Las mamás están en un nivel distinto de belleza.
Uno que no se mide en centímetros o curvaturas. Sencillamente es un plano
diferente. Quien recuerde la sonrisa de su madre, sabe de qué estoy hablando.
Es algo que se mide, si es que cabe la palabra medir para este uso, en términos
de bondad y cariño. Las mamás son como un resumen y reflejo de lo que como
especie somos, o deberíamos ser. En sus miradas y caricias, en sus juegos, la
humanidad entera se reivindica. En el corazón materno pareciera que los seres
humanos somos más buenos de lo que habitualmente parecemos, en conjunto. Por decirlo de algún modo: las mamás nos mejoran en promedio.
Cuando somos hijos nuestra mamá ya está hecha. La conocemos
hecha mamá: ya tiene un corazón grande, ya se desvela por nosotros, su corazón
ya late con el nuestro como si fuera uno. Ya la encontramos en ese plano
distinto de belleza que nos es tan querido. Desde que tengo uso de razón mi
mamá es una mamá, con todo lo que eso implica.
Pero en los pocos meses que tengo de casado me ha
tocado ver, en primera fila, como es que mi esposa se va haciendo mamá. Porque
yo la conozco desde hace tiempo y, aunque es muy buena persona, pues mamá no
era. No en ese nivel distinto. Me tocó verla desde el caminar nervioso y el
llanto enternecido con su prueba de embarazo en mano. La he visto emocionada
arreglándose para cada ecografía, aunque seamos nosotros quienes vamos a ver a
Juan Pablo y no él a nosotros. La vi con los mareos de sus primeros meses, la
acompaño ahora con el peso que carga y las molestias musculares. La he visto
llorar sin razón. La estoy viendo enamorarse de su hijo.
Creo que Dios va haciendo a las mamás para la
misión que tienen. Esa misión de olvidarse de ellas mismas y ser para otros. Desde
el embarazo hay una dinámica de dolor que va haciendo más grande el corazón de
las mamás, y sobre la cual aparece, de manera sencilla, una alegría profunda
que sobrepasa las molestias y fructifica en un amor sincero por el hijo que
lleva dentro. Por ese niño que aún no ve, pero que siente suyo todo el tiempo, como
parte de ella misma. Esa expresión del “amor entrañable” cobra mucho más
sentido: es un amor que brota desde las entrañas. Como el de Dios, como el de
las mamás.
Es algo que los papás poco entendemos. Nosotros
hacemos cálculos, proyectamos y planificamos. Para eso somos buenos. Pero ese
misterio que duerme en nuestra misma cama, nos despierta de las ilusiones
temporales y nos pone en el mismo plano en el que ella está viviendo, para
nuestro bien.
-
¡Rápido!
¡Pon la mano! ¡Apúrate! ¡Se va a mover, se va a mover!
Y se mueve. Haciendo juegos para el papá también.

Gracias por compartir tu experiencia, Manuel.
ResponderEliminarAlgo parecido vamos viviendo con mi esposa, y también me resulta tan maravilloso y a veces un poco incomprensible el milagro que ella porta en su vientre. Solo una cosa he podido hacer que ella no: darles besos y hablarles muy de cerca a las bebés.
Ya iremos compartiendo más experiencias de ser padres.
Dios bendiga a todas las mamás, que siempre las tenga muy cerca de su corazón.
Un abrazo fraterno y nuestras oraciones.
Que bueno lucho... esas experiencias son para atesorar y compartir... Creo que en este tiempo hace mucha falta de eso...
ResponderEliminar