sábado, 13 de abril de 2013

Del tesoro de la Iglesia

Mi alma te ansía de noche,
mi espíritu en mi interior madruga por ti.
(Is 26, 9)


No sé si es un mal hábito. A veces pareciera que si. El fin de semana, espacio que tenemos para descansar y dormir un poco más, me despierto más temprano que los días ordinarios. Y cuando estoy a punto de volver a conciliar el sueño, en libre ejercicio de mi derecho a dormir más, me viene a la mente un pasaje de Isaías que alguna vez leí por ahí: “mi espíritu en mi interior madruga por ti”.

Y así, en la mañana, como la cierva que anda en busca de corrientes de agua salgo yo también a buscar a Dios en el lugar donde he aprendido a encontrarlo: La Iglesia.

Misa de sábado temprano. Es un muy bonito espacio. Sin apuros, con poca gente. El mundo aún no empieza su frenesí. Terminamos y me quedo rezando un rato. Sentado, pensando, muy quieto. Contemplando el sagrario, como me lo han enseñado quienes me hablaron de Dios.

De pronto ocurre lo que fui a buscar. Dios deja su cielo y se acerca. No se ha quedado dormido. Está aquí, con nosotros.

Un señor cualquiera, un ministro, un padre de familia, un trabajador, que sé yo, toma una llavecita que se encuentra junto al sagrario y lo abre, tornando el ambiente silente de la Iglesia en un espacio sagrado, de mucho mayor recogimiento. Por alguna razón el corazón se hace pequeño. Este señor abre el sagrario para tomar el copón de las hostias y darle la comunión a una señora, cualquiera también, que ha llegado tarde a la misa. No sé las razones de su retraso, pero está allí pidiendo que a ella también se le dé la eucaristía.

Y viendo esa escena se vuelve claro lo que esta pasando: Un señor cualquiera, sin ningún mérito propio, toma la llave y abre el tesoro de la iglesia, abre el mismo costado de Cristo y empieza a repartir, como si fueran suyos, los dones que Dios ha dejado para nosotros. Los reparte a cualquiera. Generosamente.

Miro hacia la esquina del templo y veo a otro señor con una estola morada en su cuello perdonando los pecados a cualquiera que se acerque a pedírselo en el confesionario. En las sillas de adelante unas señoras abren las sagradas escrituras y empiezan a entregar de ese tesoro a unos niños que han ido a escuchar de Dios en su catequesis.

Y yo, que soy más cualquiera aún si es posible, estoy sentado ahí contemplando todo esto. Observando como Cristo se acerca hasta mi puesto y me alcanza su costado para que tome yo también del tesoro de su Iglesia: Tomad y bebed todos de él.

Y eso somos. O, por lo menos, eso debemos ser. Custodios y administradores de estos preciosos dones. Como buenos hijos pródigos debemos pedir a nuestro Padre Bueno la parte de la herencia que nos corresponde para ir a derrocharla con cualquiera en el camino. Es un tesoro que sacia el corazón, de verdad. Es la luz, que en medio de tanta oscuridad, todos andan buscando.

Repartir este tesoro por todos los senderos. Derrocharlo generosamente. Y cuando lo hayamos gastado todo, estemos vacíos del mundo, hambrientos y sedientos de Dios, recordemos que nuestro Padre nos espera en la mitad del camino hacia su casa para recibirnos con el abrazo que, en Cristo, ha preparado para nosotros, sus hijos.

En el abrazo que nos extiende su buena Iglesia.

Solo tenemos que volver.