jueves, 17 de agosto de 2017

Ven

«Entonces Pedro le respondió: “Señor, si eres tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua”.
“Ven”, le dijo Jesús. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua en dirección a él».

Mt 14,28-29

Juan Pablo está en la edad en que repite todo: lo que le decimos que repita y lo que le decimos que no repita, también. Repite partecitas de canciones, y ciertas palabras de las oraciones que hacemos con él. Repite lo que llega a sus oídos ahora y cosas que nos ha escuchado tiempo atrás y que nunca pensé que recordaría. Habla y habla, muy a su manera, desde que su día empieza hasta que termina.

En las noches, antes de dormir, quisimos empezar a leerle cuentos. Después de un par de noches contando cuentos varios terminamos con un libro de historias bíblicas para niños. La verdad, para mí el asunto es sencillo: no he encontrado mejores historias que las que he leído en la Biblia, así que, tarde o temprano, ese barco iba a terminar en ese puerto. Bueno, este libro es de rompecabezas y para cada pasaje tiene un resumen en lenguaje sencillo.

De manera casual, o no tanto porque el libro de rompecabezas que tenemos en casa fue un regalo que le hice a mi esposa algunos años antes de casarnos, el primer relato es el de Jesús caminando sobre el mar. Y digo que no es tan casual porque es un pasaje que a mí me ha enseñado mucho. En el encuentro que tienen Jesús y Pedro sobre el lago de Genesaret se da una dinámica que, podría decir yo, es la radiografía de mi itinerario espiritual.

Es algo así. Jesús se queda rezando en el monte y manda a sus discípulos por delante en una barca a cruzar el lago. Luego de un buen tramo las olas empiezan a sacudir la barca porque el viento era contrario. Dice San Agustín que cada quien tiene su tempestad en la pasión que lo domina, y creo yo que por ahí va el origen de mis propias tempestades. El viento contrario es esa facilidad para el mal, o lentitud para el bien que al final es lo mismo, que existe en nuestro corazón. La  vida cristiana es esta travesía de hacer el bien, de cruzar de una costa de la vida a la otra haciendo el bien. Quien, honestamente, se ha propuesto hacer este viaje sabe muy bien que el viento es contrario.

En medio de la tormenta, que bien puede ser cualquiera de las nuestras, Pedro escucha una voz familiar que le habla: «Animo. No tengas miedo. Soy Yo». Y Pedro, comprendiendo quien lo llama, responde: «Señor, si eres Tú mándame ir a tu encuentro sobre el mar». La dulce voz en la tormenta le responde: «Ven». Pedro baja de la barca. Avanza unos pasos sobre el mar y, viendo la violencia del viento, se asusta y empieza a hundirse, con tanto acierto que alcanza a pedir a Jesús que lo salve. Jesús lo toma de la mano y lo saca del agua. Ambos caminan de la mano hasta la barca y la tempestad se calma por completo. Lo de caminar de la mano es como imagino yo la escena.

Caminar sobre el mar significa vencer lo que es frágil. Pocas cosas son menos sólidas que el agua, y es ahí donde Jesús nos enseña realmente quien es Él. El que camina sobre las aguas es Aquel que tiene el mundo en sus manos y que sostiene lo que no es sólido en nosotros. Él nos lleva sobre las aguas, a través del viento que nos es contrario, de una costa del lago a la otra. Desde que inicia nuestra vida al final. El cielo es esa otra orilla, la tempestad calmada final. El lugar sin mal, dolor o muerte. La tierra de la semejanza.

Yo he aprendido a encontrar en esta experiencia de fragilidad la voz de Dios que me llama: «Animo. No tengas miedo. Soy yo». Y, dentro de mis limitaciones, trato de responder como Pedro. Porque con el paso de los años he entendido que la vida cristiana, más allá del marco que es cruzar de una orilla a la otra haciendo el bien, se define en ese encuentro con Jesús sobre las aguas. Ser cristiano es encontrarse con Jesús donde no podemos controlar las cosas. Se trata de escuchar su voz, caminar, hundirnos, pedir ayuda, dejarnos ayudar y ser salvados del mar. Una y otra vez. Hasta que la barca de nuestra vida llegue a la orilla final.

Me salí un poco del tema porque quería que quede claro que significa para mí esto de caminar sobre el mar. Volviendo al “ahora”, ser padre es una nueva «tempestad» en mi vida. Porque, seamos sinceros y pido disculpas a mis hijos, ser padre es cualquier cosa menos calma. Los hijos son tempestad porque vienen a ponernos una tarea inmensa en frente: subirlos en nuestra barca y llevarlos con nosotros a la otra orilla. Enseñarles a ir con viento en contra haciendo el bien.  A caminar sobre las aguas hacia Jesús.

Y son tempestad porque la inercia de la vida, a los treinta y pico, nos empuja hacia el descanso. La estabilidad que trae el matrimonio sumada a la sensatez que alcanzamos con el paso de los años nos hace valorar mucho nuestros espacios personales. Ya no estamos para exabruptos. Hemos entendido que la vida es carrera de largo aliento. Y queremos tomarnos nuestro tiempo. Ir a nuestro ritmo. En ese sentido los hijos son tempestad, más allá del trabajo que implica cuidarlos, porque vienen a ponernos frente a nosotros mismos, frente a nuestra poquedad y egoísmo, también frente a la misión grande de hacerlos hombres de bien. A nosotros, que ya hemos acumulado seguridades y que creemos saber como es que se vive esta vida. 

En ese contexto les cuento que Juan Pablo repite todos los cuentos que le leo antes de dormir. Y, de manera especial, se ha aprendido algunas palabras de este pasaje. Yo leo una frase y él dice la palabra final.

-         Jesús subió a sus discípulos en un…
-         Bote…
-         Se acercó a sus discípulos caminando sobre el…
-         Agua…
-         Si eres tú, mándame ir hacia ti caminando sobre el…
-         Agua…
-         Jesús le dijo…
-         VEN.

Y esa voz de niño diciéndome VEN es lo que me conmueve y suscita este escrito. Esa voz dulce que sale de en medio de mi nueva tempestad es la que despierta mi espíritu. Esas palabras me son familiares. Esa voz, aunque distinta, ya la he escuchado antes. Ese es Dios diciéndome: «Animo. No tengas miedo. Soy yo».

Este espacio se ha convertido en mi oración de las noches los últimos meses. Hacer dormir a mi hijo y escuchar de sus labios a Dios diciéndome: «Ven». «Señor, si eres tú mándame ir a tu encuentro sobre el mar», le respondo mientras lo arrullo. Esa es mi jaculatoria.

Y lo voy entendiendo. La vida cristiana no es solo ir desde una orilla a la otra. Se trata de caminar sobre las aguas hacia Jesús.


Una y otra vez. Hasta que la barca llegue a puerto. Con todos los que amo.


1 comentario:

  1. Gracias por compartir tu hermosa experiencia, Manuel.
    Recuerdo haber escuchado que en la época de Jesús el mar era algo a lo que se le tenía mucho miedo, algo desconocido y peligroso, y que por eso caminar sobre las aguas era una completa locura.
    En lo personal siempre me llama la atención que en el pasaje Pedro empieza a hundirse luego de dar unos pocos pasos, con lo que se entiende que aún no llega donde Jesús, pero cuando le pide ayuda, Jesús inmediatamente lo salva. Me imagino a Jesús corriendo sobre las aguas para rescatar a Pedro. Ese detelle me hace confiar más en ese Amigo que no falla, que corre a salvarme apenas lo llamo.
    Gracias nuevamente por compartir. La verdad que ser padres es toda una tempestad, o en todo caso, una travesía sobre un mar totalmente nuevo, con sus días de calma, de grandes olas, de lluvia, de sol, de sustos, de inmensas alegrías...
    ¡Dios te bendiga junto a tu familia!

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