.

Mi papá es militar y por su trabajo, él y a mi mamá, tuvieron la oportunidad de viajar. Entre el 77 y el 79 mis padres vivieron en Europa, en un pequeño puerto alemán llamado Kiel. No tuvieron hijos sino hasta un par de años luego de volver así que asumo, en parte, esto les permitió aprovechar su estadía viajando por los alrededores. Nosotros, mis hermanas y yo, nacimos luego de esa época y crecimos escuchando hablar de “amanecer en Kiel, almorzar en Hamburgo, dormir en Bruselas y volver” como un plan de fin de semana. Entre fotos y relatos se fue creando una expectativa, sobretodo en mí.

En el 2011 tuve la oportunidad de “cruzar el charco”, como se le dice al Atlántico. Madrid, Barcelona y París. Luego el retorno por tierra con coloridas escalas desde la ciudad luz hasta la urbe catalana, lo cual dejo impresos gratos paisajes en mi memoria. Y por ultimo un pequeño paso por la ciudad eterna, Roma. En todo este recorrido tuve muy poco tiempo para comunicarme con mis padres, sobretodo porque ellos no han sido nunca hábiles en el uso del correo electrónico, menos las redes sociales. Con ellos era a la antigua: la llamadita telefónica al fijo de la casa.

En París me hice el espacio. Fui temprano a Sacre Cuore a rezar, y luego busqué una cabina. El sector de Montmartre ya me había enamorado para esos días.Tanta variedad, tanto desenfado. El espíritu de artista, que en ese lugar descubrí que tenía, se sentía en su hábitat.  Los llame y les conté lo que había hecho hasta entonces, en un dialogo que superaba las palabras, las anécdotas y los recorridos. Se ubicaba más bien en el plano de la infancia compartida y las expectativas que los padres acostumbran generar en sus hijos. En algunos casos sé que las expectativas generadas corresponden al éxito económico o profesional, a la continuidad de la familia o al buen nombre que se pueda ganar. Para mi este camino ha sido, relativamente, sencillo. Esas expectativas han sido siempre muy acorde a mis intereses particulares. Una bendición de Dios lo considero.

Fue en esta llamada donde percibí algo que me ha marcado profundamente, algo que quiero para mí. Es la alegría desinteresada y sincera del que se contenta por el otro. Me explico. En esa llamada mis papás estaban profundamente contentos por lo que yo estaba haciendo, con ese orgullo tonto que los papás ganan al ir creciendo sus hijos. Y no es gran cosa. Es un viaje, y después de ése he hecho otros. Pero en la voz de mis padres percibía una alegría real. Tan real como si quienes estuvieran “al otro lado del charco” fueran ellos mismos. Creo que cuando los padres son capaces de enorgullecerse por cosas sencillas, por cosas de esas que concebimos cuando somos niños, hacen de sus hijos personas mucho más libres y felices. Ser fáciles de complacer, es un tesoro de los padres.

Eso es algo que, ahora adulto, valoro mucho. Eso quiero llegar a vivir. Tener un corazón tan desinteresado que se alegre sinceramente por el bien del otro. Es lo contrario de la envidia, que algunos sabios definen como el gozo por el mal ajeno y la tristeza por su bien. Hay un tipo de amor que aprende a salir de si mismo: a sufrir con y a encontrar solaz en los que quiere. Es el culmen del desprendimiento. Creo que así debe ser esto de casarse y formar familia: hacer de varios corazones uno solo, y que latan al compás del mismo son. Al ritmo de ese amor desinteresado que Dios mismo nos tiene. El, definitivamente, es muy fácil de complacer.

¿Vieron como es cierto? Recordando se vuelve a vivir.





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