martes, 5 de abril de 2016

Mi Triduo Pascual

Recién tengo algo de tiempo para escribir. Han sido un par de semanas intensas desde que nació Juan Pablo, nuestro primogénito. Quienes han pasado por esto entenderán a que me refiero. Los que no, pero están próximos, les adelanto que les espera bastante trabajo y una experiencia muy rica que nosotros aún estamos asimilando.

Juan Pablo nació el viernes santo, 25 de marzo este año 2016. Los católicos recordamos durante tres días los misterios centrales de nuestra fe y llamamos triduo pascual al periodo que va del jueves al sábado de la semana santa. En estos tres días la liturgia de la Iglesia nos conduce desde la cena compartida por Jesús y sus apóstoles en la tarde del jueves hasta el misterio de su resurrección de entre los muertos en la solemne vigilia pascual del sábado por la noche. La dinámica de esta vigilia, su lógica y coherencia interna, su potencia educativa, su hermosura simbólica, es, a mi gusto, una de las cosas más bellas que conozco. Desde que soy cristiano no me pierdo una, hasta este año.

Varias personas nos han comentado lo bonito de la fecha. No solo por lo representativo del viernes santo, sino también porque este año coincidió con el 25 de marzo, fecha en que los cristianos también recordamos el anuncio del ángel Gabriel a María por corresponder a nueve meses exactos antes de la navidad, 25 de diciembre. ¿Y qué le anunció el ángel a María? Que iba a ser mamá y que su hijo, Jesús, sería un salvador para todos los hombres. El mismo Jesús cuya muerte y resurrección recordamos en el triduo. Es como el inicio y el final del mismo asunto, todo en el mismo día. Algo así.

Que Juan Pablo nos haya llegado en el corazón de este triduo me ha hecho comprender el tipo de vida para la que ha nacido. En el transcurso del viernes iba yo tomando conciencia de lo que ocurría: el grano de trigo estaba cayendo en tierra, siendo molido por nuestras culpas, tomando sobre sí nuestra injusticia, muriendo para darnos el mejor fruto al que podemos aspirar. Este grano de trigo que muere fructifica en una hermosa nueva vida abundante donde el mal no es definitivo, donde la luz vence siempre a las tinieblas. Una vida donde la muerte no tiene la palabra final. Es un mundo diferente porque Cristo ha hecho nuevas todas las cosas desde su pasión hasta la bella realidad del sepulcro vacío.

El Papa Benedicto XVI enseñaba que con la muerte y resurrección de Jesús los cielos, que antes estaban cerrados por el pecado del hombre, ahora están abiertos de par en par. Me gusta pensar que el mundo al que ha venido mi hijo es un mundo que tiene abiertas las puertas del cielo para él. De par en par. Me llena de esperanza saber que el mismo Dios que lo ha llamado a la vida ha venido a la tierra a buscarlo. Me conmueve captar cuanto amor este Dios le ha mostrado como para entregar a su Hijo único a fin de que tenga vida eterna. Y al ver todo esto para él, lo he recordado para mí también en una especie de pedagogía que toma ahora una forma y rostros nuevos.

Me gusta ser cristiano y toda la visión positiva que implica. No es, como muchos pueden pensar, un camino lúgubre de prohibiciones y mandamientos. Es más bien la certeza de una última esperanza que lo sostiene todo, y ésta es que Dios es Amor y nos ha mirado a cada uno con ternura.  Las promesas que esperamos los creyentes son exactamente las que mi corazón anhela. Ese es el horizonte que quiero poner frente a mi familia. 

Ahora que los cielos están abiertos es necesario entrar por “la puerta de los sacramentos”, como llama el Catecismo de la Iglesia Católica al bautismo. Así que nos empezamos a preparar.

Es la puerta de entrada a la vida nueva de la que venimos hablando.

Les iremos contando.

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