Recién tengo algo de tiempo para escribir. Han sido
un par de semanas intensas desde que nació Juan Pablo, nuestro primogénito. Quienes
han pasado por esto entenderán a que me refiero. Los que no, pero están próximos,
les adelanto que les espera bastante trabajo y una experiencia muy rica que nosotros
aún estamos asimilando.
Juan Pablo nació el viernes santo, 25 de marzo este
año 2016. Los católicos recordamos durante tres días los misterios centrales de
nuestra fe y llamamos triduo pascual al periodo que va del jueves al sábado de
la semana santa. En estos tres días la liturgia de la Iglesia nos conduce desde
la cena compartida por Jesús y sus apóstoles en la tarde del jueves hasta el misterio de su resurrección de entre los muertos en la solemne vigilia pascual del sábado por la noche. La dinámica de esta
vigilia, su lógica y coherencia interna, su potencia educativa, su hermosura
simbólica, es, a mi gusto, una de las cosas más bellas que conozco. Desde que
soy cristiano no me pierdo una, hasta este año.
Varias personas nos han comentado lo bonito de la
fecha. No solo por lo representativo del viernes santo, sino también porque
este año coincidió con el 25 de marzo, fecha en que los cristianos también
recordamos el anuncio del ángel Gabriel a María por corresponder a nueve meses
exactos antes de la navidad, 25 de diciembre. ¿Y qué le anunció el ángel a María?
Que iba a ser mamá y que su hijo, Jesús, sería un salvador para todos los
hombres. El mismo Jesús cuya muerte y resurrección recordamos en el triduo. Es como
el inicio y el final del mismo asunto, todo en el mismo día. Algo así.
Que Juan Pablo nos haya llegado en el corazón de
este triduo me ha hecho comprender el tipo de vida para la que ha nacido. En
el transcurso del viernes iba yo tomando conciencia de lo que ocurría: el grano de
trigo estaba cayendo en tierra, siendo molido por nuestras culpas, tomando
sobre sí nuestra injusticia, muriendo para darnos el mejor fruto al que podemos
aspirar. Este grano de trigo que muere fructifica en una hermosa nueva vida
abundante donde el mal no es definitivo, donde la luz vence siempre a las
tinieblas. Una vida donde la muerte no tiene la palabra final. Es un mundo diferente
porque Cristo ha hecho nuevas todas las cosas desde su pasión hasta la bella
realidad del sepulcro vacío.
El Papa Benedicto XVI enseñaba que con la muerte y
resurrección de Jesús los cielos, que antes estaban cerrados por el pecado del
hombre, ahora están abiertos de par en par. Me gusta pensar que el mundo al que
ha venido mi hijo es un mundo que tiene abiertas las puertas del cielo para él.
De par en par. Me llena de esperanza saber que el mismo Dios que lo ha llamado
a la vida ha venido a la tierra a buscarlo. Me conmueve captar cuanto amor este
Dios le ha mostrado como para entregar a su Hijo único a fin de que tenga vida
eterna. Y al ver todo esto para él, lo he recordado para mí también en una especie
de pedagogía que toma ahora una forma y rostros nuevos.
Me gusta ser cristiano y toda la visión positiva
que implica. No es, como muchos pueden pensar, un camino lúgubre de prohibiciones y mandamientos. Es más bien la certeza de una última esperanza que lo sostiene todo, y ésta es que Dios es Amor y nos ha mirado a cada uno con ternura. Las promesas que esperamos los creyentes son exactamente las que mi corazón
anhela. Ese es el horizonte que quiero poner frente a mi familia.
Ahora que los
cielos están abiertos es necesario entrar por “la puerta de los sacramentos”,
como llama el Catecismo de la Iglesia Católica al bautismo. Así que nos empezamos a preparar.
Es la puerta de entrada a la vida nueva de la que
venimos hablando.
Les iremos contando.
