lunes, 4 de abril de 2016

¡Alégrate María!



Reina del cielo, alégrate, aleluya, 
porque el Señor, 
a quien llevaste en tu seno, aleluya, 
ha resucitado según su palabra, aleluya.


Junto a Ella… 

Esperando y en silencio. El mundo entero estaba a oscuras y solo allí sobrevivía la luz. Pero no era en modo alguno luz tenue, sino intensa. No era tímida, sino firme. No era leve, sino lumbre que ardía con sencillez. Aunque pareciera ser pequeña era capaz de iluminar todo el orbe. Y más aún, brillaba humilde y clara, capaz de iluminar el corazón más escondido. Más ahora parece estar oculta, como permitiendo que el mundo conozca la tiniebla y le tema. Pero la oscura noche está avanzando y ésta luz no cesa de brillar, más bien se va afirmando hermosa e intensamente. Esperando…

Y Él llegó…

Sereno y apacible, sencillo y vencedor, profundo y misterioso. Como quien comprende todos los secretos porque son suyos; como quien lo ha cumplido todo; como quien no tiene atadura sobre sí. Luz más clara y más intensa. Definitivamente más hermosa. Aunque no tanto. Eran más bien una sola luz separadas por la muerte, pero que al brillar juntas nuevamente volvían a ser una. Alegría sin par: la de la Madre que aguardaba paciente el retorno de su Hijo; y la del Hijo que volvía de la muerte a consolar a su Madre. El corazón que más ha amado es el que más paga, es el que más sufre, pero también es el que más gana. Su alegría no tiene par y la nuestra busca ser reflejo de la suya. ¡Alégrate María! ¡Porque el Señor a quien llevaste en tu seno y acompañaste en la cruz ha resucitado según su palabra para bien nuestro! ¡Y para alegría tuya! La alegría de la Madre que recupera a su Hijo luego de haberlo entregado en el altar del Gólgota para nuestra reconciliación. En esta noche realmente todo se ha cumplido. Esta es la noche de los tiempos, aquella de la que estaba escrito: “Será la noche clara como el día, la noche iluminada por mi gozo”. Esta es la noche del amor, la noche en que, desde el abismo de la muerte, regresa el Hijo trayendo en brazos al esclavo rescatado. ¡Reina del Cielo, alégrate, Aleluya! Alégrate por Cristo y alégrate por mí. ¿De qué nos serviría haber nacido si no hubiéramos sido rescatados? ¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor! ¡Y una Madre como Tú! Esperando junto a ti en estos días de tiniebla, he aprendido a mirar profundamente, a comprender y amar la cruz. He aprendido a esperar, con paciencia activa y fortaleza. Y he aprendido a alegrarme al descubrir cuán alegre está hoy tu corazón. Como el hombre que encuentra su oveja o la mujer que recupera su dracma. En tu corazón me alegro yo y descubro la mirada del Señor: Luminosa y Apacible, Sencilla y Compasiva, Profunda y Misteriosa. Nos mira al corazón y tenemos la certeza de que nos conoce, de que ha vencido al enemigo antiguo porque me ama y porque me quiere libre para responder a su Plan. Por mi ha vencido Él a las tinieblas del pecado y por mi lo hace cada vez. Por mi Él ha resucitado. ¡Alégrate María! ¡Alégrate por Cristo y alégrate por mí! 


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